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jueves, 11 de enero de 2024

La dama pálida

 Estoy asustado, lo admito, nunca había tenido tanto miedo en toda mi vida. Cuando marco el número de teléfono mi mano tiembla, cuando la voz al otro lado me dice que espere un momento mientras le localizan, solo soy capaz de tragar saliva mientras siento mi garganta seca como un desierto. Espero cerca de cinco minutos hasta que finalmente la voz rasposa de mi suegro responde al teléfono.

-¿Andrés? ¿Qué ha ocurrido?

-¿Qué quisiste decir la última vez?

-Así que ya ha pasado. Supongo que sacarme de aquí es imposible, pero hagas lo que hagas, no la sigas. Compra un billete de avión y lárgate de este país.

-Así que por esto lo hiciste, por esto intentaste matarme.

-Era la solución más sencilla.

Supongo que querrás una explicación. Verás, hace cerca de diez años conocí a Isabel la que era para mí la mujer perfecta. Era rubia, con una nariz respingona y piel morena, de ojos verde ambarinos, figura de sílfide y sonrisa arrebatadora. También era divertida sin llegar a ser hiriente, le gustaba bromear pero siempre dentro de unos límites, era inteligente y despierta, podías hablar con ella de cualquier tema y siempre conseguía no solo seguirte, sino que además siempre aprendías algo. Su audacia y valentía eran algo impresionante, no temía correr riesgos, se preocupaba por mí y sonreía, siempre sonreía.

Su padre, Anselmo, era algo extraño. Siempre tenía cara de vinagre, su mandíbula cuadrada estaba siempre contraída, nunca tenía una palabra amable para nadie, y me daba la impresión de que era algo raro. Era calvo, con un bigote que parecía un animal pequeño, piel morena casi enrojecida, le faltaba un dedo y era ciego de un ojo. 

Mi suegro nunca se aprendió mi nombre, siempre me ha llamado Andrés, a pesar de que mi nombre es Ignacio. Al principio supuse que eran cosas de la edad, de todos modos la primera vez que le conocí, el día que Isabel me invitó a comer con ella y su padre, casi me mata. No pensé que lo hubiese hecho a propósito, a pesar de que Isabel le advirtió cientos de veces que soy alérgico a los frutos secos. Sin embargo, de algún modo, al dar un bocado a la ensalada, sentí que me picaba la piel y mi lengua empezaba a hincharse. Por suerte para mí siempre llevo un bolígrafo de adrenalina por si, por accidente, como cualquier cosa que lleve frutos secos.

Me sorprendió ver que mi suegro estaba más enfadado porque llevaba ese bolígrafo que por haber añadido nueces y piñones a la ensalada. Supuse que eran imaginaciones mías, de todos modos Anselmo era algo raro y podía haberse equivocado.

La siguiente vez que le vi, mi vida volvió a estar en peligro. Anselmo me llevó a cazar a una vieja cabaña en el bosque, y entonces empezó a contarme una historia un poco rara.

"Érase una vez un niño pequeño que, como todos los niños, había nacido con una curiosidad que podía ponerle en serio peligro. Vivía cerca de un bosque, y su madre siempre le decía que no se acercase al bosque porque habitaba allí una mujer pálida como la luna, con el rostro en forma de calavera y una voz melódica que lo atraería al lado oscuro y le dejaría sin nada. 

Por supuesto el niño no se lo creía, ¿quién podría? El caso es que un día que estaba buscando setas con sus hermanos, se perdió. Llegó la noche y nadie lo encontraba, y entonces escuchó algo parecido a una canción que no era exactamente una canción. Siguió el sonido, que le adentraba más y más en el bosque, y vio a una hermosa mujer de cabello rubio y piel pálida como la luna, vestida de rojo, que bailaba bajo la luz de las estrellas. 

Entonces escuchó que alguien le llamaba, se dio la vuelta para ver que su padre se acercaba, y volvió a mirar a la mujer, pero ya se había ido. El niño volvió con su padre, a casa, y trató de olvidar esa visión, pero con entones quince años, se había enamorado de la mujer rubia.

Noche tras noche la mujer volvía, acercándose cada vez más a su casa, hasta que un día la vio frente a su ventana, y él, con una sonrisa de oreja a oreja, la dejó pasar. Parecía que todo iba bien, hasta que al día siguiente sus padres, sus seis hermanos y su perro habían desaparecido, solo quedaba la mujer pálida, que poco a poco fue revelando un rostro cadavérico de ojos rojos, con el pelo blanco y una piel pálida como la luna.

El niño corrió, salió del bosque para nunca más volver, pero había cometido el error de dejarle entrar en su casa, y ella le siguió. Fue arrebatándole cada cosa que tenía, hasta que solo la tenía a ella, torturándole con su presencia hasta que el niño decidiese suicidarse"

Era un cuento escalofriante, pero solo era eso, un cuento de un anciano que parecía estar como un cencerro. Salimos de la camioneta y me llevó a una vieja casa de madera. Entonces me pidió que fuese a buscar leña a un árbol cercano a un pozo. No recuerdo exactamente cómo, pero cuando estaba a punto de volver con él, sentí que una mano fuerte me empujaba dentro del pozo. Caí unos seis metros hasta llegar al fondo, que estaba seco como un desierto. Me rompí un tobillo y me disloqué el brazo. Creía que podría llamar a mi suegro para que me ayudase, pero al levantar la cabeza lo vi mirándome desde el borde del pozo. Sin duda alguna mi suegro intentaba matarme.

Escuché algo metálico chocando contra las paredes de piedra hasta que el objeto acabó a mi lado. Era una pistola negra. Volví a escuchar un sonido similar. Cuando miré al suelo vi que se trataba de un cargador con una sola bala. 

-Anselmo, ¿qué significa esto?

-Suicídate, por tu propio bien.

Y sin decir más, se alejó del pozo. Las horas fueron pasando muy lentas, no te imaginas lo lento que pasa el tiempo cuando estás encerrado en un pozo y solo tienes una pistola con una sola bala. Al principio pensé en disparar al aire para que alguien me ayudase, pero sería inútil. Era un coto de caza, cualquiera podría pensar que era el tiro de un cazador.

Cuando llevaba allí ya dos días, mi mirada hacia el arma cambió totalmente. Dos días allí encerrado sin comida ni agua y estaba pensando ya seriamente en suicidarme. Y entonces escuché algo... un ladrido. Creí que mi mente jugaba conmigo, hasta que volví a oírlo y llamé a gritos, con las pocas fuerzas que me quedaban, a quien fuese su dueño.

Tardaron seis horas en sacarme del pozo, pero me mandaron agua y comida para poder recuperar fuerzas. Una vez en el hospital, en compañía de Isabel, la policía me preguntó cómo había acabado en el pozo. No quería hacerle daño a mi preciosa novia, pero mi suegro intentaba matarme, así que le conté toda la verdad al policía, incluyendo el cuento macabro, mientras Isabel agarraba mi mano, sin vacilar, sin soltarme, dándome fuerza y apoyo.

A los seis meses me casé con Isabel, y entonces todo empezó a cambiar. Mi hermana Pilar se suicidó sin venir a cuento, la encontraron ahorcada en la lámpara de su habitación, algo extraño porque mi hermana era muy bajita para tener 25 años, ni siquiera llegaba a la mirilla de la puerta sin subirse a un taburete, para cuanto más lograr llegar a la lámpara de su habitación sin ningún punto de apoyo, pero la policía dictaminó un suicido. Ahora, en retrospectiva, no pudo ser un suicidio.

Poco a poco todos mis amigos y familiares empezaron a morir en extraños accidentes y suicidios sin pies ni cabeza, pero Isabel seguía apoyándome, hasta que un día su mente empezó a jugar con ella al escondite. La llevé a un psiquiatra, que le diagnosticó esquizofrenia, pero las medicinas no le hacían efecto, seguía ausente, muda, mirando siempre a un punto fijo. Dejó de comer, se volvió más y más delgada, su cabello se volvía más pálido y estaba adelgazando mucho.

Admito que estaba muy preocupado por Isabel, hasta que un día desapareció. Puse una denuncia en la policía para que la buscasen, pero no ha habido resultados. Lo único que veo a veces es a mi esposa, delgada como una sílfide, con el pelo blanco, los ojos rojos encendidos y el rostro en forma de calavera bailando bajo mi ventana y cantando con una extraña y melódica voz que me resulta escalofriante.

Por eso llamé a mi suegro esta mañana, porque esa cosa que parece mi esposa, esa cosa extraña y pálida que antes era mi dulce Isabel, sigue persiguiéndome día sí y día también.

-¿Quieres que me suicide?

-Escúchame bien chico, esa cosa mató a toda mi familia, a mis amigos, a mi perro... me alejé para intentar reconstruir mi vida pero me encontró, y entonces mató a mi esposa y a mis tres hijos -se me cayó el alma a los pies-, y se quedó en mi casa con el aspecto y el nombre de mi hija Isabel, fingiendo ser ella. O te vas del país para siempre y no vuelves nunca más, o acabarás solo, amargado y desquiciado como yo. Ese cuento no era un cuento, era una verdad como un templo. Lárgate de este país chico, lo más lejos posible, y no te relaciones con nadie nunca más, si quieres vivir, o suicídate y quítale la diversión, porque sino destrozará tu vida.

Y entonces Anselmo colgó el teléfono. Así que esas son mis opciones, suicidarme o huir. Me gustaría poder decir que le voy a hacer caso, pero Isabel, mí Isabel, sigue perdida en el bosque, delgada como una sílfide, con el rostro cadavérico y una voz extrañamente melódica, y tengo que encontrarla. Quiero recuperar a mi esposa, aunque eso me lleve a la locura o a la muerte, quiero recuperar a Isabel.

sábado, 6 de enero de 2024

El libro del infinito

 CAPÍTULO 6

La jungla era densa, más de lo que habría imaginado mientras caía hacia aquel mundo. James tenía razón, era casi imposible cruzarla y aún más difícil encontrar algo en medio de aquel torbellino de plantas y árboles, y no sabía ni por dónde empezar a buscar.

Apartó el catalejo de su cara y suspiró pesadamente. Según Smee el libro podía estar en tres lugares bastante apartados. Podía encontrarse en una cueva bajo las cataratas de cristal, pero había que cruzar el lago de las sirenas y no eran amigables con los piratas; también podía estar en el fondo del mar, literalmente, y el cocodrilo que acechaba el barco y a James no los dejaría pasar; y la última posibilidad era la jungla, teniendo que enfrentarse a Tigrilla y su tribu. 

-Cualquier camino que tomemos representa peligro.

-Mi padre suele decir que el peligro es parte de la vida -respondió Tatiana.

James arrugó el entrecejo con cierta molestia. No le caía bien Peter, nunca lo había hecho. Marcharse de aquel mundo fue lo mejor que podría haberle pasado. Sin embargo seguía recibiendo ataques de los niños perdidos, de la tribu de Tigrilla, de las hadas, de las sirenas... básicamente de todo bicho viviente de la isla, y a veces de la propia isla.

-¿He dicho algo malo?

-No es nada, olvídalo. Iremos primero a ver a las sirenas.

No había olvidado la brújula. James quería volver a casa y ella también, pero primero necesitaban la brújula, y, de paso, podrían buscar en la cueva de las cataratas de cristal.


Lo que en un principio parecía una misión sencilla, terminó con ella sola en un bote. Nadie de la tripulación quería aventurarse en el lago de las sirenas, y le dieron advertencias como para llenar un libro. Cosas como "no dejes que nada te atraiga" o "no respondas". No sabía a qué podría referirse, pero centró la quilla del bote en dirección a la catarata y empezó a remar, alejándose del barco.

Lo primero que escuchó, claro como el cielo lleno de estrellas que se alzaba sobre su cabeza, fue una voz grave y nítida. Era Victor, el chico del que llevaba años enamorada. Claro que él no sabía ni que ella existía, nunca la miraba, no hablaba con ella y ni siquiera sabía su nombre, y, sin embargo, la estaba llamando.

Estuvo a punto de ir, hasta que recordó una advertencia que James le hizo con tal seriedad que creyó sinceramente que se volvería loco si no accedía: "no escuches". No sabía a qué se refería hasta que oyó la voz de Víctor, y supo que tenía que ignorarla costase lo que costase. Se pasó casi media hora ignorando voces de familiares, amigos, e incluso cantantes famosos que ya habían muerto hacía mucho tiempo, hasta que finalmente llegó a un lago en calma.

"Habla solo con la sirena plateada, solamente con ella" repitió el eco de la voz de Smee en su cabeza.

