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martes, 7 de marzo de 2023

Por tus ojos verdes

 "Querida Emily

Llevo menos de un mes lejos de ti y ya te echo de menos. Sé que esto no ha sido elección mía, que no he podido hacer nada al respecto, pero eres la primera persona en mi mente al despertarme y lo último en lo que pienso antes de dormir. Ojalá pudiese volver a verte, a tocarte y volver a reírme contigo mientras vemos una película de comedia de los 90, como las que sé que te gustan a ti.

Nunca te lo he dicho, pero odio las películas de comedia, solo me gustan porque puedo ver una sonrisa sincera en tu piel de porcelana, de esas en las que se te arrugan los ojos. Es el único momento en que sonríes de verdad, no sé por qué y nunca has querido decírmelo, pero tampoco te voy a obligar a hacerlo.

Hoy me he levantado y Vancouver me ha regalado un amanecer despejado y de color naranja, como los que te hacían cerrar los ojos y sonreír en paz, arrancando destellos dorados a tu pelo rubio. Parecías un ángel. Cuando hacías eso de dejar que la luz del sol te despertase yo entendía por qué estoy tan loco por ti, por esa sonrisa inocente, por tus ojos verdes llenos de figuras indescriptibles, por esa piel tan bonita y llena de pecas que sé que no te gustan pero que a mí me encantan.

Cuando fui a desayunar me serví un bol de cereales de los que sé que te encantan, como los de los niños pequeños, de colores y llenos de azúcar. Tampoco me han gustado nunca, pero ahora me recuerdan a ti. Hoy es fin de semana, así que no tengo que ir a trabajar. Puede que parezca estúpido pero voy a pasarme todo el día viendo La pantera rosa del 2006 y comiendo palomitas de colores.

Creo que por fin entiendo por qué te gusta tanto esa película, lo divertida que es y lo emocionante que puede resultar si dejas que el mundo a tu alrededor desaparezca. Me pregunto si es eso lo que sentías cada vez que la veíamos juntos.

Te hecho de menos, Emily, tanto que siento que me duele el alma. Sé que no tengo elección, que debo pasar por esto si quiero convencer a tu padre de que no soy un holgazán, pero tener que estar lejos de ti es una tortura. Cuento los días para volver a verte y se me hacen largos.

Tuyo siempre

Richard"

Emily cerró la carta con lágrimas en los ojos. También le echaba de menos, y en el fondo no podía evitar odiar a su padre por gritarle "no dejaré que mi hija salga con un holgazán" el día en que le había llevado a conocer a su familia. Se odiaba por ello, porque al día siguiente Richard comenzó a buscar una universidad y un trabajo que pudiese combinar para poder contentar a su suegro. Era una estupidez, ella lo quería por lo romántico y dulce que era, no le importaba si era un humilde peón o un directivo, si era abogado o minero, simplemente le quería a él, a lo que era.

-Tranquila cielo, todo se arreglará.

-¿Cómo que tranquila, mamá? Se ha ido por su culpa.

Alexandrine, o Lexy, como la llamaban desde su juventud, entendía el punto de vista de su hija porque también lo había vivido. El día en que ella llevó a Paul a conocer a sus padres, el CEO de una gran empresa de construcción de Francia le soltó exactamente lo mismo que él le había dicho a su suegro. Parecía que no había aprendido nada del pasado, porque ella no había vuelto a hablar con su padre ni había ido a su funeral precisamente por eso, por insultar al hombre que ella había elegido.

Lexy empezaba a creer que perdería a Emily de la misma cruel manera, igual que su madre la había perdido a ella, y no deseaba que su hija pasase por el dolor de no volver a ver a su madre por culpa del tarugo que tenía por padre.

-Sé que lo hace por mí, pero eso no hace que me sienta mejor -suspiró pesadamente-. Mamá, dile a papá que me iré a Vancouver con él y que volveré cuando termine sus estudios.

-Cariño...

-No puedo estar lejos de Richard mamá, no puedo. No sabes lo dulce que es -le entregó la carta-, pero puedes leerla si quieres, puede que así lo entiendas.

Y mientras Emily hacía las maletas, Lexy empezó a leer la carta, y sus ojos se llenaron de lágrimas al ver la dulzura con la que describía a su hija, todos sus gestos y su luz, como si fuese un hada.

-Tranquila cielo -le devolvió la carta-. Vete a buscarle, yo hablaré con tu padre.

... Siete años después ...

Samuel se quedó mirando a su hija envuelta en seda blanca y encaje, con un gran ramo de lirios y una sonrisa llena de felicidad. No le gustaba su yerno, le parecía poca cosa para su hija, pero poco después de que Emily se hubiese marchado a Vancouver, Lexy se había enrocado en defender esa relación con una simple carta, y tuvo que ceder, pese a lo que pensaba realmente.

Mientras caminaba sobre la alfombra roja hacia su yerno, que la esperaba de impecable smoking negro, observó a su esposa. Se habían casado sin la aprobación de Renaud, y no le había importado demasiado, hasta que se vio en la misma situación con su hija.

Cuando llegó al altar y ella extendió su mano hacia él, los observó un momento. Por mucho que lo rechazase no podía negar que había avanzado muchísimo. Richard le había dedicado cada segundo de tiempo a trabajar y estudiar, y Emily le había ayudado, le había apoyado, había cocinado para él y se había desvelado tratando de ayudarle a aprobar, y en cuanto tuvo el título en su mano, volvió a Phoenix para casarse con ella.

Caminó hasta su asiento al lado de Lexy, y ella le tomó de la mano con una sonrisa que lo decía todo. No podía negarle nada a esa mujer, por mucho que fuese en contra de todo en lo que creía, no podía decirle que no.

-¿Crees que Emily hace lo correcto?

-Samuel, incluso aunque se equivoque, tu no puedes hacer nada por cambiar su opinión. Ella seguirá el camino que le marque su corazón y yo la apoyaré. Puedes aceptarlo y formar parte de sus vidas, o negarte y ser como mi padre.

Esa posibilidad le asustó, no porque le comparase con Renaud, sino porque él sabía perfectamente que Lexy no había vuelto a hablar con él desde que se fugaron juntos después de aquella espinosa cena. No quería perder a su hija, así que, en contra de todo en lo que creía, iba a tener que darle una oportunidad a Richard.

jueves, 2 de marzo de 2023

Fiesta nocturna

 No sabía por qué estaba allí, en aquel lugar, con la música a todo volumen de un DJ patoso que parecía odiar la música que a ella le encantaba. De algún modo incomprensible se había dejado convencer por su mejor amigo para ir a aquella discoteca que acababan de inaugurar. Empezó a arrepentirse en el momento en que aceptó, pero le había dado argumentos tan sólidos como "no dejaré que te aburras el día de tu cumpleaños". Claro que ella y Gabriel tenían diferentes puntos de vista de lo que era divertirse.

A Nerea le gustaba ver películas, leer y jugar a dragones y mazmorras, incluso tenía un tatuaje de un dragón aferrado a un dado de rol en el hombro, mientras que Gabriel adoraba salir de fiesta, beber alcohol, ir a la playa o la música irritante que estaban pinchando.

-Quiero largarme Gab.

-Nerea, dentro de ti hay una chica alucinante que se muere por divertirse, tienes que dejarla salir de vez en cuando.

Suspiró pesadamente, poniendo los ojos en blanco. Esa clase de argumentos eran los que hacían que sintiese ganas de salir corriendo en dirección opuesta, pero no podía decirle que no a Gabriel, por alguna misteriosa razón siempre acababa convenciéndole de hacer las cosas más absurdas que se le podrían ocurrir a ella. ¿Por qué no podía encontrar divertido ir a un museo o a una obra de teatro?

-Recuerda nuestro trato, mañana iremos a ver Tartufo.

En esta ocasión le tocó a Gabriel exasperarse. ¿Cómo podía ser divertido ir al teatro? No era que no quisiese cumplir su deseo de cumpleaños, simplemente no le gustaba el teatro. Sin embargo, había accedido a meterse en aquella discoteca abarrotada de gente con vidas disolutas y alocadas, así que no podía negarse.

