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lunes, 3 de abril de 2023

Ahora estás soñando

 Era el año 2.536, la civilización había avanzado tanto que el dinero como tal había desaparecido por completo. Cada persona trabajaba para obtener créditos ganma, que servían para ascender socialmente y conseguir ciertos privilegios. Esto no era realmente necesario porque los robots proporcionaban a los humanos todo cuanto pudiesen necesitar. La compañía Techblar había instalado en esas criaturas metálicas el código de la robótica diseñado por el escritor y profesor de bioquímica Isaac Asimov, y lo que al principio fue una ayuda para la humanidad, acabó por eliminar la necesidad de trabajar, así que la gente trabajaba por capricho.

Veodol era una de las personas más influyentes de todo el sistema Tendros, que albergaba doce planetas habitados y más de cien mil naves estelares. Uno podía trabajar en organización de sistemas, en un carguero o en una nave tripulada, en artes y humanidades... pero ella tenía un trabajo un poco especial, era probadora de sistemas oníricos, lo que significaba que le daban créditos ganma simplemente por dormir.

Vivía en el planeta Darnga, en el borde exterior del sistema Tendros. En Darnga solían habitar los ingenieros e inventores más arriesgados, y también los probadores de nuevos programas, rutinas y avances. Aquel día Yana, uno de los inventores más prolíficos de Tendros, le envió un chip que solo debía acoplar al lector que conectaba con su cerebro. 

Hacía años que no se veía un chip verde, casi todo eran placas plásticas con pistas de plata. Debía de haber tardado años en reunir el silicio necesario para ese chip. Algo confusa encendió el comunicador y la pantalla se encendió. Yana, un hombre de cabello plateado totalmente rapado en un lado y lleno de trenzas en el otro, la miró con los ojos biomecánicos magenta totalmente abiertos.

-Buenos días Yana -él no respondió-. Acabo de recibir la nueva muestra, ¿puedes decirme qué es?

-Será mejor que lo descubras por ti misma. Si te asustas, tócate con el índice en la mano contraria como si intentases atravesarla, eso debería darte control.

-¿Control sobre qué?

-¿Qué tendría de divertido decírtelo?

Y, sin más explicaciones, Yana cortó la comunicación. Veodol refunfuñó con evidente molestia. Si ese chico era realmente brillante, también era un cretino integral. Normalmente le enviaba las instrucciones en una tabla grisna, la evolución de los ebooks de hacía quinientos años, y no tenía problemas en seguirlas, pero cuando le pedía algún tipo de información extra, solía ser esquivo y muy críptico.

Decidió que no iba a esperar al anochecer, así que metió el chip en el lector de su cerebro y cerró los ojos. Intentó centrarse en algo que la ayudase a relajarse, pero no funcionó, no era capaz de dormirse. Abrió los ojos con evidente molestia, y fue a prepararse un café. De algún modo esa planta podía cultivarse en todos los planetas habitados, y se hacía a escala interplanetaria para que llegase a cualquier planeta. No le gustaba el café cultivado en el mismo planeta, pensaba que, cuando las semillas viajaban por el espacio, envejecían y tomaban un sabor muy especial.

Miró por la ventana mientras la cafetera destilaba el brebaje, pero tardó menos de un segundo en olvidarse de esa medicina matutina que hacía que su humor fuese cien veces más soportable. Por extraño que pudiese parecer, por la ventana de su cocina se veían millones de estrellas.

-¿Qué demonios?

Eso no fue lo más raro, sino que podía respirar, pese a que la ventana estaba abierta de par en par, y todas sus cosas estaban sujetas exactamente en el mismo lugar, como si la gravedad las atrajese. Podría ser que la hubiesen transportado a una nave, solía ocurrir a veces cuando los vigilantes del sistema Tendros querían investigar a un cierto número de personas. Las sacaban de sus vidas durante una o dos horas y luego los devolvían a casa. No obstante para eso tendría que haber abandonado su cocina.

Estaba empezando a asustarse, hasta que recordó las palabras de Yana. Levantó la mano derecha y trató de atravesar su palma con el índice, y entonces todo paró de golpe. El café dejó de salir, la emisión satelital de su pantalla holográfica se detuvo, todos los sonidos se paralizaron, absolutamente todos, menos uno. Se trataba de una voz metálica que estaba oyendo todo el tiempo pero de la que no se dio cuenta hasta ese momento, una voz que no dejaba de decir "ahora estás soñando".