-Busco a Velana.

Hubo una agitación bajo el agua, por un momento parecía que iba a desencadenarse un torbellino que la arrastraría al fondo del mar, pero entonces un rostro hermoso como las estrellas apareció ante ella, con el cabello de color plata y ojos plateados también.

-Yo soy Velana, ¿qué necesitas de la hija del mar?

-Una brújula que no señala a ninguna parte.

-¿Quieres la brújula de los deseos? ¿Para qué?

"No le des ninguna explicación, pero tampoco le mientas" recordó las palabras de James Garfio.

-Estoy buscando algo.

-¿Y qué es lo que buscas?

-Te lo he dicho, la brújula que no señala a ninguna parte.

-Misteriosa pero inteligente. ¿Qué ofreces?

Sabía que no se conformaría con cualquier cosa, quería algo único y especial, algo que nadie más en todos los mundos tuviese. Se dio la vuelta y rebuscó entre todos los extraños tesoros que James le había prestado, hasta dar con una pulsera de zafiros que le ofreció sin dudar, pero la sirena no se inmutó.

-Ya tengo joyas y tesoros, no necesito más. ¿Qué ofreces?

Eso descartaba la mitad de las cosas que llevaba. Con un suspiro volvió a dejar la pulsera junto con los demás trastos, que observó con tristeza. ¿Libros? ¿Para qué iba a querer un libro una sirena? ¿Un peine de plata? Le respondería lo mismo. No tenía idea de qué podía ofrecerle, hasta que sus ojos cayeron en una caja de música. Era el pirata maldecido. No podía entregarle eso, pero... ¿y si era lo único que la sirena aceptaría?

-Música -respondió al fin.

-Acepto tu regalo.

Las sirenas empezaron a arremolinarse entorno a Velana mientras Tatiana le entregaba la caja de música. La sirena plateada sacó una mano enjoyada del agua y abrió la tapa, y la melodía comenzó a llenar el lago mientras el pirata panzudo daba vueltas sobre un pie.

-Ha sido una melodía hermosa -le devolvió la caja-. Gracias por tu regalo, espera aquí y te traeré la brújula.

No esperaba poder recuperar la caja, pero le alivió saber que no había entregado una vida para salvarse ella, y la sirena no tardó en volver con una brújula sin norte ni sur.

-Piensa en aquello que quieras o necesites, y la brújula te mostrará el camino.

En cuanto a su mente acudió "el libro del infinito", la aguja empezó a dar vueltas sobre sí misma, buscando el camino, y señaló hacia ella, quien miró a su espalda. El libro no parecía estar en la cascada de cristal, así que tendría que volver al barco.

viernes, 5 de enero de 2024

Lluvia

-Cuando llegaste dijiste que habías cometido un error, ¿por qué no me cuentas a qué te referías?

Landon levantó la mirada, sus ojos estaban surcados de profundas ojeras negras, pues no dormía desde hacía seis días. Sí, había cometido un error que nunca podría perdonarse. Todavía podía recordar la sangre tibia en sus manos, su desesperación casi palpable, los frustrados intentos de tratar de parar la hemorragia y los gritos de auxilio mientras su mejor amiga moría ante sus ojos.

Pues claro que no podía dormir, ¿cómo iba a poder hacerlo si Claire había muerto por su culpa? No había sido él quien la había matado, pero era casi como si lo hubiese hecho. Cada vez que cerraba los ojos no podía evitar recordar la mirada desvanecida y vidriosa de Claire, el viento helado cortando la noche como un cuchillo, la lluvia frustrando sus casi inútiles esfuerzos por intentar darle unos segundos más, solo un poco más de tiempo, mientras alguien pedía ayuda.

Pero aquel lluvioso día de septiembre no pasaba nadie por la calle, tan solo Claire y Landon caminando bajo la lluvia. Claire siempre había sido una persona extraña, le gustaba el olor a polvo de la lluvia, los días nublados, las noches estrelladas y el frío, y también estaba profunda y perdidamente enamorada de Landon, y él lo sabía. No era que se aprovechase de ello, más bien lo contrario, la trataba con dulzura para no hacerle daño y, si por descuido lo hacía, nunca era a propósito. Landon no podía corresponderla porque la veía como a una hermana y Claire estaba bien con eso.

-Me fie de la persona que no debía -respondió finalmente al doctor.

Sí, podía decir eso, pero no había sido exactamente una persona, al menos no tal y como él lo veía. Aquel ser, aquella criatura de otro mundo, parecía humana, parecía un hombre de un metro setenta, con músculos firmes, una mandíbula cuadrada y sonrisa encantadora.

Claire y él habían salido a pasear, con un nuevo amigo, Marc. Era interesante, el tipo de persona que parece ocultar miles de secretos, con cientos de aficiones distintas, capaz de encajar en todas partes y en ninguna al mismo tiempo, divertido y muy risueño, y a Landon le caía bien.

Decidieron ir a pasar el rato al bosque a buscar setas. Podría no parecerlo, pero Claire era hija de un ranger y Tom le había enseñado todo cuanto sabía sobre supervivencia, la llevaba a acampadas a las que no llevaba comida desde que tenía seis años, así que Claire sabía qué frutos del bosque eran comestibles y cuales podían matar a alguien, reconocía toda clase de hongos y sabía pescar y cazar, a fin de cuentas, se había criado haciéndolo. 

Claire llevaba toda la vida queriendo llevar a Landon de acampada al bosque, pues a ella le encantaban esas experiencias, la hacían sentir conectada al mundo, pero Landon odiaba el bosque profundamente. La única razón por la que había cedido aquel día fue Marc.

Se habían conocido en clase de piano, Marc era bastante diestro con el teclado y solía tocar de un modo impresionante, mientras que él estaba aprendiendo y le gustaba escucharle. El chico tenía un talento único para tocar, era impresionante. Decidió presentárselo a Claire, en parte porque sabía que le gustaría conocerle y en parte porque deseaba que pasase página y pudiese volver a cómo eran las cosas antes de que ella le dijese abiertamente "te quiero" y él la rechazase.

-Así que quieres ir de acampada -dijo Claire con cierta incredulidad-. Tú quieres ir de acampada.

-Sí, ya te lo he dicho.

-Está bien. Normalmente voy unos tres días más o menos. Creo que volveremos al día siguiente de salir, pero vale. Nos vemos el viernes por la tarde en el desfiladero.

No le convencía la idea, acampar no le gustaba porque sabía que el bosque de noche era peligroso, pero Claire era muy buena sobreviviendo, así que no les pasaría nada. Se repitió esas palabras en su mente toda la semana hasta el viernes, cuando se presentó en el desfiladero que llevaba al bosque con Marc.

-Creía que vendríamos solos -dijo mirando con cierta molestia al chico nuevo.

-Lo siento, olvidé decírtelo. Él es Marc. La idea ha sido suya, así que me parecía un poco descortés dejarle atrás.

-Vale.

Claire no estaba contenta con ello, pero accedió de todos modos porque él se lo había pedido. Era la primera vez que utilizaba sus sentimientos para convencerla de algo, y no se sentía bien con ello.

Caminaron durante largas horas hasta llegar a un claro en el bosque de abedules. El otoño había dejado una lluvia mortecina y el bosque olía a hongos, tierra y madera. Claire abrió los brazos y respiró profundamente. Estaba encantada con el lugar que había encontrado.

-Creía que Tom iba a venir -dijo Landon con cierta curiosidad.

-Imposible, lo desplegaron la semana pasada. Tardará al menos seis meses en volver a casa.

Sacaron las tiendas de campaña y las montaron entre los tres. No iban a poder hacer fuego debido a la lluvia, la madera estaría demasiado húmeda, pero afortunadamente Claire era previsora, y había llevado un camping gas y una tela impermeable para poder cubrirlo, así podrían cocinar sin problemas. No le gustaban los trabajos sencillos, hubiese preferido buscar una cueva y encender ella misma el fuego, pero a Landon le gustaba más bien poco la naturaleza y podría salir corriendo si se le ocurría meterle en una cueva.

-Bueno, busquemos algo de comer.

Pasaron las siguientes horas recogiendo setas y bayas hasta llenar una cesta suficiente para los tres, y cerca de las siete de la tarde, empezaron a comer el salteado que Claire había cocinado en el camping gas.

-Madre mía -dijo Marc-. Esto está delicioso.

-Nada sabe mejor que la comida recién encontrada.

Después de varias horas de risas Claire se fue a dormir y Landon no tardó en seguirla, sin saber que ese sería el mayor error de su vida.

Serían las tres de la mañana cuando escuchó un grito desgarrador que venía de la tienda de Claire. Por un segundo pensó que alguna alimaña habría entrado en la tienda y había sorprendido a su mejor amiga, aunque eso no explicaría por qué parecía tan... aterrorizada.

Salió de la tienda de campaña azul y se dirigió a la de ella, que tenía varios desgarrones en la tela, y lo que vio le dejó sin habla. Marc, el chico increíblemente increíble que tan bien le caía y que parecía perfecto para cualquiera, le había desgarrado el cuello a Claire con los dientes. Su piel perfecta parecía llena de escamas, estaba manchado de sangre y mostraba unos dientes más afilados que los de cualquier animal que hubiese visto.

-¡Claire!

Un segundo después de que aquella cosa que antes era Marc, desapareciese a toda velocidad entre la espesura del bosque, Landon corrió hacia Claire y apretó su cuello con las manos mientras la lluvia, la gravedad de la herida y el terror de Claire hacían que parar la hemorragia fuese imposible. Su amiga ni siquiera podía hablar, la herida era tan grave que no podía emitir ni una sola palabra.

-¡Landon!

Aquella voz había conseguido que abandonase su recuerdo del bosque y mirase de nuevo al doctor Pattel. ¿Cómo podía explicarle lo que había vivido? Nunca le creería, por eso lo estaban sometiendo a exámenes psiquiátricos.

-Disculpe.

-Te he preguntado qué crees que ocurrió en el bosque.

-Tranquilo Landon -la mano suave y helada de la muchacha terminó por devolverle a la realidad. 

Landon miró por la ventana con cierta preocupación, la lluvia no dejaba de caer, igual que aquella noche, igual que todas las veces que veía a Marc, solo que esta vez la lluvia no seguía a Marc, sino a ella, a Claire. La había visto morir, estaba seguro de ello, no lo había soñado, los desgarrones en la tienda y su ropa llena de sangre eran toda la prueba que necesitaba, pero a los pocos segundos de que su corazón se hubiese detenido, Claire se levantó como si nada, la herida de su cuello había desaparecido y no recordaba nada. La única diferencia entre antes y después de la acampada, estaba en la piel helada de Claire.

-Nada, debí soñarlo.

-Eso no es lo que quiero saber. No importa lo que nosotros creamos, importa lo que tú creas que pasó.

jueves, 4 de enero de 2024

Laura

 Gabriel era una persona distante, solitaria y poco amigable, pero también era amable y dulce. No tenía amigos porque, simplemente, no le interesaba. A él le gustaba la soledad, el silencio y la tranquilidad, era como mejor se sentía. Tampoco le gustaban los videojuegos, ni las redes sociales ni nada tecnológico. No era un ludita, simplemente prefería la música. Gabriel se sentía bien llevando una vida silenciosa, componiendo canciones para subirlas a Internet y escribiendo letras, hasta que sus ojos se cruzaron en el pasillo del instituto con una joven a la que no había visto nunca.

Era algo más alta que él, con el pelo negro muy oscuro brillante y sedoso, piel de porcelana, con una camisa negra y unos vaqueros negros desgastados, una pulsera llena de tachuelas y unos brillantes ojos de color azul hielo.

Nadie más parecía haberse fijado en ella, o más bien parecían evitarla, como si les aterrorizase de un modo inexplicable, como si mirarla directamente fuese peor que mirar a los ojos a la mismísima muerte, pero a él le parecía interesante.

Ese día no tuvo el valor para acercarse a ella, y de hecho trató de apartarla de su cabeza, pero a las seis de la tarde, cuando había agarrado su libreta y su guitarra para ponerse a componer, le sorprendió ver que sus palabras siempre acababan guiándose hacia esa joven de ojos azules.

Las siguientes dos semanas fueron un poco intensas para él. Por suerte no tenía amigos o habría tenido que soportar que le tomasen el pelo porque, cada vez que tenía un instante en el que su concentración podía liberarse un poco, se sorprendía a sí mismo recorriendo con la mirada los pasillos, la cafetería, el patio o donde quiera que se hallase, buscando esos ojos azules en algún rincón.

