Mis libros

Libros disponibles

 Como autora también tengo libros publicados. Me gustaría presentaros los que tengo disponibles. Los gastos de envio son responsabilidad del...

Mostrando entradas con la etiqueta realismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta realismo. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de enero de 2024

La fuente

 Era una tarde aburrida de verano en el norte de España, y Ana estaba aburrida como una ostra. En verano el pueblo se vaciaba, todos sus amigos se iban de vacaciones, pero su madre trabajaba así que nunca podía irse. No era que no le gustase su pueblo, pero era lo único que conocía y le encantaría poder tener aventuras divertidas que contar y jugar con niños que nunca volvería a ver, quedándose así un recuerdo perfectamente tangible, pero imborrable y puro.

Habría sido divertido que algún turista visitase su pequeño, rural y apartado pueblo, pero tampoco era el caso. La única ocasión en que su pueblo se llenaba de gente que no sabía ni de dónde había salido, era a finales de agosto, durante las fiestas patronales, y aun faltaban dos meses para ese día, así que estaba condenada a pasarse todo el verano aburrida, mirando a la fuente que se encontraba en el centro de la plaza donde también se ubicaba un bar al que su abuelo solía ir después de misa.

Era también el día en que aprovechaban para comprar en el ultramarinos que abría los domingos porque también era un bar. Miró la bolsa con aspecto aburrido. Ni siquiera le había comprado gominolas, solo unos asquerosos chicles sin azúcar y unos caramelos de menta que solo le gustaban a su abuela. El resto era jabón para platos, carne adobada y habas.

Suspiró con evidente aburrimiento, apoyando su cabeza en las manos, cuyos brazos descansaban en sus rodillas. A su abuelo no le gustaba divertirse ni que ella se lo pasase bien, estaba convencida de que le gustaba verla aburrida, pero ella solo quería pasárselo bien y crear recuerdos maravillosos y divertidos.

Entonces fue como si un flash le cruzase la mente, levantó la cabeza de golpe y miró la bolsa de la compra, que su abuelo había dejado bajo su custodia. Tenía por costumbre comprar dos botellas de jabón para platos, no sabía por qué, pero tampoco pensaba que echaría en falta una.

Ana sacó el jabón de la bolsa y estuvo a punto de reírse, lo que no sería una buena idea dado que su abuelo se encontraba en la terraza del bar. Lo estuvo vigilando varios minutos hasta que se levantó, con su cerveza todavía por la mitad, y entonces corrió como una flecha hasta la fuente.

Sabía que no tenía mucho tiempo, si alguien la descubría seguramente su abuelo se enfadaría, aunque no tenía ni idea de cómo podría castigarla, de todos modos ella ya se aburría normalmente cuando su madre no estaba en casa. 

Miró a un lado y a otro, le sacó el tapón a la botella de jabón verde y espeso, y lo vació entero sobre la fuente. Pero nada ocurrió, creyó que su idea había sido un fracaso, y tiró la botella a una papelera antes de volver a sentarse con aspecto aburrido mirando a la fuente, y justo cuando su abuelo salió del bar para sentarse bajo el sol a terminar su cerveza, la fuente empezó a llenarse de espuma.

-Manolo, la fuente.

Manuel García, el alcalde del pueblo, levantó la vista de su tapa de mejillones hacia la fuente, y observó, con estupor, cómo toda la plaza empezaba a llenarse de espuma blanca con olor a limón, cómo un montón de espuma blanca salía de los chorros y cómo el suelo empezaba a llenarse también de espuma.

-¿Que carajo ha pasado?

Y entonces Anselmo miró directamente a Ana, que se reía mientras miraba cómo toda la plaza se llenaba de espuma que salía de la fuente, Fue hasta donde estaba su nieta, abrió la bolsa y comprobó que una de las botellas de Fairy de limón había desaparecido.

-Supongo que te aburrías -Ana dejó de reírse, tragó saliva y miró a su abuelo con cara inocente-. Da igual, así aprovecharemos para limpiar la fuente.

Anselmo no podía enfadarse con ella porque había que reconocerlo, era la cosa más impresionante y divertida que había ocurrido en ese pueblo lleno de ancianos en quién sabe cuánto tiempo.

miércoles, 17 de enero de 2024

Una artista en Siracusa

 He estado toda la vida recorriendo el mundo, no puede decirse que tenga un hogar, o que lo haya tenido alguna vez. Me he criado en bases navales de todo el mundo, desde Tailandia hasta Estados Unidos, así que sé hablar dieciocho idiomas con fluidez. Cada vez que mi padre era destinado a un sitio nuevo, en lugar de dejarnos en Florida, lugar donde mi madre y él nacieron, nos llevaba con él. 

Mi padre es un hombre muy fuerte, podía soportar la guerra, los destinos a distintos países, los horarios que requerían que se levantase a las cinco de la mañana y volviese a las diez de la noche, el dolor, las torturas, nada de eso le importaba, mientras supiese que al anochecer volvería a casa conmigo y con mi madre. 

Cada vez que le destinaban a un sitio nuevo, hacíamos las maletas, pedían un profesor particular que me enseñase el idioma y todo lo que tuviese que saber, y viajábamos hasta la siguiente base militar. Mi padre era capitán de fragata, un hombre fuerte que me enseñó a defenderme en todos los sentidos de la palabra. No tengo entrenamiento militar propiamente dicho porque nunca quise tener esa vida, pero mi padre me enseñó todo lo que sabía, y cuando digo todo es literalmente todo.

Cuando tuve edad y capacidad para independizarme y dejar esa vida nómada, decidí irme a vivir a Italia. Había pasado unos años en Sicilia, y el idioma me pareció precioso. Por aquel entonces tenía doce años, y todavía puedo recordar el sol saliendo por la fina línea de mar color cobalto. Nunca he estado enamorada pero esa sensación al ver la luz de la mañana arrancando destellos plateados al mar, es lo más maravilloso que he sentido nunca.

Siempre he sabido lo que quería ser, a qué me quería dedicar realmente, y por eso acabé en la Academia de Bellas Artes de Catania. Mi padre se enfadó conmigo cuando supo a qué quería dedicarme. Yo no tengo hermanos, soy hija única, y él esperaba que fuese un seal, igual que él, pero a mi no me gusta el mar, me gusta la belleza, dibujo desde que tengo memoria y me gusta hacer esculturas con materiales que ni te imaginas. No te equivoques, quiero mucho a mi padre, pero él y yo somos muy diferentes, y no permitiré que sus aspiraciones nublen las mías.

Yo pinto lo que veo, pero no lo que mis ojos ven, sino lo que mi cabeza imagina. Los artistas somos algo extraño, no solo vemos el mundo como es, sino como podría ser. Eso es lo que hace que el arte sea algo tan especial. No es solamente que parezca que te lee el alma, lo que busca el arte, para mí, es hacer que te cuestiones todo lo que ves y que puedas volar sin alas.

Todavía recuerdo la mirada de Andrea D'angelo, mi profesor de pintura, cuando vio el primer cuadro que pinté. Había puesto sobre la mesa un bol con frutas, la idea era pintar un simple bodegón, pero mi mente vio más, muchísimo más, y esa imagen que todos los demás pintaron exacta a la realidad, yo conseguí que pareciesen frutas encantadas. En el cuadro había incluso un mago de manos nudosas y barba blanca que bañaba las frutas con un polvo dorado brillante.

-Eso no es lo que yo le he pedido, señorita...

-Harville, me llamo Alice Harville.

-¿Y puedo saber por qué ha pintado algo que no se parece en absoluto al ejercicio que le he puesto?

-Usted me dijo que pintase lo que veía y esto es lo que vi.

Las palabras de Andrea no coincidían para nada con sus ojos. Su voz sonaba tensa e irritada, pero sus ojos estaban asombrados, no podía apartar la mirada del cuadro, casi parecía obnubilado. Por eso, a pesar de que me suspendió ese ejercicio, no podía sentirme más orgullosa. Acababa de dejar sorprendido a un profesor de arte que llevaba enseñando veinticinco años y nunca había visto a un solo alumno dejarse llevar tanto por su imaginación.

Me costó sacarme el título, lo admito, pero lo conseguí. Sin embargo, en mi último curso, eso ya no me importaba demasiado. Seguía yendo a clase porque siempre se puede aprender algo, pero cuando empecé en la Academia yo vivía en un apartamento cutre en un barrio ruidoso y con un olor desagradable, y ahora mis cuadros se venden por millones y se exponen en galerías y museos de todo el mundo.

Me he convertido en una celebridad en la Academia, todo el mundo habla de los cuadros de fantasía de Alice Harville, todo el mundo quiere conocerme y, siendo honesta, eso me eleva el ego. Pero la gente no me interesa en lo más mínimo, lo único que yo deseo es pintar, y eso es todo. Si a los demás les gusta o no les gusta, francamente no me importa.

Mamá, sé que me hechas de menos, pero ahora mismo no puedo volver. Necesito que me des un poco más de tiempo, quiero terminar la academia, y entonces podré volver a donde tú quieras. Pero no me pidas que vuelva a vivir en bases navales, sabes que no lo soporto. 

Te quiere

Alice


Cuando Isobel terminó de leer la carta, su rostro estaba surcado de lágrimas. Nunca se había parado a pensar en lo que había sido para ella vivir en tantos países, no tener nunca amigos. Había aprendido muchísimo, era cierto, pero todo lo que ella quería era ser normal, y nunca podría tenerlo.

-Entonces, ¿tampoco vendrá este año a celebrar la Navidad con nosotros?

-No James, quiere terminar la academia. Sé que vas a licenciarte este año, y he estado pensando, ¿por qué no nos vamos nosotros a Sicilia. Estoy segura de que Alice podría pasar más tiempo con nosotros. Hecho de menos a mi hija, hace ocho años que no la vemos y solo nos escribe de vez en cuando.

-Está bien, pero no se lo diremos de momento. Cuando me licencien y podamos irnos, cuando estemos seguros de que podremos asentarnos en Italia, entonces se lo diremos.

James podía parecer duro por fuera, un hombre de músculos bien formados, barbilla cuadrada y pelo muy corto, pero no soportaba la idea de darle falsas esperanzas a nadie, y mucho menos a Isobel y Alice. Si iban a vivir en Italia, quería que fuese algo definitivo.

lunes, 15 de enero de 2024

Testimonio

 Esta es una de las muchas historias que a mi cabeza se le ocurren. Ha estado dando vueltas en mi cabeza toda la mañana, haciéndome difícil estudiar. Disfrutad de este relato.


La sala estaba decorada en madera, con tres mesas formando una U, cuyos poseedores se encontraban enfocados en una silla central que se encontraba cerca de un micrófono. A su espalda, cuatro sillas, más, y tras estas unas treinta para los observadores. Bianca se encontraba en la silla cerca del micrófono, observando a los jueces ataviados con túnicas negras que no le quitaban el ojo de encima. Se había metido de cabeza en esa situación por capricho, o más bien por venganza.

Bianca había sido explotada, abusada y vilipendiada por su antiguo jefe, Oscar, y estaba deseando destruirle, pero no podía gastarse más de lo que ganaría en un juicio que probablemente no ganase, y como la unión de unos pocos siempre era sinónimo de mayor fuerza, se alió con todos aquellos a los que ese imbécil alto como una viga, con gafas y cara de vinagre había destruido con sus malos modos, pues todos los que habían trabajado para él habían acabado exactamente en la misma situación que Bianca, quien se encontraba medicada con tres antidepresivos para soportar mirarse al espejo por su culpa.

El abogado de su jefe se acercó a ella y empezó con su ronda de preguntas, y sabía que trataría de hacerle todo el daño que pudiese para sacarla de sus casillas y desacreditarla, y estaba segura de ello porque así funcionaba su jefe. 

-Señorita Diaz, ¿es cierto que estaba usted bajo seguimiento psicológico antes incluso de trabajar para mi cliente debido a que es usted autista?

-Sí, es cierto. El seguimiento psicológico es indispensable para los pacientes de Trastorno del Espectro Autista, y dada mi condición de Asperger, llevo viendo a un psicólogo desde que fui diagnosticada a los catorce años.

-¿Y es cierto que su editorial la estafó?

-Sí, todavía estoy tratando de resolverlo.

-Luego es usted manipulable, se cree todo lo que le dicen y solo se da cuenta de que la están manipulando cuando ya es tarde.

-Sí, es parte de la razón por la que estoy aquí.