La noche pasó lentamente, aburrida y soporífera para ella, pero a toda velocidad para Gabriel, que se divertía como nunca. Se dijo a sí misma que, algún día, le haría pagar esas cuatro horas de aburrimiento, ruido inoportuno y dolor de cabeza. Cuando al fin salió de aquel tugurio, el aire fresco disipó el calor que se le había quedado pegado, el silencio reemplazó el atronador ruido, y sonrió con una expresión de calma total.

-Sabía que te divertirías.

-No has entendido nada Gab, no me divierto, me duelen los oídos, simplemente ahora disfruto del silencio. 

Sonrió con una expresión divertida. Nerea nunca admitiría que no había pasado una mala noche, Gabriel nunca le diría que, en el fondo, ese ambiente le resultaba pesado. Le pasó una mano por los hombros y caminaron juntos hasta la casa de Gabriel, que la había invitado a dormir.

Atravesaron la verja, treparon al roble del jardín y entraron por la habitación de él. Se suponía que nunca habían salido de ese dormitorio. Habían puesto una película en Netflix antes de salir de aquella habitación. Lo divertido no había sido la noche, la música o el alcohol, sino haber escapado de la vigilancia de dos estrictos adultos gracias a Netflix.

...

A la mañana siguiente, Paula esperaba a los dos somnolientos adolescentes. No era tonta, ella tenía el mismo truco con un VHS, pero nunca le diría a su marido que esos dos pequeños golfillos se habían escapado de casa, seguramente gracias a la insistencia de su hijo, para irse a una discoteca.

-Buenos días.

Nerea fue la primera en entrar, con un pijama de la princesa Leia y una expresión de estar todavía cayendo por la madriguera del conejo. Sin duda necesitaba al menos tres horas más de sueño, pero no se quejó.

-¿Gofres?

-Sí, gracias señora García.

-Te he dicho cien veces que me llames Paula o Pauli, eso de señora me añade veinte años.

Su hijo no tardó en bajar, con una cara todavía más dormida que la de Nerea.

-Hola mamá.

-Buenos días cielo, ¿gofres?

-Claro.

Ninguno de los dos quería desayunar nada, Gabriel tenía el estómago revuelto y Nerea nunca comía demasiado, pero era imposible decir que no a los gofres de Paula, estaban deliciosos, así que se tragaron las ganas de irse a dormir al menos cinco horas y se quedaron a desayunar unos gofres con chocolate y nata que los llenaron de energía.

lunes, 20 de febrero de 2023

Oculto

Acababa de oír un chiste, pero ni siquiera había estado prestando atención porque tenía el corazón roto. Sam, su mejor amigo, acababa de anunciarle que estaba saliendo con Lorie, su hermana. Todo habría estado bien si ella no hubiese estado enamorada de él en secreto desde hacía años. Quería salir corriendo, encerrarse en un lugar donde nadie pudiese encontrarla nunca, y llorar, pero sabía que Sam o Lorie, o quizá ambos, la seguiría hasta donde fuese que se escondiese para intentar consolarla. Por eso se quedó ahí, de pie, escuchando los estúpidos chistes de Michael y viendo a Lorie abrazar a Sam.

No era que quisiese salir con él, nunca aceptaría aun si él se lo pedía solamente porque no se le daba bien conectar con las personas y quería conservar los pocos amigos que tenía. Tampoco pretendía que acabase solo el resto de su vida, como suponía que terminaría ella, se trataba simplemente de que saber que él salía precisamente con su hermana le rompía el corazón.

-Entonces, ¿lo has pillado?

-Lo siento, no estaba escuchando, ¿me lo repites?

Michel la miró sabiendo perfectamente lo que estaba pensando, pero aun así repitió el chiste que le había contado su hermano aquella tarde, y a pesar de que sabía que no tenía demasiada gracia, ella empezó a reírse. Eso levantó sus sospechas porque Elisabeth nunca se reía de ese modo, con esa risa nerviosa y los ojos empapados... y al ver esas tímidas lágrimas que no llegaban a asomar, supo algo tan triste que estuvo a punto de marcharse de aquella ridícula fiesta y llevársela a donde fuese capaz de respirar. Lisa no se estaba riendo, de hecho estaba llorando.

Miró por un segundo a Lorie y Sam. Ninguno de los dos se había dado cuenta del peso que tenía ella en su corazón. Cuando volvió a mirar a Lisa, ella se limpiaba esas lágrimas tristes y le devolvió una sonrisa tan falsa como su alegría.

-Es muy bueno, ¿te lo ha contado Dean?

-Sí, y supe que teníais que oírlo.

Sabía que ni siquiera recordaría de qué iba ese chiste, que seguramente lo olvidaría para siempre, hasta enterrarlo en lo más profundo de su mente, junto a todas esas emociones que sentía en ese momento. 

-¿Sabes qué? Voy a llamarlo.

Michael sabía dos cosas sobre su hermano: la primera que era divertido, con una chispa inimitable, que incluso la más estúpida y absurda de las bromas sonaba divertida cuando era él quien la contaba. La segunda era que sentía algo por Lisa. No le hacía gracia la idea de utilizarle de ese modo, pero tampoco tenía muchas más alternativas, era eso o ver llorar a Lisa mientras fingía reírse.

Dean se presentó en la fiesta a la media hora, rodeó a Lisa por la cintura y ella cerró los ojos, y entonces Michael sonrió. No importaba la situación o quién, todo el mundo se sentía seguro junto a Dean, era fuerte, divertido y protector, pero quizá esa última no fuese una ventaja en ese momento, porque él miró a Sam y Lorie, sin soltar a Lisa, y Michel empezó a ver lo mucho que estaba tratando de frenarse para no partirle la cara a Sam.

-Oye, pequeña bruja -Lisa levantó una ceja mientras esbozaba una media sonrisa-, ¿qué te parece si nos vamos a otro sitio?

-Claro.

Mientras Lisa salía por la puerta de la casa de Sam, Dean miró a su hermano con preocupación, pero eso duró tanto como lo que le costó salir por la puerta. Entonces Michael se levantó, se acercó a la feliz pareja y Sam lo miró.

-Mike, ¿te pasa algo?

Estuvo a punto de contestarle que debía tener más cuidado, pero Sam parecía feliz del brazo de Lorie, así que optó por no decir nada. Sabía que a Lisa le costaría perdonarle por decir cosas sobre ella y ya lo había pasado bastante mal esa noche, mientras se reía fingiendo que no lloraba. 

-Nada, solo quería decirte que me voy.

-¿Y Lisa? -preguntó mirando a su alrededor-. Estaba aquí hace un minuto.

-Mi hermano y yo nos la llevamos al paintball.

-¿Y no nos invitas?

-¿Es que quieres irte? -preguntó mirando a Lorie, pero él no respondió-. Entonces no hay más que hablar. Hasta mañana.

Cuando salió a la calle, Dean rodeaba a Lisa por la cintura, y ella parecía más tranquila, cómoda y relajada.

-Lisa -miró a Michael-. Me importa un cuerno lo mucho que sigas defendiéndole, algún día voy a partirle la cara a Sam -abrió la boca para contestar, pero él siguió hablando-. Mientras tanto, los tres nos vamos a ir al paintball y vas a dispararle a todos los del otro equipo mientras yo me escondo detrás de un árbol y a Dean lo eliminan nada más salir de la cabaña.

-Oye -espetó él-, que eso solo pasó...

-Las últimas diez veces -terminó  Michael.

Y hubiese parecido imposible que algo tan sencillo lograse hacerla reír, pero así fue, porque Lisa emitió una carcajada dulce y alegre. Por roto que tuviese el corazón, las payasadas de Michael y Dean Morgan siempre la hacían reír. 

martes, 14 de febrero de 2023

Amelia

El viento movía su cabello rizado y sonreía como una niña. No podía evitar amar el viento, se sentía en completa libertad y nada en el mundo podía hacerla más feliz, ni siquiera George. Sabía que él la apoyaba, que ansiaba verla convertida en un águila, y eso la hacía sonreír, pero nada podía compararse a lo plena que se sentía cuando atravesaba el viento como un ave.