Abrió los ojos de golpe, estaba en su sofá, sudando y con el corazón desbocado. Miró en su pulsera biométrica su ritmo cardíaco. Oscilaba entre los 170 y 180. Era una persona sorprendentemente calmada, no solía asustarse por casi nada. Cerró los ojos con fuerza para intentar centrarse y luego volvió a abrirlos. Todo seguía normal, su pulso empezaba a descender lentamente. Necesitaba algo que calmase sus nervios.

Intentó encender el equipo de música, pero descubrió que no estaba, de hecho todo a su alrededor, toda su cocina, empezaba a desaparecer. Cuando quiso darse cuenta estaba en una sala totalmente blanca, sin ventanas, sentada en su sofá negro. Tenía que ser un sueño. Intentó volver a controlar lo que ocurría a su alrededor. Cuando apoyó su dedo índice en la palma de su mano, de nuevo volvió a oír esa voz metálica diciendo "ahora estás soñando".

Se despertó de golpe, su perro la miraba con preocupación, con el hocico marrón apoyado sobre su muslo. Se incorporó como pudo y, lo primero que hizo, fue intentar controlar el sueño por si volvía a estar dormida. Silencio, había dejado de oír esa voz definitivamente. Se sacó el chip con las manos temblorosas y volvió a llamar a Yana. Sorprendentemente para ella, el profesor chiflado no tardó en responder a su llamada, como si la hubiese estado esperando desde hacía bastante tiempo.

-¿Te encuentras bien? Hace casi dos semanas que no se nada de ti.

-Me tomas el pelo, solo he estado dormida un par de horas. O creo que he estado dormida.

-Ojalá.

A juzgar por su expresión preocupada, comprendió que no iba de broma. Había estado dormida muchísimo más tiempo del que creía. Comprobó la fecha en el comunicador espacial. Habían pasado doce días.

-¿Qué demonios has inventado?

-Se supone que es un chip para las personas que sufren de insomnio o quieren tener sueños lúcidos. Pone el cerebro en reposo hasta que resuelvas el rompecabezas.

-¿Qué rompecabezas?

-La pregunta que debes resolver es: ¿cómo sabes si estás despierta?

Abrió los ojos como platos. No había manera de saber si realmente estaba despierta. Como un instinto primario, intentó volver a controlar el sueño, y de pronto volvió a oír esa voz metálica que decía una y otra vez "ahora estás soñando". Miró sus manos con verdadero terror. No funcionaba, no podía despertarse. Y de pronto hubo algo extraño. Podía estar alucinando, pero hubiese jurado que no tenía trece dedos entre las dos manos.

Se despertó de golpe. No sabía ni cómo había creído que era un sueño, ella no tenía perro desde los seis años. Contó los dedos de sus manos para asegurarse de que estaba despierta. Cinco en cada mano, diez en total. Se sacó el chip con verdadero terror y llamó a Yana. El chico tardó casi dos minutos en responderle, y la miraba con verdadera sorpresa.

-¿Ya lo has hecho?

-Sí, ¿qué demonios es esto?

-Un juego -respondió sin más-. Pone tu cerebro en reposo y te mete en una fantasía, algo que te resulte cómodo pero extraño al mismo tiempo. Si lo resuelves te deja salir.

-Yana, un consejo: Inventa algo con lo que la gente no se muera de miedo, científico chiflado.

Y, sin darle tiempo a preparar siquiera una respuesta, cortó la llamada. 

viernes, 17 de febrero de 2023

Disfraz

 Siempre me ha gustado Carnaval, adoraba disfrazarme porque por un momento, por un solo día, podía sacar de dentro de mí todo lo que era y disfrutar como una niña pequeña. Solía elegir disfraces oscuros, casi terroríficos, pero al mismo tiempo muy interesantes. El último año que me disfracé elegí un vestido negro con corset y un sombrero puntiagudo. Sí, elegí ser una bruja. Las brujas tienen algo místico e interesante, un atractivo que pocas cosas en el mundo tienen.

La gente nunca ha comprendido la verdadera magia del disfraz, lo divertido que puede ser aventurarse dentro de uno mismo y expresar quién eres realmente a través de cosas que nunca vas a ser. Hay gente que se disfraza de muñeca, otros prefieren un dinosaurio... en cualquier caso, ocultar tu aspecto a ojos de todo el mundo te muestra tal y como eres.