El abogado podía ser todo lo incisivo que quisiese, pero Bianca era tranquila, no se alteraba casi nunca y respondía con soltura, lo cual enervaba al abogado, que se sentó en su sitio con el ceño fruncido tras decir "no haré más preguntas".

-Puede intervenir el abogado de la acusación -anunció el juez principal.

-Señorita Diaz, ¿podría explicarnos, en pocas palabras, en qué consiste el autismo que usted padece?

-Se trata de una condición que antes recibía el nombre de Síndrome de Asperger. Me cuesta comprender las emociones ajenas, no sé por qué alguien actúa o reacciona como lo hace, a veces ni siquiera puedo percibir cómo se sienten. Además, tengo la habilidad de discriminar lo que no me interesa y centrarme demasiado en aquello que me interesa, lo cual me hace obviar cosas que a los demás les parecen importantes y dedicar casi todo mi tiempo a lo que a mí me parece importante. Por último, necesito palabras muy concretas para entender qué es lo que los demás quieren de mí porque, mayormente, no lo comprendo. Mi cerebro discrimina por defecto lo que es importante y lo que no, por lo que algo urgente que no se me especifica que es urgente, me pasa desapercibido ante otras tareas que sí se me ha especificado que son importantes.

-¿Algún otro detalle?

-Tengo una memoria de la que me siento muy orgullosa, es prácticamente perfecta. Se podría catalogar como memoria eidética, pero no tal y como la expresa Sheldon Cooper, no es tan precisa. Al tener TEA, no tengo concepto del tiempo, para mí los días o las horas no son importantes, pero sí los acontecimientos. Eso significa que, incluso aunque no tengo certeza de en qué día vivo, los detalles que vivo sí son importantes.

-¿Podría ponernos un ejemplo?

-La secretaria que está en la entrada de esta sala tiene el pelo rizado, corto y de color caoba, lleva un jersey rosa con un arcoíris y gafas negras. Me resultó un tanto disonante todo el conjunto de colorimetría que llevaba, así que mi cerebro lo registró como extraño.

-Agente, por favor, haga pasar a la recepcionista.

En ese momento Oscar supo que estaba perdido. Sabía que ella tenía una memoria extraña, pero no sabía cuánto. La joven secretaria entró a la sala, con gesto confundido, pues nunca se la había llamado para nada. El juez observó su atuendo, perfectamente descrito por la joven que se encontraba testificando, y ordenó que se retirase.

-Así que podría decirse que su memoria es prácticamente perfecta, tal y como usted ha señalado -la joven asintió seriamente-. Y según su memoria, ¿qué ocurrió el día 19 de junio?

-Imagino que se refiere al incidente por el cual hemos decidido conjuntamente denunciar a mi antiguo jefe. 

-Correcto.

-Ese día me sugirió sacar algún dinero extra limpiando apartamentos turísticos. Admito que estuvo mal por mi parte aceptar, ya que a partir de ese momento empezó a abusar de mi buena fe, pero lo hice puesto que nos encontramos sin limpiadores en temporada alta.

-¿Por qué se encontraban sin limpiadores?

-Porque tenían que pagar la gasolina de su propio coche y les pagaba una miseria. Especificaré según recuerdo. Eran 20 euros por apartamento, sumando 5 por cada habitación a partir de la segunda, y contándose la terraza como una habitación más, por lo que en un piso de tres habitaciones con terraza, sin importar el tiempo que el limpiador tardase en prepararlo, le pagaba 35, todo ello sin seguro ni contrato de ningún tipo -escuchó como su jefe rechinaba los dientes.

-Que conste en acta que estas condiciones son abusivas. Por favor, continúe con su relato.

-Tardamos una hora en limpiar todo el apartamento, y cuando salimos nos dirigimos al siguiente pueblo. Estábamos abandonando el pueblo en el que se sitúa el apartamento cuando nos llamaron por teléfono. Eran los inquilinos de esa semana, quejándose porque había polvo en una estantería. Intenté calmar a la clienta, pero no quiso escucharme, por lo que mi jefe me arrebató el teléfono y la amenazó, y ella, como es lógico, se ofendió y le colgó.

-¿Y qué ocurrió a continuación?

-Supuse que eso sería todo, pero me equivoqué. Mi jefe dio media vuelta y se puso a conducir a 80 por hora en una carretera dentro de poblado, que para entonces se encontraba ya limitada a 30. Pensé que iba a morir, hasta que aparcó. Cuando salí del coche estaba temblando, así que le pedí que nunca más volviese a conducir así conmigo dentro del coche. Me ignoró totalmente y se dirigió al apartamento. Se puso a gritar como un poseso, reclamando que iba a sacar a los inquilinos del piso, que se negaron a abrir la puerta hasta que se calmó. Entonces entró al piso, limpió la estantería y se fue dando un portazo. Yo estaba aterrorizada.

-¿Volvió a conducir a esa velocidad?

-Ese día no, y después lo ignoro, porque no volví a subirme con él a un coche, tuve que utilizar el mío.

-¿Y le subsanó los desplazamientos?

-No, ni los desplazamientos ni las horas extraordinarias que hice trabajando para él.

-¿Y hasta que hora trabajaba usted?

-Según mi contrato, hasta las siete de la tarde, pero ese horario nunca se cumplía. Solía quedarme hasta las ocho la mayor parte de los días, salvo unos pocos en los que tenía que seguir trabajando hasta las diez, once o incluso las doce de la noche, contando algún fin de semana, en los que, por supuesto, no estaba obligada a trabajar.

-Todo eso con su propio vehículo.

-Correcto.

-¿Le presentó usted una relación de horas extraordinarias y kilometraje a su jefe en el momento de la finalización de su contrato?

-Sí. Le presenté una relación de los kilómetros, las horas de salida de los desplazamientos y capturas de pantalla de mis recorridos de Google Maps, además de las horas a las que salía del trabajo.

-¿Le dijo que se los pagaría?

-Sí, a lo estipulado por ley.

-¿Llegó a hacerlo?

-No, alegó que debía recuperar lo que había perdido por mi culpa. Según él, los dueños del apartamento que he mencionado antes finalizaron el contrato con él por mi culpa.

-Pero, según lo que han testificado antes los propietarios de dicho inmueble, no fue así.

-Correcto. Así que, después de consultar con un sindicato, un abogado y de hablar con la persona que antes había trabajado para él, decidí desistir de la denuncia y firmar el finiquito como no conforme.

-Y en su opinión, ¿el acusado la trató con respeto?

-No. Me obligó a decirle a todo el mundo que era discapacitada, y aunque a día de hoy tengo una discapacidad reconocida del 54%, entonces no era así, por lo que técnicamente tuve que mentirle a sus clientes. Me gritó "ya sé que tienes problemas de memoria", cuando he demostrado que eso no es verdad, me culpó de perder clientes, me llamó inútil, me enviaba a limpiar pisos, enseñar pisos e incluso pasear a su perro, pero no podía ausentarme cinco minutos para tomar un café en el bar que hay a siete metros de la oficina, y de hecho me gritó en mitad de la calle por esto.

-No tengo más preguntas.

-Señorita Díaz -anunció el juez- puede volver a su sitio.

Hubo más deliberaciones, acusaciones, testimonios y preguntas, en los que Oscar ni sabía cómo contestar ni podía rebatir. Por la sala pasaron limpiadores, clientes, los siete administrativos que habían trabajado para él en un plazo de un año y demás afectados. 

Bianca pudo observar cómo el juez se ponía rojo de rabia, considerando una completa falta de respeto y de su tiempo el estar observando como el petulante jefe se defendía con acusaciones como "una persona con autismo no puede hacer x o y", denigrando no solo a Bianca como TEA, sino a todos los discapacitados del país por su modo grotesco de hablar, como si el hecho de ser discapacitado fuese suficiente para considerar al individuo de dicha discapacidad como un inútil.

-Esta sala ha escuchado suficiente. Ha abusado usted de veinticinco empleados y cuatro clientes, ignorando los derechos laborales de todos sus empleados, y tratando a los clientes con gritos y abusos. Por tanto, en mi autoridad como juez, le condeno a pagar una indemnización de 75.799,3€ por persona a causa de los abusos que sufrieron de su mano -Bianca pudo ver con orgullo cómo su jefe se ponía pálido como un muerto-. Se levanta la sesión.

No le extrañaba que estuviese tan pálido, eran más de dos millones de euros entre todos, y debía pagarlos por dictamen judicial. Estaba contenta, y mucho. No se sentía tan bien desde que había conseguido un trabajo, lástima que fuese con él. Era una pesadilla que por fin había terminado, y él había salido perdiendo. 

Ella no tenía pruebas del abuso que había sufrido a sus manos, pero su compañera de trabajo sí, horas y horas de grabaciones que la sala entera había escuchado, humillaciones de todo tipo, cientos de testigos... y por fin había terminado, habían ganado. 

jueves, 4 de mayo de 2023

La caja de música

 Cuando era pequeña mi padre casi nunca estaba en casa. No era que no me quisiese, de hecho me adoraba, tanto que conducía un camión de mercancías peligrosas solamente para que mamá y yo tuviésemos comida, un techo sobre nuestras cabezas y una vida que considerar digna. Las pocas veces que mi padre estaba en casa, casi siempre era de noche y no podía verle, pero siempre me traía algo de sus viajes y me lo dejaba en mi mesilla, junto a un reloj despertador que me molestaba cada mañana.

Mi padre no intentaba comprar mi amor entre ausencias y juguetes, todo lo contrario, él me dedicaba palabras que leía una y otra vez y me compraba pulseras de hilo o algún colgante de forma extraña. Solo hubo una ocasión en la que mi padre gastó más dinero de lo que nunca había hecho y me hizo un regalo muy especial.

Se trataba de una cajita blanca con bordes dorados cuya tapa se levantaba para dejar escapar a una bailarina de tutú rosa que giraba lentamente al sonido de Lasquia ch'io pianga. Siempre me ha gustado la ópera, Rinaldo es mi favorita, y papá lo sabía. No es común encontrarse una cajita de música así, casi todas tenían encerrada la melodía del Canon de Pachelbel, así que tenía que haberla pedido por encargo.

-Valeria -llamó mi madre desde la cocina-. ¿Qué haces en cama todavía?

En aquel momento no pensé en lo que significaba esa pequeña obra de arte, agarré la cajita y bajé las escaleras hasta la cocina, de la que salía un delicioso olor a tortitas. No era mi cumpleaños, mi madre solía hacerlas cada vez que papá había venido.

-Lo siento cielo... -dijo con un suspiro de tristeza.

-Pero si es muy bonita -creo que pude sentir su confusión un instante-, y tiene música.

Levanté la cajita ante la mirada sorprendida de mi madre, que trataba de componer alguna palabra mientras ella balbuceaba, observando la cajita de música.

No entendí por qué parecía tan confusa, tan perdida, hasta esa misma tarde, cuando mis primos y mi tía Mayra vinieron de visita. Iban vestidos de negro, con aspecto entristecido y mi tía fue inmediatamente a darle un abrazo a mamá. 

Esa tarde me quedé perdida en mis pensamientos mientras observaba la cajita de música, sin atreverme a levantar la tapa para no volver a molestar a mamá. No sabía por qué parecía tan confusa y asustada cada vez que sonaba la música, así que prefería quedarme quieta, simplemente mirando la cajita.

De vez en cuando todavía la miro, aunque ya no me atrevo a abrirla. Cuando cumplí los catorce años le pregunté a mamá por qué papá no volvía de sus viajes, y ella me miró con tristeza. Sus ojos siempre estaban tristes después de aquel día, ya casi me había acostumbrado a aquella mirada que pasaba al miedo cada vez que sus ojos se deslizaban sobre la cajita de música, ahora siempre cerrada.

-Cielo... ¿cómo podría decírtelo? Papá... se fue...

-¿Nos abandonó?

-No cariño... hace diez años iba por la carretera y una roca cayó sobre el tanque del camión. Arthur frenó de golpe y las chispas hicieron prender la dinamita que llevaba a la mina...

No necesité más palabras, papá había muerto aquel día. No sabía cómo había llegado la cajita de música hasta mi mesilla, pero de una cosa estaba segura: papá me la había regalado.

