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jueves, 11 de enero de 2024

La dama pálida

 Estoy asustado, lo admito, nunca había tenido tanto miedo en toda mi vida. Cuando marco el número de teléfono mi mano tiembla, cuando la voz al otro lado me dice que espere un momento mientras le localizan, solo soy capaz de tragar saliva mientras siento mi garganta seca como un desierto. Espero cerca de cinco minutos hasta que finalmente la voz rasposa de mi suegro responde al teléfono.

-¿Andrés? ¿Qué ha ocurrido?

-¿Qué quisiste decir la última vez?

-Así que ya ha pasado. Supongo que sacarme de aquí es imposible, pero hagas lo que hagas, no la sigas. Compra un billete de avión y lárgate de este país.

-Así que por esto lo hiciste, por esto intentaste matarme.

-Era la solución más sencilla.

Supongo que querrás una explicación. Verás, hace cerca de diez años conocí a Isabel la que era para mí la mujer perfecta. Era rubia, con una nariz respingona y piel morena, de ojos verde ambarinos, figura de sílfide y sonrisa arrebatadora. También era divertida sin llegar a ser hiriente, le gustaba bromear pero siempre dentro de unos límites, era inteligente y despierta, podías hablar con ella de cualquier tema y siempre conseguía no solo seguirte, sino que además siempre aprendías algo. Su audacia y valentía eran algo impresionante, no temía correr riesgos, se preocupaba por mí y sonreía, siempre sonreía.

Su padre, Anselmo, era algo extraño. Siempre tenía cara de vinagre, su mandíbula cuadrada estaba siempre contraída, nunca tenía una palabra amable para nadie, y me daba la impresión de que era algo raro. Era calvo, con un bigote que parecía un animal pequeño, piel morena casi enrojecida, le faltaba un dedo y era ciego de un ojo. 

Mi suegro nunca se aprendió mi nombre, siempre me ha llamado Andrés, a pesar de que mi nombre es Ignacio. Al principio supuse que eran cosas de la edad, de todos modos la primera vez que le conocí, el día que Isabel me invitó a comer con ella y su padre, casi me mata. No pensé que lo hubiese hecho a propósito, a pesar de que Isabel le advirtió cientos de veces que soy alérgico a los frutos secos. Sin embargo, de algún modo, al dar un bocado a la ensalada, sentí que me picaba la piel y mi lengua empezaba a hincharse. Por suerte para mí siempre llevo un bolígrafo de adrenalina por si, por accidente, como cualquier cosa que lleve frutos secos.

Me sorprendió ver que mi suegro estaba más enfadado porque llevaba ese bolígrafo que por haber añadido nueces y piñones a la ensalada. Supuse que eran imaginaciones mías, de todos modos Anselmo era algo raro y podía haberse equivocado.

La siguiente vez que le vi, mi vida volvió a estar en peligro. Anselmo me llevó a cazar a una vieja cabaña en el bosque, y entonces empezó a contarme una historia un poco rara.

"Érase una vez un niño pequeño que, como todos los niños, había nacido con una curiosidad que podía ponerle en serio peligro. Vivía cerca de un bosque, y su madre siempre le decía que no se acercase al bosque porque habitaba allí una mujer pálida como la luna, con el rostro en forma de calavera y una voz melódica que lo atraería al lado oscuro y le dejaría sin nada. 

Por supuesto el niño no se lo creía, ¿quién podría? El caso es que un día que estaba buscando setas con sus hermanos, se perdió. Llegó la noche y nadie lo encontraba, y entonces escuchó algo parecido a una canción que no era exactamente una canción. Siguió el sonido, que le adentraba más y más en el bosque, y vio a una hermosa mujer de cabello rubio y piel pálida como la luna, vestida de rojo, que bailaba bajo la luz de las estrellas. 

Entonces escuchó que alguien le llamaba, se dio la vuelta para ver que su padre se acercaba, y volvió a mirar a la mujer, pero ya se había ido. El niño volvió con su padre, a casa, y trató de olvidar esa visión, pero con entones quince años, se había enamorado de la mujer rubia.

Noche tras noche la mujer volvía, acercándose cada vez más a su casa, hasta que un día la vio frente a su ventana, y él, con una sonrisa de oreja a oreja, la dejó pasar. Parecía que todo iba bien, hasta que al día siguiente sus padres, sus seis hermanos y su perro habían desaparecido, solo quedaba la mujer pálida, que poco a poco fue revelando un rostro cadavérico de ojos rojos, con el pelo blanco y una piel pálida como la luna.

El niño corrió, salió del bosque para nunca más volver, pero había cometido el error de dejarle entrar en su casa, y ella le siguió. Fue arrebatándole cada cosa que tenía, hasta que solo la tenía a ella, torturándole con su presencia hasta que el niño decidiese suicidarse"

Era un cuento escalofriante, pero solo era eso, un cuento de un anciano que parecía estar como un cencerro. Salimos de la camioneta y me llevó a una vieja casa de madera. Entonces me pidió que fuese a buscar leña a un árbol cercano a un pozo. No recuerdo exactamente cómo, pero cuando estaba a punto de volver con él, sentí que una mano fuerte me empujaba dentro del pozo. Caí unos seis metros hasta llegar al fondo, que estaba seco como un desierto. Me rompí un tobillo y me disloqué el brazo. Creía que podría llamar a mi suegro para que me ayudase, pero al levantar la cabeza lo vi mirándome desde el borde del pozo. Sin duda alguna mi suegro intentaba matarme.

Escuché algo metálico chocando contra las paredes de piedra hasta que el objeto acabó a mi lado. Era una pistola negra. Volví a escuchar un sonido similar. Cuando miré al suelo vi que se trataba de un cargador con una sola bala. 

-Anselmo, ¿qué significa esto?

-Suicídate, por tu propio bien.

Y sin decir más, se alejó del pozo. Las horas fueron pasando muy lentas, no te imaginas lo lento que pasa el tiempo cuando estás encerrado en un pozo y solo tienes una pistola con una sola bala. Al principio pensé en disparar al aire para que alguien me ayudase, pero sería inútil. Era un coto de caza, cualquiera podría pensar que era el tiro de un cazador.

Cuando llevaba allí ya dos días, mi mirada hacia el arma cambió totalmente. Dos días allí encerrado sin comida ni agua y estaba pensando ya seriamente en suicidarme. Y entonces escuché algo... un ladrido. Creí que mi mente jugaba conmigo, hasta que volví a oírlo y llamé a gritos, con las pocas fuerzas que me quedaban, a quien fuese su dueño.

Tardaron seis horas en sacarme del pozo, pero me mandaron agua y comida para poder recuperar fuerzas. Una vez en el hospital, en compañía de Isabel, la policía me preguntó cómo había acabado en el pozo. No quería hacerle daño a mi preciosa novia, pero mi suegro intentaba matarme, así que le conté toda la verdad al policía, incluyendo el cuento macabro, mientras Isabel agarraba mi mano, sin vacilar, sin soltarme, dándome fuerza y apoyo.