-Amelia... 

Abrió los ojos y se encontró con la mirada de Fred. Eran amigos desde hacía años, era su navegante, le confiaría hasta su vida, tenía que hacerlo si esperaba contar con él en los más difíciles momentos. Fred había estado a su lado en situaciones espinosas, enfrentándose a todo lo que se daba por sentado, siendo su mayor apoyo cuando sentía que todo el mundo estaba en su contra solo por ser mujer. Quizá le quería un poco, quizá lo amaba, y era consciente de que él se había enamorado de ella por sus ansias de libertad y su rebeldía. 

-¿Has comprobado los motores Fred? No quiero que haya problemas durante el vuelo.

-Precisamente de eso quería hablarte.

-¿Les pasa algo a los motores? -preguntó con preocupación.

-No se trata de los motores, es el vuelo. Sabes que siempre podrás contar conmigo, pero esto es una locura.

Eso era lo mismo que le habían dicho desde niña, cuando quería imitar a los hermanos Wright, tal vez superarlos. Estaba acostumbrada a que todo el mundo pusiese en entredicho lo que podía o no podía hacer, y también estaba harta. Esperaba que Fred comprendiese su punto de vista.

-¿Lo dices por ser mujer?

-No, lo digo porque pretendes volar alrededor del mundo, por el punto más amplio del globo, en un L-10E. Nadie ha hecho eso nunca.

-Precisamente. ¿Sabes lo difícil que es ser una mujer con visión? Todo el mundo cree que las mujeres existimos para tener hijos y punto, que nuestro cerebro no sabe pensar y que nuestras ideas no merecen ser escuchadas.

-Los dos sabemos que yo no pienso eso, o no sería tu navegante.

-Lo sé, y por eso sé que entiendes lo que pretendo. Fred, circunvalar el Ecuador es algo que nadie ha hecho nunca. Si puedo conseguirlo, demostraré a todo el mundo que las mujeres pueden hacer las mismas cosas que los hombres.

-¿Sabes que te digo? Que hay que ser estúpido para creerse eso -ella levantó una ceja con evidente molestia-. Todo lo que un hombre le da a una mujer, ella lo convierte en algo mejor.

Esbozó una sonrisa sincera. Fred siempre sabía cómo hacerla sonreír, quizá mejor que George. Por un momento deseó volver a aquel trepidante año en el que había aceptado casarse con él. Claro que le quería y él deseaba verla recorrer el globo, pero no la comprendía como Fred.

-Mañana saldremos a recorrer el mundo, así que respira.

...

Había mucha gente, mas de lo que esperaba. Parecía que todo Miami se había congregado en el mismo lugar, esperando verla despegar. Terminó de ajustar los motores, comprobó el depósito y se puso el casco. George se acercó a ella y rodeó sus hombros con su brazo, y en ese segundo Fred sintió su estómago retorcerse, pero se contuvo y le dedicó una sonrisa a una fotógrafa que trabajaba con el hombre que le había robado el corazón a Amelia.

Después de una hora de presentaciones, finalmente subieron al avión y Amelia despegó con él justo detrás. Solo entonces Amelia volvió a sonreír como una niña. Le encantaba ver esa expresión de completa paz en su rostro, era algo hermoso.

-Parece que te sientes mejor.

-Un poco.

-Sé que las multitudes no te gustan.

-Bueno, todos los oficios tienen algo malo.

...

Laos era paradisíaco, y tras un mes de viaje empezaba a cansarse de estar metido tanto tiempo en un avión. Sabía que ella no se iba a rendir, pero una parte de él deseaba no volver. Le encantaba cuando se detenían, esa escasa hora en la que reajustaban el motor y llenaban el depósito. Podían hablar de algo más que aviación, podía verla sonreír mientras degustaban los platos locales.

-Estamos a punto de terminar.

-Ya lo sé Fred... -respondió ella con tristeza-. No quiero volver.

-Sé que te encanta volar, y podrás seguir haciéndolo.

-No hablo de eso, no quiero volver a Miami, me gusta estar contigo y si vuelvo tendré que volver con George.

-¿Es que no te trata bien? Porque sabes que lo mataría si llega a hacerte daño.

Fred estaba tratando de alejarse de ella a toda velocidad para protegerse a sí mismo, pero no soportaba la idea de que él le pusiese las manos encima, eso era superior a su autocontrol. Creía que solamente eso podía destruir las barreras que había construido para evitar sufrir, hasta que ella destruyó ese muro para siempre al darle un casto beso. ¿Estaba soñando?

-¿Y qué quieres hacer?

-No lo sé.

-Pensaré en algo, y tú decides si es o no una locura, si quieres intentarlo o no.

...

Encontrar Howland les fue imposible, así que aterrizaron en una isla cercana, esperando poder despegar de nuevo en cuanto el motor estuviese cargado. Finalmente a Fred no se le había ocurrido ni una sola idea, no sabía qué hacer para cumplir su ansiada fantasía... hasta que aterrizaron en aquella isla. Sacó el telescopio de su padre y miró a Amelia con una mirada preocupada.

-Esto no es Howland. Sé que teníamos que aterrizar... pero estamos en un lío.

-¿Por qué lo dices?

-Por lo que he visto desde el aire, este peñasco está deshabitado, y a juzgar por aquella extensión de tierra -dijo señalando al horizonte-, estamos bastante lejos de Howland.

-En otras palabras, estamos atrapados.

-Hasta que nos rescaten.

-O...

Si Fred hubiese estado soñando, no habría sido capaz de imaginar lo que ocurrió a continuación. Amelia agarró su mano y juntos se internaron en la isla.

viernes, 20 de enero de 2023

Diferente

 Sarah Gibbson era, casi con seguridad, la persona más normal del mundo. Animadora, como lo había sido su madre, fan de la saga Crepúsculo, pero solo las películas, que solo escuchaba música actual y con un marcado desprecio por Ericca Smith, igual que todos en el instituto.

Sarah estaba saliendo con Dylan Smith, su hermano, pero jamás se veían en su casa, partían siempre desde la acera que lindaba con la residencia Gibbson y desde allí iban a cualquier parte del pueblo. Nunca hablaban de la hermana de Dylan, ¿y por qué iban a hacerlo? Tenían cosas más importantes de las que hablar.

-Mis padres quieren conocerte.

Esas cuatro palabras lo cambiaron absolutamente todo. No era que no quisiese conocer oficialmente a sus vecinos, con los que había convivido desde que tenía memoria, sino que, pasar tres horas en casa de los Smith significaba tener que ver a Ericca fuera de los pasillos del instituto, y esa posibilidad iba en contra de todos sus instintos.

-¿No es un poco pronto?

-Yo diría que, después de cuatro años saliendo, no.

Se le acabaron las ideas en ese momento, y sabía que no podía negarse porque preguntaría por qué y todo el mundo sabía que Ericca era el ojito derecho de Dylan, lo habían expulsado cuatro veces en lo que iba de año por defenderla, y solo estaban en febrero. Asintió, en contra de todo lo que le decía su naturaleza.

...

La comida fue la cosa más normal del mundo, salvo por un detalle: Ericca no estaba allí. Parecía que los Smith querían congraciarse con Sarah, porque no hablaron de ella ni hicieron ademán de llamarla o ir a buscarla a dónde quiera que se hubiese escondido.

Sus padres eran todo lo que Sarah esperaba de sus suegros. Emily era amable y cariñosa, con una sonrisa dulce y ojos bondadosos. Carl era sencillo, con aspiraciones realistas como terminar de arreglar un viejo Volvo junto a Dylan, el cual se convertiría en su primer coche, como era tradición en su familia. Todo habría salido bien de no ser porque ella misma, preocupada por la extraña pasividad que parecían demostrar hacia la ausencia de Ericca, preguntó por ella.