Después de eso dejé de mirar la cajita durante años, hasta que un día, en clase de violín, alguien empezó a tocar esa canción. Se me llenaron los ojos de lágrimas, preguntándome por qué había dejado abandonada aquella cajita, y busqué la letra por internet. No había leído nada más triste en mi vida. Comprendí que papá no había puesto esa canción solamente porque me gustaba, sino porque él estaba llorando por no poder estar a mi lado.

sábado, 15 de abril de 2023

Ragnar

 Desde que era pequeño, adoraba a los animales. La idea de que alguien pudiese hacerle daño a un animal era inconcebible para Jesús, así que el día en que le regalaron un cachorro marrón arrugado, con el hocico negro y unas graciosas orejas caídas sobre su cabecita, fue el día más feliz de toda su vida. No era su cumpleaños, ni Navidad, ni una fecha especial, simplemente un vecino del pueblo le regaló ese perrito, y él se enamoró de él hasta tal punto que Leticia fue incapaz de separarles.

Decir que Jesús y Ragnar eran inseparables, era un eufemismo. El chico había sacado su nombre de un libro que su padre guardaba en su biblioteca. Leticia creyó, durante años, que a un perrito tan adorable no le terminaba de cuadrar ese nombre. Mientras veía crecer a su hijo, sin embargo, cambió de opinión. El perrito resultó ser un bullmastiff que a los tres años medía más de medio metro y pesaba casi tanto como ella. No obstante era un trozo de pan que no haría daño a una mosca. Ragnar seguía durmiendo con Jesús, que lo sacaba a pasear cada día por el bosque.

Hubo una ocasión que se quedó gravada en la memoria de Jesús, que entonces tenía catorce años. Si bien el perro era dulce y cariñoso, también tenía cierto instinto cazador que quedó patente aquella tarde de mediados de julio. Era un día como otro cualquiera, con el sol de media tarde arrancando destellos a las hojas recién salidas del bosque, cuando Ragnar levantó una pata delantera, entrecerró los ojos y se quedó mirando a un punto fijo en mitad del bosque.

-Eh, campeón, ¿qué estás mirando?

Jesús siguió la dirección de los ojos de Ragnar, y alcanzó a ver, entre los matorrales, a un inocente gazapo de color pardo cuyas orejas sobresalían entre la espesura. No debía pesar ni un kilogramo, y aun así Ragnar lo tenía cruzado, atrapado entre sus ojos, y estaba empezando a salivar.

-Oh, no, Ragnar, ni se te ocurra.

Pero era ya muy tarde, y lo único que Jesús pudo hacer fue sujetarse a la correa haciendo surf con sus propias deportivas, mientras Ragnar lo arrastraba por el bosque, en pos del conejo. Poco importaba lo mucho que Jesús protestase o tratase de tirar de él, su perro se había obsesionado con el conejo, que empezó a correr por el bosque al verse perseguido por el perro.

Jesús trataba de frenarle como buenamente podía, pero el perro tenía más fuerza que él. Normalmente le obedecía sin protestar, paraba cuando él quería y nunca atacaba a nadie, pero ese conejo le había obsesionado y había hecho sobresalir el poco instinto cazador que tuviese. 

-¡Ragnar, para!

Gritó en cuanto vio un zarzal formando un túnel en mitad de un estrecho camino. Si había espacio para el perro, era de milagro. Intentó zafarse de la correa, pero, como siempre, la llevaba sujeta a la muñeca para poder pararle si se descontrolaba. Claramente ese plan hacía aguas por todas partes.

-¡Ragnar!

El conejo vio el agujero en el zarzal y entró a toda velocidad, huyendo de Ragnar, que tardó muy poco en seguirle al interior del matorral, arrastrando con él a Jesús, a quien el trayecto se le hizo extraordinariamente largo.

Cuando finalmente el perro atravesó el zarzal, se detuvo casi de golpe, oteando el horizonte con mirada aviesa, y luego miró a Jesús con una sonrisa. El chico se levantaba como podía, estaba totalmente arañado, tenía zarzas clavadas en los brazos y en las piernas, arañazos de piedras en el pecho y una herida en la ceja. Ragnar se acercó a Jesús y empezó a lamerle las heridas como un gesto de disculpa. Si en algún momento el chico había estado enfadado con su perro, se le pasó al instante.

-No vuelvas a hacerlo.

Emprendieron el camino a casa y entraron al adosado. Leticia abrió los ojos como si fuesen a salirse de sus órbitas al ver a Jesús lleno de arañazos que empezaban a cicatrizar.

-¿Qué narices ha pasado?

Cuando Jesús empezó a narrarle su desventurada aventura a su madre, ella intentó permanecer seria, pero el chico podía ver cómo estaba haciendo innumerables esfuerzos por no reírse mientras él le contaba cómo había hecho esquí por el bosque y finalmente atravesado un zarzal por un conejo que, finalmente, se escapó.

miércoles, 29 de marzo de 2023

Ladrona

 El sol iluminaba la plaza del pueblo, cercana al puerto. Era un día normal de principios de verano, en los que uno se sienta a tomar un café y disfrutar del silencio o de la compañía, según se tercie. Lucía solía ir de compras y parar a medio día a tomar un café para despejarse un rato, ¿y quién no tiene derecho a ello? Aquel día no tenía ganas de conversación, solo de disfrutar del silencio, un bizcocho esponjoso de color caramelo que la cafetería ofrecía por voluntad, y el sol de mediodía.

Por desgracia para Lucía, seguramente no podría iba a poder hacer eso. Los primeros turistas acababan de llegar desde algún punto del centro de la península, y eso significaba dos cosas: ruido innecesario y falta de modales. En cuanto escuchó el acento del centro acompañado de esa soberbia mal disimulada, supo que necesitaría toda su fuerza de voluntad para poder ignorarlos y seguir disfrutando de su café, que a fin de cuentas era lo único que quería.

-Un café dalgona con leche de almendras, y rápido.

No sabía ni lo que había pedido, pero eso le daba exactamente igual. La señora rubia que había pedido ese café ni siquiera se había molestado en saludar a la camarera, una chica que estaba sacrificando sus vacaciones solo para ganar un poco de dinero. Esa actitud era lo que le revolvía el estómago. ¿Tanto costaba ser amable?

-Amanda -la llamó con una sonrisa-. Cuando tengas un momento cóbrame.

No sabía por qué a las personas les costaba tanto tener paciencia, saludar o dar las gracias. Era algo muy sencillo. A su entender, si uno tiene tiempo para sentarse en una terraza a tomar un café, también lo tiene para ser amable y comprender que el camarero tiene más cosas que hacer que atender a una sola persona.

Amanda, la camarera rubia con una graciosa peca encima del labio, no tardó en llegar con un vaso de café prácticamente blanco cubierto de crema de color tostado. A través de sus gafas de sol, Lucía miró impresionada esa bebida. Tendría que buscar en internet cómo hacerlo, si lograba recordarlo después.

Levantó la mirada al oír un chillido familiar, una gaviota estaba recorriendo la plaza con un delicado planeo. Agarró su bizcocho y se lo comió antes de que ocurriese lo que sabía perfectamente que acostumbraba a ocurrir, y siguió tomándose su café.

Entonces una risa molesta la hizo volver a la realidad otra vez, y miró a la turista. Ni siquiera le estaba prestando atención al café, tenía la cabeza pegada a un smartphone. Sonrió con picardía, sabía lo que estaba a punto de ocurrir en cuanto decidió dejar de lado el café y prestarle atención al teléfono.

Unos segundos después, la gaviota que había aterrizado en mitad de la plaza, saltó a una de las mesas de la terraza, sin perder vista del bizcocho de la turista. Tardó solo un par de segundos en alcanzar la mesa de la mujer rubia, agarrar el bizcocho con el pico y tirar el cremoso café por encima de la camisa blanca de la turista al alzar el vuelo, con el dulce en el pico.

No pudo evitar una risa bastante estridente. Sabía que pasaría, pero siempre era divertido verlo. La mujer rubia la fulminó con la mirada.

-Vaya falta de respeto.

-La culpa es suya -respondió sin darle mucha importancia-. Además, antes de hablar de respeto, aprenda modales. Los camareros no son sus esclavos, son camareros y están trabajando, pero no para usted, y se merecen ser tratados con respeto.

Amanda salió a la terraza nada más ver el desastre, y se encontró con la aguda respuesta de su amiga. Aunque hubiese querido, no habría podido evitar esa sonrisa divertida y sincera.

-Cielo, supongo que tienes un rato -le entregó un billete-. Quédate el cambio.

-Pero...

-Eh, las vacaciones acaban de empezar y ya aguantas bastante a gente sin modales -sonrió-. Te lo mereces.

-Gracias.

-¿No vas a hacer nada? -interrumpió la turista-. Atrapa a esa ladrona.

-¿Le han robado el bolso? Puedo llamar a la policía.

-No mujer -intervino Lucía-, creo que pretende que vayas detrás de una gaviota que le ha robado el bizcocho y le ha tirado el café por encima por estar pendiente del móvil. 

martes, 21 de marzo de 2023

Las llaves

 María estaba harta de su trabajo, realmente harta. Trabajaba para Sandro Pérez, un hombre de cincuenta años español por parte de padre e italiano por parte de madre. Sandro tenía ideas muchísimas ideas, quizá demasiadas, así que por querer abarcarlo todo no prestaba atención a casi nada, y eso incluía pagarle a María, que seguía trabajando porque no tenía alternativa porque, a falta de experiencia, nadie la contrataba. Por eso había empezado a trabajar para Sandro, pese a que lo conocía perfectamente y sabía de qué pie cojeaba.

Aquella mañana ni siquiera tenía ánimos para ir a trabajar, se sentía cansada, había estado dando vueltas toda la noche y saber que tendría que aguantarle no mejoraba su humor. Aun así se vistió para ir a trabajar y caminó hasta la oficina que, como casi todos los días, estaba vacía. Sin muchas ganas sacó su ordenador de la mochila y conectó el cargador. 

Llevaba un par de horas aburrida, mirando a ninguna parte porque en la oficina nunca había demasiado que hacer, a parte de mantenerla limpia. Sandro apareció por la puerta, con un pintor delgaducho, tanto que parecía un milagro que pudiese mantenerse en pie por sí mismo. 

-María -levantó la mirada del ordenador-. ¿Has visto las llaves?

-¿Qué llaves?

Sandro señaló la puerta que llevaba al local del entresuelo y María suspiró pesadamente. El viernes había estado subiendo cajas a ese maldito local de escaleras angostas y muy poco iluminado, y había dejado las llaves sobre el mostrador. Al llegar por la puerta aquel lunes las llaves ya no estaban, así que supuso que Sandro las había guardado.

-Ni idea, yo las dejé en el mostrador.

-Voy a mirar atrás.

María no necesitaba ser adivina para saber qué iba a ocurrir. Sandro se volvió loco buscando en la trastienda, donde había instalado su despacho, las llaves con un prendedor verde. María suspiró mirando al cielo y empezó a buscar las llaves en su mostrador, por si se habían colado entre algún papel. Llevaba ya un rato buscando cuando Sandro apareció por el pasillo y la miró con cara de circunstancias.

-Tienes que tenerlas tú, te las he dado a ti para guardar las cajas. Búscalas porque tienes que tenerlas tú.

-¿Y no te las habrás dejado en casa?

-Lo dudo, pero voy a mirar -respondió apresuradamente.

María sabía perfectamente que ella no las tenía, no porque no hubiese buscado bien o porque existiese la mínima posibilidad de que se las hubiese llevado por accidente, sino porque estaba segura de que las había dejado sobre el mostrador, encima de una placa de cristal donde había cinco tarjetas más viejas que el Arca de Noé.

En cuanto Sandro se fue, María se sentó en su silla blanca giratoria, con la cabeza dándole mil vueltas y unas ganas tremendas de tomarse un café con Mercedes, su madre. Estuvo a punto de escribirle, pero no podía dejar al pintor solo, cruzado de brazos, mientras esperaba a unas llaves que no iban a aparecer y teniendo que soportar a Sandro. El timbre del teléfono le hizo levantar la cabeza, y en la pantalla de su Smartphone apareció el nombre de su jefe.

-Joder... -dijo en un suspiro antes de pulsar en el teléfono verde-. Dime Sandro.

-¿Las has encontrado?

-No.

-Pues habrá que llamar a alguien para cambiar la cerradura, y me jode porque acabo de cambiarla.

Después de unos dos minutos de conversación, colgó el teléfono con el ánimo por los suelos. Sabía que no debería haberse levantado de la cama ese día. Mientras lamentaba el momento en el que se había vestido y convencido a sí misma para ir a trabajar, el pintor salió de la trastienda. No quería ni saber qué estaba haciendo allí o cómo había entrado, tenía demasiadas cosas en la cabeza.

-María, ¿son estas?