Aquel año mi hermana Carolina y yo salimos de casa para ir a una fiesta. Carol siempre ha sido divertida y popular, una chica que todo el mundo envidiaba. Yo no lo hacía, vivir con ella le quitaba toda la magia a su popularidad. Sabía que, por superficial y típico que fuese su modo de actuar, Carol era como todo el mundo, buscando su pequeño hueco en el que sentirse cómoda. Esa era una ventaja que yo tenía porque, por increíble que pueda parecer, yo ya había encontrado mi lugar.

-No entiendo por qué no te pusiste tu uniforme, te habría salido más barato.

-Porque hace frío y porque eso no es un disfraz.

Carol no comprendía por qué me gustaba tanto Carnaval, ella elegía siempre un disfraz de animal, y en esta ocasión iba de tigresa. Podía comprenderlo, pero su hermana no tenía la personalidad de un tigre, más bien era una chica normal y corriente intentando sobrevivir en un mundo extraño.

En cualquier caso, fuimos a una fiesta en una discoteca. Odio esos lugares con toda mi alma, si la música que ponen fuese la mitad de buena de lo que realmente creen que es, me pasaría la vida ahí simplemente escuchando. En cuanto el gorila -que iba disfrazado como tal- nos abrió la puerta, entramos a aquel lugar.

La música -o lo que estuviese puesto- estaba muy alta, tanto que me hacía doler los oídos, y la gente no ayudaba en nada. Pero eso no fue lo que me inquietó, lo que me hizo desear salir corriendo, sino una sensación rara, como si hiciese muchísimo frío y estuviese a punto de ocurrir algo realmente malo. Sentí un escalofrío y miré a todas partes, intentando averiguar qué era lo que me había molestado, lo que me tenía inquieta, pero no encontré nada.

La noche empezó a pasar entre risas y alcohol, todo el mundo estaba bebiendo. Después de una hora mi hermana llevaba su segunda copa, mientras yo seguía con mi cerveza ya templada y prácticamente entera.

-¿Te pasa algo Ava?

-No es nada.

Me arrepiento de haberle dicho eso, me arrepiento de haberle mentido, algo iba muy mal. Pero yo no podía hacer nada, por mucho que intentaba averiguar qué ocurría, no había nada que pudiese imaginarme y tampoco sabía cómo interpretar todo lo que estaba sintiendo y explicárselo a alguien. Intenté sacar a mi hermana varias veces de la discoteca, pero no me escuchaba, se estaba divirtiendo y metiéndole la lengua en la boca a un chico que acababa de conocer. Sabía que no llegaría a nada, que ni siquiera le prestaría atención después de salir de aquel local abarrotado, pero tampoco intentaba meterme, pese a que Carol sabía que eso no me gustaba.

Cuando ya habían pasado casi cuatro horas desde que nos habíamos metido allí dentro, alguien gritó de tal modo que su voz se escuchó por encima de la música y el DJ paró de inmediato. Las luces se encendieron, y lo que vimos quienes estábamos cerca fue suficiente para aterrorizar a todo el que miraba hasta tal punto que nadie, ni una sola persona, se atrevía a moverse. Gran error porque entonces todo se convirtió en un baño de sangre, como en Carrie.

No sabría decir cuánto tiempo duró aquella carnicería, pero para cuando todo se paró estaba en mitad de la pista de baile y bañada en sangre, como si hubiese participado en algún tipo de ritual de alguna secta. Pero no estaba sola, había alguien más ahí. Levanté la mirada y volví a sentir el mismo frío, la misma sensación de terror y unas tremendas ganas de salir corriendo, pero tenía tanto miedo que estaba paralizada.

El monstruo emitió un gruñido y yo intenté retroceder, pero había tanta sangre que resbalé y me caí. Me incorporé como pude y cometí el terrible error de levantar la cabeza. Nunca podré olvidar ese momento, esa mirada de ojos blancos, una boca sin dientes y esas manos huesudas y llenas de... ¿ojos? Siendo Carnaval no me extrañaba que al gorila le hubiese parecido un disfraz... pero no lo era en absoluto, esos ojos se movían.

-¡Aléjate de mí! -retrocedí apoyándome en el suelo con las manos desnudas-. ¡No te acerques!