-¿Es que no se lo has contado? -inquirió Emily.

Dylan se quedó sin palabras un momento, preguntándose cómo podría responder de modo que su madre no se sintiese ofendida, lo cual era muy complicado.

-No le di importancia, había olvidado que ya han pasado dos años -esa respuesta extrañó aún más a Sarah-. Mi hermana es fan del World of Warcraft, y más o menos cada dos años salen las expansiones, así que una vez cada dos años se encierra en su habitación un par de días. No saldría ni aunque viniese el presidente.

¿Eso era todo? ¿Fan de un juego que abarcaba la mayor población de frikis de todo el mundo? Eso explicaba por qué siempre estaba murmurando para sí misma y por qué parecía medio ida la mayor parte del tiempo.

Por primera vez en toda la cena, Carl miró a su hijo intentando decirle algo, pero sin decir ni una sola palabra. Entonces Dylan se levantó, tomó de la mano a Sarah y empezó a subir las escaleras.

-Supongo que no le molestará que la interrumpamos un par de minutos.

...

La habitación de Ericca estaba en perfecto caos. Había ropa tirada por cada esquina, libros abiertos encima de la cama, botellas de refresco vacías al lado del ordenador, junto a cientos de bolsitas de ositos de gominola y galletas... y en el centro del caos, Ericca estaba con la cabeza mirando fijamente al ordenador y unos enormes cascos con micrófono.

-No, por ahí no, mira el puñetero mapa... Sí Kaiser, ya sé que aparece sombreado, pero sería tan sencillo como evitar separarte del guía -suspiró pesadamente-. Sí, lo que tu digas, te esperamos -se estiró en la silla y, de pronto, fue como si algo la cabrease-. AFK -y se sacó los cascos.

-Hola hermanita.

-Lelo y... la tía más normal del planeta.

Y por un momento fue como si la estuviese insultando. Esa palabra, que parecía algo simple para todo el mundo, algo que no ofendería a nadie, que ni siquiera era un insulto... la forma en la que lo decía era como si el hecho de que fuese normal fuese también algo deplorable.

-Bicho raro...

Dylan miró a Sarah con una ceja levantada, estuvo a punto de gritarle por primera vez en toda su vida, a fin de cuentas su hermanita era lo más importante que tenía, pero Ericca empezó a reírse, no como si estuviese fingiendo, se reía de verdad.

-Muchas gracias -respondió ella-. La verdad es que prefiero ser rara a ser tan normal, banal y aburrida como tú. La gente normal es como todo el mundo, se olvida con el tiempo, la gente rara puede caerte bien o mal, pero nunca podrías olvidarla. Ahora si no te importa -se puso los cascos-. Vale chicos, a por el boss.

Sí, acababa de insultarla, y de un modo tan elegante que ni siquiera parecía un insulto. Salieron de la caótica habitación de Ericca, ella fue a bajar las escaleras, pero Dylan la retuvo un momento.

-No se lo tengas en cuenta -suspiró-. Cuando tenía 6 años empezó a no encajar en ninguna parte. No tenía amigos ni le importaba, olvidaba cosas como cuando comer o cuando dormir, le interesaba más leer o jugar al Loom, al Super Mario o al Dragon Quest que interactuar con los demás o preocuparse de sí misma. Hace un par de años empezó a escribir cuentos para niños y a jugar al WoW. Puede que te parezca rara, pero eso ni siquiera le importa, de hecho para ella sería mucho peor ser como todos los demás.

Por una vez empezaba a preocuparse por Ericca, y eso era algo muy raro. La escuchaba al otro lado hablar de cosas que no tenían sentido para ella, como dragones o algo llamado "la cicatriz muerta", pero por primera vez eso no parecía algo bueno.

-¿Y qué le pasa? 

-Te lo explicaré de camino al cine.

...

Sarah miró por la ventana desde su habitación de color rosa en perfecto orden. La luz de la habitación de Ericca seguía encendida, pero por primera vez no la miraba con odio. Dylan le había contado que su hermana se centraba en una o dos cosas y olvidaba el resto, y lo hacía hasta tal punto que se había convertido en una experta en videojuegos y en una gran escritora de cuentos -había buscado algunos por internet y eran muy buenos-, pero también olvidaba todo lo demás, desde cosas tan importantes como cuando comer o cuando dormir, hasta citas y horarios. 

Se suponía que sus padres mantenían ese lado suyo tan descontrolado, sometido a un estricto horario, pero cada vez que salía la nueva expansión, se metía de lleno en ella, solo podía pensar en jugar, y sus padres acabaron por ceder ya que solo ocurría una vez cada dos años. Sabían que se quedaba jugando hasta tarde, pero también hacía todo cuanto le pedían sin protestar y al momento, por mucho que lo odiase.

...

Los pasillos del instituto estaban llenos de gente que se acumulaba entorno a una sola sección del pasillo, justo donde se encontraba...

-La taquilla de Ericca... -comprendió de pronto.

Empezó a avanzar entre la multitud mientras sus amigas la llamaban a gritos, hasta llegar a donde estaba ella, que miraba impasible a Blake, el quarterback del equipo, quien se mantenía cerca de ella, demasiado cerca para el gusto de Ericca, que parecía estar recurriendo a todo su autocontrol para no echarse a llorar o pegarle una patada donde más le iba a doler, y no sabía qué podría ser más probable.

-¡Blake!

-Hola prima -saludó a Sarah-. ¿Vienes a la fiesta?

-No -agarró de la mano a Ericca-, tengo que hablar con mi cuñada.

Nunca había dejado tan clara la relación que mantenía con ella, y, ante la cara de pasmo de Ericca y de todo el instituto, se la llevó casi arrastras al baño de chicas de la segunda planta y cerró la puerta de golpe.

-Puedo defenderme sola.

-Oye, sé que no te caigo bien, pero eres la hermana de mi novio, así que voy a defenderte cada vez que te vea en problemas.

-Hace una semana me empujabas dentro de mi propia taquilla, ¿qué ha podido cambiar? -entrecerró los ojos-. Dylan te lo ha contado, ¿no es verdad? -no respondió-. ¡Ese maldito bocazas!

-No es para tanto.

-No me gusta que me traten como si fuese de cristal, no lo soy. ¿No te parece que tengo bastante con que mi hermano se haya convertido en mi guardaespaldas? ¿Sabes los problemas que ha tenido por mi culpa?

Sí, lo sabía. Dylan había sido expulsado del instituto varias veces por meterse en peleas, y por eso sus padres veían muy mal que fuese su novia, pero no intentaron detenerla porque creían que se daría cuenta sola del error que había cometido.

-Ericca, yo no hago esto porque intente agobiarte, solo me parece que podrían dejarte en paz, creo que eso es todo lo que tu quieres, ¿me equivoco? -no respondió-. No te voy a decir "ven a comer conmigo y mis amigas" porque no creo que vayas a hacerlo, pero siempre voy a procurar que mi primo y los capullos del equipo de fútbol te dejen en paz, ¿puedes aceptar eso?

Asintió poco convencida, Ericca le tendió la mano y salieron al pasillo sin soltarse. Las animadoras la miraba con cara de pasmo, pero Sarah les dedicó una mirada de avispa y optaron por guardar silencio. Cuando Ericca se marchó, finalmente se acercaron a ella, que seguía mirando la esquina por la que había desaparecido.

-¿Qué demo...?