Con el tiempo mirarla sin que se diese cuenta se convirtió en su mayor entretenimiento, y solo observándola pudo averiguar muchas cosas sobre ella. Nadie sabía quienes eran sus padres o de dónde venía, había llegado con su hermano, del que no sabía el nombre, a finales del verano. Siempre se vestía de negro y no era amable, al contrario, tenía la lengua más afilada que una espada. Tampoco tenía amigos, y en parte era por su hermano, pues en el pueblo se rumoreaba que había escapado de la cárcel. Tonterías de gente con demasiado tiempo libre, en su opinión.

Pero había una cosa que no había podido predecir, algo ínfimo pero infinitamente importante: la chica misteriosa no tenía paciencia y le molestaba mucho que la observasen.

Descubriría ese pequeño detalle un martes por la tarde, cuando estaba a punto de volver a casa tras pasarse desde las cuatro a las seis aguantando a la profesora de física. Esa no fue una tarde diferente. La señora Velazquez, una mujer de cincuenta años con el carácter del vinagre más ácido, lo aburrió durante dos horas en una clase que compartía con esa chica, y cuando el timbre sonó ella recogió sus libros rápidamente. Gabriel fue a dejar unas cosas a la taquilla, pues la mochila ya pesaba lo suyo por sí sola y no quería llevar peso extra, cuando estuvo a punto de quedarse sin dedos, no sabía si literalmente.

Levantó la mirada para ver qué había podido causar que la taquilla se cerrase tan fuerte por sí sola, y se encontró con una mirada afilada como una navaja de unos ojos azules tan fríos como un témpano de hielo.

-¿Qué demonios quieres? -espetó sin siquiera saludarle.

-Yo también me alegro de verte.

-¡Al grano!

-Si dejas de gritarme a lo mejor puedo contestarte.

La chica bufó molesta. No le gustaba tener que aguantar esas estupideces, estaba harta de sentirse observada, y al fin había descubierto por qué siempre que paseaba por alguna parte, sentía que alguien le clavaba los ojos en la nuca.

-Soy Gabriel.

-Laura. ¿Vas a decirme qué quieres?

-Nada, solo sentía curiosidad -Laura levantó una ceja con cierto gesto de sorpresa-. Me pareces interesante.

-Ya...

-Oye, si te molesta que te observe, dejaré de hacerlo, pero antes tienes que salir conmigo un día, y eso será todo. 

Pensó que iba a aceptar, que en algún momento ella claudicaría y acabaría por aceptar, después de rogarle durante semanas, pero lo que hizo... si no hubiese sido por la grabadora de su móvil, nunca se lo habría creído.

Gabriel solía poner su móvil a grabar en la clase de la señora Velazquez, porque así, por mucho que se aburriese, podía enterarse de algo. Por suerte para él, ese día no había parado la grabación todavía.

Cuando llegó a casa, después de pasarse varias horas con la cabeza dando vueltas, con cierto mareo y algo frío en el fondo de su mente, puso en marcha la grabación para tomar notas. Cuando finalmente terminó con sus apuntes, la grabación no había terminado.

-...pero antes tienes que salir conmigo un día, y eso será todo.

-¿Qué demonios? ¿Cuándo he dicho yo eso?

-Escúchame bien -se oyó la voz clara y pausada de Laura-. Vas a olvidarte de mí...

-Te sangra la nariz.

-¡Silencio! Te olvidarás de mí y que me has conocido, ¿te queda claro?

-Sí...

¿Cómo había podido olvidarlo? ¿De quién era esa voz? Fuese quien fuese, no se acordaba en absoluto de esa chica, así que decidió pasar del tema.

Un mes más tarde, finalmente había logrado terminar de componer una canción decente, tras encontrarse cientos de fragmentos con ojos azules que no tenían el menor sentido. Suspiró pesadamente, salió del aula de ciencias y se tropezó directamente con una figura oscura. Cuando levantó la mirada vio a una chica con los ojos azules, vestida de negro y con la piel pálida como la de una muñeca de porcelana.

-Lo siento... -ella no respondió-. Espera un segundo, yo te conozco.

-Francamente lo dudo, acabo de mudarme.

-Laura...

Por primera vez en toda su vida, alguien la había pillado por sorpresa. Se acordaba... pero eso no era posible, nadie lo hacía, nadie podía ignorar sus órdenes, nunca. Por eso no hacía más que mudarse de ciudad en ciudad, por eso nunca se quedaba demasiado tiempo en el mismo sitio. Cosas tan simples como "dame un poco de agua" tenían que ser cumplidas al momento, sin importar si lo decía o no en serio. 

-No sé de qué me hablas.

-No es verdad, te olvidé durante semanas pero soy cantautor, escribo canciones, así que acabé por recordarte.

No era exactamente la verdad, ni tampoco una mentira. Había sido una acumulación de cosas pero eso era muy largo de explicar. Entre la grabación, las canciones, esa mirada de ojos azules grabada a fuego en su cerebro y su nombre repitiéndose como un eco, aunque no recordase por qué.

-Vale, ¿qué demonios quieres? -preguntó cabreada.

-Una explicación, ¿por qué demonios desapareciste?

-¿Quieres saberlo? -él asintió seriamente-. Dame tu guitarra.

No quería aceptar, no lo habría hecho nunca, era un regalo de su madre y tenía esa guitarra en muy alta estima, y, sin embargo, le entregó la guitarra sin protestar, como un gesto mecánico e inexplicable. No le dejaba a nadie ponerle un dedo encima a su preciado instrumento, y acababa de dárselo a una chica muy extraña.

-Precisamente por eso -le devolvió la guitarra-. Mi familia no es como las demás, tenemos una especie de... bueno, ellos dicen que es un don, para mí es más bien una maldición.

-No lo entiendo.

-Todo el mundo debe hacer caso de lo que decimos, todo el tiempo. Mi padre lo usa para que su negocio crezca, es el propietario del grupo Dalvader.

-Esa empresa genera más PIB que todo América al completo -Laura asintió con amargura.

-Mi madre, en cambio, lo usa para ganar subastas. Mi tío es accionista mayoritario de los laboratorios Biadoxic... todos en mi familia usan su don para ganar dinero. Los únicos que no queremos saber nada del tema somos mi hermano Victor y yo.

-No lo entiendo.

-A los ocho años yo tenía todo lo que una niña de ocho años podría querer. No importaba qué fuese, mi niñera me daba todo cuanto quería. Un día le pedí algo que no sabía que era peligroso: que me cogiese una muñeca que se me había caído por la ventana. Ya ves qué cosas. Celia obedeció, como siempre hacía, pero a esa edad no sabía ser específica con lo que quería, y en lugar de decirle "se me ha caído la muñeca, baja a buscarla" señalé la ventana y le dije "mi muñeca se ha caído, ve a por ella".

Cuando llegó a ese punto, Gabriel empezó a entender por qué ella apartaba a todo el mundo, pero no la interrumpió porque seguramente no había hablado de ese tema con nadie en el mundo.

-Celia obedeció, saltó por la ventana de una habitación que estaba en un cuarto piso. Cuando entendí lo que había pasado, grité. Victor llegó a mi cuarto, entonces él tenía quince años, me abrazó y me prometió que todo saldría bien. Cuando cumplió los dieciséis, obligó a mis padres a firmarle un documento en el que lo declaraban mayor de edad, y otro en el que le concedían mi custodia absoluta sin posibilidad de contacto. Nos fuimos al día siguiente.

-Y llevas vagando por el mundo desde entonces -Laura asintió seriamente-. Así que eso fue lo que hiciste, me obligaste a olvidarte -repitió el gesto-. No entiendo por qué.

-Maté a una persona, ¿no te das cuenta de que podría volver a hacerlo?

-Ya, y mañana puede atropellarme un autobús. La vida es así de impredecible. Pero si te pasas la vida apartando a todo el mundo, nunca vas a vivir.

Laura miró a Gabriel con una sonrisa sincera, el primer gesto como ese que hacía desde hacía más de seis años. Podía intentarlo, ¿por qué no? Si las cosas se salían de control, solo tendría que obligarle a olvidarla otra vez. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que podía ser como los demás.

jueves, 4 de mayo de 2023

La caja de música

 Cuando era pequeña mi padre casi nunca estaba en casa. No era que no me quisiese, de hecho me adoraba, tanto que conducía un camión de mercancías peligrosas solamente para que mamá y yo tuviésemos comida, un techo sobre nuestras cabezas y una vida que considerar digna. Las pocas veces que mi padre estaba en casa, casi siempre era de noche y no podía verle, pero siempre me traía algo de sus viajes y me lo dejaba en mi mesilla, junto a un reloj despertador que me molestaba cada mañana.

Mi padre no intentaba comprar mi amor entre ausencias y juguetes, todo lo contrario, él me dedicaba palabras que leía una y otra vez y me compraba pulseras de hilo o algún colgante de forma extraña. Solo hubo una ocasión en la que mi padre gastó más dinero de lo que nunca había hecho y me hizo un regalo muy especial.

Se trataba de una cajita blanca con bordes dorados cuya tapa se levantaba para dejar escapar a una bailarina de tutú rosa que giraba lentamente al sonido de Lasquia ch'io pianga. Siempre me ha gustado la ópera, Rinaldo es mi favorita, y papá lo sabía. No es común encontrarse una cajita de música así, casi todas tenían encerrada la melodía del Canon de Pachelbel, así que tenía que haberla pedido por encargo.

-Valeria -llamó mi madre desde la cocina-. ¿Qué haces en cama todavía?

En aquel momento no pensé en lo que significaba esa pequeña obra de arte, agarré la cajita y bajé las escaleras hasta la cocina, de la que salía un delicioso olor a tortitas. No era mi cumpleaños, mi madre solía hacerlas cada vez que papá había venido.

-Lo siento cielo... -dijo con un suspiro de tristeza.

-Pero si es muy bonita -creo que pude sentir su confusión un instante-, y tiene música.

Levanté la cajita ante la mirada sorprendida de mi madre, que trataba de componer alguna palabra mientras ella balbuceaba, observando la cajita de música.

No entendí por qué parecía tan confusa, tan perdida, hasta esa misma tarde, cuando mis primos y mi tía Mayra vinieron de visita. Iban vestidos de negro, con aspecto entristecido y mi tía fue inmediatamente a darle un abrazo a mamá. 

Esa tarde me quedé perdida en mis pensamientos mientras observaba la cajita de música, sin atreverme a levantar la tapa para no volver a molestar a mamá. No sabía por qué parecía tan confusa y asustada cada vez que sonaba la música, así que prefería quedarme quieta, simplemente mirando la cajita.

De vez en cuando todavía la miro, aunque ya no me atrevo a abrirla. Cuando cumplí los catorce años le pregunté a mamá por qué papá no volvía de sus viajes, y ella me miró con tristeza. Sus ojos siempre estaban tristes después de aquel día, ya casi me había acostumbrado a aquella mirada que pasaba al miedo cada vez que sus ojos se deslizaban sobre la cajita de música, ahora siempre cerrada.

-Cielo... ¿cómo podría decírtelo? Papá... se fue...

-¿Nos abandonó?

-No cariño... hace diez años iba por la carretera y una roca cayó sobre el tanque del camión. Arthur frenó de golpe y las chispas hicieron prender la dinamita que llevaba a la mina...

No necesité más palabras, papá había muerto aquel día. No sabía cómo había llegado la cajita de música hasta mi mesilla, pero de una cosa estaba segura: papá me la había regalado.

Después de eso dejé de mirar la cajita durante años, hasta que un día, en clase de violín, alguien empezó a tocar esa canción. Se me llenaron los ojos de lágrimas, preguntándome por qué había dejado abandonada aquella cajita, y busqué la letra por internet. No había leído nada más triste en mi vida. Comprendí que papá no había puesto esa canción solamente porque me gustaba, sino porque él estaba llorando por no poder estar a mi lado.

martes, 4 de abril de 2023

El libro del infinito

CAPÍTULO 5 

Aquella noche fue la más extraña de su vida. Dormir en una sábana atada entre dos vigas del camarote de marineros, rodeada de personas que creía que pertenecían a un cuento, no fue plato de gusto. De pequeña le hubiese encantado poder ser parte de una aventura extraordinaria, pero ahora que estaba a punto de empezar una... bueno, las cosas no eran tan bonitas como las pintaban en los libros y en las películas.