Y entonces esa cosa sonrió, lo supe porque su cara se deformó y sus labios se curvaron hacia las protuberancias que tenía por orejas. Creí que iba a matarme, pero en lugar de eso me dejó sola en mitad de aquella carnicería. ¿Cómo iba a explicar todo eso? Seguramente me culparían a mí.

Me levanté como pude y salí corriendo. Por suerte para mí, vivo al lado del mar, así que me fui a la playa y me metí en el agua para sacarme de encima toda esa sangre. Si la policía encontraba huellas, pensarían que era alguna de las víctimas intentando huir. No podía volver a casa y, aunque pudiese, no sabría como explicarles a mis padres qué había ocurrido con Carolina, así que cogí su coche, y me alejé hacia la frontera. No tengo carnet y no me importa no tenerlo, pero sé conducir, ella me enseñó. 

Si ese monstruo había decidido dejarme con vida, significaba que quería torturarme asesinando a todo aquel que me conociese, así que tenía que irme a un lugar donde pudiese estar totalmente sola, y para eso necesitaría ser otra persona. Ese pensamiento hizo que algo cambiase, miré mis manos con verdadero terror. Mis manos se estaban llenando de ojos y empezaban a ponerse pálidas, pero no frené por eso, sino porque esa cosa estaba en mitad de la carretera y mi instinto me gritó: "frena".

Salí del coche, no sé por qué pero lo hice, y me acerqué a esa bestia a grandes pasos. Estaba dispuesta a matarle de ser necesario, pero no me di cuenta de una cosa muy sencilla: estaba cambiando. Cuando llegué junto a él, me di cuenta de que esos gruñidos en realidad eran palabras, y podía entenderle perfectamente.

-Te he echado de menos, hermanita. Vamos de caza.

Sí, tenía muchísima hambre, pero quería volver a casa también. Por esa razón me agaché en la carretera, paré un coche con mi mano desnuda y saqué de dentro a un aterrorizado hombre de cuarenta años que solamente se dio cuenta de nuestra presencia cuando chocó con mi mano.

-Nos lo llevaremos para el camino.

Mi hermano pulsó un botón que sacó de yo que sé dónde y, como de la nada, apareció una nave en forma de seta. Entramos, arrastrando a nuestra comida al interior, y la nave se alejó del planeta. Se suponía que íbamos a evaluar la cosecha, esa era nuestra misión, y me había quedado atrapada ahí tres años, por eso me había adaptado y había construido unos recuerdos falsos, para pasar inadvertida... pero fueron tan convincentes que me olvidé de que simplemente era una granjera vigilando nuestra comida.

lunes, 30 de enero de 2023

El relojero

 Terminó de ajustar el tornillo, agarró el engranaje dorado con las pinzas y lo colocó con cuidado. Llevaba años fabricando y arreglando relojes en un pequeño taller en Dubrovnik, desde el que se podía escuchar el oleaje del mar rompiendo contra el puerto y se veían los barcos desde la ventana. Le gustaba, sobre todo, el olor. Siempre olía a mar, a sal y a eternidad. Podría pasarse meses contemplando el mar desde la ventana y no se aburriría nunca. 

La campana de la puerta lo sacó de sus pensamientos, levantó los ojos azul apagado por encima de las gafas para observar al visitante. Era una mujer con un vestido rojo, rubia y de cabello rizado. No le gustaban las personas, solo los relojes, tener que lidiar con el resto de la humanidad era algo inevitable.

-Buenos días señora Turina, ¿viene a recoger su reloj?

-Sí, mi marido está deseando tenerlo.

Se levantó de la silla, fue hasta el mostrador y buscó en un cajón enorme el reloj plateado con esfera azul del marido de Bierska Turina. Se levantó con esfuerzo y sus rodillas crujieron de tal modo que Bierska se puso pálida como un muerto. Sabía que ese hombre era viejo, ya lo era cuando ella tenía ocho años, y cada día que pasaba tenía más y más achaques.

-Aquí lo tiene. He tenido que cambiar un engranaje, se le había roto un diente.

-Ya veo... gracias señor Depolo.

Le entregó la factura y Bierska le pagó el monto que él había considerado oportuno, guardó el reloj en un enorme bolso marrón y salió de la tienda tras una despedida. Entonces el relojero murmuró una protesta y volvió a la mesa de reparaciones.

No estaba en Dubrovnik por elección, no había tenido otro remedio. Sin embargo, si lograba reparar ese aparato, podría volver a casa. Por ello siguió inspeccionándolo durante un buen rato, hasta que, al pulsar el botón, el cacharro emitió un pitido y él sonrió por primera vez en más de cincuenta años.