A los seis meses me casé con Isabel, y entonces todo empezó a cambiar. Mi hermana Pilar se suicidó sin venir a cuento, la encontraron ahorcada en la lámpara de su habitación, algo extraño porque mi hermana era muy bajita para tener 25 años, ni siquiera llegaba a la mirilla de la puerta sin subirse a un taburete, para cuanto más lograr llegar a la lámpara de su habitación sin ningún punto de apoyo, pero la policía dictaminó un suicido. Ahora, en retrospectiva, no pudo ser un suicidio.

Poco a poco todos mis amigos y familiares empezaron a morir en extraños accidentes y suicidios sin pies ni cabeza, pero Isabel seguía apoyándome, hasta que un día su mente empezó a jugar con ella al escondite. La llevé a un psiquiatra, que le diagnosticó esquizofrenia, pero las medicinas no le hacían efecto, seguía ausente, muda, mirando siempre a un punto fijo. Dejó de comer, se volvió más y más delgada, su cabello se volvía más pálido y estaba adelgazando mucho.

Admito que estaba muy preocupado por Isabel, hasta que un día desapareció. Puse una denuncia en la policía para que la buscasen, pero no ha habido resultados. Lo único que veo a veces es a mi esposa, delgada como una sílfide, con el pelo blanco, los ojos rojos encendidos y el rostro en forma de calavera bailando bajo mi ventana y cantando con una extraña y melódica voz que me resulta escalofriante.

Por eso llamé a mi suegro esta mañana, porque esa cosa que parece mi esposa, esa cosa extraña y pálida que antes era mi dulce Isabel, sigue persiguiéndome día sí y día también.

-¿Quieres que me suicide?

-Escúchame bien chico, esa cosa mató a toda mi familia, a mis amigos, a mi perro... me alejé para intentar reconstruir mi vida pero me encontró, y entonces mató a mi esposa y a mis tres hijos -se me cayó el alma a los pies-, y se quedó en mi casa con el aspecto y el nombre de mi hija Isabel, fingiendo ser ella. O te vas del país para siempre y no vuelves nunca más, o acabarás solo, amargado y desquiciado como yo. Ese cuento no era un cuento, era una verdad como un templo. Lárgate de este país chico, lo más lejos posible, y no te relaciones con nadie nunca más, si quieres vivir, o suicídate y quítale la diversión, porque sino destrozará tu vida.

Y entonces Anselmo colgó el teléfono. Así que esas son mis opciones, suicidarme o huir. Me gustaría poder decir que le voy a hacer caso, pero Isabel, mí Isabel, sigue perdida en el bosque, delgada como una sílfide, con el rostro cadavérico y una voz extrañamente melódica, y tengo que encontrarla. Quiero recuperar a mi esposa, aunque eso me lleve a la locura o a la muerte, quiero recuperar a Isabel.

viernes, 5 de enero de 2024

Lluvia

-Cuando llegaste dijiste que habías cometido un error, ¿por qué no me cuentas a qué te referías?

Landon levantó la mirada, sus ojos estaban surcados de profundas ojeras negras, pues no dormía desde hacía seis días. Sí, había cometido un error que nunca podría perdonarse. Todavía podía recordar la sangre tibia en sus manos, su desesperación casi palpable, los frustrados intentos de tratar de parar la hemorragia y los gritos de auxilio mientras su mejor amiga moría ante sus ojos.

Pues claro que no podía dormir, ¿cómo iba a poder hacerlo si Claire había muerto por su culpa? No había sido él quien la había matado, pero era casi como si lo hubiese hecho. Cada vez que cerraba los ojos no podía evitar recordar la mirada desvanecida y vidriosa de Claire, el viento helado cortando la noche como un cuchillo, la lluvia frustrando sus casi inútiles esfuerzos por intentar darle unos segundos más, solo un poco más de tiempo, mientras alguien pedía ayuda.

Pero aquel lluvioso día de septiembre no pasaba nadie por la calle, tan solo Claire y Landon caminando bajo la lluvia. Claire siempre había sido una persona extraña, le gustaba el olor a polvo de la lluvia, los días nublados, las noches estrelladas y el frío, y también estaba profunda y perdidamente enamorada de Landon, y él lo sabía. No era que se aprovechase de ello, más bien lo contrario, la trataba con dulzura para no hacerle daño y, si por descuido lo hacía, nunca era a propósito. Landon no podía corresponderla porque la veía como a una hermana y Claire estaba bien con eso.

-Me fie de la persona que no debía -respondió finalmente al doctor.

Sí, podía decir eso, pero no había sido exactamente una persona, al menos no tal y como él lo veía. Aquel ser, aquella criatura de otro mundo, parecía humana, parecía un hombre de un metro setenta, con músculos firmes, una mandíbula cuadrada y sonrisa encantadora.

Claire y él habían salido a pasear, con un nuevo amigo, Marc. Era interesante, el tipo de persona que parece ocultar miles de secretos, con cientos de aficiones distintas, capaz de encajar en todas partes y en ninguna al mismo tiempo, divertido y muy risueño, y a Landon le caía bien.

Decidieron ir a pasar el rato al bosque a buscar setas. Podría no parecerlo, pero Claire era hija de un ranger y Tom le había enseñado todo cuanto sabía sobre supervivencia, la llevaba a acampadas a las que no llevaba comida desde que tenía seis años, así que Claire sabía qué frutos del bosque eran comestibles y cuales podían matar a alguien, reconocía toda clase de hongos y sabía pescar y cazar, a fin de cuentas, se había criado haciéndolo. 

Claire llevaba toda la vida queriendo llevar a Landon de acampada al bosque, pues a ella le encantaban esas experiencias, la hacían sentir conectada al mundo, pero Landon odiaba el bosque profundamente. La única razón por la que había cedido aquel día fue Marc.

Se habían conocido en clase de piano, Marc era bastante diestro con el teclado y solía tocar de un modo impresionante, mientras que él estaba aprendiendo y le gustaba escucharle. El chico tenía un talento único para tocar, era impresionante. Decidió presentárselo a Claire, en parte porque sabía que le gustaría conocerle y en parte porque deseaba que pasase página y pudiese volver a cómo eran las cosas antes de que ella le dijese abiertamente "te quiero" y él la rechazase.

-Así que quieres ir de acampada -dijo Claire con cierta incredulidad-. Tú quieres ir de acampada.

-Sí, ya te lo he dicho.

-Está bien. Normalmente voy unos tres días más o menos. Creo que volveremos al día siguiente de salir, pero vale. Nos vemos el viernes por la tarde en el desfiladero.

No le convencía la idea, acampar no le gustaba porque sabía que el bosque de noche era peligroso, pero Claire era muy buena sobreviviendo, así que no les pasaría nada. Se repitió esas palabras en su mente toda la semana hasta el viernes, cuando se presentó en el desfiladero que llevaba al bosque con Marc.

-Creía que vendríamos solos -dijo mirando con cierta molestia al chico nuevo.

-Lo siento, olvidé decírtelo. Él es Marc. La idea ha sido suya, así que me parecía un poco descortés dejarle atrás.

-Vale.

Claire no estaba contenta con ello, pero accedió de todos modos porque él se lo había pedido. Era la primera vez que utilizaba sus sentimientos para convencerla de algo, y no se sentía bien con ello.

Caminaron durante largas horas hasta llegar a un claro en el bosque de abedules. El otoño había dejado una lluvia mortecina y el bosque olía a hongos, tierra y madera. Claire abrió los brazos y respiró profundamente. Estaba encantada con el lugar que había encontrado.