El camarote olía a pies, a mar y a otro tipo de cosas que le revolvían el estómago, el oleaje no ayudaba a calmar su estómago ni su ansiedad, y la hamaca improvisada hacía que su espalda se curvase de tal modo que estaba segura de que cuando despertase, si llegaba a dormir en algún momento, apenas sería capaz de moverse. 

No quería cerrar los ojos, siempre había leído que el Capitán James Garfio era malvado, pero ¿qué adulto no es malvado en un mundo de niños que no quieren crecer? Definitivamente ni podía ni se veía capaz de quedarse dormida, pero no había tenido en cuenta lo cansada que se sentía, así que a pesar del nauseabundo olor, del oleaje y de lo que su sentido común le decía, cayó profundamente dormida.

No se despertó hasta que empezó a oír gritos por doquier. Abrió los ojos casi de golpe pero sin atreverse a moverse todavía. Sentía sus nervios clavados violentamente en su espalda, como si se hubiese apoderado de ella un instinto primario que le pedía a gritos permanecer lo más quieta posible para que nadie la viese, y empezó a distinguir lo que decían las voces en la cubierta.

-¡Vamos, gandules! ¡Hoy os toca fregar la cubierta!

Era la voz de un hombre, y al parecer tenía bastante autoridad. Los marineros solían responder con un "sí, contramaestre". Debía de ser alguien con suficiente poder en el barco para dar órdenes, que los demás obedecían sin preguntar. Parecía que la ignoraban, o habían olvidado su presencia, y se levantó de la hamaca, con la cadera adolorida y una contractura en el cuello.

Cuando finalmente levantó la mirada de sus rodillas, se paralizó de nuevo. Había un hombre gordo con una nariz enorme y roja, gafas doradas, un gorro rojo y una camiseta azul y blanca. Perpleja, parpadeó por si su cerebro había decidido jugar al escondite con ella como cuando uno pierde sus llaves. ¿Estaba loca o ese era...?

-Buenos días, señorita Tatiana, soy el señor...

-Smee, ¿verdad?

-¿El capitán le ha hablado de mi?

Esa era la voz que había estado dando órdenes en la cubierta. Definitivamente no recordaba que hubiesen hablado de nadie de la tripulación. Ese estaba siendo un sueño realmente largo. Pero si era un sueño solo había un modo de despertarse. Siempre que soñaba, por mucho miedo que tuviese, nunca era capaz de soñar con su propia muerte. Si era capaz de forzar a su cerebro a despertarse, seguramente volvería a casa, a su cama, y se sentiría como una tonta al pensar que eso había sido real.

Saltó de la hamaca con los pies descalzos, emocionada por su idea, y nada más poner los pies en el suelo, cambió de opinión. Se había clavado en el dedo gordo una astilla, y el dolor era muy real. Por mucho que su idea funcionase, ¿era capaz de arriesgarse a morir por una remota posibilidad? Comprendió que no, y se sentó en el suelo para arrancarse ese molesto trocito de madera del dedo.

-¿Se encuentra bien?

-No... -respondió reprimiendo un profundo suspiro-. Señor Smee, ¿querría buscarme algo de ropa?

-Por supuesto, espere aquí un momento.

Tampoco tenía a dónde ir. No se atrevía a subir a cubierta, había confiado demasiado pronto en ese hombre extraño con la única condición de buscar una brújula mágica para ayudarla a volver a casa, pero no sabía si podía fiarse de él realmente.

Smee regresó al cabo de un rato con unos pantalones cortos de tela rugosa, una camisa blanca y un cinturón con una espada. No había visto una espada en toda su vida y, rezando porque fuese de madera, la sacó de la vaina. Hubo un sonido metálico, y se sorprendió al ver que era muy real y afilada. Miró a Smee con una ceja levantada, y él le dedicó una sonrisa.

-El capitán insiste. Teme que pueda sufrir daños por la tribu de Tigrilla.

En eso tenía razón. Había tenido que saltar desde un acantilado para poder huir de ellos, pero ¿y si no lo hubiese hecho? Agitó la cabeza para apartar de sí esos pensamientos y luego miró a Smee, que seguía observándola.

-¿Podría irse para que pueda vestirme?

-El capitán me invitó a no perderla de vista.

-O se va, o utilizaré la espada -espetó de mal humor.

Esa frase debió ser suficiente como para que Smee subiese las escaleras sin hacer preguntas. Lógicamente no pensaba apuñalarlo, no se veía capaz de ello, pero tampoco tenía ganas de que un desconocido la viese cambiándose de ropa. No se esperaba que esa extraña vestimenta fuese cómoda, pero resultó que le permitía moverse con tal libertad que sentía ganas de prenderle fuego a sus vaqueros y a su camiseta púrpura preferida. 

Cuando finalmente salió a la cubierta, armada tal y como James prefería, se dirigió a su camarote. No habían terminado de hablar y realmente necesitaba su ayuda, o algún punto de partida. Incluso si no debía confiar en él, por el momento era su única ayuda en ese caótico mundo.

-Buenos días Tatiana, ¿te encuentras bien? -preguntó James al ver su pálido rostro-. ¿Mis marinos te han dejado dormir?

-Sí... es solo... hecho de menos mi casa.

-Lo comprendo, al principio me pasaba lo mismo.

-¿Eres del mundo de abajo? -asintió-. Me estás tomando el pelo.

-No, me crie en Windsor y estudié en Eaton, donde encontré una leyenda sobre esta isla. Me pareció que, si la visitaba, tal vez podría escribir sobre ella... y me quedé aquí atrapado. Hace más de cien años de eso... toda mi familia debe haber muerto -respondió con evidente tristeza.

-Lo siento -él no dijo nada-. Se me ha ocurrido... si el libro que estamos buscando puede devolverme a casa en mi tiempo, podrá devolverte a ti a Windsor en la fecha que quieras, ¿no crees?

-Es posible, pero te repito que yo no me acercaré a esa cosa.

Lo comprendía perfectamente. Sin embargo no podía desaprovechar esa oportunidad. Si pudiese devolver a cada persona de Nunca Jamás a su casa, si solo pudiese hacer algo tan difícil...


-No, ni se te ocurra -susurró Peter con terror inundando sus palabras.

-¿Pasa algo?

-Quiere devolverlos a todos a casa.

Por primera vez desde que había empezado esa rocambolesca historia, Melody se asustó realmente. Si forzaba al Libro del Infinito a hacer algo tan estúpido, seguramente se quedaría ahí atrapada para siempre, con su alma fragmentada en tantos pedazos como gente intentase sacar, y había muchos niños viviendo en ese sitio.

jueves, 30 de marzo de 2023

La reina de la arena

De mi infancia solamente soy capaz de recordar la arena de color caramelo, el sol abrasador y las estrellas. Había tantas estrellas que no podía contarlas. Pese a que el desierto se congela y las cosas más peligrosas del desierto salen por la noche, yo solía tumbarme sobre una manta con la cabeza pegada al firmamento. No te imaginas lo bello que es el cielo del desierto.

En mi pueblo, los moradores, solamente existen tres normas: no se mata a nadie, no se roba a los de tu propia tribu y, sobre todo, las mujeres no podemos alterarnos. Sé que esta última te parecerá absurda, loca e irracional, pero tiene su razón de ser. La leyenda de la reina de la arena. Mi padre me la contó siendo niña, y a él se la contó su madre. Ha ido pasando de generación en generación como una religión, y dice lo siguiente:

"Hace miles de años existió un rey avaricioso y sin conciencia que robaba a su pueblo y mataba al que protestaba. La gente estaba aterrorizada, pero sobre todo estaba enfadada. ¿Cómo era posible que su propio rey, quien tenía el deber de protegerlos, era quien más daño les hacía?

Un día llegó del oeste una mujer de piel morena con tatuajes blancos, ojos color almendra y cabello largo y pálido como la misma arena. La mujer tenía la capacidad de convertir arena en oro, y muchos la veneraban como a una diosa. Cuando el rey se enteró de ese poder, mandó llamarla a su palacio de oro, y ella acudió a su presencia.

"Majestad" le dijo "¿qué puede hacer esta humilde doncella por vos?"

"Conozco tu poder" respondió él "quiero que transformes toda la arena del desierto en oro"

Pero la mujer de arena no estaba allí para capricho de él sino por la desesperada necesidad de su pueblo hecho pedazos.

"Nunca" respondió sin dudar "antes moriría que ayudarte"

Furioso, el rey bramó que la ejecutasen por traición, pero ella no solamente podía transformar arena en oro, también podía convertir el oro puro en arena.

"Tú, rey egoísta y ambicioso, ya que te gusta mi magia, tu palacio se transformará en arena nada más ponerse el sol"

Y con esas palabras la mujer se transformó en arena y voló por todo el palacio para escapar de aquel hombre. El rey no se lo creyó, no pensaba que la mujer pudiese transformar su hermoso palacio de oro, que atraía a todo el mundo a sus pies, en simple arena. 

Al atardecer, mientras disfrutaba de la compañía de una doncella, el oro de cada figurilla y cada pared del palacio se transformó en arena, y cayó sobre el rey y su concubina, sepultándolos bajo la arena. Muchos intentaron escapar, pero la reina de la arena solo permitió la huida de la mujer y se marchó hacia la inmensidad, no sin antes advertirle que siempre estaría vigilando, agazapada en la arena del desierto"

Mi pueblo dice que esa leyenda es más que una leyenda, que las mujeres no debemos gritar, ni llorar ni enfadarnos para no llamar a la reina de la arena. Normalmente les habría creído a ciegas, cuando era pequeña lo hacía, pero con el paso del tiempo esa leyenda se convirtió en el típico cuento que narras a un niño para que se porte bien. 

-Khali -me levanté de la manta-. Te he dicho mil veces que no salgas de noche.

Mi marido es siempre dulce y cariñoso, menos cuando quiero mirar las estrellas. Entonces se vuelve violento, casi un animal, y yo tengo que soportarlo sin llorar ni una sola vez, o se cabrea aun más. Estoy harta de eso.

-¡Déjame en paz! -grité-. ¡Me pones los cuernos con mi hermana! ¿Crees que lo dejaré pasar?

Nunca le he había visto retroceder ante nada, no importa lo grande o fuerte que sea la bestia que intenta intimidarlo, nunca lo consigue, así que yo, una mujer delgaducha y bajita, no podría hacer nada contra él. Entonces, ¿por qué demonios retrocedía? Y como si fuese una especie de instinto salvaje, me di la vuelta.

Nunca he visto nada más hermoso, era una mujer con el cabello largo que se convertía en arena con el viento pero jamás se volvía pequeño, de piel morena recorrida por espirales blancas y con los ojos del color del desierto.

-La reina de la arena... -comprendí, aterrorizada.

-Sí, y han olvidado la parte más importante de la historia: el rey no solamente robaba a su pueblo, también era un ser despreciable que violaba a mujeres y niñas. No fue el hambre de su pueblo lo que me llamó la primera vez -avanzó un paso-, fueron los lamentos de esas mujeres. 

No comprendía nada de lo que estaba ocurriendo, pero no tardé tampoco en entenderlo. La reina de la arena decidió castigar a todos los hombres del pueblo, que nos manipulaban y controlaban sin importar lo que sintiésemos. Con la arena del desierto creó sombras de color rojo que se metieron dentro de los hombres manipuladores de nuestro clan y de las mujeres que lo sabían, y cuando todos estuvieron presas de los fantasmas, la reina de la arena se acercó a los que quedamos en pie y nos dijo, con una voz dulce y melodiosa.

-Ahora sois libres, hijas del desierto, pero si necesitáis a vuestra madre, solo gritad y yo acudiré a salvaros, sin importar cuál sea el peligro.

Podrías pensar que esto no es más que un cuento, pero incluso ahora, en mitad de Sacramento, yo puedo sentir a la reina de la arena, oír su voz, diciéndome que siempre me protegerá, sin importar a dónde vaya.

lunes, 27 de marzo de 2023

El libro del infinito

Capítulo 4. 

Un hombre con una camiseta de rayas azul y blanca les sirvió pesado asado y sendas copas de vino. Tatiana nunca había tomado alcohol, pero tampoco quería que sus salvadores se sintiesen ofendidos. Acercó la copa de latón a sus labios y, nada más tomar un sorbo, decidió que no le gustaba. Pese a su ligero sabor dulce, tenía también un fondo amargo y algo ácido.

-Así que llegaste a través de un libro -asintió-, y te despertaste en un claro en lo alto del acantilado -repitió el gesto-. Mal lugar para un extraño, ese sitio... digamos que a Tigrilla no le gustan los extraños.