Se quedó mirando las llaves, con un prendedor verde y un montón de copias de la misma llave. Tenía que ser una maldita broma.

-¿Dónde estaban?

-En la oficina de Sandro, debajo de una carpeta -respondió mientras dejaba las llaves sobre el mostrador.

-Voy a comprobarlo.

De algún modo se temía el resultado. Sostuvo entre sus manos una de las llaves de seguridad, la introdujo en la cerradura y la giró despacio, con una suavidad digna de un engranaje perfecto. Pudo oír un "clic", pero antes de abrir la puerta, volvió a girar la llave, la sacó de la cerradura y miró al cielo con aspecto derrotado.

-¿Y se supone que la despistada soy yo? -miró al pintor-. Dame un minuto solamente, primero voy a matarlo y luego te abro.

Hablaba metafóricamente, pero incluso el pintor comprendía su punto de vista. Conocía a María desde hacía años, a ambos en realidad, y sabía que Sandro era al menos tres veces más despistado que esa pobre chica, que solo quería tener un poco de experiencia para poder buscar un trabajo donde le pagasen un sueldo adecuado y no tuviese que perseguir a su jefe para que le pagase.

María desbloqueó el Smartphone, buscó el número de Sandro y deslizó su nombre para llamarle. Después de dos tonos, finalmente la voz de Sandro respondió, algo molesto por la "desaparición" de las llaves.

-¿Sí?

-Han aparecido. Estaban debajo de una carpeta en tu despacho -y casi pudo sentir cómo Sandro se maldecía a sí mismo interiormente-. Sí, tranquilo, yo me encargo.

Típicamente Sandro le había pedido que vigilase la oficina porque él no iba a estar en todo el día, lo cual era bastante común. Con una sonrisa de oreja a oreja, María abrió la puerta del local contiguo y volvió a su trabajo.

martes, 14 de marzo de 2023

Motivos ocultos

 Observó sus ojos verdes sin poder creerse todavía lo que sostenía entre sus manos. Ese cheque le ayudaría a subsanar su metedura de pata, y venía de Emma Roberts, la extraña y distraída mujer con la que había tenido una aventura cuando ella era una adolescente descerebrada. Emma había conseguido su fortuna restaurando casas. Compraba una casa destartalada y a punto de caerse, la convertía en una pequeña mansión y la vendía por cuatro o cinco veces más de lo que había pagado por ella. 

Emma y él habían terminado su tortuosa relación en muy malos términos, con una amenaza de denuncia y un juramento suyo en el que clamaba venganza. No quería volver a verla, pero al verse involucrado en una estafa piramidal por accidente, decidió devolver cada céntimo para evitar una demanda que, seguramente, le llevaría a la cárcel. Por eso había acudido a la persona más adinerada que conocía, y ella le había entregado un cheque por tres millones con el que, sin lugar a dudas, podría subsanar ese error.

-Yo...

-Ni te molestes -bebió un trago de ron-. Sé que me lo devolverás y yo estaré esperando.

Tenía razón, no podría dormir tranquilo hasta que le devolviese su dinero, y ella lo sabía, por eso se lo había prestado. Esa mujer pelirroja sabía exactamente cómo torturarle. Sin embargo, dado que necesitaba ese dinero urgentemente, decidió pasar por alto la amarga sensación de saber que ella le estaba ayudando, pese a lo que había ocurrido entre ellos.

...

Dylan miró con curiosidad a su hermana, que esbozaba una sonrisa de triunfo mientras él salía por la puerta del bar. Muchas veces no comprendía a su hermana, pero tenía razón la inmensa mayoría de las veces, como cuando compró aquella casa que se caía a pedazos en mitad de ninguna parte y la convirtió en una casa de lujo. Por un momento pensó que la quería para ella, pero la subastó al mejor postor y ganó 3 millones con una casa por la que había pagado menos de 45 mil. 

Si creyó que se conformaría con una sola jugada, no conocía de nada la mente de su hermana. Esa misma hazaña se repitió más de quince veces, y había convertido su maestría en reformar y decorar casas en una ventaja porque, como decía el Joker de Heath Ledger, "si eres bueno en algo, no lo haces gratis", y su hermana era muy buena reformando casas.

Sus planes de inversión no eran lo único en lo que no podía seguirla, sino también ese día, mientras estaban tomando algo en la terraza de un bar, justo cuando se acercó a ella su exnovio, que había destrozado su vida tres veces, convirtiéndola en una fría máquina que miraba a todo el mundo con desprecio disfrazado de una dulce amabilidad.

Le sorprendió que le entregase el cheque sin hacer preguntas, porque su hermana tenía mucho cuidado con sus movimientos para no perder o para ganar más de lo que perdía. No pudo evitar preguntarse qué era lo que estaba ganando con esa estrategia tan extraña, y cuando él se fue, se acercó a su hermana.

-¿Qué intentas conseguir esta vez?

-Lo sabrás cuando vuelva, y volverá.

-¿Por qué estás tan segura? Podría largarse con tu dinero y no volver jamás.

-Lo sé, y ganaría de todos modos.

-¿Y qué ganarías exactamente?

-Lo sabrás... a su debido tiempo.

...

Habían pasado tres años y medio, estaban celebrando una barbacoa en el jardín por el cumpleaños de Emma, y solo había cuatro personas allí: ella, su hermano, su mejor amigo y la novia de este. Costaba mucho creerlo, pero Emma solía alejar a todo el mundo por su actitud fría. A nadie le gustaba oír a una persona soltarle todas las verdades a la cara, algo que ella solía hacer sin despeinarse. Por eso Charles se había quedado a su lado, porque era sincera y le importaba muy poco lo que pensasen los demás de sus agudas palabras.

Pero aquel no era un día normal, y mientras se asaba la carne y Emma metía en la nevera sus famosos helados caseros para que se ablandasen un poco, el timbre de la puerta pareció cortar la música de Avicci. 

-¿Esperamos a alguien más?

Emma miró a Julia, que le sonreía con una mirada dulce. Esa mujer era de las pocas personas que consideraba soportables por tres razones: no sabía mentir, le importaba muy poco lo que los demás pensasen de ella y nunca se metía en las vidas ajenas. A su entender, era el tipo perfecto de persona, y por eso la tenía en alta estima.

-Que yo sepa no. 

-Iré a ver.

Julia recorrió el amplio pasillo de mármol blanco lleno de espejos y abrió la puerta. Al otro lado había un hombre de cabello negro, con una cicatriz pequeña en la mejilla y un ojo verde y otro marrón. No le conocía de nada y no podía dejarle entrar sin más.

-Hola, ¿quién eres tú?

-Leonardo Ricci, soy... amigo de Emma.

-Nunca te ha mencionado.

Pero Emma escuchó su voz desde la cocina y le dejó pasar, sabiendo que Julia le acompañaría hasta donde estaba ella, que estaba montando nata para poder comer un delicioso banana split.

-Te sigue gustando cocinar.

-Sí, la gente amorosa suele amar la cocina o el arte -espetó fríamente, sabiendo que él odiaba ambas cosas-. Has tardado, te esperaba desde hace un año.

Leonardo sacó de su cartera un cheque doblado, pero para su sorpresa, Emma lo miró con un marcado desprecio y luego levantó sus ojos verdes hacia él, sin una pizca de remordimiento.

-Quédatelo.

-¿Qué? No lo entiendo.

No hacía falta mirar a su alrededor para saber que no era el único. Charles y Dylan tampoco comprendían que se le estaba pasando por la cabeza a Emma, y Julia solamente intuía algunos trazos. Sabía que no aceptaría ese cheque, pero no comprendía las razones que llevaban a Emma a tomar esa radical decisión, aunque algo le decía que estaba a punto de hacerlo.

-Yo no presto dinero, jamás, y ellos pueden confirmarlo. Yo suelo dárselo a la gente que me cae bien, por eso tuve que aguantar a un montón de interesados durante algún tiempo -sacó la espátula de goma del cajón-. ¿No te has preguntado por qué, entonces, decidí prestarle dinero a la persona que más desprecio en este mundo?

En ese momento Leonardo sintió como la sangre de su rostro se calentaba un segundo y luego descendía helada por su columna.

-Fue por esto, por este momento. No quiero el dinero, nunca lo he querido. Lo que yo quiero es que sepas que, si te has librado de acabar tres años en la cárcel, fue gracias a mí -Julia la miró con cierta sorpresa muy difícil de disimular-. ¿O creías que te daba el dinero por la mera bondad de mi corazón? Porque tú te encargaste de destruir eso, todo lo que queda es lo que ves.

-No pararé hasta devolvértelo.

-¿Y puedo saber cómo piensas hacerlo? Porque después de que cobrases el cheque que te di hace tres años, cerré la cuenta y trasladé todos mis activos a otra cuenta, así que no tienes dónde devolverlos, y puedes dejarme el cheque en la puerta, bajo una maceta o ahora mismo en mis narices, le prenderé fuego -sonrió-. No voy a aceptar ese dinero nunca, así que puedes hacer lo que quieras con él, porque ahora lo único que no vas a poder sacarte jamás de la cabeza es que sigues libre gracias a mí, y eso es todo lo que me importa.

Leonardo retrocedió con la vista clavada en la figura de la pelirroja, que seguía montando nata con una sonrisa de oreja a oreja mientras él sentía cómo todo su mundo se tambaleaba. Sabía desde el principio que no le había dado el dinero por bondad, pero no se imaginaba que aceptarlo fuese como el mordisco de una víbora.

miércoles, 8 de marzo de 2023

El libro del infinito

CAPÍTULO 1.

Ana siempre había creído que no había mejor modo de educar a un niño que a través de la literatura, la música y el amor. Por eso, el día en que Tatiana cumplió los catorce años, le regaló uno de sus libros favoritos. Ella se quedó mirando el libro durante un momento, con sus ojos verdes pegados a la portada de color azul y blanco que tenía un dragón dibujado. Otro libro de aventuras. Desde que era pequeña su madre le había regalado libros y más libros de aventuras, y empezaba a odiarlos.

-Feliz cumpleaños, cielo.

Levantó los ojos hacia su madre, intentando parecer agradecida. No quería que se sintiese triste, sabía que, para ella, regalarle un libro a alguien era lo más especial que uno podía hacer. Así era como se habían conocido sus padres. Él era profesor de folclore anglosajón en la universidad de Oxford, en la que estudiaba su madre gracias a una beca, pero no era su profesor. Sin embargo se encontraban en la biblioteca, desconociendo el uno el rol del otro, y se enamoraron a través de la literatura. Cuando finalmente ella se graduó, decidieron casarse. Hubo rumores de que había aprobado por las influencias de Peter, un joven de ascendencia inglesa que tocaba la flauta y le gustaban los libros de aventuras.

-¿Te gusta?

-Mucho, gracias mamá.

Tatiana miró a su tía, una mujer rubia que parecía demasiado pequeña, delgada y perdida. Era dulce, encantadora y siempre sonreía, y su risa era tan clara como el canto de una campanilla. Ella observó el libro con una sonrisa y luego a ella. Melody tenía la increíble habilidad de leer su mente, pero no dijo absolutamente nada.

-¿Cortamos ya la tarta?

La voz de su padre le hizo levantar la cabeza. Toda su familia tenía cosas raras y especiales, pero su padre seguramente se llevaba la palma. Solía preocuparse más por los niños que por los adultos, el dinero no le importaba en absoluto, le gustaban los cuentos de hadas, los parques de atracciones y los castillos hinchables, pero sobre todo adoraba los dulces. Tatiana no pudo evitar sonreír porque daba igual de qué fuese la tarta, le gustaban todas.

Ana cortó el trozo de pastel y la crema de trufa asomó por el trozo que le entregó a Tatiana. Nunca soplaba velas, lo consideraba absurdo, así que en su casa nunca se compraban velas de cumpleaños, lo que alejaba considerablemente a sus amigos, que la consideraban rara, quizá por gustarle un cantante de Kazajstan que se llamaba Dimash, o puede que por adorar la literatura clásica, tal vez por todo al mismo tiempo. En cualquier caso su familia era considerada la más extraña de todo Segovia.

Tatiana pinchó un trozo de tarta y se lo llevó a la boca. Estaba deliciosa, como todas las tartas que hacía Melody. Tenía verdadera magia para hacer dulces, y eso a Peter le encantaba. Esa era la razón por la que tenían una pastelería y por la que en su casa siempre había galletas y su tía tenía el pelo lleno de harina.

...