-Creía que Tom iba a venir -dijo Landon con cierta curiosidad.

-Imposible, lo desplegaron la semana pasada. Tardará al menos seis meses en volver a casa.

Sacaron las tiendas de campaña y las montaron entre los tres. No iban a poder hacer fuego debido a la lluvia, la madera estaría demasiado húmeda, pero afortunadamente Claire era previsora, y había llevado un camping gas y una tela impermeable para poder cubrirlo, así podrían cocinar sin problemas. No le gustaban los trabajos sencillos, hubiese preferido buscar una cueva y encender ella misma el fuego, pero a Landon le gustaba más bien poco la naturaleza y podría salir corriendo si se le ocurría meterle en una cueva.

-Bueno, busquemos algo de comer.

Pasaron las siguientes horas recogiendo setas y bayas hasta llenar una cesta suficiente para los tres, y cerca de las siete de la tarde, empezaron a comer el salteado que Claire había cocinado en el camping gas.

-Madre mía -dijo Marc-. Esto está delicioso.

-Nada sabe mejor que la comida recién encontrada.

Después de varias horas de risas Claire se fue a dormir y Landon no tardó en seguirla, sin saber que ese sería el mayor error de su vida.

Serían las tres de la mañana cuando escuchó un grito desgarrador que venía de la tienda de Claire. Por un segundo pensó que alguna alimaña habría entrado en la tienda y había sorprendido a su mejor amiga, aunque eso no explicaría por qué parecía tan... aterrorizada.

Salió de la tienda de campaña azul y se dirigió a la de ella, que tenía varios desgarrones en la tela, y lo que vio le dejó sin habla. Marc, el chico increíblemente increíble que tan bien le caía y que parecía perfecto para cualquiera, le había desgarrado el cuello a Claire con los dientes. Su piel perfecta parecía llena de escamas, estaba manchado de sangre y mostraba unos dientes más afilados que los de cualquier animal que hubiese visto.

-¡Claire!

Un segundo después de que aquella cosa que antes era Marc, desapareciese a toda velocidad entre la espesura del bosque, Landon corrió hacia Claire y apretó su cuello con las manos mientras la lluvia, la gravedad de la herida y el terror de Claire hacían que parar la hemorragia fuese imposible. Su amiga ni siquiera podía hablar, la herida era tan grave que no podía emitir ni una sola palabra.

-¡Landon!

Aquella voz había conseguido que abandonase su recuerdo del bosque y mirase de nuevo al doctor Pattel. ¿Cómo podía explicarle lo que había vivido? Nunca le creería, por eso lo estaban sometiendo a exámenes psiquiátricos.

-Disculpe.

-Te he preguntado qué crees que ocurrió en el bosque.

-Tranquilo Landon -la mano suave y helada de la muchacha terminó por devolverle a la realidad. 

Landon miró por la ventana con cierta preocupación, la lluvia no dejaba de caer, igual que aquella noche, igual que todas las veces que veía a Marc, solo que esta vez la lluvia no seguía a Marc, sino a ella, a Claire. La había visto morir, estaba seguro de ello, no lo había soñado, los desgarrones en la tienda y su ropa llena de sangre eran toda la prueba que necesitaba, pero a los pocos segundos de que su corazón se hubiese detenido, Claire se levantó como si nada, la herida de su cuello había desaparecido y no recordaba nada. La única diferencia entre antes y después de la acampada, estaba en la piel helada de Claire.

-Nada, debí soñarlo.

-Eso no es lo que quiero saber. No importa lo que nosotros creamos, importa lo que tú creas que pasó.

viernes, 24 de marzo de 2023

Pesadilla

Era un martes corriente, con un sol tranquilo y brillante, aire fresco y sin una sola nube en el cielo azul claro. Uno de esos días en los que a uno le dan ganas de pasear durante horas solo por disfrutar un poco más de esa temperatura ideal. Eso era precisamente lo que estaban haciendo Angélica y Fernando aquella mañana de finales de invierno, recorrer una y otra vez los más de cuatrocientos metros del paseo marítimo, con el aire fresco y el olor salobre del Cantábrico.

Fernando llevaba años enamorado de Angélica, una poeta de corazón libre que no ansiaba atarse a nadie. Él lo sabía, y por eso guardaba silencio y se conformaba con ver su cálida sonrisa y saber que solo con instantes poéticos y eternos podía hacerla feliz. Eso era suficiente para su desesperado corazón.

Pero aquella no era una mañana corriente, porque aquella mañana no podían relajarse. Alguien los seguía. Era un hombre extraño, con una gabardina hasta las rodillas, un traje de los años 40 y el pelo cortado a cepillo. Si bien Angélica no se había percatado de su presencia, él no se lo sacaba de la cabeza.

Estaban llegando al final del paseo, cuando todo el cielo se volvió negro, pero Angélica pareció no darse cuenta, seguía caminando hasta apoyarse en la barandilla. ¿Por qué él era el único que veía que todo parecía... paralizado? Los pájaros se habían parado en seco, el mar se detuvo justo cuando ella se apoyó en la barandilla, y el extraño hombre del traje gris empezó a crecer de modo extraño, tanto que apenas podía ver su cabeza redonda como un globo y llena de afilados dientes o sus manos en forma de garras. Intentó correr, pero sin importar lo rápido que lo intentase o lo largas de sus zancadas, no avanzaba ni un solo metro. 

Angélica estaba allí, apoyada en la barandilla, cuando sintió algo esférico caer a sus pies. Miró al suelo pensando en devolverle el balón al niño, pero nada más bajar la mirada al suelo, gritó horrorizada. A sus pies no había un balón de fútbol, sino la cabeza de Fernando, que estaba a cuatro metros de su cuerpo, que se aguantaba a duras penas sobre sus piernas sin fuerzas antes de caer pesadamente.

Gritó horrorizada y salió corriendo. No entendía lo que acababa de pasar ni tenía fuerzas para procesarlo, solamente necesitaba salir corriendo, y entonces vio a aquel hombre. No sabía cómo no lo había visto antes, era imposible no darse cuenta de su presencia.

...

Se despertó de golpe, jadeando y sudando a mares. Llevaba días teniendo la misma pesadilla y empezaba a estar harta. Se levantó de la cama y, en la oscuridad de la habitación, miró el reloj de su muñeca, que marcaba las 4.03.

Tenía que levantarse a las 8 para ir a trabajar y no podría hacerlo si no dormía al menos tres horas más, así que dirigió sus pasos hacia la puerta de su dormitorio. Por alguna extraña razón el suelo estaba pegajoso, pero también tenía un gato que era un maldito desastre, así que podría haber hecho cualquier cosa. Por eso no le dio mayor importancia, se dirigió hacia la cocina con la cabeza hecha un lío.

Sacó un vaso del armario, abrió la nevera y lo metió en el microondas. Ni siquiera había encendido la luz, solamente necesitaba beber un poco de leche caliente para poder volver a dormirse y no sentir que su cuerpo pesaba una tonelada cuando tuviese que levantarse al día siguiente.