...

Instalar el conversor de energía fue mucho más complicado de lo que había pensado en un principio, pero ni la mitad que repararlo. Cuando finalmente estuvo anclado en su lugar, pulsó un botón y el motor arrancó sin emitir un solo sonido.

Había añorado sinceramente el frío y la soledad del espacio, era algo muy valioso en ese momento pese a que, cuando había emprendido el viaje de ida, había aborrecido con saña estar en ese frío e inhóspito lugar.

Estuvo recorriendo la soledad de la inmensidad durante varias semanas, o lo que habrían sido semanas de haber estado en el planeta de aquellos borregos. Finalmente aterrizó en su casa y, al salir de la nave, su piel de color cobalto agradeció la luz de su enana blanca. Había podido desprenderse de aquel aspecto desaliñado, con gafas y medio ciego, pero veía mucho más que esos seres no evolucionados.

-Majestad, hacía mucho que no nos veíamos.

-Quiero hablar con el inventor, ahora mismo.

Nadie cuestionó por qué el príncipe Nik TalDar de Nur-Galeh se había ausentado durante lo que para ellos habían sido quince años. Buscaron al inventor y lo llevaron a su presencia y, para sorpresa de todo el consejo Galehano, Nik le pegó una sonora bofetada. Ese gesto era lo más raro que habían visto jamás en Nur-Galeh, pero tampoco lo cuestionaron porque él parecía enfadado.

-Debes corregir los problemas de estabilidad del conversor de energía, me he estrellado en un planeta de seres incivilizados.

-No comprendo, se suponía que debía funcionar sin problemas.

-Procura arreglarlo, de inmediato, o te mandaré a ti en el próximo viaje.

El inventor asintió, dio media vuelta y se fue del palacio. Los galehanos no eran violentos, jamás, así que no podía imaginarse qué había hecho que el príncipe desatase su rabia de tal modo. Todo el mundo sabía lo que pasaba con la rabia y la ambición, lo peligrosas que eran y las guerras que desencadenaban. No fue hasta la llegada de los TalDar al poder que pudieron terminar con los conflictos armados, y para entonces la población de Nur-Galeh era tan escasa que hubieron de pasar ocho generaciones hasta que, finalmente, pudieron empezar a crecer como planeta, como unidad. Si el príncipe Nik se había envenenado de rabia, eso era una cuestión que no iba a resolver pronto. 

...

Nadie más volvió a abrir jamás la tienda, mucha gente hubo de protestar al ayuntamiento para que abriesen las puertas y recuperar sus pertenencias porque el relojero había desaparecido sin dejar ni rastro. Lo buscaron durante casi dos años, hasta que finalmente dieron por inútiles sus esfuerzos. El señor Depolo se había ido, probablemente para siempre.

miércoles, 18 de enero de 2023

La inventora

 El taller olía a aceite, a cerrado y a humedad, pero no podía permitirse nada mejor. Se había pasado la vida diseñando ese invento, había estudiado ingeniería y biomecánica solamente para ello, y estaba a horas de conseguirlo. Solo faltaba pulir los últimos detalles y al fin podría probarlo.

No parecía gran cosa, no era más que un armazón de latón dorado que se ajustaba igual que un corset, que parecía tener una estola a modo de decoración, pero eso era solo lo que se veía desde lejos. Había dedicado toda su vida a ese invento, así que llamarlo "accesorio" era un insulto a ella, a su imaginación y a su intelecto, pero sobre todo era un insulto a ese hermoso invento.

Agarró el paño de lino de color marrón, que al principio del día había sido blanco, rodeó una de las láminas de latón y golpeó ligeramente con un mazo para terminar de ajustarlo. Entonces soltó todo cuanto tenía en las manos y sonrió. Estaba terminado, solo tenía que probarlo.

Se sacó la chaqueta y la camiseta de algodón manchada de aceite, porque no podía ponérselo por encima de la ropa, presionó un botón para abrir el armazón y, en cuanto estuvo segura de que quedaría bien ajustado, volvió a pulsarlo para cerrar las láminas. El corset se ajustó perfectamente a su cuerpo, sin cortarle la respiración ni hacerle daño en la piel. Salió del taller y respiró el aire de mediados de primavera. 