Cuando finalmente volvió a su cuarto dejó el libro sobre la cama con un pésimo humor. Por mucho que le gustase leer, habría valorado más que le regalase un libro de verdad, de los que tenían más de 500 páginas y uno podía bucear por los rincones de su imaginación. Ese libro era tan delgado que podía agarrarlo entre sus dedos y casi se tocaban. Sin embargo tampoco podía ignorarlo, si su madre le preguntaba algo tan sencillo como "¿qué tal el libro?" no tendría respuesta que darle.

Con un pesado suspiro abrió el libro y se encontró con algo que no se esperaba: daba igual qué página mirase, todas estaban en blanco.

-¿Qué demonios? Esto tiene que ser un error de edición.

Intentó buscar el título en la portada, pero se encontró con que no tenía. Observó el libro por todas partes, intentando buscar algo que lo identificase para poder encontrar otra edición, pero a parte de la portada... Fue a mirarla otra vez, y se quedó sin habla: la portada había desaparecido.

martes, 7 de marzo de 2023

Por tus ojos verdes

 "Querida Emily

Llevo menos de un mes lejos de ti y ya te echo de menos. Sé que esto no ha sido elección mía, que no he podido hacer nada al respecto, pero eres la primera persona en mi mente al despertarme y lo último en lo que pienso antes de dormir. Ojalá pudiese volver a verte, a tocarte y volver a reírme contigo mientras vemos una película de comedia de los 90, como las que sé que te gustan a ti.

Nunca te lo he dicho, pero odio las películas de comedia, solo me gustan porque puedo ver una sonrisa sincera en tu piel de porcelana, de esas en las que se te arrugan los ojos. Es el único momento en que sonríes de verdad, no sé por qué y nunca has querido decírmelo, pero tampoco te voy a obligar a hacerlo.

Hoy me he levantado y Vancouver me ha regalado un amanecer despejado y de color naranja, como los que te hacían cerrar los ojos y sonreír en paz, arrancando destellos dorados a tu pelo rubio. Parecías un ángel. Cuando hacías eso de dejar que la luz del sol te despertase yo entendía por qué estoy tan loco por ti, por esa sonrisa inocente, por tus ojos verdes llenos de figuras indescriptibles, por esa piel tan bonita y llena de pecas que sé que no te gustan pero que a mí me encantan.

Cuando fui a desayunar me serví un bol de cereales de los que sé que te encantan, como los de los niños pequeños, de colores y llenos de azúcar. Tampoco me han gustado nunca, pero ahora me recuerdan a ti. Hoy es fin de semana, así que no tengo que ir a trabajar. Puede que parezca estúpido pero voy a pasarme todo el día viendo La pantera rosa del 2006 y comiendo palomitas de colores.

Creo que por fin entiendo por qué te gusta tanto esa película, lo divertida que es y lo emocionante que puede resultar si dejas que el mundo a tu alrededor desaparezca. Me pregunto si es eso lo que sentías cada vez que la veíamos juntos.

Te hecho de menos, Emily, tanto que siento que me duele el alma. Sé que no tengo elección, que debo pasar por esto si quiero convencer a tu padre de que no soy un holgazán, pero tener que estar lejos de ti es una tortura. Cuento los días para volver a verte y se me hacen largos.

Tuyo siempre

Richard"

Emily cerró la carta con lágrimas en los ojos. También le echaba de menos, y en el fondo no podía evitar odiar a su padre por gritarle "no dejaré que mi hija salga con un holgazán" el día en que le había llevado a conocer a su familia. Se odiaba por ello, porque al día siguiente Richard comenzó a buscar una universidad y un trabajo que pudiese combinar para poder contentar a su suegro. Era una estupidez, ella lo quería por lo romántico y dulce que era, no le importaba si era un humilde peón o un directivo, si era abogado o minero, simplemente le quería a él, a lo que era.

-Tranquila cielo, todo se arreglará.

-¿Cómo que tranquila, mamá? Se ha ido por su culpa.

Alexandrine, o Lexy, como la llamaban desde su juventud, entendía el punto de vista de su hija porque también lo había vivido. El día en que ella llevó a Paul a conocer a sus padres, el CEO de una gran empresa de construcción de Francia le soltó exactamente lo mismo que él le había dicho a su suegro. Parecía que no había aprendido nada del pasado, porque ella no había vuelto a hablar con su padre ni había ido a su funeral precisamente por eso, por insultar al hombre que ella había elegido.

Lexy empezaba a creer que perdería a Emily de la misma cruel manera, igual que su madre la había perdido a ella, y no deseaba que su hija pasase por el dolor de no volver a ver a su madre por culpa del tarugo que tenía por padre.

-Sé que lo hace por mí, pero eso no hace que me sienta mejor -suspiró pesadamente-. Mamá, dile a papá que me iré a Vancouver con él y que volveré cuando termine sus estudios.

-Cariño...

-No puedo estar lejos de Richard mamá, no puedo. No sabes lo dulce que es -le entregó la carta-, pero puedes leerla si quieres, puede que así lo entiendas.

Y mientras Emily hacía las maletas, Lexy empezó a leer la carta, y sus ojos se llenaron de lágrimas al ver la dulzura con la que describía a su hija, todos sus gestos y su luz, como si fuese un hada.

-Tranquila cielo -le devolvió la carta-. Vete a buscarle, yo hablaré con tu padre.

... Siete años después ...

Samuel se quedó mirando a su hija envuelta en seda blanca y encaje, con un gran ramo de lirios y una sonrisa llena de felicidad. No le gustaba su yerno, le parecía poca cosa para su hija, pero poco después de que Emily se hubiese marchado a Vancouver, Lexy se había enrocado en defender esa relación con una simple carta, y tuvo que ceder, pese a lo que pensaba realmente.

Mientras caminaba sobre la alfombra roja hacia su yerno, que la esperaba de impecable smoking negro, observó a su esposa. Se habían casado sin la aprobación de Renaud, y no le había importado demasiado, hasta que se vio en la misma situación con su hija.

Cuando llegó al altar y ella extendió su mano hacia él, los observó un momento. Por mucho que lo rechazase no podía negar que había avanzado muchísimo. Richard le había dedicado cada segundo de tiempo a trabajar y estudiar, y Emily le había ayudado, le había apoyado, había cocinado para él y se había desvelado tratando de ayudarle a aprobar, y en cuanto tuvo el título en su mano, volvió a Phoenix para casarse con ella.

Caminó hasta su asiento al lado de Lexy, y ella le tomó de la mano con una sonrisa que lo decía todo. No podía negarle nada a esa mujer, por mucho que fuese en contra de todo en lo que creía, no podía decirle que no.

-¿Crees que Emily hace lo correcto?

-Samuel, incluso aunque se equivoque, tu no puedes hacer nada por cambiar su opinión. Ella seguirá el camino que le marque su corazón y yo la apoyaré. Puedes aceptarlo y formar parte de sus vidas, o negarte y ser como mi padre.

Esa posibilidad le asustó, no porque le comparase con Renaud, sino porque él sabía perfectamente que Lexy no había vuelto a hablar con él desde que se fugaron juntos después de aquella espinosa cena. No quería perder a su hija, así que, en contra de todo en lo que creía, iba a tener que darle una oportunidad a Richard.

jueves, 2 de marzo de 2023

Fiesta nocturna

 No sabía por qué estaba allí, en aquel lugar, con la música a todo volumen de un DJ patoso que parecía odiar la música que a ella le encantaba. De algún modo incomprensible se había dejado convencer por su mejor amigo para ir a aquella discoteca que acababan de inaugurar. Empezó a arrepentirse en el momento en que aceptó, pero le había dado argumentos tan sólidos como "no dejaré que te aburras el día de tu cumpleaños". Claro que ella y Gabriel tenían diferentes puntos de vista de lo que era divertirse.

A Nerea le gustaba ver películas, leer y jugar a dragones y mazmorras, incluso tenía un tatuaje de un dragón aferrado a un dado de rol en el hombro, mientras que Gabriel adoraba salir de fiesta, beber alcohol, ir a la playa o la música irritante que estaban pinchando.

-Quiero largarme Gab.

-Nerea, dentro de ti hay una chica alucinante que se muere por divertirse, tienes que dejarla salir de vez en cuando.

Suspiró pesadamente, poniendo los ojos en blanco. Esa clase de argumentos eran los que hacían que sintiese ganas de salir corriendo en dirección opuesta, pero no podía decirle que no a Gabriel, por alguna misteriosa razón siempre acababa convenciéndole de hacer las cosas más absurdas que se le podrían ocurrir a ella. ¿Por qué no podía encontrar divertido ir a un museo o a una obra de teatro?

-Recuerda nuestro trato, mañana iremos a ver Tartufo.

En esta ocasión le tocó a Gabriel exasperarse. ¿Cómo podía ser divertido ir al teatro? No era que no quisiese cumplir su deseo de cumpleaños, simplemente no le gustaba el teatro. Sin embargo, había accedido a meterse en aquella discoteca abarrotada de gente con vidas disolutas y alocadas, así que no podía negarse.

La noche pasó lentamente, aburrida y soporífera para ella, pero a toda velocidad para Gabriel, que se divertía como nunca. Se dijo a sí misma que, algún día, le haría pagar esas cuatro horas de aburrimiento, ruido inoportuno y dolor de cabeza. Cuando al fin salió de aquel tugurio, el aire fresco disipó el calor que se le había quedado pegado, el silencio reemplazó el atronador ruido, y sonrió con una expresión de calma total.

-Sabía que te divertirías.

-No has entendido nada Gab, no me divierto, me duelen los oídos, simplemente ahora disfruto del silencio. 

Sonrió con una expresión divertida. Nerea nunca admitiría que no había pasado una mala noche, Gabriel nunca le diría que, en el fondo, ese ambiente le resultaba pesado. Le pasó una mano por los hombros y caminaron juntos hasta la casa de Gabriel, que la había invitado a dormir.

Atravesaron la verja, treparon al roble del jardín y entraron por la habitación de él. Se suponía que nunca habían salido de ese dormitorio. Habían puesto una película en Netflix antes de salir de aquella habitación. Lo divertido no había sido la noche, la música o el alcohol, sino haber escapado de la vigilancia de dos estrictos adultos gracias a Netflix.

...

A la mañana siguiente, Paula esperaba a los dos somnolientos adolescentes. No era tonta, ella tenía el mismo truco con un VHS, pero nunca le diría a su marido que esos dos pequeños golfillos se habían escapado de casa, seguramente gracias a la insistencia de su hijo, para irse a una discoteca.

-Buenos días.

Nerea fue la primera en entrar, con un pijama de la princesa Leia y una expresión de estar todavía cayendo por la madriguera del conejo. Sin duda necesitaba al menos tres horas más de sueño, pero no se quejó.

-¿Gofres?

-Sí, gracias señora García.

-Te he dicho cien veces que me llames Paula o Pauli, eso de señora me añade veinte años.

Su hijo no tardó en bajar, con una cara todavía más dormida que la de Nerea.

-Hola mamá.

-Buenos días cielo, ¿gofres?

-Claro.

Ninguno de los dos quería desayunar nada, Gabriel tenía el estómago revuelto y Nerea nunca comía demasiado, pero era imposible decir que no a los gofres de Paula, estaban deliciosos, así que se tragaron las ganas de irse a dormir al menos cinco horas y se quedaron a desayunar unos gofres con chocolate y nata que los llenaron de energía.

lunes, 27 de febrero de 2023

Huracán desastre

-Charlie, ¿puedes venir un momento?

Suspiró pesadamente antes de poner en pausa el videojuego, se levantó del sofá y fue a la cocina. Era el día antes de su cumpleaños y sabía que eso significaba que su hermana Isabella haría alarde de sus habilidades en la cocina y le prepararía una tarta, y eso era positivo. El problema era el proceso. Isabella era muy desordenada en todo, excepto en su ordenador, y cuando entró a la cocina, supo exactamente qué clase de desorden se iba a encontrar.

Miró a su alrededor, sin poder creerse lo que estaba viendo, a pesar de que ya se lo esperaba. La tarta estaba todavía a medio hacer y ya tenía tres boles distintos llenos de masa, dos espátulas de goma y el molde del bizcocho esperándole en el fregadero.

-No, ni de broma.

-Pero necesito que me ayudes.

-A ver, ¿en qué?

-Lava eso.

Ni había levantado la cabeza para mirarle, estaba partiendo el bizcocho de chocolate en tres para poder rellenarlo, y Charlie suspiró pesadamente, bajando los hombros. Por deliciosos que fuesen sus postres, tener que fregar todo lo que ensuciaba en el proceso no era agradable.