Estuvo a punto de atragantarse. Estaba segura de haber oído antes ese nombre, pero sus recuerdos no tenían demasiado sentido. Observó a James con una ceja levantada. Ese hombre parecía joven, tenía el pelo corto y las dos manos, no era posible... ¿o sí?

-¿Tigrilla? ¿Estoy en Nunca Jamás?

-Sí, pensaba que lo sabías. 

-No -respondió sin salir de su asombro-. No todos los días una atraviesa un libro y despierta en una isla que no existe.

-La isla existe, pero no está en el mundo llano. ¿Es que no te acuerdas del cuento?

Sí, se acordaba, era el único cuento que su madre le contaba. De pequeña estaba convencida de que su padre era Peter Pan y su tía Melody era Campanilla, pero según fue creciendo esa idea se había quedado en un recuerdo infantil y nada lógico.

Estaba empezando a procesar que ese cuento era mucho más que una simple historia, que sus recuerdos de cuando era niña eran más realistas de lo que cualquiera podría pensar. Tenía en su mente la imagen de Melody, preparando una tarta el día en que cumplía tres años, y cada vez que algo le salía bien sus alas azul plateado se agitaban, dejando caer un polvo amarillo brillante.

Según fue creciendo dejó de poder verlas, un día simplemente desaparecieron, pero si James tenía razón, toda su vida había estado rodeada de magia, de personajes de cuento que no sabía ni que eran reales. No sabía cómo racionalizar todo eso sin volverse loca, claro que hacía unas horas había atravesado un libro hacia un mundo de fantasía.

-Veo que sí. 

-¿Y cómo puedo volver a casa?

-Si entraste por un libro tienes que salir por un libro, el problema es que en este mundo solo hay un libro.

-Vale, ¿y dónde lo tienes?

-Yo no lo tengo -respondió anormalmente serio-, y será mejor que no lo busques.

-¿Pretendes que me quede aquí para siempre?

Claro que no estaba pensando en eso, era la última de las posibilidades. Incluso estaba dispuesto a atravesar el velo en su barco solamente para llevarla a casa, aunque no pudiese volver, pero la idea de ir en busca de ese libro no le gustaba.

-Si quieres puedo llevarte a casa, pero hay un problema. Como entraste a través de un libro, este mundo tiene cierto desajuste temporal, hay cien años de diferencia entre el mundo inferior y Nunca Jamás.

Si no estuviese sentada en esa silla de madera, seguramente se habría caído al suelo. De golpe se le cerró el estómago y su cabeza empezó a dar vueltas. Si no encontraba el libro, se quedaría atrapada en ese lugar, o peor, volvería a casa mucho antes de que sus padres naciesen. Eso era un problema. Sin embargo James no parecía nada contento con la idea de buscar el libro.

-¿Por qué es mejor que no busque el libro?

-Porque está maldito.

Si antes de ese extraño día le hubiesen dicho que existía un libro maldito, seguramente no se lo hubiese creído. El frío trepó por su cuerpo y se instaló dentro de su piel, sentía ganas de llorar, de salir corriendo y refugiarse en los brazos de su madre, pero según James, su madre ni siquiera había nacido todavía. ¿Qué iba a hacer? Necesitaba dar con el libro pero si estaba maldito eso significaba que no podía tocarlo, ¿o sí?

-¿Qué pasa si lo tocas?

James la observó preguntándose si realmente se atrevería a buscar ese maldito libro, y no necesitó una respuesta, sabía que no tenía elección. Por un momento pensó en ayudarla, pero la última vez que había intentado encontrar el libro... 

-Será mejor que te lo enseñe.

James se levantó de la silla y comenzó a caminar hasta un armario. Sus pasos pesados resonaban en la madera, pero Tatiana ni siquiera estaba pendiente de ello, tenía otros problemas en mente. Cuando el pirata regresó a su lado con una caja de música, lo miró expectante, asustada por lo que fuese a enseñarle pero al mismo tiempo desando averiguar qué le pasaría si tocaba el libro.

Abrió la caja para ella y una melodía empezó a sonar al tiempo que la figurilla se movía girando sobre sí misma, pero no era una bailarina, ni un caballito, sino un hombre gordo, con una camisola roja y un gorro azul marino.

-Es uno de mis camaradas -resumió-. La primera vez que oímos hablar del libro envié una partida de búsqueda. Tardé dos semanas en saber algo de ellos y cuando finalmente volvieron, me trajeron esta... cosa musical. 

-Así que la maldición me transformará en una caja de música -suspiró pesadamente-, pero tengo que intentarlo, es eso o quedarme aquí para siempre.

Lo comprendía, de estar en su lugar él también querría volver, claro que llevaba más de ochenta años allí atrapado y ya no tenía ningún lugar al que llamar hogar a parte de su barco. Tatiana todavía estaba a tiempo, pero ir a por el libro... 

-Te ayudaré hasta donde pueda.

-¿Y eso qué significa?

-Que puedes quedarte con nosotros y navegaré donde se encuentre el libro, pero antes necesito que hagas una cosa por mí -asintió-. Las sirenas me han robado una cosa importante, algo imprescindible para poder navegar: una brújula.

Tatiana observó la mesa con el ceño fruncido. Cerca de ella, a solo uno o dos metros, había un mapa extendido que mostraba la isla, un sextante y una brújula. James observó la dirección de sus ojos, agarró la brújula y se la mostró. Tatiana se quedó mirando, boquiabierta, cómo la aguja se movía constantemente, sin encontrar jamás el norte.

-Es del mundo inferior, y como ves no sirve para nada. Encontré esta isla por casualidad y ya no pude volver porque no podía encontrar una dirección y estas aguas son traicioneras. Lo intenté guiándome por las estrellas, pero lo único que hacía era dar vueltas y acabar volviendo al punto de partida. Es desquiciante. Con la brújula que me robaron puedo encontrar un punto de referencia y moverme sin perderme.

-Y por eso necesitas mi ayuda. Sabes dónde está el libro pero no puedes llegar sin la brújula -asintió-. Vale, acepto.


Melody y Peter eran casi almas gemelas, nunca se habían separado, y por eso estaba molesto porque llevaba horas pegada a ese libro, observando la misma página. Se quedó mirando su perfil en el sofá mientras ella no apartaba la mirada de la página. Estaba empezando a molestarle, y se sentó a su lado con aspecto preocupado. Lo que vio le dejó sin habla.

-¿Tatiana?

Estaba en el barco, con James, observando una brújula, y el texto... lo que estaba leyendo le ponía los pelos de punta.

-¿Has hechizado el libro?

-Voy a intentar no ofenderme -suspiró-. Es uno de los libros portal.

Eso era un problema. Si uno seguía el camino largo, que consistía en ir volando, se llegaba más o menos al mismo tiempo, sin desajustes temporales, pero atravesar los libros... cada uno de ellos tenía cierto desfase con el tiempo en ese infierno que Ana llamaba "su mundo" y que solamente tenía sentido cuando estaban los cuatro juntos.

Por un segundo pensó en atravesar el libro y ayudarla, claro que una vez que la historia empezaba, le era imposible aparecer de la nada. Tenía otros tres libros portal, pero cada uno lo mandaría a una época diferente. Lo único que podía hacer era justamente lo que estaba haciendo Melody, observar.

-No habrá sido idea tuya.

-No, este es el regalo de Ana. Está convencida de que las búsquedas cambian a los héroes de la historia.

Eso era un problema, sabía que Ana tenía cierto punto de razón, que estaba harta de lidiar con el desinterés de Tatiana por cualquier cosa que no fuese el deporte, de encontrarse su habitación desordenada y que nunca saliese a la calle si no era para correr. Comprendía el punto de vista de su esposa, pero ¿mandarla a buscar el Libro del Infinito? Había que estar muy desesperado.

-Dime que hay algún modo de romper la maldición.

-Eso era justo lo que estaba a punto de preguntarte -respondió Melody.

jueves, 23 de marzo de 2023

Puente de espejos

 El viento azotaba las ventanas sin piedad y entraba por los agujeros de la vieja madera, haciendo bailar las llamas de las velas. Por suerte para Aleena y su madre, la chimenea estaba bastante protegida, así que podía seguir preparando la medicina. Hilda llevaba enferma más de diez años, obligando a su hija a crecer antes de tiempo, así que había aprendido a los siete años a preparar la comida, fregar los suelos de piedra, alimentar el fuego y prenderlo sin quemarse, lavar la ropa en el río y preparar la medicina que la bruja del pueblo les había recomendado. 

Aleena no sentía nada por su madre, quizá por tener que aprender a ser madre antes de poder siquiera tener un hijo o casarse, o porque ella apenas hablaba en casi todo el día ni tenía fuerzas para ayudarla. Fuese cual fuese la respuesta, Hilda solo era una obligación más en la complicada vida de su hija.

Cuando terminó de preparar la medicina se acercó a Hilda y la ayudó a incorporarse, y la mujer de cuarenta años se tomó el brebaje amarillo sin protestar siquiera, tosió y luego volvió a tumbarse. Aleena se levantó y dejó el vaso de barro en un cubo con agua. Después de que su madre se hubiese dormido, salió de la casa y se dirigió al río, que se recorría un pequeño claro a unos metros de la destartalada casa de piedra y madera.

Cuando llegó se quitó los viejos zapatos llenos de agujeros, agradeciendo que sus pies pudiesen descansar de su ajetreado día en la hierba húmeda y fresca. Desde ese pequeño rincón podía ver el cielo lleno de estrellas y la luna creciente dedicándole una sonrisa. Eso era lo único que aliviaba un poco el constante pesar que sentía en su pecho y las ganas de salir corriendo, ese pequeño rincón que consideraba su paraíso.

Pero esa noche era distinta, muy distinta, porque un hombre de aspecto sereno, pálido como la luna, con un traje de lujosa tela y enigmática sonrisa, se sentó a su izquierda, sin preguntar siquiera. Aleena le dedicó una mirada molesta, pero él no dio muestras de comprenderlo o de que le importase.

-Buenas noches -dijo él con su voz grave.

-¿Podría dejarme a solas?

-¿Por qué quieres estar sola?

Esa pregunta le sentó como una patada en el vientre. Le daba igual que fuese rico, noble o las dos cosas, solo quería sentarse a solas bajo las estrellas un momento, ¿tanto pedir era?

-Eso no le importa.

-¿Y si escuchas la propuesta que tengo para ti?

-No me interesa.

-¿Estás segura de eso, Aleena?

Frunció el ceño con evidente molestia. Estaba a punto de responderle de mal modo, aunque eso pudiese salirle caro, pero cambió de opinión al oír su nombre. No recordaba habérselo dicho, lo que significaba que, o bien la había estado espiando, o bien algún bocazas le había dicho cosas que era mejor no contarle a un extraño.

-¿Qué propuesta?

-Sé lo que puedes hacer -ella levantó una ceja-, lo del fuego -y de golpe su mal humor se extinguió, dejando paso a la preocupación-. Tranquila, no voy a decir nada.

Iba a preguntar por qué, pero no llegó a hacerlo, el desconocido extendió su mano y, lentamente, la hierba que los rodeaba fue perdiendo el agua que había en su superficie. Pequeñas gotas flotaron hasta su mano, acumulándose hasta formar una esfera de agua que flotaba sobre la palma de su mano. Cuando el desconocido cerró la mano, el agua se transformó en una esfera de hielo, y Alina extendió la mano y agarró la esfera con sus dedos blancos, sin importarle el frío de la esfera.

-¿Qué...?

-Intenta derretirla.

-Yo no puedo hacer eso.

-Sabes que sí, solo tienes que concentrarte.

Aleena pensó en el fuego, pero nada ocurrió, la esfera seguía desprendiendo un humo blanco congelado debido al frío de su corazón. No sabía cómo hacerlo si tenía que concentrarse en ello, cuando estaba encendiendo el fuego simplemente ocurría, pero no sabía por qué o qué lo desencadenaba.

-Tranquila.

Su voz dándole instrucciones, jugando con su paciencia, empezó a enfadarla. Entonces la esfera comenzó a perder forma, a derretirse entre sus manos, hasta que volvió a ser agua ante los sorprendidos ojos negros de Aleena.

-¿Qué demonios acaba de pasar?

-Nada que no sea natural para ti.

-¿Quién eres tú para empezar?

El desconocido la miró con una sonrisa. Que hubiese dejado de tratarle como un noble le hacía mucha gracia, a fin de cuentas, ¿de dónde había sacado ella la idea de que era noble?

-Me llamo Valnar, y soy... más o menos como tú.

-Eso genera muchas más preguntas de las que responde.