-Hola Eva, ¿qué llevas puesto? -preguntó extrañado un chico de unos veinte años.

-Ahora lo vas a ver Marcos, ya lo tengo.

-¿Lo has conseguido? ¡Vamos! ¡Enséñamelo!

Marcos tenía el tipo de inocencia que hace que uno se emocione por cada nuevo descubrimiento, eso era en parte por el don que lo hacía ser un genio en física pero un desastre en las relaciones sociales, y en el resto de su vida en general.

-Ayúdame un segundo.

Marcos nunca se acercaba a nadie, no le gustaba el contacto físico, trataba a todo el mundo exactamente igual porque no requería pensar y le funcionaba, pero Eva era la única persona en todo el mundo con la que sentía una conexión especial, y era tan agradable poder confiar en alguien... El chico se acercó a su amiga, que le dio la espalda para mostrarle una cajita circular en el centro del armazón.

-Ahí dentro hay dos electrodos -abrió la caja, donde había dos láminas de plástico que se pegaban a sus dedos-. Tienes que ponerlos en la base de mi cabeza -explicó-, leerán los pulsos de mi cerebro para que puedan interpretarlos.

-¿Y si no funciona?

-Bueno, yo nunca saltaría de un rascacielos para probar que mi invento funciona. No me elevaré demasiado.

Y a pesar de que estaba en contra, puso las dos pegatinas el cuello de su mejor amiga, justo donde se juntaba con su cabeza. La caja se cerró y comenzó a dar vueltas, y cuando terminó de girar se escuchó un pitido y Eva sonrió.

-Vale, la conexión funciona bien, era lo que más me preocupaba -se alejó casi dos metros-. ¿Preparado?

Y entonces, como si fuese un sueño o una película, la estola que decoraba el armazón se abrió con elegancia, mostrando unas hermosas alas de latón dorado. Eva se concentró en elevarse un par de metros, las alas se agitaron y la levantaron del suelo igual que si hubiese nacido con ellas. Estaba volando como una paloma, como siempre había soñado, al fin había conseguido terminar el trabajo en el que había invertido los primeros veinticinco años de su vida.

Después de volar a escasos metros del suelo durante un buen rato, finalmente aterrizó, pero no porque quisiese dejar de experimentar esa sensación de completa libertad, sino porque uno de los sensores se estaba desprendiendo y podría caerse si eso ocurría.

-Bueno, tiene un par de defectos, como estos malditos sensores.

-¿Y qué? Llevas toda la vida presumiendo de que podías hacerlo, y ya lo tienes.

-No del todo -miró al cielo-. Si queremos escapar de aquí, tengo que perfeccionarlo, conseguir que sea más ligero, que los sensores no se despeguen... en fin, solo es un prototipo.

-Pero es lo más cerca que hemos estado nunca de conseguirlo.

Eva miró a la distancia, donde se alzaba el muro. Rodeaba toda la ciudad y no había modo de escalarlo porque estaba construido sin una sola fisura. Había estado allí encerrada desde que tenía memoria, solo había podido contarle a unas pocas personas en qué consistía su invento, y ni siquiera sabía si les ayudaría a escapar porque había rumores de que había varias torretas a lo largo de la ciudad que dispararían a matar si alguien intentaba salir, pero tenían que hacerlo, la vida allí era un infierno. No podían elegir siquiera a quien amar, todo eso lo llevaba un programa que los relacionaba con las personas con las que tenían mejor conexión biológica, y por eso ella estaba casada con un maltratador psicópata en lugar de estarlo con Marcos, la única persona a la que había podido amar.

Si el invento funcionaba, si lograba producirlo en masa, podrían escapar de la ciudad y del gobierno que utilizaba sus mentes para construir quién sabe qué, para investigar cosas que ni siquiera comprendían. Los usaban, analizaban cada uno de sus pasos... por eso ella tenía su taller en un sótano, por eso nunca podía tocar siquiera a la persona a la que amaba. Su única esperanza, la única opción que tenía toda la ciudad, era que ese invento se convirtiese en las alas de la libertad y poder escapar fuera de la ciudad amurallada.

viernes, 30 de diciembre de 2022

Los viajeros

 "Nos hemos pasado la vida viajando, saltando de un lugar a otro. Pero no lo hacemos como lo harías tú, nosotros no viajamos a lugares, sino a personas. Podrías pensar que eso es invasivo y absurdo, pero muchas veces ni siquiera se dan cuenta.