Sin embargo no tenía alternativa, su hermana tendía a alterarse cuando las cosas se escapaban a su control y entonces era mejor salir corriendo, así que agarró la esponja y empezó a fregar los dichosos cacharros. Antes siquiera de que pudiese terminar con el segundo, Isabella agarró el bol recién fregado y le dejó un cuchillo.

-¿En serio?

No se molestó en contestarle, secó el bol con un trapo y empezó a montar nata sin prestarle atención. Isabella se concentraba mucho con todo lo que le apasionase, y hacer postres era una de esas cosas. Para ella eso era algo tan relacionado con el arte que casi parecía escultura. 

Cerró el agua en cuanto terminó, y en ese mismo segundo dejó de escuchar la batidora. Eso solo podía significar una cosa. Isabella dejó en el fregadero las varillas y se llevó una espátula de goma, sacó el baso de la batidora del armario y la manga pastelera del cajón.

-Tiene que ser broma.

Pero antes de que pudiese responder, la olla con los restos del almíbar de cereza con el que había bañado el bizcocho, apareció en su campo de visión. 

-¡Isabella! -protestó.

-No me distraigas, estoy ocupada.

No tenía sentido reclamar nada, suspiró pesadamente y empezó a fregar, pero antes de poder terminar de enjuagar la olla, el bol de montar nata regresó al fregadero. Charlie se dio la vuelta, iba a decir algo, pero lo olvidó al ver la tarta medio hecha. Había elegido su favorita: selva negra. No pudo evitar sonreír, hasta que pensó en una cosa: las virutas de chocolate.

Isabella solía utilizar virutas de chocolate en lugar de láminas o ralladura porque le facilitaba las cosas. No era el mismo resultado, pero el sabor no cambiaba y tampoco iba a un concurso. Sin embargo eso no era lo negativo, sino que la mesa acababa llena de virutas de chocolate que luego Charlie tenía que limpiar.

Después de una hora fregando todo lo que Isabella había manchado para hacer la tarta, algunas cosas más de una vez, por fin se sentaron en la mesa de la cocina y él la miró con una sonrisa que intentaba ocultar con su expresión molesta.

-¿Cómo es posible?

-¿El qué?

-Que cada vez que cocinas esto parezca Vietnam.

Isabella empezó a reírse y, por mucho que Charlie intentase ocultarlo, a él también le hacía gracia. Le molestaba tener que fregar todos los trastos mientras ella seguía dándole más y más trabajo, pero valía la pena por esos deliciosos dulces de los que solamente ella tenía el secreto.

-No exageres. Eres mi pinche, es tu trabajo. Pero te prometo que, el día que cocines tú, fregaré yo.

Sabía que mantendría su palabra, pero eso no importaba demasiado porque, si Isabella había nacido con magia, talento y paciencia para cocinar, él solía quemar hasta la sopa.

jueves, 23 de febrero de 2023

Cadena de desastres

Mis pies descalzos se entierran en la arena de color caramelo, el calor empieza a percibirse, el sol asoma tímidamente sobre la superficie del mar, de un rojo intenso, y las olas golpeando y rompiéndose contra los acantilados forman una escena pacífica, pero yo no me siento en paz.

Hace tres horas tenía un perro llamado Dolfo y un gato al que mi hermana pequeña puso el nombre absurdo de Mitones, ella me sonreía con su dulzura infantil, mi novia y yo vivíamos en nuestra casa a las afueras del pueblo y mi trabajo reconstruyendo y vendiendo casas iba sobre ruedas. Hace tres horas mi vida era perfecta, pero ahora lo he perdido todo. Deja que te cuente cómo perdí a Dolfo, a Mitones, mi novia, a mi hermana, mi casa y mi trabajo en tres horas.

Todo empezó esa misma mañana, cuando conocí a Peter Sandoval. Era un hombre apuesto y bien vestido, según mi hermana, con un traje echo a medida, gemelos de rubí y una corbata de color rojo oscuro, de sonrisa brillante y gafas de sol de marca. 

Yo acababa de comprar una casa a las afueras de Madrid que había sido destruida por un incendio, pero con unos muros sólidos. Podría tomarme todo el tiempo que quisiera, tenía que reparar el cableado, las tuberías, pintar, cambiar los suelos y amueblar, pero la parte más emocionante de comprar una casa en ruinas es ver cómo poco a poco va cobrando vida.

Necesitaba a un electricista y a un fontanero para empezar, y cuando me encontraba haciendo llamadas en una cafetería, apareció Peter. Estaba justo detrás de mí en la cola, y yo no me di cuenta de su presencia en ese momento, o habría salido corriendo tan solo por el hecho de saber que me estaba espiando.

-Sí, lo necesito cuanto antes -la camarera me miró-. Un segundo Fran -y levanté la mirada hacia la hermosa joven-. Un capuccino con doble de cacao, caramelo y vainilla.

La pelirroja asintió y empezó a preparar mi bebida mientras yo hablaba con Fran, que estaba metido en el negocio de la reconstrucción de viviendas. Estábamos desesperados buscando un maldito fontanero. Ya habíamos encontrado al electricista, pero el fontanero con el que contábamos consideró que el trabajo era muy difícil, y decidió dejarlo pasar para no pillarse los dedos con un mal trabajo.

Recogí mi café y me dirigí a la salida, mientras Peter abandonaba la cola y me seguía. Me abrió la puerta con su sonrisa encantadora y le dediqué un agradecimiento, como habría hecho con cualquiera. Craso error. No seas amable jamás con un estafador.

-Disculpa que me entrometa donde no me llaman, pero tengo entendido que estás buscando un fontanero para un proyecto bastante grande.

Era mi rayo de esperanza. Si no lograba encontrar un fontanero en las próximas 36 horas, la obra se retrasaría al menos 4 meses. No podía permitírmelo, no podía estar tanto tiempo pendiente de una casa, sería una razón para la quiebra y eso era algo que destrozaría mis sueños para siempre.

-Conozco a uno, pero no es barato.

-¿Cuánto?

-80 por metro. 

Eso era mucho más de lo que solía pagar por un trabajo así, pero estaba desesperado. Si hubiese sabido lo que pasaría después, jamás habría aceptado.

El "fontanero" resultó ser un chapuzas que no sabía ni cambiar un grifo. Destrozó por completo lo poco que podía salvarse, haciéndome perder mucho dinero. Ese mismo día mi novia, Alma, tuvo un accidente mientras paseaba a Dolfo. Mi perro murió atropellado y mi novia fue trasladada al hospital, algo que yo ignoraba entonces. El caso es que estaba discutiendo con el "fontanero" por la tremenda chapuza que había hecho, y el muy imbécil tiró algo por la ventana, que se estrelló encima del parabrisas de la ambulancia que llevaba a mi novia.

A pesar de que llamaron a un helicóptero para que terminase el trayecto, mi novia nunca llegó viva al hospital. Se me rompió el corazón y la mente en cuanto me llamaron para informarme de su muerte y de lo ocurrido con la ambulancia. Por desgracia mi casa, la casa en la que vivía con mi hermana, mi novia y nuestras dos mascotas, está a nombre de la madre de mi novia, que me echó a la calle en cuanto supo lo que había ocurrido con su hija.

Intenté volver a la oficina y explicarle a mi jefe lo que había ocurrido, pero él no quiso escucharme. Bajo su punto de vista me había cargado una de las mayores operaciones de reconstrucción de los últimos diez años, y eso no tenía perdón. Me despidió sin siquiera escucharme.

Y, por si eso no bastase, cuando llegué a casa los servicios sociales se estaban llevando a mi hermana. Intenté explicarles que estaba trabajando, pero ellos la habían encontrado buscando al maldito gato, y como no supo decirles dónde estaba yo porque ella solo tiene ocho años, dieron por sentado que la había abandonado. 

Y así es cómo el hecho de conocer a alguien en una cafetería destruyó todo lo que tenía. Si hubiese ignorado a ese estafador y hubiese buscado otro fontanero, mi novia estaría en el hospital, yo no habría perdido mi trabajo y podría defender que mi hermana solo estaba buscando a Mitones. 

miércoles, 22 de febrero de 2023

El estafador

 Observó a aquella mujer con una sonrisa encantadora. Sabía por qué estaba allí, por qué había ido a verle: quería saber algo importante para ella. La había investigado, sus finanzas, propiedades, trabajo y familiares. Era una secretaria de Houston con una reputación impecable y que hacía muy bien su trabajo, su abuelo le había dejado un fondo de inversiones muy lucrativo, así que trabajaba solamente para evadirse del aburrimiento, sus familiares la consideraban un bicho raro por ello, y tenía un novio llamado Jackson que le ponía los cuernos con su mejor amiga, Lily, y eso era precisamente lo que ella ignoraba y la razón por la que había ido a verle.

-Buenas tardes Samantha, ¿puedo ofrecerte un té? ¿negro con miel y unas gotitas de limón?

-¿Cómo lo ha...? Ya, claro, es usted vidente, lo olvidaba.

Erik se levantó de la butaca de felpa y fue a la cocina para servirle el té que ya tenía preparado. En su fotografía de perfil de Reddit tenía una taza de té con limón, y solo necesitó investigar algunos reels en Facebook e Instagram para averiguar que el té que le gustaba era el negro, con una cucharada de miel. Tenía un video en el que explicaba cómo preparar el té con miel y limón perfecto, bajo su punto de vista, aunque como no tenía demasiadas visitas, le costó horas encontrarlo.

Volvió a la sala con la taza de té y la dejó sobre la mesa. El aroma pareció relajar de inmediato a Samantha, quien agarró la taza gris con las dos manos y bebió un sorbo. Parecía feliz y tranquila, y esas eran emociones que la gente no podía conseguir normalmente.

-Bien, ¿puedo llamarte Sam? -asintió-. Pareces una chica muy valiente, eres independiente y no dejas que nadie controle tu vida, lo que me lleva a pensar que sabes lo que quieres, así que seguramente tienes éxito en tu trabajo.

-La directiva me ha comunicado que me ascenderán a la planta ejecutiva al terminar el mes.

-Lo que significa que ganarás más dinero, y en estos tiempos es algo que nunca viene mal, así que tampoco creo que tengas problemas al respecto, o ya te habrías marchado de Houston, eres inteligente, sabes cuándo debes rendirte, ¿estoy en lo cierto?

-Mi abuelo me dejó un fondo de inversiones, trabajo porque quiero.

-Interesante, es la primera vez que conozco a una persona en esa situación. La gente se preocupa por cuatro cosas esenciales: trabajo, dinero, salud y amor. Pareces estar muy sana y, si fuese un familiar enfermo, estarías a su lado y no conmigo, porque eres dulce y generosa, así que la única cosa que ha podido traerte hasta mí es el amor.

Y Samantha Hallow empezó a llorar como si alguien hubiese abierto las compuertas que mantenían al margen sus emociones. Había acertado en todo, como haría cualquier vidente, y ese tono de voz tan calmado... era como hablar con un amigo.

-Mi novio me oculta algo -dijo entre lágrimas-. Me ha pedido que me case con él, y todo parecía ir bien, pero estos dos últimos años es... como si me evitase. Llevo un anillo pero no creo que Jackson quiera casarse conmigo porque me ame, creo que tiene que ver con la herencia de mi abuelo.

-¿Quieres que pregunte a los espíritus?

Asintió, y Erik sonrió antes de asentir con una pose encantadora. Jackson era lo que él catalogaba como un cretino, y eso era mucho teniendo en cuenta que se dedicaba a espiar a la gente y estafarla. Pero Sam le recordaba a su prima Lucy, que había muerto cuando tenía quince años, atropellada por un hombre al que nunca pudieron encontrar.

Hubiese abandonado esa actuación, pero era la única manera que tenía de ayudar a esa chica. Había investigado a Jackson, sabía perfectamente la clase de imbécil con el que Samantha estaba tratando, y no podía dejarlo estar. Cerró los ojos, fingiendo contactar con los espíritus, y empezó a hablar.

-Los espíritus me han abierto una ventana para poder observarle.

-No me mientas ni andes con rodeos, dime lo que ves.

-Está en la cama con una mujer -casi pudo oír cómo se rompía su corazón y cómo ella lloraba más fuerte-, es pelirroja y tiene un tatuaje en la cadera... un dragón.

-¿Qué...? ¿Lily...? -estuvo a punto de pedirle que parase, pero no lo hizo.

-Le ha confesado que piensan matarte después de que él se case contigo.