-¿Y si vienes conmigo? Así todas tus dudas se resolverán.

-¿Y qué pasa con mi madre?

Valnar la miró con algo de duda. No hablaba de ella como si la quisiese, de hecho no percibía ninguna emoción hacia ella en sus ojos, simplemente era algo que estaba ahí.

-No puedo abandonarla.

-Ya lo sé, pero tranquila, la llevaremos con el maestro y él sanará su cuerpo. Volverá a ser la persona que era antes de que enfermase.

Asintió, pese a que no confiaba en él. Estaba deseando salir corriendo, era algo que había querido desde que tenía memoria, pero que no podía hacer por estar encadenada a su madre. Aleena llevó a Valnar hasta su casa, preguntándose por qué demonios estaba haciendo eso. Cuando atravesaron la puerta, Valnar no pudo evitar fijarse en aquel bulto entre las mantas.

-Aleena, lo siento, pero no sirve de nada.

-Dijiste que tu maestro podía salvarla.

-Eso pensaba pero... lleva enferma demasiado tiempo, morirá antes de que lleguemos -asintió, comprendiendo lo que eso significaba-. Sin embargo, y siento decirte esto, el puente que me ha traído hasta aquí se cerrará esta noche, así que debes tomar una decisión.

-Valnar, si te pido una cosa, ¿podrías hacerlo? -la miró con curiosidad-. ¿Puedes acortar el tiempo que le queda para que deje de sufrir?

Había elegido las palabras con cuidado, pero Valnar no necesitaba ser adivino para saber que no se lo pedía por Hilda sino por ella. La había estado observando desde hacía meses y sabía que estaba encadenada a ella, que nunca había podido alejarse demasiado de su casa ni tener algún tipo de amistad o relación con nadie porque Hilda la necesitaba casi todo el tiempo, y eso dejaba a Aleena como una marioneta dentro de su propia vida. Tal vez fuese egoísta, pero no lo aguantaba y él podía entenderlo. Sin embargo, Valnar no podía hacer lo que le pedía, iba en contra de todo en lo que creía, de lo que le habían enseñado.

-Lo siento.

-No importa -suspiró pesadamente-. ¿Puedes quedarte con ella un momento? Tengo que ir a ver a alguien.

Sin esperar siquiera a que Valnar respondiese, Aleena salió de su casa y corrió hasta la casa de la bruja. Esa mujer comprendía cómo se sentía ella y las ganas que tenía de escapar, y cuando abrió la puerta y vio esa decisión en sus ojos, lo supo.

-Tengo que irme -asintió-. La persona que ha venido a buscarme dice que a Hilda no le queda suficiente tiempo para llegar a donde vamos, así que tengo que pedirte un último favor, Amelie.

-Lo haré, solo vete y no mires atrás. 

Asintió con una sonrisa esperanzada por primera vez en su vida. Nunca había sentido esa cálida sensación en su pecho, y mientras Amelie la seguía hasta su casa para poder trasladar a Hilda a su propia morada, no podía evitar pensar en el momento en que ella había tomado casi la misma decisión que Aleena, cuando tuvo que elegir entre arar el campo que su padre cultivaba para el barón, o seguir el camino del puente de espejos y elegir su propia vida.

lunes, 20 de marzo de 2023

El libro del infinito

CAPÍTULO 3. 

Podía sentir un olor extraño, como a polvo y humedad, igual que huele justo antes de caer una tormenta. Abrió los ojos lentamente, era de noche, y el cielo despejado lleno de estrellas le mostraba constelaciones que no conocía, brillantes y claras como se ven en el campo, y...

-No puede ser.

Sus ojos debían engañarla porque en el cielo había dos lunas: una llena y otra menguante, adornando el cielo estrellado, junto a una nebulosa violeta. Estaba segura de que no se podía ver ninguna belleza como esa desde Segovia, pero era algo tan hermoso que se quedó mirando durante un tiempo que hubiese jurado infinito, prendada de esa nube violeta con destellos blancos.

Era tal la belleza del cielo nocturno que ni siquiera se dio cuenta de que algo se movía entre las densas hojas del bosque hasta que fue demasiado tarde. Se puso de pie, con los nervios en tensión. Las hojas espesas de los matorrales ocultaban algo, y podrían incluso ser animales salvajes. Si eso era así había pocas probabilidades de que pudiese escapar, pero tenía que intentarlo.

Buscó con la mirada un camino, algo entre la espesura que le diese un modo de escapar, y encontró un estrecho pasaje que, si la vista no le fallaba, llevaba hasta una bahía. No era la mejor corriendo, pero tampoco era lenta. Sin pensarlo empezó a correr, mientras lo que fuese que la hubiese estado acechando la perseguía. Avanzaba sin mirar a dónde iba, siguiendo la dirección que le marcaba su instinto, pero este nunca había sido demasiado bueno, así que llegó a un acantilado muy alto.

Si mal no recordaba, la luna influía sobre las mareas y eso significaba que, siendo dos lunas, la marea sería mucho más fuerte. Retrocedió un paso, pero entonces volvió a escucharlo. Lo que la hubiese estado persiguiendo se acercaba muy deprisa. Podía quedarse ahí y arriesgarse a que los animales del bosque le hiciesen daño, o saltar del acantilado al sorprendentemente calmado océano y afrontar la posibilidad de que el acantilado terminase en rocas puntiagudas.

Un aullido cerca de ella le hizo tomar una decisión, corrió los tres pasos que la separaban del vacío y saltó hacia el mar. Esperaba que las rocas la destrozasen, pero no había absolutamente nada, solo aguas tranquilas, una cueva a sus espaldas y... un pez enorme con un cuerpo extraño y una melena pelirroja... ¿una sirena? Debía de estar soñando, pero podía sentir el peso del agua sobre ella y la humedad rodeando su piel. No estaba dormida, acababa de ver una sirena.

Sin embargo, no tuvo tiempo de acostumbrarse a la certeza de estar despierta, sintió algo extraño rodeando sus pies, miró hacia abajo y vio una red de pescar. Alguien le había lanzado una red y tiraba de ella con fuerza, sacándola del agua.

Al principio, pese a agradecer poder respirar de nuevo, la posibilidad de que sus perseguidores la hubiesen alcanzado la aterrorizó. No tenía demasiado sentido pensar que un animal pudiese pescar, claro que tampoco tenía sentido estar segura de haber visto una sirena. No podía evitar sentirse aterrorizada, claro que tampoco tenía demasiado tiempo para acostumbrarse a esa sensación, porque cuando quiso darse cuenta la red cayó sobre un suelo duro.

Emitió un quejido a modo de protesta y se incorporó lentamente. Estaba en un suelo de madera, el olor del mar todavía la rodeaba y podía escuchar un aleteo muy fuerte por encima de su cabeza, que no dejaba de dar vueltas.

-Tenemos cena, capitán.

¿Capitán? Claro, seguramente estaba en el barco. Podía intentar pedirles ayuda, claro que todavía no se atrevía a levantar la mirada del suelo de madera. Alguien cortó la red, y por un momento temió realmente por su vida. Si había caído en el lugar incorrecto, seguramente alguien intentaría comérsela. Pero no fue eso lo que sintió, sino algo pesado sobre sus hombros. Abrió los ojos y miró sus brazos, que se cubrían con las mangas vacías de una casaca negra.

-Asad los peces, yo me ocupo de la chica.

Quizá fuese por esa voz grave y tranquilizadora, pero se dejó guiar hacia donde ese hombre la llevaba. No le conocía de nada, pero tampoco parecía mala persona. En cuanto escuchó la puerta cerrase tras ella, por fin se atrevió a mirar a su alrededor. Estaba en un camarote, había mapas, sobre una mesa, un compás, dos brújulas e incluso un sextante dorado. Sin embargo, lo que más captó su atención, fue el hombre que la había salvado.

Tenía el pelo negro, corto y una barba incipiente, debía tener más o menos su edad, quizá uno o dos años más, pero no parecía saber siquiera lo que era un ordenador, o por lo menos no había ninguno en el barco. ¿Por qué ese hombre llevaba un barco de madera y se manejaba con mapas?

-Me llamo James, ¿y tú eres?

-Tatiana.

Tartamudeaba por el frío que se había colado en su piel, y James la guio hacia la ¿chimenea? ¿Por qué un barco de madera tenía una chimenea? ¿Cómo era que no se incendiaba el balandro?

-Peter me dijo una vez que le gustaba mucho ese nombre. Supongo que él te ha traído hasta aquí -su negativa sorprendió a Jack-. Entonces, ¿cómo has llegado?


Melody observó la página con semblante preocupado. Si Tatiana se hubiese quedado en el bosque, seguramente habría llegado al campamento y, con un poco de suerte, habría encontrado el modo de volver, pero eso ya no era posible. No era que desconfiase de James, de hecho le debía la vida, pero si había acabado en el barco eso solo podía significar que estaba a punto de empezar a buscar ese dichoso libro.

-Ana -la mujer levantó la vista del periódico-, ¿de verdad pretendes que Tatiana encuentre El libro del Infinito? ¿Por qué?

-Toda búsqueda cambia al héroe de la historia.

Eso no podía discutírselo, pero si nunca se habían aventurado a ir tras ese libro, era por una razón muy importante.

jueves, 16 de marzo de 2023

La gema de los primeros

 Durante los últimos ocho años de su vida, Delin había estado buscando desesperadamente un modo de recuperar lo que había perdido en la Gran Guerra. Era solo una niña cuando había sucedido, pero lo recordaba con claridad, cómo los mortales se aliaron por primera vez en la historia para masacrar a su clan, simplemente por ser lo que eran. Quedaban muy pocos y todos se escondían, procurando no llamar la atención y eso no era justo.

La Gran Guerra había empezado por una simple leyenda que contaba que, en el epicentro de una gran catástrofe, nacería una vrasdrali con capacidad para hacer estremecer el mundo, para cambiarlo todo e incendiar el cielo. Su pueblo ni siquiera consideraba que la leyenda fuese cierta. Sin embargo, cuando el volcán Kal Karstre entró en erupción y el cielo se llenó de ceniza, los mortales culparon al clan de los vrasdrali y se aliaron para destruirlos antes de que ese ser del que no había pruebas de su existencia, los destruyese a todos.

Delin nunca pudo comprender cómo era posible que los culpasen de algo en lo que nadie tenía el más mínimo control, pero cuatro años después de que la guerra empezase, su tía Theo'tra decidió esconder a los últimos nacidos vrasdrali antes de que destruyesen para siempre toda su historia, todo lo que eran, y ella estaba entre los pocos que sobrevivieron.

Por eso, casi desde siempre, estaba al cuidado de Auze, uno de los seres más ancianos de su clan, y durante diez años todo fue bien, hasta que descubrieron que Auze era un vrasdrali y decidieron "salvarla" de él. Fue por ello que una milicia de elfos entraron a su casa y golpearon a Auze hasta la muerte. Después uno de ellos la miró con el rostro confiado, lleno de la sangre de la única persona que conocía, y simplemente dijo "deberías darnos las gracias, ahora estás a salvo".

Estuvo a punto de hacer lo que Auze siempre le había prohibido, utilizar el tipo de magia que desvelaría su origen, pero entonces recordó lo que él siempre le decía: "sin importar la suerte de aquellos que más quieras, que tus secretos sigan siendo secretos". Así que no respondió, miró al elfo procurando tragarse el odio que sentía y que le quemaba en la garganta, asintió y salió de la casa de Auze sin mirar atrás, pese a las protestas de los elfos.

Estuvo caminando sin rumbo durante días, hasta que, casi por casualidad, se tropezó con el templo de Hal Dar Mehtal, uno de los lugares más sagrados para su clan. Si quedaba algún vrasdrali con vida, debía ser allí. Estaba casi segura de que sería así porque solamente la sangre de su clan era capaz de abrir las puertas, que tenían tres metros de grosor. Cuando puso la mano desnuda en la puerta y el aguijón atravesó su piel, la puerta empezó a abrirse.

Estuvo horas recorriendo el templo, que estaba tan vacío como Vrasdral, su hogar ancestral, hasta que finalmente llegó a la roca que contaba la historia de su pueblo. Aprendió mucho ese día, de sí misma, de su familia, de la historia de los vrasdrali, pero también encontró lo que podría ser su única oportunidad, no sabía si de redención o de venganza.

Existía un lago en el corazón de una cueva cerrada del mismo modo que el templo, un lago de agua transparente pero muy profundo, y en el fondo, una única y brillante piedrecita pulida de color azul que contenía el poder de los primeros de su raza. Según la roca, esa gema se aferraría a quien la encontrase primero y le daría poder, si su alma era digna.