-Christy, chicas... procurad que vuestros novios o sus estúpidos amigos se mantengan a diez metros de Ericca.

lunes, 16 de enero de 2023

Per aspera ad astra

 Se observó en el espejo con el ceño fruncido. Ese voluminoso vestido blanco hasta los pies y el tocado de flores blancas de tela la hacían parecer una princesa, pero odiaba estar tan hermosa ese día. No se trataba de un día normal, era su boda, pero no era lo que ella quería. Su padre, un magnate del petróleo, había decidido casarla con el hijo de uno de sus socios para poder fundir las empresas en una, pero ella no deseaba eso, estaba profundamente enamorada de un compañero de universidad que estudiaba para ser periodista. Sí, no era ni rico, ni influyente y sus padres trabajaban entre los dos más de 100 horas a la semana solo para que él pudiese estudiar, pese a que cientos de veces les había dicho que podía ayudarles. Su padre, un hombre atlético y con rostro amable siempre le contestaba: "Estudiar es tu trabajo, el nuestro es procurar que lo consigas"

No podía aguantar siempre las decisiones de su padre. Por él había renunciado a la música y había estudiado empresariales, por él había abandonado Grecia, un país que adoraba por su magnífica historia, a cambio de vivir en Texas, un lugar que aborrecía. Por sus decisiones había perdido el rumbo de su vida, convirtiéndose en una marioneta, hasta perder su individualidad. Pero no podía hacer eso, simplemente no podía entregar su felicidad, su corazón, por un deseo de su padre.

Tras un hondo suspiro se sacó el vestido, buscó en su mesilla unas tijeras, y lo destrozó sin miramientos. Si realmente pretendía casarla con un completo desconocido al que solo había visto una vez teniendo ocho años, no la conocía de nada.

Después de vestirse con lo primero que encontró y sacarse las flores del pelo, salió de la mansión de su padre con los pies descalzos y unos botines en las manos. Estaba a metros de poder salir de su casa, solo necesitaba salir por la puerta de la cocina y atravesar el jardín. Se puso los botines, agarró la manilla de acero y atravesó el umbral. Sabía que su padre ya habría notado su ausencia y el desastre que le había echo al vestido, y por eso corrió a través del jardín, sin importar que todo el servicio la persiguiese, y se subió al destartalado Honda Civic de su novio.

-Señorita Valeria -ella sacó la cabeza por la ventana al oír a la cocinera-. Vuelva.

-Dile a mi padre que, por una vez, me estoy eligiendo a mí. Si lo acepta, me llamará él, sino, no habré perdido nada.

...

Peter la rodeó con sus brazos mientras observaban las luces de Lamia reflejarse sobre el golfo Maliaco. Era una de las ciudades más hermosas de todo Grecia. El mundo se había vuelto enorme, viajaba cada vez que a Peter le tocaba cubrir alguna noticia en alguna parte del mundo. Nunca había vuelto a ver a su familia ni le importaba, su padre decidió no llamarla nunca más y, si si no fuese su única descendiente, la habría eliminado de su testamento.

-¿A dónde quieres ir ahora?

-Me da igual -respondió Valeria.

Podría pasarse la vida entera en sus brazos, en mitad del desierto o paseando por una enorme ciudad, mientras estuviese junto a él, todo era perfecto. Habían atravesado un sendero áspero, y finalmente estaban llegando a las estrellas.

miércoles, 11 de enero de 2023

El faro

 Las olas rompían contra las escalinatas de cemento, produciendo un agradable sonido que calmaba sus nervios. Ni siquiera tenía claro cómo había llegado allí, a ese punto de su vida en el que la desesperación se juntaba con sus recuerdos y lo hacían trastornarse hasta desear la muerte. Pero no era un cobarde, su padre había tomado la absurda decisión de acortar su vida y le odiaba, no solo por haber sido un medroso hombre que no fue capaz de enfrentarse a la vida, sino por haberlos maltratado a él y a su madre entre vapores etílicos y miradas de desconfianza, así que la idea de tomar la misma decisión por la que él había optado a sus ocho años era algo que le daba náuseas.

Si se aventuraba a recordar su pasado, solo podía encontrar recuerdos llenos de lágrimas. Tal vez fuese por su padre violento y beodo, o por su madre apocada y silenciosa, que pensaba que no valía la pena como persona, que era un desperdicio humano sin ningún tipo de valor. 

Años atrás había conocido a una joven que, por entonces, tenía diecisiete años. Nunca había pensado en una relación romántica con ella porque estaba destrozada, porque se odiaba a sí misma tanto como él lo hacía, pero había algo que los diferenciaba. Si bien ella se había enfrentado a unas vivencias similares a las suyas, había encontrado fuerzas en la música, y tocaba el violín de un modo deslumbrante, pese a tener los dedos torcidos por culpa de su padre y de las numerosas veces que se los había roto.

Miró el mar con el corazón encogido. A veces ansiaba ser un pez o un ave rapaz, algo que le ayudase a escapar. A las águilas nadie podía detenerlas y los peces no tenían memoria suficiente como para recordar el pasado. La memoria puede ser la peor de las condenas, atar a un hombre fuerte con cadenas y hacer que se hunda en la desesperación.

Solo había un momento en su vida, un segundo que se volvía eterno cuando miraba a la luna, en que había sido verdaderamente feliz, y eso fue cuando vio el mar por primera vez. No tendría ni diez años, y se quedó prendado de la belleza y el brillo de las olas, del olor que inundaba su nariz y lo llenaba de tranquilidad. Por eso estaba allí, en el faro, custodiándolo. No era realmente necesario, la informática hacía que solo fue imprescindible cambiar el foco. La luz se encendía sola y se apagaba sola, así que nadie comprendía por qué se empeñaba en subirse a una lancha e ir cada maldita noche al faro, hiciese el tiempo que hiciese. 

Miró a la luna con una amarga sonrisa, a su única amiga, y luego al puerto. No quedaba lejos, si uno tenía el oído tan fino como él, podía escuchar hasta las voces de la gente, y desde su posición, con las olas tranquilas que de tanto en cuando rompían contra las escalinatas de cemento, pudo oír una triste melodía que arrancaba lentamente de las cuerdas de un violín.

miércoles, 4 de enero de 2023

Baile de estrellas

 Era pleno junio y el cielo del atardecer se teñía de color carmesí, haciendo incendiarse los campos verdes en tonos anaranjados. Ángela miraba al cielo con el corazón lleno de paz. Era una artista, pintaba cuadros, escribía poesía y tocaba el arpa. Cualquier cosa que le recordase mínimamente a la armonía del arte la hacía sentir completa, y ese atardecer estaba lleno de arte. Ni siquiera los más grandes artistas de la historia podrían pintar un atardecer y que fuese exactamente igual que el que veían.

Poco a poco las últimas luces del sol se fueron escondiendo entre las montañas para ir a saludar a quien viviese en el otro lado del mundo. Ella se imaginaba que algún artista al otro lado del planeta estaba observando el amanecer, preguntándose si habría alguien lo bastante osado como para atreverse a pintarlo.

Cuando finalmente el sol se escondió, las estrellas salieron a saludar acompañando a una hermosa luna llena. Nunca había tenido miedo de la oscuridad, la noche le parecía algo místico y precioso, una de las únicas cosas verdaderamente mágicas que quedaban en un mundo consumido por la codicia y la ambición.

Nunca le había importado el dinero o la fama, ni siquiera tenía un trabajo estable. No era que quisiese perjudicar a sus padres, a ella solo le importaba el arte y sus múltiples formas. Si pudiese pedir un deseo a una estrella fugaz, seguramente sería poder vivir del arte y de su preciada imaginación.

Sacó el cuaderno de dibujo con hojas negras y un lápiz blanco. Esa sería la primera vez que pintase una escena nocturna en un cuaderno negro. Durante horas estuvo dibujando, tratando de arrancarle la belleza al cielo para plasmarla en el papel. Nunca estaba realmente satisfecha con su arte, siempre quedaba algo que retocar, algo que mejorar y algo por pintar. Cuando finalmente apartó el lápiz del papel, observó con una sonrisa su obra.

-¿Cómo lo vas a llamar?

Su hermano Luís no comprendía casi nunca a Ángela, la quería, pero no entendía su punto de vista del mundo, ni su arte. Podía ganar mucho dinero como arpista, había muy pocas en todo el mundo que tuviesen el tipo de talento que ella tenía, el poder mezclar el arpa con una guitarra eléctrica y que, aun así, sonase tan hermoso como las luces de un árbol de Navidad. Pero ella no parecía interesada en el dinero pese a que sus composiciones alcanzaban visitas astronómicas en internet, lo único que realmente le importaba era la belleza que podía encontrar en lo más simple del mundo.