La luz del microondas se apagó cuando sonó la campanita, se bebió la leche sin preocuparse del calor que se le pegaba a la garganta, dejó el vaso en el fregadero con un poco de agua y volvió a su dormitorio.

El sueño no tardó en invadirla, pero cuando cerró los ojos volvía a estar junto a Fernando, caminando por el paseo marítimo bajo un sol primaveral delicioso.

...

El despertador sonó como cada día a las 8, la luz de la mañana iluminaba la habitación. Angélica apagó el despertador del móvil y, como cada día, se quedó mirando al techo con los ojos pesados. Cada maldita noche tenía el mismo sueño.

Cuando finalmente encontró ánimos para levantarse de la cama, lamentó sinceramente haberlo hecho. La habitación estaba cubierta de sangre, la cabeza de Fernando se encontraba cerca del armario, mirándola con los ojos abiertos de par en par, y su cuerpo al lado de la ventana. La sangre bajó helada por su cuerpo, marcó el número de emergencias y le dio a llamar, pero nunca llegó a explicar qué había ocurrido porque el hombre del traje gris y gabardina marrón apareció en la puerta, con una sonrisa macabra. 

Angélica no necesitaba ser adivina para saber qué iba a ocurrir. Por eso, cuando la policía llegó a su casa y rompió la puerta, encontraron los cuerpos decapitados de Fernando y Angélica en una habitación llena de sangre y una gabardina marrón en el suelo.

viernes, 17 de marzo de 2023

El imitador

-Estoy seguro de que te preguntas cómo he acabado aquí, entre estas cuatro paredes. 

La doctora Emily Higgs observó a su paciente, Alexander, con una ceja levantada. Claro que sabía cómo había acabado en el psiquiátrico. Según su expediente había intentado quemar su casa con él dentro, y había llegado con quemaduras de segundo grado, por lo que tenía vendas en los brazos y en el torso. Después de tres meses en la unidad de quemados del hospital, habían decidido trasladarle al ala psiquiátrica.

-Bueno, todos tenemos nuestra historia Alexander, ¿por qué no me cuentas qué ocurrió? -repasó sus notas en la tabla con pinza-. Cuando te ingresaron en la unidad de quemados, dijiste que habías cometido un error, ¿de qué estabas hablando?

Alex tenía quince años, y según su historial psicológico, sufría depresión desde que su hermana, Clare, se había suicidado. Pero Emily no veía ninguno de los síntomas de una depresión, de hecho casi parecía... asustado.

-Debí evitar que se suicidase -murmuró con lágrimas en los ojos.

Eso podía pasar por una depresión, ese sentimiento de culpa... pero no lloraba por sentirse culpable, a juzgar por el involuntario temblor y las rodillas rodeadas con sus brazos, no era culpa lo que sentía, sino miedo.

-¿Por qué estás tan asustado, Alex?

-¡Le he dicho que no me llame así! -la psiquiatra ni se inmutó-. Clare era la única que me llamaba Alex.

-Está bien, lo siento. ¿Podrías responder a mi pregunta?

Alexander la miró con los ojos llenos de lágrimas. ¿Cómo iba a decírselo? ¿Cómo iba a explicarle esa sensación de frío cada vez que...? No, nunca le creería, seguramente se pasaría más tiempo encerrado, en peligro, y eso no podía ocurrir.

-No lo entendería.

-Inténtalo. ¿Por qué intentaste quemar tu casa?

-Yo no intenté quemar mi casa, yo no provoqué el incendio. Estaba hablando con... -desvió los ojos hacia la derecha- un amigo por teléfono y... cuando me di la vuelta todo estaba en llamas.

Emily se fijó en sus ojos, en su mano temblorosa colocándose el pelo detrás de las orejas, en sus pies, frotándose uno contra otro... eso solo podía ser una cosa.

-¿Sabes lo que es un tic? -negó rápidamente-. Te colocas el pelo detrás de la oreja cuando mientes.

-¿Cómo sabe que estoy mintiendo?

-No solo sé que lo haces, sino también cuándo. No estabas hablando con un amigo ni por teléfono. ¿Con quién estabas hablando?

Su labio tembló un momento, solo con pensar en decirle lo que lo había llevado al ala psiquiátrica del hospital, sentía ganas de salir corriendo. Pero no podía, así que se quedó sentado, con los brazos envolviendo sus piernas y la cabeza en las rodillas. Estaba harto de sentir frío constantemente, de sentir esos ojos grises sobre él.

-Tiene razón, no hablaba con un amigo, estaba hablando con Clare.

Emily estuvo a punto de decirle que dejase de mentirle, pero estaba siendo sincero. No era solamente que pensase que estaba hablando con su hermana, creía que era así sinceramente.

-¿Y qué te cuenta tu hermana?

-Dice que se siente sola, que quiere que vaya con ella -suspiró pesadamente-. Cuando le dije que no podía hacerlo, la casa empezó a arder. Intenté salir por la ventana, pero no resulta nada fácil si vives en un sexto piso. Las llamas me empujaban hacia la ventana... pero yo no quiero morir, así que me quedé allí, y cuando desperté estaba en la unidad de quemados y el doctor Silverstone me hacía preguntas.

Jack Silverstone era el jefe de psiquiatría, quien había recomendado su ingreso en el ala psiquiátrica, claro que él no necesitaba estar allí, no estaba enloqueciendo ni estaba deprimido. Tal vez estuviese triste por la muerte de Clare, pero no tanto como para intentar suicidarse.

-Estoy segura de que no estás deprimido -concluyó Emily-. Sé que crees que es la única explicación, que por eso tienes alucinaciones, pero tampoco estás alucinando.

-¿Usted también la ve? -preguntó con los ojos muy abiertos.

-Por desgracia no, Alexander, pero estoy segura de que ella se ha aferrado a ti. Soy descendiente de un clan de médiums, y sé que está aquí porque puedo sentir frío -Alexander la miró como si hubiese recibido una descarga-. No te preocupes, encontraré el modo de ayudarte. Por el momento aquí estás a salvo.

...

Guardó la carpeta, con el labio fruncido por sus dientes y una sensación de malestar. Cada vez que se encontraba con un caso como ese, no podía evitar preguntarse cuánta gente estaría en una situación semejante, perseguido por los fantasmas de la gente que más quería, incapaces de escapar.

Estaba tan concentrada en darle vueltas a tal trivialidad, que no sintió el frío hasta que algo se aferró a su piel. Se sacó la bata y levantó la blusa para poder ver qué estaba ocurriendo, y solo alcanzó a ver una mano de color gris despellejada adentrándose en su vientre.

...

-Aaaalex -dijo con voz cantarina-. Sal a jugar hermanito.

Estaba aterrorizado, no quería salir de la habitación, y cuando vio entrar a la doctora Higgs, sintió cómo esa presión en su pecho se iba. Pero esa sensación solo duró un par de segundos, hasta que vio una sonrisa exagerada en su rostro lleno de pecas.

-Clare, déjala en paz.

-Solo si vienes conmigo.

No tuvo tiempo a decir que no, lo último que vio antes de que todo perdiese luz, fue el brillo de unas tijeras plateadas y una densa neblina roja que emitía mucho calor.

...

-Estoy segura de que te preguntas cómo he acabado aquí, entre estas cuatro paredes.