Por eso se pasó diez años buscando sin pausa, recorriendo cada cueva, cada pequeño y recóndito lugar, en busca de aquella cueva cerrada, de aquel lago místico, para encontrar la joya de los primeros y acceder al poder que contenía, o morir en el intento.

Después de diez años de incansable búsqueda, finalmente llegó a un desfiladero que parecía estar formado por dientes escarpados. No tenía esperanza de encontrarla allí, pero dio con la entrada cerrada. Apoyó la mano en la roca que custodiaba la cueva, pero nada ocurrió. Estaba tan desesperada por hallar la verdad que se cortó en la palma con un guijarro y volvió a intentarlo. Lentamente la roca empezó a girar, desplazándose hacia el interior, hasta que tuvo suficiente espacio para pasar y, una vez dentro, la roca bloqueó la entrada.

Estuvo a punto de encender fuego para poder encontrar el camino, pero la cueva se iluminó con rocas brillantes y las siguió igual que una polilla. Si se dirigía a la muerte, dejaría de sentir culpa por sobrevivir, si encontraba el lago, por fin podría unir a los vrasdrali que se encontraban dispersos por el mundo.

Las horas fueron pasando, y finalmente halló un lago redondo, de frías aguas brillantes y transparentes, profundo, que brillaba misteriosamente en azul. No sabía si era ese lago pero le daba igual, se metió en el agua y buceó hasta el fondo, hasta encontrar el origen de esa misteriosa luz azul. Era una piedra del tamaño de una canica, pero que desprendía una luz brillante que atravesaba el agua e iluminaba la cueva.

En cuanto la tocó, la piedra se metió dentro de su piel y recorrió su cuerpo hasta su estómago. Creyó que iba a matarla, pero no, se quedó ahí, alimentándola con su enorme poder. Cuando finalmente se acostumbró a esa sensación, tuvo que lidiar con otra. Su cuerpo empezó a cambiar, le salieron escamas, una cola larga, alas membranosas, creció varios metros y su cara se transformó en la de un lagarto. El agua se apartó de ella, dejándola respirar, y volvió a la orilla. En cuanto tocó tierra, volvió a cambiar, recobrando su aspecto de chica pelirroja con pecas y tamaño normal, pero con esa gema sobresaliendo de su pecho, redonda y azul, pero sin brillo.

-Así que lo hicisteis por esto -comprendió de pronto-. Los vrasdrali somos descendientes de los dragones y creíais que uno de nosotros podía transformarse -negó despacio-. Si os hubieseis mantenido al margen, ni uno solo de nosotros habría buscando la gema de los primeros.

Nada más tocarla volvió a cambiar de forma, agitó sus alas con fuerza y atravesó el techo de la cueva, saliendo al exterior, donde el sol del atardecer bañó su cuerpo ambarino. Si tenía que unificar a los vrasdrali bajo el estandarte de su pueblo y retomar el lugar que los mortales le habían arrebatado, debía empezar cuanto antes, y puede que no supiese cómo hacer esto último, pero podía sentir a los cien vrasdrali restantes en cada rincón del mundo, y sabía que la gema de los primeros podía despertar el fuego dormido en el corazón de cada uno de sus congéneres.

lunes, 13 de marzo de 2023

El libro del infinito

CAPÍTULO 2.

Observó la portada en blanco sin poder creerse lo que estaba viendo, parpadeando con los ojos abiertos cual dos platos, sin atreverse siquiera a respirar. De haber sido uno de los libros de aventuras que tanto le gustaban a su madre, hubiese dicho que algún hada le estaba gastando una broma, claro que no estaba en un libro de aventuras, así que eso debía tener una explicación real... aunque no se le ocurriese nada.

Se levantó de la cama, con la cabeza hecha un lío. Claramente no podía olvidarlo, ahora ya no se trataba solamente de que su madre le preguntase por el contenido del libro, sino que nunca podría sacarse de la cabeza que la portada del dragón hubiese desaparecido ante sus ojos. Necesitaba encontrar una explicación, así que abrió su portátil para buscar en internet, pero nada de lo que encontró fue suficiente para satisfacer su curiosidad.

Tras tres horas indagando en la red en busca de una respuesta, se rindió. Miró el reloj de su ordenador y le sorprendió ver que eran las 23.25. Su madre tendría que haberla llamado para ayudarla a cocinar o, al menos, cenar. Salió de su dormitorio, las luces del pasillo estaban apagadas.

-¿Papá? -no hubo respuesta-. Mamá, ¿dónde estáis? -de nuevo silencio-. Tía Mel...

Buscase por donde buscase, la única respuesta que encontraba era vacío y silencio, igual que al intentar encontrar respuesta al misterio del libro. Sus padres y su tía se habían ido, pero más aterrador todavía fue descubrir, al mirar por la ventana de la cocina, que no había una sola persona en la calle, las luces de sus vecinos estaban todas apagadas y las farolas de la calle no se habían encendido.

Volvió a su dormitorio, el único lugar con luz en, lo que parecía ser, todo el vecindario. Entonces empezó a pensar en cosas todavía más absurdas. Quizá no se tratase solamente de su calle o el pequeño pueblo en el que vivía, tal vez afectase a muchas más personas. Temblando, tapada con su manta de ositos hasta las orejas y con el libro en blanco sobre sus piernas, encendió el televisor. Niebla. Sin importar qué canal intentase sintonizar, la única cosa que podía encontrar eran esos puntos blancos y negros desordenados en la pantalla y un molesto zumbido. 

Apagó la tele en completo silencio, tratando de encontrar una emoción que pudiese expresar pero, al igual que en el resto del país, quizá en el resto del planeta, no había nada. Miró el libro con una expresión entre el miedo y la resignación. Todo eso había empezado al recibir ese libro e intentar leerlo, así que la respuesta tenía que estar en el libro. El problema era que, en el libro, no había nada... al menos nada que pudiese ver.

-Harry Potter, eres un genio.

Saltó de la cama y fue a buscar un lápiz en su maletín de dibujo. No tenía la esperanza de que funcionase igual que el diario de Tom Riddle, pero tenía que intentarlo. Escribió "hola, ¿hay alguien ahí?" pero nada ocurrió, el trazo se quedó dibujado en el papel, no desapareció y tampoco apareció nada nuevo.

-Harry, tú serás un genio, pero está claro que yo no. Esto no es Hogwarts, es el mundo real, y en el mundo real los libros no hablan -suspiró pesadamente-. Ojalá hubiese algún modo de resolver esto.

Y, por primera vez en todo el día, hubo un cambio. Como si fuese magia el libro empezó a girar, al principio lentamente, y después de una vuelta y media empezó a acelerarse cada vez más y más, girando a más velocidad, hasta que su habitación se transformó en el ojo de un huracán. Intentó agarrarse a los muebles, pero sin importar con qué fuerza o desesperación lo intentase, sin importar que sus dedos se pusiesen blancos y gritase con los ojos llenos de lágrimas, poco a poco el huracán empezó a arrastrarla. Cuando quiso darse cuenta atravesaba las páginas del libro, que se cerró sobre su cama como si nada hubiese ocurrido.

Cuando Melody entró en su dormitorio, algo preocupada por los gritos, descubrió que allí no había nadie, y que la portada del libro mostraba a una asustada chiquilla de enmarañado cabello castaño huyendo de una sombra negra.

-¿Ana? -ella apareció en la habitación y miró a su cuñada-. ¿Tenías que regalarle uno de los libros portal?

-¿Qué? Por lo que Peter me contó, os llevasteis de aventuras a una chica mucho más joven que ella y a sus hermanos, y salisteis vivos.

-De milagro. ¿Qué clase de madre hace esas cosas?

-Una que confía en las capacidades de su hija. Ella es lista, sabrá resolverlo, y volver con una historia que contar, como Peter y tú.

La pequeña Melody puso los ojos en blanco, con un suspiro de hartazgo. Ana tenía un modo de ver el mundo que no terminaba de encajar con el resto de la humanidad, aunque Peter y ella no fuesen los más indicados para hablar.

-Espero que tengas razón, o tendremos que ir a buscarla y ella lo descubrirá todo.

-¿Y qué tendría eso de malo?

miércoles, 8 de marzo de 2023

El libro del infinito

CAPÍTULO 1.

Ana siempre había creído que no había mejor modo de educar a un niño que a través de la literatura, la música y el amor. Por eso, el día en que Tatiana cumplió los catorce años, le regaló uno de sus libros favoritos. Ella se quedó mirando el libro durante un momento, con sus ojos verdes pegados a la portada de color azul y blanco que tenía un dragón dibujado. Otro libro de aventuras. Desde que era pequeña su madre le había regalado libros y más libros de aventuras, y empezaba a odiarlos.

-Feliz cumpleaños, cielo.

Levantó los ojos hacia su madre, intentando parecer agradecida. No quería que se sintiese triste, sabía que, para ella, regalarle un libro a alguien era lo más especial que uno podía hacer. Así era como se habían conocido sus padres. Él era profesor de folclore anglosajón en la universidad de Oxford, en la que estudiaba su madre gracias a una beca, pero no era su profesor. Sin embargo se encontraban en la biblioteca, desconociendo el uno el rol del otro, y se enamoraron a través de la literatura. Cuando finalmente ella se graduó, decidieron casarse. Hubo rumores de que había aprobado por las influencias de Peter, un joven de ascendencia inglesa que tocaba la flauta y le gustaban los libros de aventuras.

-¿Te gusta?

-Mucho, gracias mamá.

Tatiana miró a su tía, una mujer rubia que parecía demasiado pequeña, delgada y perdida. Era dulce, encantadora y siempre sonreía, y su risa era tan clara como el canto de una campanilla. Ella observó el libro con una sonrisa y luego a ella. Melody tenía la increíble habilidad de leer su mente, pero no dijo absolutamente nada.

-¿Cortamos ya la tarta?

La voz de su padre le hizo levantar la cabeza. Toda su familia tenía cosas raras y especiales, pero su padre seguramente se llevaba la palma. Solía preocuparse más por los niños que por los adultos, el dinero no le importaba en absoluto, le gustaban los cuentos de hadas, los parques de atracciones y los castillos hinchables, pero sobre todo adoraba los dulces. Tatiana no pudo evitar sonreír porque daba igual de qué fuese la tarta, le gustaban todas.

Ana cortó el trozo de pastel y la crema de trufa asomó por el trozo que le entregó a Tatiana. Nunca soplaba velas, lo consideraba absurdo, así que en su casa nunca se compraban velas de cumpleaños, lo que alejaba considerablemente a sus amigos, que la consideraban rara, quizá por gustarle un cantante de Kazajstan que se llamaba Dimash, o puede que por adorar la literatura clásica, tal vez por todo al mismo tiempo. En cualquier caso su familia era considerada la más extraña de todo Segovia.

Tatiana pinchó un trozo de tarta y se lo llevó a la boca. Estaba deliciosa, como todas las tartas que hacía Melody. Tenía verdadera magia para hacer dulces, y eso a Peter le encantaba. Esa era la razón por la que tenían una pastelería y por la que en su casa siempre había galletas y su tía tenía el pelo lleno de harina.

...

Cuando finalmente volvió a su cuarto dejó el libro sobre la cama con un pésimo humor. Por mucho que le gustase leer, habría valorado más que le regalase un libro de verdad, de los que tenían más de 500 páginas y uno podía bucear por los rincones de su imaginación. Ese libro era tan delgado que podía agarrarlo entre sus dedos y casi se tocaban. Sin embargo tampoco podía ignorarlo, si su madre le preguntaba algo tan sencillo como "¿qué tal el libro?" no tendría respuesta que darle.

Con un pesado suspiro abrió el libro y se encontró con algo que no se esperaba: daba igual qué página mirase, todas estaban en blanco.

-¿Qué demonios? Esto tiene que ser un error de edición.

Intentó buscar el título en la portada, pero se encontró con que no tenía. Observó el libro por todas partes, intentando buscar algo que lo identificase para poder encontrar otra edición, pero a parte de la portada... Fue a mirarla otra vez, y se quedó sin habla: la portada había desaparecido.

miércoles, 1 de marzo de 2023

Gafas de sol

 Vivía apartada del mundo por elección, sin bajar a la ciudad salvo que no tuviese alternativa. Toda su vida había estado apartada de todo el mundo, sola y perdida en un entorno que no la comprendía, que no se molestaba en intentarlo siquiera. Milena no podía simplemente pasar desapercibida, ¿cómo iba a hacerlo con esos ojos? Había nacido con un ojo violeta y otro rojo, así que sus compañeros de clase solían comentar que quería llamar la atención utilizando lentillas de colores. Ojalá fuese así de simple, pero no. Lo que la había hecho vivir aislada del mundo por voluntad, lo que había hecho que se apartase de todo y de todos, fueron esos malditos ojos, y lo que provocaron.