-No va a tener nombre, no está bien.

Observó el dibujo de su hermana y luego al cielo estrellado acompañando a la luna llena. Estaba exactamente igual, la luna pálida iluminando el cielo y llenando de luz fantasmal la hierba del campo, las constelaciones brillantes y armoniosas, las montañas llenas de reflejos blanquecinos... 

-¿Por qué lo dices? Es muy detallado.

-Exacto, y el arte no tiene por qué ser detallado, simplemente es hermoso.

-¿Es que no te gusta?

-Yo no he dicho eso.

-Pues yo sí le pondría nombre -agarró el cuaderno y observó el dibujo con una sonrisa-. Baile de estrellas.

Ángela se quedó mirando a su hermano con una expresión confusa. Era la primera vez que alguien le ponía un nombre a un dibujo suyo, y se sentía algo descolocada. Por un momento pensó que le estaba tomando el pelo. Para ella esa escena nocturna que había dibujado no tenía vida, estaba vacía, como si le faltase algo muy importante.

-¿Por qué le pones nombre? No tiene alma.

-Sí la tiene, la tuya. Le dedicas tu alma y tu corazón a cada nota, a cada verso y a cada trazo en el papel, y eso es suficiente para mí. Si no lo quieres lo enmarcaré y lo pondré en mi habitación -ella sonrió-, o en el salón, para que todos puedan ver lo orgulloso que estoy de mi hermanita.

Luís no tenía alma de artista, no leía nunca ningún libro, la poesía no le interesaba, escuchaba rap pese a las protestas de su hermana y la pintura para él no era más que tinta sobre un óleo o un papel. Pero cuando le dijo eso, incluso sabiendo que para él algo tan subjetivo como el arte no tenía ningún valor, fue cuando finalmente vio el alma que se escondía en su obra.

-Baile de estrellas no tiene mi alma, sino la tuya. Incluso aunque no lo comprendes valoras mis dibujos, y eso es algo hermoso, mucho más que el arte en sí misma.

Se abrazaron bajo las estrellas, observando la luna llena dibujada sobre el mapa estelar, y por un momento pareció que el dibujo y la realidad se fusionaban en uno. Si Luís tenía que cuidar de ella porque era incapaz de adaptarse, lo haría toda la vida. No le importaba si nunca ganaba fama o fortuna, solo quería verla feliz, y eso lo era todo para él.

miércoles, 28 de diciembre de 2022

La puerta del destino

 Llevo siendo manipulado toda mi vida, incapaz de decidir por mí mismo. El ser humano ansía la libertad más que ninguna otra cosa en el mundo, como si fuese un aliento vital. Imagina por un momento lo que eso significa, saber que necesitas ser libre tanto como respirar, pero alguien decide dejarte sin aire. Así me sentía yo cada día de mi vida, atrapado y sometido por la voluntad de otros.

Quizá sea culpa mía por ser diferente, por haberlo sido desde que era niño. Nunca me han permitido elegir por mí mismo. Cuando cierro los ojos todavía oigo la voz de mi madre gritándome por cortarme el pelo, por dejármelo demasiado largo, por cambiar mis gafas por lentillas, por la ropa que elegía vestir... no importaba cómo sucediese, si elegía algo por mí mismo, lo que fuese, era un motivo de enorme discusión.

Todavía recuerdo la mayor discusión que tuve en mi casa. Fue el día del funeral de mi abuelo, al que quería incluso más que a mi padre porque fue él quien más me cuidó desde niño, quien se preocupó de que fuese feliz. Lo creas o no discutí con mi madre por unos gemelos. Ni siquiera eran caros, solo eran dos adornos de plata que mi abuelo me había regalado cuando le dije que quería hacer el servicio militar. Ella no sabía que los tenía, y decidí ponérmelos en el funeral de mi abuelo, y lo creas o no, en mitad del velorio, con toda la familia presente y a voz en grito, mi madre empezó a llamarme ladrón, alegando que había robado esos gemelos.

Intenté explicarle que él me los había regalado, pero no quiso entrar en razón. Finalmente y por milagro mi abuela, que siempre se había mantenido al margen de todo, salió en mi defensa. Mi madre me dejó en paz, no sin antes dedicarme una mirada de odio. Quizá sea por toda la tensión, pero ahora el más mínimo atisbo de una voz demasiado alta, hace que todos mis nervios se pongan en alerta.

Pero esta mañana ya fue demasiado. No por el motivo en sí mismo, eso es tan pequeño que parece ridículo, pero fue la gota que acabó por colmar mi paciencia. Es mi cumpleaños, y puede que sea algo infantil, pero a nadie le gusta sentirse despreciado en su cumpleaños. Mis padres nunca me han dado regalos, de eso se encargaba mi abuelo, pero es el único día en que puedo ser totalmente libre. Desde pequeño he adorado la música, es tan pura y perfecta... así que cada año me compro una entrada para un concierto de cualquier tipo de música, conozca o no al grupo, incluso si tengo que viajar al otro lado del país. Me gusta disfrutar de un concierto al aire libre en mi cumpleaños, es mi pequeño paraíso.

Salvo que este año es imposible. Estaba desayunando cereales con leche, igual que cada mañana, y no me esperaba que nadie me felicitase, pero tampoco lo que ocurrió. Mi hermana es fan de un grupo británico llamado Muse, y conseguí una entrada y un pase para el backstage. Cometí el error de dejarlos dentro de un libro que metí en un cajón, y mi hermana "accidentalmente" lo encontró.

-¿Qué es esto Gabriel?

-Una entrada.

-Me lo vas a dar.

-Ni de coña -agarré la entrada de sus manos-. Te dije hace meses que iban a dar un concierto, haberte comprado tu propia entrada.

Y todo habría terminado ahí de no ser porque mi madre entró a la cocina al oírnos y se puso de lado de la mimada que tengo por hermana mayor. 

-Dale la entrada.

-No, es mía, yo me la he comprado con mi dinero, el que gano trabajando de camarero, así que no.

-¡Dale la entrada a Isabel o te quedas sin concierto!

Y entonces, harto de todo, ante la mirada de pasmo de mi madre y mi hermana al borde de una rabieta infantil, rompí la entrada a la mitad.

-Si yo no voy, tampoco ella. 

Y mi madre decidió que era una buena idea tirar mi desayuno al fregadero, alegando que había echo una estupidez y que me merecía ese trato. No dije ni media palabra, me levanté de la silla, fui a mi cuarto y empecé a hacer las maletas. Estaba a punto de salir por la puerta cuando mi padre me dijo desde el salón y con una cerveza en la mano "volverás llorando". Y sin decir ni media palabra salí de casa dando un portazo. Escuché un último grito de mi madre, que ni siquiera alcancé a entender, y marqué el número de mi novia.

-¿Gabriel?

-Hola Ana, ¿puedo quedarme en tu casa esta noche?

-Claro, ya sabes que mis padres te adoran y llevan meses queriendo que te mudes y dejes a esos sociópatas, sin ofender.

Y caminé hasta el portal de mi novia, que me esperaba con una sonrisa junto a Clara y Marcos, sus padres, que me abrazaron nada más verme. No todas las familias son buenas, algunas son extremadamente tóxicas, pero con mis suegros me había tocado la lotería.

-Bienvenido a casa -dijo Marcos con una sonrisa.

martes, 27 de diciembre de 2022

Dalias violetas

 El yate cortaba las olas del mar, trazando un surco que las partía en dos. Navegaban con viento a favor, una brisa ligera que recorría la cubierta blanca como un suspiro, y el olor del mar los hacía sentir en completa libertad.

Que Demian recordase, no se había sentido así desde que era niño, antes de que su madre muriese. Ni siquiera la recordaba, solo tenía de ella una vaga imagen en su mente, y esto era así porque su padre había encerrado bajo llave todas sus fotografías y recuerdos. 