Howard Philips miró a su paciente, una antigua psiquiatra que había asesinado a uno de sus pacientes con unas tijeras y que le había prendido fuego al ala psiquiátrica del hospital en el que solía trabajar. Ella no recordaba nada y no tenía ni una sola herida, a parte de una cicatriz en forma de mano en el vientre. Nadie podía explicarse qué había ocurrido, pero tal vez él pudiese hacerlo, de todos modos ella había sido su alumna más aventajada, y sabía que nunca haría nada parecido sin una buena razón.

-¿Y bien?

-No he sido yo. Esa chica sigue por ahí, pero no es Clare, es otra cosa. Tienes que ayudarme, por favor Howard, sabes lo que soy, lo que es mi familia, tienes que buscar a mi tía y decirle que alguien ha soltado a un imitador, ella lo entenderá.

Hubiese querido decirle que no podía hacerlo, pero conocía perfectamente las habilidades de Emily porque eran las mismas que habían salvado la vida de su hijo cuando empezó a ver el fantasma de su madre por todas partes.

Se levantó de la silla, pero antes siquiera de poder decirle que lo haría, sintió un lacerante dolor en el estómago. Cuando levantó la mirada vio a la doctora Queen agarrando unas tijeras, las mismas que le había clavado en el estómago. Con incredulidad, vio cómo ella se quedaba mirando fijamente a Emily y su voz se distorsionaba hasta el punto de parecer metálica.

-Nunca podrás huir de mí.

viernes, 10 de marzo de 2023

Cuida de Alex

 El cielo oscurecido de media noche estaba plagado de estrellas y con una enorme luna llena que alumbraba en el cielo como un faro. Era una noche cálida de primavera, con el mar tranquilo, y paseaba con dos amigos y un perro por el puerto. Gabriel era su mejor amigo en todo el mundo, se conocían tanto que casi parecía que se leían la mente, Irene había llegado a sus vidas hacía unos años, era callada y algo retraída, pero también muy interesante, solía almacenar datos inútiles en su cabeza que eran ciertos siempre.

Era una noche normal, paseando con sus amigos y un pastor ovejero, una noche como podría haber sido cualquier otra. Cuando regresó a casa, después de pasear con ellos durante casi dos horas y gastarse bromas entre ellos, se sentía tranquilo y decidió irse a dormir, igual que hacía cada noche. Pero esa no era una noche normal. No habría sabido decir por qué o de qué se trataba, pero había algo que le ponía los pelos de punta.

Llevaba varias horas dormido cuando empezó, de pronto se sintió encadenado, atrapado en su propio cuerpo, con una presión en el pecho que no sabía identificar. Intentó abrir los ojos, moverse o gritar, pero fue incapaz de hacerlo, como si algo se lo impidiese. Hasta ese momento no sabía lo que era sentir pánico. Entonces sintió algo más, algo muy frío, más que el mismo hielo, y escuchó claramente una respiración cerca de su oído.

-Cuida de Alex.

Era una voz metálica y escalofriante como nunca antes había oído, algo realmente aterrador. En cuanto escuchó esas tres palabras, todo desapareció y se despertó de golpe. Hasta hacía unos segundos habría jurado que su habitación estaba ardiendo, como si todo a su alrededor se incinerase, pero al levantarse con los ojos como platos, comprobó que todo estaba en orden.

Se tumbó sobre la cama con la respiración alterada y sin poder sacarse de la cabeza esas tres palabras. Alex era su primo, que vivía a tres pueblos de distancia y al que solo veía cuando iban de fiesta o pasaba las vacaciones en su casa. Aun si lo que acababa de vivir era cierto, ¿cómo iba a cuidar de él? Ni siquiera estudiaban en el mismo colegio y, aunque le viese todos los días, nunca se creería lo que acababa de ¿soñar? No, eso no podía ser un sueño, porque si lo era su cerebro jugaba con él del modo más cruel.

Con un pesado suspiro se levantó de la cama y fue a la cocina a calentarse un poco de leche. No sabía cómo podría volver a dormirse después de lo que acababa de sentir, pero el reloj digital de su habitación marcaba las 3.06 y no podía estar despierto toda la noche.

...

Durante semanas fue incapaz de sacarse de la cabeza esa sensación. Gabriel no lograba sonsacarle qué le ocurría e Irene estaba en una de esas épocas en las que no hablaba con nadie ni salía de casa. Él nunca se creería lo que le había pasado, ella sí, pero cuando decidía aislarse ni siquiera contestaba al móvil.

-A ti te pasa algo y no me lo quieres contar.

-Gabi, en serio, no me pasa nada.

-Genial, así podemos irnos de fiesta esta noche. 

Si se esperaba alegarle, pinchó en hueso porque en el momento en que dijo esas palabras, esa sensación de presión en el pecho volvió. Sin embargo, si se negaba sería evidente que le ocultaba algo y no pararía hasta averiguarlo, así que asintió sin muchas ganas.

Esa misma noche se preparó para salir y Alex fue a buscarle en coche. Sabía que pasaría, pero había aceptado, no podía echarse atrás. Se montó en el asiento trasero, junto a su amigo, y Alex puso rumbo a la capital de la provincia, que era enorme, llena de gente y con edificios muy altos.

Todo el camino fue con normalidad, hasta que llegaron a un puente tan alto que no se podía ver el final, en mitad de la autopista. Entonces el coche empezó a ganar velocidad y a desviarse hacia un lado, y escuchó de nuevo esas palabras en su cabeza. Miró hacia su primo, que cabeceaba entre el sueño y la vigilia.

-¡Alex! -y levantó la cabeza de golpe-. Si quieres conduzco yo, pareces agotado.

-Que va, es por la monotonía de la autopista. Si no os importa voy a poner música, y cuando paremos, que uno se siente a mi lado.

Aryan se echó para atrás en el asiento después de comprobar lo cerca que había estado de la barrera que separaba el puente y el vacío. No sabía cómo era posible, pero lo de aquella noche había sido muy, muy real. Miró a Gabriel, intentando encontrar un modo de contárselo. No, si iba a hacerlo, tenía que ser en una noche tranquila, después de que ese trauma se hubiese diluido un poco, y seguramente con alcohol en sus venas.

Cuando su cabeza dejó de dar vueltas, se dio cuenta de lo cerca que había estado de caer por el puente, junto a Gabriel y Alex. Cerró los ojos un momento, intentando relajarse de la experiencia que acababa de vivir, y entonces volvió a escuchar esa respiración cerca de él, algo más frío que el hielo, y esa voz metálica de nuevo.

-Yo siempre cuidaré de ti.

viernes, 3 de marzo de 2023

Espiral de destrucción

 Durante los últimos dos meses se despertaba siempre cansada, con una sensación de pesadez en la cabeza, dolor en los hombros y el cuello rígido. Dormir mal era algo típico en ella, había estado toda su vida con insomnio, pero últimamente solía dormir entre diez y doce horas sin despertarse, y eso era algo extraño. Si acudía a un médico y le contaba que había pasado de dormir seis horas a doce, seguramente le diría que era algo normal, pero sabía que eso no era cierto.