Eso tampoco era mentira, no le había costado demasiado averiguar qué era lo que ocurría con Jackson y por qué un hombre tan avaricioso y narcisista como él, salía con un ángel como Samantha, engañándola también con su mejor amiga. Después de unas pocas llamadas, pudo saber que él pretendía matarla, no porque nadie se lo hubiese dicho, sino porque había comprado un arma sin registrar a un traficante, y él no cazaba ni le gustaban las armas.

-Tienes que huir Sam -dijo abriendo los ojos, con una expresión aterrorizada-. Ese hombre quiere hacerte daño, tienes que marcharte.

Pero Sam no pensaba abandonar. Se levantó de su butaca y, tras darle las gracias, se despidió de Erik, quien la observó salir mientras buscaba un número en su smartphone. Erik no podía dejarla marchar sabiendo que estaba en peligro, así que buscó el número de un viejo amigo y él respondió con cierta reticencia.

-¿Qué quieres, rata?

-Yo también te quiero, imbécil -era su amigable forma de saludarse-. Oye, una chica acaba de marcharse, se llama Samantha Hallow.

-¿Otra vez espiando a tus clientes?

-La información no cae del cielo. Escucha, su novio intenta matarla para quedarse con la herencia que le dejó su abuelo -al otro lado su amigo pareció entender su preocupación-. Sé que no puedes hacer nada si ella no lo pide, pero te lo pido yo: vigila a esa chica, a Jackson Harvell y a Liliana Michaels, o tendrás que arrestar a uno de los dos, o a ambos, por asesinato.

-Está bien, gracias rata, te mantendré informado.

-Hasta otra, imbécil.

Erik colgó el teléfono, un poco más tranquilo. No tenía la seguridad de que el inspector de homicidios Miles Thorsen tuviese suficiente influencia para salvarle la vida a Samantha, pero él no podía hacer nada más.

lunes, 20 de febrero de 2023

Oculto

Acababa de oír un chiste, pero ni siquiera había estado prestando atención porque tenía el corazón roto. Sam, su mejor amigo, acababa de anunciarle que estaba saliendo con Lorie, su hermana. Todo habría estado bien si ella no hubiese estado enamorada de él en secreto desde hacía años. Quería salir corriendo, encerrarse en un lugar donde nadie pudiese encontrarla nunca, y llorar, pero sabía que Sam o Lorie, o quizá ambos, la seguiría hasta donde fuese que se escondiese para intentar consolarla. Por eso se quedó ahí, de pie, escuchando los estúpidos chistes de Michael y viendo a Lorie abrazar a Sam.

No era que quisiese salir con él, nunca aceptaría aun si él se lo pedía solamente porque no se le daba bien conectar con las personas y quería conservar los pocos amigos que tenía. Tampoco pretendía que acabase solo el resto de su vida, como suponía que terminaría ella, se trataba simplemente de que saber que él salía precisamente con su hermana le rompía el corazón.

-Entonces, ¿lo has pillado?

-Lo siento, no estaba escuchando, ¿me lo repites?

Michel la miró sabiendo perfectamente lo que estaba pensando, pero aun así repitió el chiste que le había contado su hermano aquella tarde, y a pesar de que sabía que no tenía demasiada gracia, ella empezó a reírse. Eso levantó sus sospechas porque Elisabeth nunca se reía de ese modo, con esa risa nerviosa y los ojos empapados... y al ver esas tímidas lágrimas que no llegaban a asomar, supo algo tan triste que estuvo a punto de marcharse de aquella ridícula fiesta y llevársela a donde fuese capaz de respirar. Lisa no se estaba riendo, de hecho estaba llorando.

Miró por un segundo a Lorie y Sam. Ninguno de los dos se había dado cuenta del peso que tenía ella en su corazón. Cuando volvió a mirar a Lisa, ella se limpiaba esas lágrimas tristes y le devolvió una sonrisa tan falsa como su alegría.

-Es muy bueno, ¿te lo ha contado Dean?

-Sí, y supe que teníais que oírlo.

Sabía que ni siquiera recordaría de qué iba ese chiste, que seguramente lo olvidaría para siempre, hasta enterrarlo en lo más profundo de su mente, junto a todas esas emociones que sentía en ese momento. 

-¿Sabes qué? Voy a llamarlo.

Michael sabía dos cosas sobre su hermano: la primera que era divertido, con una chispa inimitable, que incluso la más estúpida y absurda de las bromas sonaba divertida cuando era él quien la contaba. La segunda era que sentía algo por Lisa. No le hacía gracia la idea de utilizarle de ese modo, pero tampoco tenía muchas más alternativas, era eso o ver llorar a Lisa mientras fingía reírse.

Dean se presentó en la fiesta a la media hora, rodeó a Lisa por la cintura y ella cerró los ojos, y entonces Michael sonrió. No importaba la situación o quién, todo el mundo se sentía seguro junto a Dean, era fuerte, divertido y protector, pero quizá esa última no fuese una ventaja en ese momento, porque él miró a Sam y Lorie, sin soltar a Lisa, y Michel empezó a ver lo mucho que estaba tratando de frenarse para no partirle la cara a Sam.

-Oye, pequeña bruja -Lisa levantó una ceja mientras esbozaba una media sonrisa-, ¿qué te parece si nos vamos a otro sitio?

-Claro.

Mientras Lisa salía por la puerta de la casa de Sam, Dean miró a su hermano con preocupación, pero eso duró tanto como lo que le costó salir por la puerta. Entonces Michael se levantó, se acercó a la feliz pareja y Sam lo miró.

-Mike, ¿te pasa algo?

Estuvo a punto de contestarle que debía tener más cuidado, pero Sam parecía feliz del brazo de Lorie, así que optó por no decir nada. Sabía que a Lisa le costaría perdonarle por decir cosas sobre ella y ya lo había pasado bastante mal esa noche, mientras se reía fingiendo que no lloraba. 

-Nada, solo quería decirte que me voy.

-¿Y Lisa? -preguntó mirando a su alrededor-. Estaba aquí hace un minuto.

-Mi hermano y yo nos la llevamos al paintball.

-¿Y no nos invitas?

-¿Es que quieres irte? -preguntó mirando a Lorie, pero él no respondió-. Entonces no hay más que hablar. Hasta mañana.

Cuando salió a la calle, Dean rodeaba a Lisa por la cintura, y ella parecía más tranquila, cómoda y relajada.

-Lisa -miró a Michael-. Me importa un cuerno lo mucho que sigas defendiéndole, algún día voy a partirle la cara a Sam -abrió la boca para contestar, pero él siguió hablando-. Mientras tanto, los tres nos vamos a ir al paintball y vas a dispararle a todos los del otro equipo mientras yo me escondo detrás de un árbol y a Dean lo eliminan nada más salir de la cabaña.

-Oye -espetó él-, que eso solo pasó...

-Las últimas diez veces -terminó  Michael.

Y hubiese parecido imposible que algo tan sencillo lograse hacerla reír, pero así fue, porque Lisa emitió una carcajada dulce y alegre. Por roto que tuviese el corazón, las payasadas de Michael y Dean Morgan siempre la hacían reír. 

jueves, 16 de febrero de 2023

Colgando en sus sueños

 Mañana por la tarde tengo que viajar casi 80km para ver a mi hermana, que está en coma en un hospital de la capital. Podrías pensar que eso demuestra lo mucho que la quiero pero te equivocas, odio a mi hermana profundamente, por abandonarme en este mundo sórdido y ponzoñoso. Somos gemelos, se supone que debería quererla, que existe una relación muy profunda entre gemelos, y era así hasta aquel día de julio.

Por aquel entonces teníamos doce años y mis padres decidieron que éramos lo suficientemente mayores como para irnos a una acampada. Recuerdo que había al menos cien niños cuyos padres habían decidido deshacerse de ellos dos semanas, mientras ellos intentaban hacer amigos que durarían tanto como el campamento, todos excepto Alice y yo. No necesitábamos tener una relación personal con gente que solo estaría en nuestras vidas dos semanas, y tampoco estábamos allí por lo mismo que los demás.

Mientras nosotros estábamos "al margen" rodeados de desconocidos, toda mi familia estaba sumergida en tal discordia que cualquiera hubiese podido compararlo con Alcatraz. Ahora mismo esto es un tabú en mi familia, pero James, quien se divorció de mi madre después de aquello, descubrió que Nora, nuestra madre, le había puesto los cuernos con su padre, con el de ella. ¿La mejor prueba de eso? Nosotros. Sí, somos hijos de mi "abuelo" materno y mi madre. Es tan morboso que resulta hilarante, hasta tal punto que se ha convertido en un secreto a voces. Por eso estábamos allí aquel verano, por eso a mi abuela le dio un infarto y mi madre internó a su padre y amante en un psiquiátrico alegando alucinaciones, y por eso mi hermana parecía a punto de romperse.

No estoy seguro de si lo comprendía entonces, creo que sí, o no habría salido a la carretera cuando un niño la insultó, justo en el momento en que pasaba un coche cuyo conductor despistado atropelló a mi hermana. Creo que ese niño jamás volvió a meterse con nadie, pero yo vi morir ese día a mi hermana, y eso es mucho peor.

No es que esté realmente muerta, pero tiene una lesión en el parietal que la ha mantenido en coma durante los últimos diez años. Mucha gente me ha dicho que la desconecte, incluso varios médicos, pero qué clase de hermano haría algo parecido. Eso me convertiría en un monstruo y mis tíos ya actúan como si lo fuese. Además, por mucho que la odie también la necesito, creo que si vuelve dejaré de odiarla, que la querré incluso más por volver.

...

He conducido toda la noche para poder llegar por la mañana y pasar el día con mi hermana. El plan es el de siempre, dormir un par de horas en su habitación antes de subirme al coche y volver. Me dirigí como cada viernes a la habitación en la que ella había permanecido colgando en sus sueños durante los últimos diez años, pero no pude entrar, había al menos diez médicos en la puerta.

Reconocí a uno de ellos porque en diez años apenas había cambiado, seguía teniendo el mismo pelo revuelto de color castaño casi rubio, la misma nariz torcida por el puñetazo que le di, y los mismos ojos castaños. Era el niño que había insultado a mi hermana en el campamento. Al parecer se había sentido tan culpable por saber que mi hermana había sido atropellada por su estúpido insulto, que dedicó sus años a estudiar medicina. Qué curiosa es la vida, poniendo en los lugares más insospechados a gente que ni te imaginas.

-¿Lucian Park? -miré a aquel hombre-. Ha ocurrido algo increíble.

Entré a empujones a la habitación de Alice, que tenía los ojos abiertos y me miraba con algo de duda, como si no me reconociese o le costase recordarme. No era de extrañar, por lo que he leído en un montón de libros y revistas de medicina, un coma puede causar amnesia, y en gente que ha estado sumergida en sueños durante años, secuelas permanentes.

No era una idea mía ni una invención, mi hermana nunca volvería a caminar, no sé qué tiene que ver una cosa con la otra, pero si todas las carreteras llevan a Roma, y hay un accidente en Roma, es difícil que todo fluya con normalidad. 

...

Durante tres años no dijo ni una palabra, me miraba como un extraño y permanecía en su silla de ruedas, mirando al fuego encerrado en la chimenea. Llegué a pensar que nunca había vuelto, y una parte de mí seguía odiándola profundamente, de un modo visceral y absurdo. Odiaba que estuviese mirando a la nada, tener que darle de comer y que lo babease todo, que nunca me dirigiese una mirada real.

Durante tres años mi tía nunca se molestó en visitarla o preguntar por ella. De vez en cuando recibía un mensaje de James, que sigue formando parte de mi vida, pese a lo que ocurrió cuando teníamos doce años, y mi madre nos visitaba una vez al mes. Eso era todo. Tres años conviviendo con una persona que ni siquiera podía hablar o moverse por sí misma.

Pensé que se quedaría así toda la vida, o que moriría en algún momento, pero me equivoqué. Alice siempre ha tenido una fuerza de voluntad inmensa, y un día levantó los ojos y me dedicó una de esas tiernas sonrisas de cuando era niña.

-¿Alice?

-Ho...la...

martes, 14 de febrero de 2023

Amelia

El viento movía su cabello rizado y sonreía como una niña. No podía evitar amar el viento, se sentía en completa libertad y nada en el mundo podía hacerla más feliz, ni siquiera George. Sabía que él la apoyaba, que ansiaba verla convertida en un águila, y eso la hacía sonreír, pero nada podía compararse a lo plena que se sentía cuando atravesaba el viento como un ave.