Naomi rodeó su cintura con los brazos y él le dedicó una sonrisa. Se habían conocido esa misma mañana paseando por la orilla de la playa de un pequeño pueblo del norte de Lugo, y su cautivadora sonrisa le llevó a invitarla a pasear en su yate.

De todas las cosas que su padre le había dado, esa embarcación era su favorita. La había llamado Ángela, igual que su madre, y en cuanto Naomi vio el nombre sobre la popa del barco, frunció el ceño con evidente molestia. Demian hubo de explicarle el origen del nombre de su yate, y eso pareció tranquilizar a esa chica de cabello pelirrojo.

-¿A dónde vamos?

-A donde quieras.

Pasaron de largo el faro negro y amarillo que se alzaba sobre un islote hecho de piedras y cemento, y estuvieron navegando sobre las olas del Cantábrico durante horas. El sol empezó a ponerse lentamente y Demian decidió que era el momento de volver. 

Era ya de noche cuando atracaron en el puerto de aquel pueblo costero y se internaron en la ciudad. Él la rodeaba por la cintura, y de algún modo empezaba a quererla. Entonces una estrella fugaz atravesó el cielo, y sonrió como cuando era un niño. Podría pedirle cientos de cosas a aquella viajante plateada, pero en ese momento solo pensaba en que Naomi permaneciese junto a él durante cada segundo de vida.

Sabía que su padre nunca aprobaría una relación como esa, surgida de un momento en el que ella se tropezó con su cuerpo y él se disculpó llevándola a navegar sobre aquellas olas perfectas.

-¿Qué quieres hacer ahora?

-Me da igual.

...

Habían pasado doce años desde aquel día, y todavía la recordaba con amor. Nunca pudo entender el dolor que sentía su ahora anciano padre, hasta que ella enfermó de leucemia y la muerte se la llevó. No estaba enfadado con ella por haberse ido, ni con la muerte por arrebatársela, sino con él mismo por no haber pasado más tiempo a su lado.

Arrodillado sobre su tumba, con las dalias violetas en la mano y el corazón roto, lloraba como un niño pequeño, mientras su padre intentaba a duras penas calmar el dolor de su corazón. Miró el nombre grabado en la lápida con el rostro lleno de lágrimas, y luego a su hijo, en brazos de la niñera. Antes había tenido una fugaz relación pasajera como el aire con esa mujer, pero no podía hacer eso nunca más. Con un esfuerzo titánico se levantó del suelo, tomó a su hijo en brazos y se fue de allí sin despedirse. No quería ser como su padre, no quería ocultarle a su hijo la existencia de Naomi y, por mucho que le doliese, le contaría todos los recuerdos que tenía sobre ella, incluido aquella mañana de agosto en la que se habían conocido en un pueblo del norte de Lugo.

lunes, 26 de diciembre de 2022

Allegro da capo

A esa hora la sala de conciertos del conservatorio estaba vacía, y le gustaba ensayar ahí porque tenía mejor acústica. Por ello subió al escenario, se sentó en la primera silla a la izquierda del podio del director, sacó sus partituras y preparó su violín. Llevaba estudiando para ser violinista desde que tenía memoria, no porque le gustase, sino porque su padre creía que tocar el violín podía abrirle las puertas del mundo. Tampoco era que odiase la música, pero no como su padre la veía, ella amaba tocar la guitarra, adoraba el sonido de una guitarra eléctrica y de hecho la estaba estudiando en secreto desde hacía años. Pero todo eso iba a terminarse, tenía que elegir entre seguir siendo una marioneta controlada por su padre o romperle el corazón, porque el día 26 de ese mismo mes ocurrirían dos acontecimientos que aceleraban su pulso cual compas en allegro. 

El día señalado, aquel día estresante y lleno de expectativas, Diana tenía que elegir entre colaborar en el concierto y hacer feliz a su padre, o ir a una prueba de guitarra con uno de los mayores productores musicales del país y ser feliz ella. Por eso falló una nota muy sencilla, por eso tuvo que repetir la misma frase unas diez veces antes de rendirse.

Quería hacer feliz a su padre pero aquella podría ser la única oportunidad de su vida para encontrar su lugar en el mundo. No le importaba la fama, solo la música, mientras que su padre esperaba que ese concierto abriese para ella las puertas a la filarmónica de Viena.

-Diana, ¿no ibas a estar ensayando?

Marcos era la única persona del mundo a quien podía contarle cómo se sentía. Empezó a llorar, y el eco se repartió por toda la sala de conciertos. Marcos subió al escenario, se sentó a su lado y la abrazó. Sabía que su único amor verdadero era la guitarra, el sonido estridente y melódico que tanto parecía molestar a su padre, los armónicos artificiales que ella había dominado sin un profesor para guiarla. Tenía talento para la guitarra, pero en el violín había invertido toda su vida y todavía había acordes que le resultaban muy difíciles.

-Sigues sin saber qué hacer, ¿verdad? -ella no respondió-. El concierto es hoy, y la prueba también, no tienes más tiempo. Debes tomar una decisión.

-No es tan sencillo.

-Lo sé, pero ¿sabes qué sería yo si le hubiese hecho caso a mi padre? Un albañil.

El padre de Marcos tenía una pequeña empresa de construcción que causaba más pérdidas que otra cosa, pero era de la familia desde hacía dos generaciones. En un principio Sebastián había insistido a Marcos para que se hiciese albañil, pero él se eligió a sí mismo, se entregó en cuerpo y alma a la música, y con solo veintidós años se había convertido en el segundo saxofón de la orquesta, tenía su propio grupo de jazz y había tocado ya en cuatro países.

-Sé que esto te puede doler Diana, pero no puedes vivir toda la vida a la sombra de tu padre. En algún momento tienes que tomar las riendas de tu vida y elegir tu propio camino, por mucho que le duela a Arthur.

...

La batuta del director se movía frenéticamente, y los instrumentos acompañaban con armonía a la marcha Radetzky. Desde el patio de butacas todos observaban el concierto, excepto una silla reservada que estaba vacía porque, en cuanto el concierto empezó y todos empezaron a tocar, Marcos vio con una sonrisa cómo Arthur se marchaba con cara de decepción.

Sabía que eso le dolería, pero por una vez Diana había seguido su consejo, y dejó su violín en casa de una amiga, donde también guardaba su guitarra, y corrió con esta en una bolsa colgada al hombro hasta llegar al estudio de sonido del productor Rick Rubin, 

Diana arrancó una pieza musical de su propia composición ante la cara de interés del legendario productor musical que había trabajado con Slayer, Johnny Cash y Mick Jagger, personas que Diana tenía en un altar mientras el productor escuchaba con los ojos cerrados los acordes místicos que ella había creado, donde fusionaba los acordes que había aprendido sin ayuda, hasta que la detuvo con un gesto.

...

Cuando volvió a casa, su padre estaba en la cocina, ante un plato de estofado, y ella llevaba en su hombro su guitarra, y en la mano el violín que Arthur le había regalado. La miraba con desagrado, mientras ella trataba de reunir fuerzas para contarle la verdad.

-¿Dónde estabas?

-En una prueba de sonido.

-El concierto era más importante. Te habría llevado a la filarmónica de Viena, donde tocaba tu madre.

Diana comprendía el punto de vista de su padre, que buscaba desesperado revivir el recuerdo de Ava, la mujer que había amado y muerto cuando ella tenía cuatro años.

-Mamá no va a volver, y yo tampoco. 

-¿Qué dices?

-Que me marcho a Los Ángeles. Rick Rubin me va a buscar un grupo.

Arthur y Diana discutieron durante toda la noche, y al final ella cogió las pocas cosas que tenía y se marchó al hotel donde Rick la esperaba.

...