Aquella mañana de marzo se levantó con la misma sensación en su cuello. Normalmente se le pasaba con analgésicos y un baño caliente, así que eso fue lo primero que hizo. Bajó a desayunar para que su delicado estómago pudiese lidiar con las pastillas, subió a darse un baño caliente y, sintiéndose un poco mejor, salió de casa.

Hubiese querido decir que tenía mala suerte al no tener trabajo, pero, incluso aunque lo tuviese, no podría sostenerlo tal y como se levantaba cada mañana. ¿Quién iba a querer a una empleada que se sentía mal dos días y uno más o menos bien? Necesitaba averiguar qué le estaba ocurriendo.

En su pequeño pueblo a orillas del Atlántico nada ocurría nunca que se escapase de lo normal, incluso esa mujer era relativamente normal porque había vivido allí los últimos doce años. Era una persona extraña, que no trabajaba porque no quería pero siempre tenía suficiente dinero para hacer lo que le pareciese mejor, con el cabello pelirrojo, casi como el fuego, ojos verdes y piel pálida, que lo parecía aun más porque siempre llevaba ropa oscura. Era una persona a la que todo el mundo evitaba pero que, sin embargo, era amable con todo el mundo.

Nadie sabía dónde vivía "la bruja", tal era el nombre que le había dado todo el mundo, así que se dedicó a pasear hasta encontrarla. No era muy difícil, corría el rumor de que aparecía siempre que alguien la necesitaba. Si bien todo el mundo la evitaba, tarde o temprano todos acababan por recurrir a ella, pues era inteligente y muy diestra con sus artes, que iban desde hacer pulseras hasta salvarle la vida a alguien con extraños bebedizos.

Estaba atravesando la calle comercial, que iba a dar a un enorme parque, cuando se tropezó con ella, literalmente, y ambas cayeron de espaldas. La bruja se quedó mirando sus ojos grises, con el ceño fruncido y una evidente preocupación, y cuando fue a levantarse, esa mujer pelirroja no se lo permitió.

-No se te ocurra moverte -dijo con voz neutra-, algo te está siguiendo.

La mujer, que no tendría ni treinta años, metió la mano en su un bolso enano que llevaba a la cintura, sacó un puñado de polvo y sopló. El polvo se convirtió en chispas de luz que volaron por encima de su hombro y se detuvieron a dos metros de ella, formando una extraña figura con los brazos muy largos, alto como una viga y con una cabeza extrañamente pequeña.

-¡Corre!

Aun algo aturdida, corrió agarrada de la mano de la bruja pelirroja, que la llevó directamente por un camino que recorría cada día y que llevaba a su casa. ¿Cómo sabía ella dónde vivía?

-Elena, las llaves, tenemos que llegar antes que él y no me queda suficiente polvo, ¡rápido!

Sacó las llaves del bolso y abrió el cerrojo. La bruja empujó la puerta mientras ella recuperaba las llaves, la cerró en cuanto entraron y puso ese extraño polvo tras la puerta. No esperó a explicarle nada, la llevó casi arrastras al segundo piso, y volvieron a entrar siguiendo el mismo ritual. Solo entonces, cuando Elena cerró la puerta, miró a la pelirroja con el ceño fruncido.

-Dos cosas, bruja, ¿quién demonios eres y qué es esa cosa?

-Me llamo Cristina y sí, soy una bruja. Eso que te está siguiendo es lo que yo llamo un devorador, y, a juzgar por tus ojeras, lleva contigo ¿cuánto? ¿Dos meses más o menos?

Ese era el mismo tiempo que hacía que no dormía bien, ¿cómo lo sabía ella? Las preguntas empezaron a arremolinarse en su cabeza y salieron todas de golpe.

-¿Cómo sabes quién soy? ¿Puedes hacer algo? ¿Por qué yo? ¿Qué demonios tengo que pueda interesarle a ese... esa... cosa?

-Tranquilízate Elena, todo va bien. Sé quién eres porque mi trabajo consiste en saber estas cosas. ¿Has oído eso de que "en todos los pueblos hay una bruja"? Bien, no es casualidad, las brujas tenemos un acuerdo con la naturaleza desde hace milenios, ella nos da poder y nosotros protegemos a sus hijos, a los mortales. Cuando algo raro pasa en el pueblo, yo averiguo a quién y voy a su encuentro para ver cómo puedo ayudarle. Es la primera vez que veo que un devorador se obsesiona con una mortal, no tiene demasiado sentido, así que tiene que haber algo de sangre mágica en tu familia.

-Mi familia es normal.

-Ya, eso creía yo de la mía, hasta que mi maestra me salvó de una de esas cosas. Luego se pasó cuatro años enseñándome todo lo que sabía y buscó un pueblo sin bruja para poder enviarme allí. El coven me paga para cuidaros y yo consigo dinero para el coven con mis medicinas, así de simple.

Cada vez era todo más confuso. Estaba al borde de un ataque de nervios. Por lo que esa chalada decía, no solamente era víctima de un monstruo invisible que la amenazaba, seguramente con matarla, sino que, además, era una bruja, o al menos tenía algo de bruja.

-¿Cómo sé que dices la verdad?

-Las chispas de azúr -asintió-. ¿Las has visto?

-Pues claro que las he visto, como para no verlas.

-Esa es la prueba, que yo sepa solamente las brujas podemos ver brillar las chispas de azúr, para los demás solo es ceniza. Y ahora vamos. He espantado a esa cosa pero volverá y tenemos que estar preparadas.

-¿Es que puedes hacer algo?

-Sí, pero tendrás que hacer de cebo.

Sintió cómo su sangre se convertía en hielo y recorría todo su cuerpo. Si la posibilidad de que esa cosa la matase mientras dormía era algo aterrador, ser una carnada para esa bestia era mucho peor.

-Tienes que estar bromeando.

-Ojalá. Esas cosas solo se ven atraídas por la magia que devoran, y si no viene esta noche, cambiará de víctima, seguramente en un pueblo sin bruja, y entonces tendremos una víctima inocente. Si vamos a pararlo tiene que ser aquí y ahora, así que tienes que ser el cebo.

-¿Y por qué no haces tú de cebo?

Si pensó que Cristina iba a enfadarse por ello, se equivocó. La bruja levantó una ceja pelirroja y sonrió, no sabía si con crueldad o con diversión, pero estaba a punto de descubrirlo.

-Gran idea, ¿sabes cómo atraerlo? ¿Sabes si le gustará mi magia? ¿Tienes idea de cómo matarlo? Y si no funciona, ¿sabes cómo retenerlo para atraparlo?

Definitivamente estaba siendo cruel, pero también era realista. De las dos era la única que conocía a esos seres y que sabía cómo detenerlos y matarlos, así que no tenía sentido que hiciese de cebo. Empezaron a llenar la casa de trampas dibujadas con tiza en el suelo, sal rodeando las ventanas y esa misteriosa ceniza en el pasillo, siguiendo un recorrido inequívoco hasta su dormitorio, que rodearon de ceniza.

A media noche estaba de nuevo tumbada en su cama, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la almohada. El cuello volvía a dolerle, así que no podía dormir, por cansada que estuviese, y entonces volvió a sentir ese enorme peso cerca de ella.