-Amelia... 

Abrió los ojos y se encontró con la mirada de Fred. Eran amigos desde hacía años, era su navegante, le confiaría hasta su vida, tenía que hacerlo si esperaba contar con él en los más difíciles momentos. Fred había estado a su lado en situaciones espinosas, enfrentándose a todo lo que se daba por sentado, siendo su mayor apoyo cuando sentía que todo el mundo estaba en su contra solo por ser mujer. Quizá le quería un poco, quizá lo amaba, y era consciente de que él se había enamorado de ella por sus ansias de libertad y su rebeldía. 

-¿Has comprobado los motores Fred? No quiero que haya problemas durante el vuelo.

-Precisamente de eso quería hablarte.

-¿Les pasa algo a los motores? -preguntó con preocupación.

-No se trata de los motores, es el vuelo. Sabes que siempre podrás contar conmigo, pero esto es una locura.

Eso era lo mismo que le habían dicho desde niña, cuando quería imitar a los hermanos Wright, tal vez superarlos. Estaba acostumbrada a que todo el mundo pusiese en entredicho lo que podía o no podía hacer, y también estaba harta. Esperaba que Fred comprendiese su punto de vista.

-¿Lo dices por ser mujer?

-No, lo digo porque pretendes volar alrededor del mundo, por el punto más amplio del globo, en un L-10E. Nadie ha hecho eso nunca.

-Precisamente. ¿Sabes lo difícil que es ser una mujer con visión? Todo el mundo cree que las mujeres existimos para tener hijos y punto, que nuestro cerebro no sabe pensar y que nuestras ideas no merecen ser escuchadas.

-Los dos sabemos que yo no pienso eso, o no sería tu navegante.

-Lo sé, y por eso sé que entiendes lo que pretendo. Fred, circunvalar el Ecuador es algo que nadie ha hecho nunca. Si puedo conseguirlo, demostraré a todo el mundo que las mujeres pueden hacer las mismas cosas que los hombres.

-¿Sabes que te digo? Que hay que ser estúpido para creerse eso -ella levantó una ceja con evidente molestia-. Todo lo que un hombre le da a una mujer, ella lo convierte en algo mejor.

Esbozó una sonrisa sincera. Fred siempre sabía cómo hacerla sonreír, quizá mejor que George. Por un momento deseó volver a aquel trepidante año en el que había aceptado casarse con él. Claro que le quería y él deseaba verla recorrer el globo, pero no la comprendía como Fred.

-Mañana saldremos a recorrer el mundo, así que respira.

...

Había mucha gente, mas de lo que esperaba. Parecía que todo Miami se había congregado en el mismo lugar, esperando verla despegar. Terminó de ajustar los motores, comprobó el depósito y se puso el casco. George se acercó a ella y rodeó sus hombros con su brazo, y en ese segundo Fred sintió su estómago retorcerse, pero se contuvo y le dedicó una sonrisa a una fotógrafa que trabajaba con el hombre que le había robado el corazón a Amelia.

Después de una hora de presentaciones, finalmente subieron al avión y Amelia despegó con él justo detrás. Solo entonces Amelia volvió a sonreír como una niña. Le encantaba ver esa expresión de completa paz en su rostro, era algo hermoso.

-Parece que te sientes mejor.

-Un poco.

-Sé que las multitudes no te gustan.

-Bueno, todos los oficios tienen algo malo.

...

Laos era paradisíaco, y tras un mes de viaje empezaba a cansarse de estar metido tanto tiempo en un avión. Sabía que ella no se iba a rendir, pero una parte de él deseaba no volver. Le encantaba cuando se detenían, esa escasa hora en la que reajustaban el motor y llenaban el depósito. Podían hablar de algo más que aviación, podía verla sonreír mientras degustaban los platos locales.

-Estamos a punto de terminar.

-Ya lo sé Fred... -respondió ella con tristeza-. No quiero volver.

-Sé que te encanta volar, y podrás seguir haciéndolo.

-No hablo de eso, no quiero volver a Miami, me gusta estar contigo y si vuelvo tendré que volver con George.

-¿Es que no te trata bien? Porque sabes que lo mataría si llega a hacerte daño.

Fred estaba tratando de alejarse de ella a toda velocidad para protegerse a sí mismo, pero no soportaba la idea de que él le pusiese las manos encima, eso era superior a su autocontrol. Creía que solamente eso podía destruir las barreras que había construido para evitar sufrir, hasta que ella destruyó ese muro para siempre al darle un casto beso. ¿Estaba soñando?

-¿Y qué quieres hacer?

-No lo sé.

-Pensaré en algo, y tú decides si es o no una locura, si quieres intentarlo o no.

...

Encontrar Howland les fue imposible, así que aterrizaron en una isla cercana, esperando poder despegar de nuevo en cuanto el motor estuviese cargado. Finalmente a Fred no se le había ocurrido ni una sola idea, no sabía qué hacer para cumplir su ansiada fantasía... hasta que aterrizaron en aquella isla. Sacó el telescopio de su padre y miró a Amelia con una mirada preocupada.

-Esto no es Howland. Sé que teníamos que aterrizar... pero estamos en un lío.

-¿Por qué lo dices?

-Por lo que he visto desde el aire, este peñasco está deshabitado, y a juzgar por aquella extensión de tierra -dijo señalando al horizonte-, estamos bastante lejos de Howland.

-En otras palabras, estamos atrapados.

-Hasta que nos rescaten.

-O...

Si Fred hubiese estado soñando, no habría sido capaz de imaginar lo que ocurrió a continuación. Amelia agarró su mano y juntos se internaron en la isla.

martes, 7 de febrero de 2023

Noelia

 Nunca se había dejado intimidar por los hombres, había crecido en una familia con cuatro hermanos y un padre manipulador, sabía lo crueles que podían llegar a ser. En el instituto era una mujer extraña que no solía conversar con nadie ni tenía amigas simplemente porque no quería. Noelia se centró en aprender, en crecer como persona y en controlar su vida. Así había llegado a dirigir una de las empresas de importaciones más grandes del mundo, sin contar con ayuda de nadie. 

Su hermano mayor, Esteban, la había abandonado en el momento en que ella le había dejado muy claro a su tercera novia en un año que dejase de intentar llevarse bien con ella, que no le gustaba y que iba a durar tan poco como las otras. Carla se lo había tomado como una amenaza, discutió con Esteban de tal modo que incluso Noelia llegó a pensar que los vecinos llamarían a la policía. Al día siguiente él entró a su dormitorio, le gritó durante diez minutos y dejó de hablarle para siempre, y como él, igualmente actuaron todos sus hermanos e incluso su padre. Noelia no necesitaba que nadie pelease por ella, sabía defenderse sola.

Por eso no le intimidaba Patrick, un CEO de una empresa de Estados Unidos que pretendía absorber la suya y privarla de su negocio. El hombre gordo, calvo y con papada enorme entró a su despacho, sin preguntar se sirvió una copa de su mejor brandy y se sentó en una silla. Noelia estaba segura de que hubiese ocupado su asiento si ella no estuviese sentada en él en ese momento.

-Largo.

-Vengo a hacerle una última oferta, señorita Rodríguez.

-Le he dicho seis veces que no me interesa, mi secretaria se lo ha enviado por e-mail unas diez y yo misma he firmado tres cartas con la misma respuesta. ¿Qué tengo que hacer para que lo entienda? ¿Poner una pancarta en un avión? -preguntó levantando una ceja.

Patrick Smith se puso rojo como un pimiento. Esa mujer empezaba a sacarle de sus casillas. Él siempre había conseguido lo que quería, empezando por una pequeña empresa de mensajería hasta llegar a una de las mayores empresas de importaciones de Estados Unidos. No se dejaría intimidar por una mujer.

-Le repito que le ofrezco unas condiciones inmejorables.

-No ha entendido nada. Yo no quiero vender mi empresa, eso me dejaría a mí sin mi puesto de directora y eso no lo voy a consentir. ¿Qué haría yo con mi tiempo?

-Salir con sus amigas a cotillear o lo que sea que hagan las mujeres.

En esta ocasión fue Noelia quien se enfadó. ¿Cómo se atrevía ese hombre a tratarla como una más? No se lo iba a permitir. Había abandonado todo lo que una vez había querido por tener la vida con la que soñaba y no dejaría que ese estadounidense misógino se la quitase.

-Yo no tengo amigos.

-No me sorprende -murmuró, pero ella siguió hablando.

-¿Por qué iba a tenerlos? ¿Para ver cómo se transforman en seres insignificantes como usted? -Patrick se atragantó con sus palabras-. Esto es lo que va a ocurrir, señor Smith. O deja de molestarme y se larga de mi despacho para siempre, o seré yo quien compre su empresa, ¿he sido clara?

Patrick se levantó y se marchó enfadado y dando un portazo, pero no iba a dejar las cosas como estaban, no señor. De un modo u otro, conseguiría la empresa de esa muchacha.

...

Observó el libro de cuentas con aspecto derrotado. Números rojos, había llegado a estar en números rojos. La mayor parte de sus contratos de exportación se habían echado a perder por factores externos. Uno de sus barcos naufragó en una tormenta, un cargamento en avión se perdió y jamás apareció... cientos y cientos de pérdidas, demandas que se acumulaban, problemas en las aduanas... estaba en bancarrota.

Levantó la mirada en su asiento de piel, sintiéndose muy pequeño por primera vez en su vida. Noelia le observó con una ceja levantada y una copa de un brandy exquisito en la mano. Patrick había perdido más de sesenta kilos en los últimos cuatro años a causa de los problemas de su empresa, y por eso ella había ido a verle a San Francisco con una carpeta.

Patrick miró la carpeta casi con odio, como si todo por lo que había trabajado muriese con esa empresa. Sin saberlo él, Noelia había ido comprando todas sus acciones y depreciando la empresa, provocando las demandas, los problemas en aduanas y que todos sus clientes acabasen por abandonarle en favor de la empresa de esa mujer española, y lo acababa de descubrir con esa carpeta. Noelia le había llevado una última oferta, que no llegaba ni a la mitad de lo que él había invertido en montar su empresa.

-¿Este era tu plan desde el principio?

-Te dije que me dejases en paz. Los hombres y su manía de pensar que las mujeres somos estúpidas.

-No me extraña que no tengas amigos.

-Ya te lo dije una vez, Patrick, no me interesa ver cómo las personas que me importan se transforman en seres insignificantes.

-Eres malvada.

-¿Yo? Solo te he pagado con la misma moneda que tú, con la diferencia de que, en mi caso, ha funcionado. ¿O creías que nunca iba a averiguar que pagaste a esos hombres para sabotear los motores de mis barcos?

-¿Y por qué no me demandaste?

-Porque no habría tenido sentido. En el momento en que me atacaste, ganarte ya no importaba, solo hacerte daño, y ver cómo todo tu imperio se hundía igual que se hundieron doce de mis barcos... bueno, eso no tenía precio.

Con una rabia que no pudo disimular, Patrick dibujó su firma en el papel. Había estado a punto de perforar las hojas, pero eso no importaba. Acababa de perder todo cuanto tenía por una cantidad que no le alcanzaría ni para cubrir las deudas que se había formulado.

-Y ahora, solo para que veas que no soy tan "malvada" como te has empeñado en creer, voy a ofrecerte una cosa: un contrato.

-¿Sobre qué?

-Bueno, tú conoces mejor que yo el mercado de Estados Unidos, así que esta es mi oferta. Pagaré todas tus deudas, incluido las que te has creado jugando al póker con esos matones de Las Vegas, más doscientos mil al año, por dirigir la división de mi empresa en Estados Unidos.

-¿Cómo te atreves? -espetó con rabia.

-Piénsalo Patrick, que yo sepa la gente no suele tomarse bien que le debas dinero, y menos esos lunáticos con los que jugabas.

Estuvo a punto de rechazarlo, de darle con su oferta en las narices y largarse, pero entonces pensó en su esposa y en su hija de dieciséis años. Ninguna de las dos sabía que estaba metido en semejante lío, ni sobre sus deudas de juego ni que había sacado dinero de su empresa para poder seguir apostando. Tal vez lo que le hiciesen a él no le importaba, pero lo que ocurriese con ellas sí. Eso era algo que Noelia ya sabía, y por eso vio como bajaba la cabeza y se arrugaba como una pasa, igual que un perro que sabía que se había portado mal, y aceptó con un mudo asentimiento.


Gracias a mylamylaaa de tiktok por inspirarme esta historia