Yo he viajado a Catalina di Medici, a Cleopatra y a Vatsiaiana, he estado en todo el mundo, recuerdo China durante la Gran Inundación de Yung-Yu durante el reinado del emperador Yao, recuerdo a la gente subir a las montañas para escapar de las tormentas, las hambrunas y los ladrones. 

Podríamos ser cualquiera, estar en cualquier parte, incluso lejos de este planeta. Existe un lugar paradisíaco llamado Velalma, está a unos 90 años luz de Caelari, que es el nombre que le dan a la Tierra las especies exteriores. Velalma es un planeta perfecto, con la temperatura idónea, plantas de un verde vibrante y hermoso, flores de los colores más vívidos que puedas imaginar, aguas tranquilas y limpias... Los Velal tienen una gran pasión por cuidar su planeta, pero por lo que he podido averiguar, no siempre fue así.

Hace unos 400 años estaban como está ahora mismo la tierra, con carreteras hechas de asfalto, el mar lleno de basura, la atmósfera con un enorme agujero a causa de la contaminación, el aire gris y con olor a ceniza... y entonces hubo un grupo ecologista que incendió las compañías que sacaban energía de consumir el planeta. En aquel entonces la gente los llamó "radicales", "asesinos" o incluso "anarquistas", pero después de aquel suceso y de no tener recursos para reconstruir las plantas energéticas impuras, el aire empezó a volverse respirable, y fue entonces cuando la gente despertó. Los Velal se dieron cuenta de que necesitaban cambiar las cosas.

Fue en ese momento cuando los viajeros intervenimos por primera vez en la historia de un planeta. Normalmente nos mantenemos al margen, observamos y aprendemos, como lo hemos echo desde hace generaciones, pero estaban perdidos y al borde de la desaparición, así que decidimos manifestar nuestra presencia y hacernos ver.

Al principio nos tomaron por invasores e intentaron destruirnos, pero los viajeros no somos hostiles, solo observamos, y cuando comprendieron esto, pudimos empezar a ayudarles. Hay muchas cosas que hemos aprendido a lo largo del tiempo, por eso nos llamamos viajeros, y les enseñamos a limpiar el mar, a purificar el aire, a plantar bosques sostenibles con especies que alcanzaban un enorme tamaño en meses, para poder dejar vivir los grandes pulmones del planeta.

Ojalá pudiese enseñárselo a la gente de Caelari, os vendría muy bien esto, podríais encontrar un mundo mucho más puro, limpio y amable, pero no estáis preparados. Vosotros, los humanos, tenéis grandes inventores capaces de engendrar ideas para limpiar vuestro planeta, pero no los escucháis, los tomáis por locos y caéis en las mismas mentiras una y otra vez. Es triste ver cómo una civilización con una imaginación tan desarrollada, se pudre lentamente por no saber escuchar."

-¿Bianca? ¿Qué estás escribiendo?

La voz del supervisor despertó a la joven periodista de ese sueño en el que estaba, donde su cuerpo era suyo pero no le pertenecía, y las palabras que escribía y que sabía que tenían sentido, no las reconocía. Repasó el texto por encima, y todo lo que entendió fue una chaladura.

-Nada, solo practicaba.

Y entonces desplazó el ratón por todo el texto para marcarlo por completo y pulsó la tecla Supr. No sabía cómo se tomaría su supervisor que se pasase el tiempo escribiendo locuras mientras el artículo sobre el romance entre una estrella del pop y un CEO de una multinacional tenía que salir al día siguiente cuando ni siquiera lo había empezado.

-¿Cómo llevas el artículo?

-Lo tendrás listo en una hora, solo tengo que revisarlo.

-Bien.

Rodrick volvió a su despacho sabiendo que ella mentía, y Bianca repasó la entrevista que había echo a la doncella del CEO, donde relataba como la estrella del pop Karma había ignorado a su esposo y el acuerdo prenupcial que habían firmado para meterse en la cama de Jules Trenton, el CEO de una multinacional dedicada a la fabricación de perfumes y cosméticos. Sabía que el artículo era una estupidez, que había que tener una vida sorprendentemente aburrida para dedicarle cinco minutos a la vida de una persona que ni siquiera conoces, pero órdenes eran órdenes, así que empezó a escribir, pensando en que no iba a tener tiempo suficiente para asegurarse de que estuviese perfecto.