Desde la distancia vio a esa muchacha tocar con todo el alma, subida al escenario con un grupo que ni siquiera conocía. No le importaba en absoluto ser tratado como un viejo, ni saber el nombre del grupo, ni siquiera oía la voz del solista. La única cosa que era importante para él era esa guitarrista que brillaba sobre el escenario. No se sentía con fuerzas para disculparse, pero iba a verla siempre que podía, era su mayor fan y estaba orgulloso de ella y de sus 500.000 seguidores en Twitter. Diana había alcanzado la fama mundial bajo el apodo de Artemis, y no iba a dejar nunca el escenario, por mucho que a aquel desconocido entre la multitud le doliese no verle tocar en la filarmónica de Viena.

domingo, 25 de diciembre de 2022

Una vela para Eva

 "Hoy es Navidad, y mucha gente ha iluminado sus casas con luces y adornos de hombres gordos y barbudos vestidos de rojo, renos y otras cosas que jamás he comprendido. Nunca me ha gustado la Navidad, pero este año es diferente, este año la odio profundamente. 

Quizá tenga algo que ver con el hecho de que Baldo, mi perro labrador, haya muerto este año, o con el hecho de que mi novia, Helena, me haya dejado ayer, o que mi madre no me hable por no llorar en el funeral de mi padre, que me ha maltratado desde que tengo memoria. 

La idea de que la Navidad es feliz y divertida es una cuestión de marketing. ¿Quieres saber qué es realmente la Navidad? Una fiesta robada, como muchas de las que ha robado la iglesia. Jesús, si es que existió, seguramente nació en marzo. La única razón por la que la Navidad se celebra en diciembre, es porque entre el 17 y el 23 de diciembre, se celebraban las fiestas Saturnales, en honor al dios Saturno.

Las luces del árbol vienen de esas fiestas, cuando se encendían velas y antorchas por el nacimiento del Sol Invictus el 25 de diciembre, y esto coincidía siempre con el solsticio de invierno. Y durante esa fiesta se celebraban banquetes, orgías e intercambio de regalos. A mi me parece algo hermoso, pero al papa Julio I le parecía una aberración, y decidió que esa fiesta debía ser borrada de la historia, así que instaló el nacimiento de Jesús de Nazaret el 25 de diciembre. 

Supongo que esto te ha resultado un poco aburrido, pero resulta esencial para entender por qué he llegado a este punto, por qué estás leyendo esta carta. Helena creía que soy demasiado racional, fría y distante. Creía que no la amaba, pero eso no es verdad.

Helena y yo hemos estado juntas desde el instituto. Ella amaba cantar y yo la impulsaba a conseguir sus metas. Lo mío era la literatura, pero ella a mí jamás me alentó a buscar un camino. ¿Y se supone que era yo la fría? Siempre la he apoyado, pero cada vez que yo intentaba abrirme paso, ella destruía mis sueños una y otra vez. Imagina lo que es escribir una novela negra con 800 páginas y muchísimo misterio, y encontrarte con que la persona que más valoras, cree que no sirve para nada y que las editoriales que me dieron un sí, pretendían estafarme.

Mientras yo buscaba conciertos y músicos dispuestos a acompañar su voz desafinada, al mismo tiempo que ella culpaba a los músicos de no saber seguirla, ella me destruía poco a poco. He tenido que disculparme con diversos tipos de artistas y cazatalentos cientos de veces, y soportar sus cambios de humor, su frialdad y su egoísmo. Al final me dejó, alegando que yo era fría y que no la dejaba crecer como artista.

Estuve a punto de decirle que un gato con afonía tenía más instinto musical y talento que ella, pero ¿para qué? Sus próximos representantes se encargarán de esto. Sin embargo, pese a que ya no tengo un ancla atada al cuello, no puedo nadar hacia la superficie. Procurar buscar el bien para un talento inexistente me ha dejado con más deudas de las que puedo asumir.

Después llegó la muerte de mi padre, un hombre alcohólico, sociópata y maltratador que aprovechaba la más mínima oportunidad para descargar su cinturón sobre mis costillas. Incluso el hecho de empezar a salir con Helena fue un insulto para él, y me dejó cicatrices en la espalda por ello. Le hacía lo mismo a mi madre, pero ella se quedó atrapada por esas situaciones, y le defendía diciéndome que lo hacía por amor. ¿Vas en serio, mamá? No se daña a quien se ama, y menos a propósito.

El día de su funeral me presenté vestida de negro, como todo el mundo. No podía sentirme mal, pero este es un mundo de apariencias, y eso es todo lo que importa. Mientras mi madre lloraba como alma en pena en una esquina, gimoteando que no podría vivir sin él, yo no podía derramar ni una sola lágrima, porque me sentía liberada. Nunca se me ha dado bien someterme, y el echo de soportar su trato durante catorce años, era demasiado. Al final el alcohol acabó con él, y murió al estrellar su coche contra una torre de alta tensión. Ni siquiera se pudo saber si la muerte fue por el choque o por los 380.000 voltios que pasaban por la torre.

Podría haber fingido, pero nunca se me ha dado bien mentir, y me quedé de pie, mirando el ataúd cerrado sin parpadear. Eso fue así hasta que oí a mi madre llamarme asesina. Tiene mérito, la verdad. Ni que hubiese puesto un radiocontrol en el coche para hacer que se estrellase. Bien por ti, mamá, te has lucido.

Pero lo peor fue perder a Baldo. Esto fue lo primero en ocurrir, pero también fue lo que más destrozada me dejó. Imagina tener un amigo fiel, un ser que jamás te ha abandonado, y verlo morir poco a poco por un tumor, hasta que ya no lo aguantas más y decides acortar su sufrimiento. Imagina abrazarlo mientras le clavan una inyección, y que lo último que haga sea lamer tus lágrimas. Solo recordarlo hace que se me rompa el corazón.

Intenté aguantar, intenté soportar el dolor y sobrevivir a mi peor año, pero llegó la Navidad y me asaltaron con esas dichosas luces, la hipocresía que ocultan todas las familias, mi madre mirándome con desprecio y la imagen de Baldo sobre la chimenea.

Salí corriendo de la vieja casa de piedra de mi madre, mientras a mis espaldas todos me llamaban "mala hija" o "Grinch". Aclaremos algo, el Grinch no odiaba la Navidad, odiaba a la gente y eso es bastante razonable. A la gente le da igual si eres feliz, si tienes dinero o si consigues lo que te propones, es más, algunos incluso celebran tus fracasos. 

Corrí durante lo que me parecieron horas, hasta llegar a un gran puente sobre la bahía de Sidney. Quería gritar hasta quedarme sin voz. Había tenido suficiente, he soportado más en un año de lo que muchos aguantan en toda una vida. Así que si estás leyendo esto, es que me he roto, que he llegado al punto de no retorno y ya no aguanto más. He dejado esta carta bajo una piedra en el puente, y nunca me encontraréis, así que dejad de buscar"

-Mamá -la voz de Charles le hizo levantar la cabeza-. Han pasado cuatro años, Eva ya no está.

-Nunca se suicidaría -respondió Victoria-. Conozco a mi hija, ella no se quitaría la vida.

Victoria se levantó, guardó la carta en el cajón de su mesilla y salió de la casa, rumbo a la plaza, para ver las luces encenderse sobre la bahía. Cada vez que salía de casa, veía el rostro suave y dulce de Eva en todas partes. No se había encontrado su cuerpo pero la habían dado por muerta, y algunos conocidos en Sidney la miraban siempre con tristeza y lástima.

Estaba acostumbrada, había tenido que soportar esas miradas desde los últimos cuatro años. Cada año desde su desaparición, Victoria se acercaba al puente, donde había aparecido aquella carta, y dejaba una vela sobre la barandilla. Después se iba sin mirar atrás y caminaba hasta la plaza para ver las luces encenderse.

Pero había algo que Victoria ignoraba, y era que cada año una misteriosa figura iba al puente, apagaba la vela y se marchaba en dirección contraria. Ni siquiera vivía en Australia, pero tampoco podía evitar ir al otro lado de la bahía y ver las luces encenderse, pese a que odiaba la Navidad