La puerta se cerró de golpe, encerrando a la criatura en el dormitorio de Elena con una línea de ceniza que completó el círculo. Cristina salió de entre las sombras con un cristal transparente, y se acercó a la criatura. El cristal empezó a brillar en azul, ella saltó de la cama y se puso tras la bruja pelirroja, que atrapó a la criatura en el cristal.

-¿Y ahora?

No respondió, echó el cristal ahora azul en un cuenco y lo llenó con ceniza, dijo una palabra que le pareció latín y todo se prendió en llamas.

Por desgracia para ambas ese fue su mayor error. De golpe la habitación se volvió de color negro con tintes violetas y verdes, Cristina retrocedió por primera vez desde que la conocía y eso le dio escalofríos a Elena. No creía que una persona tan valiente pudiese retroceder.

-¿Qué está pasando?

-Que me he equivocado, no eres una bruja.

Y entonces, para sorpresa de Cristina, Elena empezó a reírse como si le hubiesen contado el mejor chiste de la historia. Las piezas desordenadas en la mente de la bruja pelirroja empezaron a acumularse, intentando encontrar una respuesta, pero no había nada que conociese y que pudiese hacer algo así.

-¿Y tu maestra ha dado por terminado tu adiestramiento? ¿Tan inútiles sois las brujas?

Elena sacó el cristal azul ennegrecido del cuenco en llamas, sin importarle si se quemaba o no. Su mano pálida atravesó la ceniza y volvió a salir sin un solo rasguño, y Cristina la observó con auténtico terror.

-Elena lleva muerta unos seis años. Te has metido con el ser equivocado, bruja. Todas sois iguales, perdedoras engreídas. ¿De verdad has pensado que dejaría que un devorador se me acercase sin más? Yo no soy la víctima aquí, soy la trampa.

Había metido la pata hasta el fondo. Queriendo ayudar a todo el mundo no se había dado cuenta del aura oscura que emanaba Elena, pues el devorador la había cegado y creyó que se trataba de eso. Con auténtico terror vio cómo esa mujer, o lo que fuese esa cosa, agarraba el cristal y lo rompía en mil pedazos, liberando al devorador.

-Y ahora, querida, vas a venir conmigo.

No le quedaba polvo de azúr y su magia no era bastante poderosa. Por un momento deseó volver con su maestra, pero dudaba que pudiese ayudarla. El devorador agarró su tobillo y se metió por el espejo de pared que había en la habitación, seguido de Elena, mientras Cristina peleaba por liberarse y veía cómo la habitación se iba haciendo más y más pequeña a través de un recuadro rodeado por la más absoluta oscuridad.

...

Llevaban dos semanas soportando el olor a podrido que emanaba del segundo piso, así que los agentes de policía no tuvieron otro remedio que tirar la puerta abajo. Lo que vieron se quedó grabado en su memoria para siempre. Toda la casa estaba cubierta de sangre, de huellas de manos y otras cosas, los muebles desordenados, la cocina llena de bichos... y todo el desastre se acumulaba rodeando la habitación principal, donde solamente había una chica pelirroja de unos seis años, con los brazos llenos de cicatrices y una mirada aterrorizada.

Miguel se acercó a la pequeña, que lo miró con lágrimas en los ojos. ¿Quién era esa chica y qué había podido ocurrirle para estar tan asustada? Por alguna extraña razón le resultaba familiar, pero no sabía quién era.

-Hola, ¿me escuchas? -asintió-. ¿Puedes hablar? -repitió el gesto-. ¿Me dices tu nombre?

-No me acuerdo... 

-¿Cómo has llegado aquí?

-No lo sé -respondió llorando-. Estaba en un lugar oscuro, había fuego por todas partes, y de golpe estaba aquí -miró al espejo colgado en la pared-. Rómpelo.

Por desgracia el agente no podía hacerlo, por mucho que la pequeña estuviese tan asustada ese espejo era una prueba, pues toda la destrucción de la casa parecía haber salido de golpe del espejo. Levantó en brazos a la pequeña y la cubrió con su chaqueta, y ella se dejó llevar hasta el hospital.

Sí que se acordaba, lo recordaba absolutamente todo, la trampa que Elena le había tendido, el fuego, el dolor, la tortura... y que la habían reducido al tamaño de una niña pequeña por una sencilla razón: ¿quién creería a una niña?

viernes, 24 de febrero de 2023

La puerta invisible

El sonido de las teclas llenaba el ambiente, había estado escribiendo sin parar durante las últimas dieciséis horas, sin probar bocado y con la única compañía de una copa de whisky y una gata dormilona de color blanco. No era de extrañar, las palabras se acumulaban en su cabeza y salían por sus dedos como si se tratase de magia, y eso era algo normal teniendo en cuenta lo que había vivido tan solo un año antes.

Aquel último día de abril de 1936 se había reunido con sus amigos de la Hope Street High School en su villa de tres plantas y color verde claro. Eran seis personas en total, y todas compartían el mismo vicio: las artes ocultas. Estaban convencidos de que el universo, este plano, no era el único plano, y por eso aquella noche decidieron probar su teoría.

Eligieron ese día a conciencia, sabiendo que era una noche especial. Era opuesta a la noche de Todos los Santos, una noche de magia y misterio, en la que la magia se vuelve más poderosa y las brujas celebran la llegada del verano: era la noche de Walpurgis.

Ninguno creía realmente que el ritual, que habían encontrado en un viejo libro encerrado en un baúl en una casa de subastas, fuese a funcionar realmente, pero tampoco tenían nada que perder. El ritual describía cómo abrir una puerta a otra dimensión, y eso era tan extraño y tan surrealista que no había la más mínima esperanza de que fuese a surtir efecto. 

Se equivocaron. 

Aquella noche, rodeados por un centenar de velas blancas, pronunciaron a la vez unas palabras escritas en latín arcáico. Todo lo que ocurrió fue que todas las velas se apagaron al circular una fría corriente de aire. Estaba decepcionado, y cerró el libro con un gesto molesto.

-Caballeros, lamento muchísimo este inconveniente. Si me acompañan les invitaré a una copa de whisky.

Los cinco hombres observaron a su anfitrión, y de buena gana aceptaron acompañarle. Salieron del sótano y subieron las escaleras tras cerrar la puerta.

Poco a poco todos los asistentes a aquella reunión fueron muriendo, y él no sabía por qué. Si uno de sus amigos se tiraba desde el Washington Bride, el otro se disparaba en la sien. El tercero sufrió un infarto, pese a que comía sano y hacía ejercicio regularmente, y el cuarto simplemente desapareció, como si la tierra se lo hubiese tragado.

El escritor no tardó en comprender que vendrían a por él, que aquella noche hacía casi un año, habían ocurrido cosas que no tenían una explicación sencilla. Por eso, durante los últimos meses, dormía poco y bebía demasiado, siempre acompañado de Tulpa, su gata dormilona de color blanco perla.

Levantó la mirada hacia su adorable compañía, y la gata, que siempre lo miraba cuando sentía sus ojos negros sobre ella, no hizo un solo movimiento. Supuso que estaba dormida, solía dormir mucho, así que no le dio mayor importancia.

Sus dedos siguieron fluyendo sobre las teclas durante tres horas más, atrapado por la historia que estaba escribiendo. Cuando tecleó la última palabra de aquella misteriosa novela, volvió a mirar a Tulpa, con una sonrisa de satisfacción que se borró al instante, pues la gata no se había movido ni un milímetro en las últimas tres horas.