Todo empezó el día de su graduación, y por entonces tenía dieciséis años, algo típico. Lo que no era tan normal era que alguien terminase el instituto con una media de 9,9, y solamente era así porque la profesora de ciencias estaba convencida de que la perfección era algo contrario al conocimiento y al aprendizaje, así que nunca ponía un 10 a nadie. Durante un par de años creyeron que era una insufrible sabelotodo que se pasaba el día encerrada entre libros, hasta que llegaron a los 15 años y empezó a correr el rumor de que tenía una aventura con el director. Estupideces. Milena no necesitaba estudiar para memorizar las cosas, de eso se encargaba su ojo violeta. Ella jamás olvidaba nada, todo lo que ocurría a su alrededor, por pequeño e insignificante que fuese, lo recordaba, así que no tenía la necesidad de estudiar.

En cualquier caso, en el momento de salir del instituto y seguir con su vida, olvidando lo que había sido ser diferente estando en el instituto, Evangelina, quien hasta ese segundo había sido su mejor amiga, o quizá la única, se acercó a ella hecha un basilisco, con el pelo rubio impecable, sus uñas rojas perfectas y un vestido muy hermoso.

-Hola Eva.

-¿Es cierto?

-Vas a tener que ser más concreta.

-No te hagas la estúpida Milena, el rumor de que estás liada con el señor Vegas.

No pudo ocultar lo mucho que le dolió que su mejor amiga dudase de ella de esa forma. Se llevaba bien con el director Juan Carlos Vegas, pero solamente porque era su tío. Muy poca gente era consciente de ese parentesco porque no llevaba el apellido de su familia, era el marido de su tía. Carlos, como prefería que lo llamasen, procuraba cuidar de Milena porque sabía lo apartada que estaba de todo el mundo, la invitaba a comer de vez en cuando y la hacía reír, pero ahí se acababa todo.

Sin embargo, a juzgar por la rabia que Eva sentía en ese momento, no iba a conformarse con esa explicación, y tampoco tenía por qué justificarse. Siempre había sabido que tenía algo raro, no era normal recordar cosas con la precisión de una cámara de video, pero ella podía hacerlo.

-Eva, te doy cinco segundos para que retires eso.

Debió ver lo molesta que estaba, lo mucho que le dolían sus palabras, pero estaba demasiado enfadada para percibirlo. Ella estudiaba durante horas, apenas salía cuando se acercaban los exámenes, nunca dejaba nada al azar, y aun así su media era de 7,8. Sin embargo Milena se pasaba el día dibujando y de noche se tumbaba sobre el tejado de su casa simplemente para poder ver las estrellas. Nunca le había preocupado, hasta que se enteró de su media y del premio que iban a darle por ello.

-Te pasas el día en la luna, es imposible que tengas esa media. Así que al menos ten la decencia de no tomarme por estúpida. No me extraña que los demás profesores te tengan en palmitas, eres una puta.

Solamente fue capaz de escuchar esas últimas tres palabras, que la golpearon como un hierro al rojo en las costillas. Estaba a punto de vomitar. ¿Cómo podía su mejor amiga tratarla de esa manera? Empezó a dolerle la cabeza, como si ese hierro que la había golpeado estuviese ahora pinchando su cabeza con crueldad, y Eva empezó a sangrar por la nariz casi al mismo tiempo. Lo siguiente que recordaba era a su tío Carlos abrazándola mientras ella miraba entre lágrimas el cuerpo sin vida de Evangelina Casas. Según la autopsia había sufrido un aneurisma. Sabía que eso era una verdadera gilipollez, que había sido ella, que por su culpa su mejor amiga estaba muerta. Ignoraba por qué era consciente de ese hecho, pero sabía que había sido así.

A partir de ese día empezó a practicar ciertas cosas. Si pretendía no volver a hacerle daño a nadie, tenía que aprender a controlar ese extraño poder que había matado a su amiga. Al principio eran cosas pequeñas, como elegir qué iba a comer o cuándo ir a dormir. Su madre había sido muy controladora desde siempre, así que nunca había podido comer una hamburguesa o seguir despierta después de medianoche. Por eso, un sábado cualquiera, miró a su madre a los ojos y dijo que le gustaría poder comer una hamburguesa y quedarse despierta viendo una película. Esa misma noche, Azucena pidió comida a domicilio y puso una película de acción que mantuvo a Milena despierta hasta las 2. 

Pero no podía quedarse ahí. A los dieciocho años podía convencer a cualquier persona de cualquier cosa. Normalmente utilizaba sus poderes para ayudar a la gente. Podía convencer a una chica tímida enamorada de su mejor amigo de que le confesase a él sus sentimientos, y a él de que le diese una oportunidad; o a un hombre desesperado de que no se suicidase. Pero también trabajaba por sus propios intereses, así que logró situarse como directora de una filial en Nueva York.

Sin embargo, el peso de ese poder empezó a hacerle daño personalmente, a destruirla de modos que no podía imaginarse. Cada vez que conseguía alguna cosa, por pequeña o insignificante que fuese, cada vez que ayudaba a alguien, toda la gente que había conocido desconfiaba de ella cada día un poco más, y ella se aislaba cada vez más, hasta que se quedó totalmente sola, con todo el éxito y el reconocimiento al que una hispana en Estados Unidos podía aspirar, pero sin nadie con quien compartirlo, y un día, harta de todo lo que ese extraño poder le había dado, se fugó a los bosques de Canadá.

Incluso si alguien hubiese deseado encontrarla, nadie habría podido. Había convencido a los guardias de frontera de que se llamaba Isabella Olsen, así que no existía ninguna Milena Velasco en Canadá. Había estado aislada del mundo durante los últimos años, sin preocuparse de nadie más que de sí misma. Aprendió a cazar, a sobrevivir y a pelear, aprendió a apartarse de la gente, utilizaba gafas de sol para bajar al pueblo, sin importar si hacía sol o llovía. Durante un tiempo todo fue bien, pero esas cosas nunca duran.

Aquella mañana de primavera salió a comprar provisiones, se puso sus gafas de sol y bajó al pueblo. Estuvo caminando durante casi una hora entre hojas y ramas, algo normal dado que vivía en un bosque, pero lo extraño fue a dónde llegó. Estaba en una zona aislada, no podía ser normal lo que veían sus ojos, así que o estaba flipando o había acabado en un campus lleno de estudiantes.

-Llegas tarde.

Se dio la vuelta y vio a una chica con los ojos... ¿blancos? Sí, eran blancos como la nieve, pero, a juzgar por el movimiento de sus pupilas, veía perfectamente.

-No te preocupes, casi todos llegan tarde. Supongo que es la cruz de ser lo que somos.

-¿Y tú eres?

-Oh, me llamo Dayana, soy una sirena, y tú eres una... -le quitó las gafas oscuras y observó sus ojos fijamente-, que interesante, nunca había visto un híbrido entre mentalista y memorizador.

-Devuélvemelas.

-¿Para qué? Aquí no vas a necesitarlas. Estás en la Academia Corey, fundada por Martha Corey en 1694. Tú, querida, no estás poseída ni eres un bicho raro, eres una bruja, y muy poderosa.

Saber eso lo cambiaba todo. Por primera vez tenía una base para aprender a controlar sus poderes, y eso era un alivio.

-¿Y cuándo empiezo?

martes, 28 de febrero de 2023

Traidora

 El día en que supo que ese hombre había asesinado a toda la familia del hombre que amaba, fue el día en que decidió que no dejaría las cosas como estaban. La consideraban débil, una chiquilla estúpida y sin ningún tipo de talento, y no era que se equivocasen demasiado. Hasta ese momento fue débil, incapaz de entender por qué él tenía esa mirada distante y vacía que tanto le atraía. No se había dado cuenta de que estaba roto, que su corazón estaba destruido de tal modo que no había forma de repararlo, por mucho que ella lo intentase.

Fue por ello que aquella fría noche de invierno salió de la escuela de magia para no volver. Sabía que estaba prohibido, que su capacidad, fuese o no útil, servía únicamente al rey, y utilizarla para sus propios fines era algo que se castigaba con la muerte pero, ¿cómo iba a dejar que él pasase por ello sabiendo lo que sabía? ¿Cómo podía dejar que él se enfrentase al desafío que suponía ser un desertor, un rebelde, cuando había visto con sus propios ojos el poder que tenía la destrucción? No podía dejar que eso ocurriese, no podía permitir que perdiese más y más cosas.

Por eso cabalgó durante tres días casi sin descansar para encontrar a Loreley, la bruja que no dejaba de atacar la academia de magia. Se rumoreaba que vivía en las montañas del norte, y no le importaba el frío, la nieve o los lobos grises, solo quería salvarle a él.

-Sandrine... esperaba que vinieses.

No sabía por qué conocía su nombre ni le importaba. Se bajó del caballo con el ceño fruncido y una mirada de determinación infranqueable. Le daba igual si tenía que matarla, no pararía hasta acabar con el ser que había destruido la vida del hombre que amaba.

-¿Y bien? ¿Vas a adiestrarme?

-Sí, pero te lo advierto, chica, no volverás a ser la misma nunca más. Si quieres conseguir el poder para hacer lo que quieras, cuando quieras y como lo desees, vas a tener que destruir algo más valioso que ese chico que ronda en tu mente, vas a tener que congelar tus emociones para siempre.

Sabía que eso significaba que no le importaría que él nunca la quisiese, que solo pensaría en una cosa, en vengarse, en conseguir sus objetivos, sin importar las consecuencias, pero... ¿estaba dispuesta a entregar hasta la última gota de cada cosa buena que había en ella para destruir al hombre que le había hecho daño a él?

...

Habían pasado catorce años desde la última vez que le había visto a él, y seis desde que ella se había ido. No se esperaba volver a verlos a ninguno, y mucho menos ver cómo ella agarraba el cuello de su hermano con una mano de aura violeta y lo estrangulaba.

-¡Sandrine!

Si se esperaba que esa súplica fuese suficiente para hacerla retroceder, no sabía a cuántas cosas había tenido que renunciar esa molesta, estúpida y rebelde chica de la que se había enamorado. Mientras su hermano intentaba tomar aire con todas sus fuerzas, Sandrine miró a Sabellian con unos ojos aun más vacuos que los suyos.

-Cuánto tiempo sin vernos. ¿Qué es lo que quieres?

-Él es cosa mía, no tuya.

-Él utiliza la nigromancia, y ni todo el poder que tú tienes serviría para destruirle... pero yo utilizo la magia del vacío y contra eso no hay nada que ningún mago pueda hacer. Ahora, si me disculpas, estoy ocupada.

Con su mirada horrorizada Sabellian presenció a la chica más dulce e inocente que nunca había conocido, asesinar a su hermano con un hechizo que arrancó su conciencia de su cuerpo y lo dejó como un guiñapo sin vida, antes de que ella terminase de partirle el cuello.

-¿Por qué lo has hecho?

Pero a Sandrine no le importaban sus lágrimas, y por eso dijo la verdad más cruel que nunca esperó decirle a nadie, con su mirada vacía y su expresión sin rostro, arrancó esas crueles palabras que perseguirían a Sabellian para siempre.

-Tú lo querías muerto y ahora lo está, ¿cuál es el problema? Que haya decidido morir simplemente para evitar que el rey descubriese que tú eres el heredero del trueno, que se pusiese una diana en la espalda para evitar que tú la llevases, no lo convierte en un ser bueno. Asesinó a toda tu familia para evitar que el rey se enterase de que tú eres el heredero del trueno. Pero no te preocupes, te prometo que su secreto se quedará únicamente entre tú y yo -le dedicó una sonrisa fría como el hielo-. Ya nos veremos, Sabellian.

Y frente a los ojos llorosos de Sabellian, ella desapareció, dejando tras de sí el cuerpo todavía cálido de su hermano Kaelian. ¿Cómo iba a perdonarla a ella ahora? ¿Cómo iba a lidiar con todo el dolor que sentía, y que era mayor que el que había sentido al volver a la planta de los magos del rayo y ver toda esa destrucción? ¿Cómo iba a poder lidiar con ese amor que todavía sentía por la mujer que había traicionado todo en lo que creía?