-¿Tulpa?

Se levantó de la silla, arrastrándola sobre el suelo de madera, y se acercó a la gata blanca. Esperaba encontrarla tan dormida que ni siquiera se hubiese percatado de su presencia, pero el animalillo tenía los ojos abiertos como platos y la cabeza en una extraña posición. Acarició su pelaje, rezando por estar equivocado, pero la gata estaba fría como el hielo, inmóvil... muerta. No tenía sentido, esa gata no tenía ni dos años y se había roto el cuello estando tumbada.

La puerta se abrió de golpe y la señora Thompsom, una mujer de cincuenta años, rubia, con los ojos verdes como esmeraldas y piel pálida, delgada como un junco y con un vestido negro, entró al despacho con una sonrisa.

-Me ha asustado. ¿Podría llamar mañana al señor Rockwell? Tulsa ha muerto.

-Y no va a ser la única.

El escritor retrocedió un paso cuando vio los ojos verdes de Viola cambiar a un color plata metalizado. Era imposible, eso no tenía sentido, pero aun así parecía que sus ojos se habían llenado de un denso metal fundido.

-¿Qué...?

-Te has equivocado... no debiste abrir esa puerta. Tuviste mucha suerte de que hubiese sido yo la que salió y no otra... cosa.

-No comprendo...

-Obviamente, no te lo he explicado -Viola se sirvió una copa de whisky y se la bebió de un trago-. Mi nombre... bueno, puedes seguir llamándome Viola, de hecho creo que me gusta. Verás, hace cosa de un año vosotros cinco, idiotas, jugasteis a ser brujos y decidisteis hacer un ritual. Esas palabras fueron escritas por el ser que creo la cárcel que nos ha mantenido encerrados los últimos milenios, y se suponía que habían sido destruidas más o menos en el año 430 -sonrió-. Pero no fue así -y se sirvió más alcohol-, y vosotros, imbéciles, en lugar de quemar esas páginas o ignorarlas, que es lo que habría hecho cualquier humano racional, decidisteis jugar a ser brujos.

-Entonces...

-La puerta se abrió, pero no todas las puertas a otros mundos se ven. ¿O crees que una corriente de aire puede atravesar una ventana y, en lugar de salir por otra, bajar las escaleras del sótano y apagar todas las velas? Esa corriente de aire vino de mi mundo. Y ahora, gracias a vosotros, voy a tener que pasarme toda la eternidad vigilando esa puerta para que nada más salga, o puedo cerrarla simplemente acabando con todos los que hicieron ese absurdo ritual -y volvió a vaciar el vaso-. Eres el último que queda.

El escritor observó a su ama de llaves con una mueca de terror. Esa mujer que solía ser dulce, amable, cariñosa y servicial, esa mujer que tenía un hijo que adoraba y que cuidaba de él y de aquel niño como solo podía hacerlo una madre, se había ido para siempre.

-Por favor, lo siento, no lo sabíamos...

-¿Y qué? ¿Crees que eso cambia algo? Esa puerta no se va a cerrar, más cosas como yo querrán salir, y créeme, no querrás que ese día llegue. Si yo te parezco cruel y sanguinaria, imagina lo que podrían hacer con seres blanditos e indefensos como los humanos, una raza de seres viciosos que simplemente comen.

El escritor jamás llegó a plantearse qué ocurriría si eso llegaba a pasar, pero Viola lo sabía perfectamente, sabía que destruirían el mundo poco a poco, o que lo convertirían en una granja. Acababa de conocer ese mundo verde, hermoso y brillante, ese sol cálido y las noches estrelladas, y le había gustado. Su intención jamás fue ser sangrienta o injusta, pero necesitaba la sangre de aquellas cinco personas para ponerle una reja a la puerta y necesitaba asegurarse de que nadie más volviese a abrirla.

Viola rompió el vaso contra la mesa de madera, las astillas se clavaron en sus manos y de ellas brotó algo negro y espeso. El escritor retrocedió, pero ella no lo dejó marchar, se había asegurado de cerrar la puerta con llave. Fue algo rápido y sin misericordia, con el cristal del vaso le rebanó el pescuezo al escritor, que cayó envuelto en un charco de sangre.

Volvió a la mesa con gesto curioso y sacó la última página escrita. Observó las letras con curiosidad y una mirada concentrada.

-Vale chico, esto es muy bueno -y miró el cadáver-. Que lástima que fueses... lo bastante imbécil como para jugar con cosas que no comprendías.

viernes, 17 de febrero de 2023

Disfraz

 Siempre me ha gustado Carnaval, adoraba disfrazarme porque por un momento, por un solo día, podía sacar de dentro de mí todo lo que era y disfrutar como una niña pequeña. Solía elegir disfraces oscuros, casi terroríficos, pero al mismo tiempo muy interesantes. El último año que me disfracé elegí un vestido negro con corset y un sombrero puntiagudo. Sí, elegí ser una bruja. Las brujas tienen algo místico e interesante, un atractivo que pocas cosas en el mundo tienen.

La gente nunca ha comprendido la verdadera magia del disfraz, lo divertido que puede ser aventurarse dentro de uno mismo y expresar quién eres realmente a través de cosas que nunca vas a ser. Hay gente que se disfraza de muñeca, otros prefieren un dinosaurio... en cualquier caso, ocultar tu aspecto a ojos de todo el mundo te muestra tal y como eres.

Aquel año mi hermana Carolina y yo salimos de casa para ir a una fiesta. Carol siempre ha sido divertida y popular, una chica que todo el mundo envidiaba. Yo no lo hacía, vivir con ella le quitaba toda la magia a su popularidad. Sabía que, por superficial y típico que fuese su modo de actuar, Carol era como todo el mundo, buscando su pequeño hueco en el que sentirse cómoda. Esa era una ventaja que yo tenía porque, por increíble que pueda parecer, yo ya había encontrado mi lugar.

-No entiendo por qué no te pusiste tu uniforme, te habría salido más barato.

-Porque hace frío y porque eso no es un disfraz.

Carol no comprendía por qué me gustaba tanto Carnaval, ella elegía siempre un disfraz de animal, y en esta ocasión iba de tigresa. Podía comprenderlo, pero su hermana no tenía la personalidad de un tigre, más bien era una chica normal y corriente intentando sobrevivir en un mundo extraño.

En cualquier caso, fuimos a una fiesta en una discoteca. Odio esos lugares con toda mi alma, si la música que ponen fuese la mitad de buena de lo que realmente creen que es, me pasaría la vida ahí simplemente escuchando. En cuanto el gorila -que iba disfrazado como tal- nos abrió la puerta, entramos a aquel lugar.

La música -o lo que estuviese puesto- estaba muy alta, tanto que me hacía doler los oídos, y la gente no ayudaba en nada. Pero eso no fue lo que me inquietó, lo que me hizo desear salir corriendo, sino una sensación rara, como si hiciese muchísimo frío y estuviese a punto de ocurrir algo realmente malo. Sentí un escalofrío y miré a todas partes, intentando averiguar qué era lo que me había molestado, lo que me tenía inquieta, pero no encontré nada.

La noche empezó a pasar entre risas y alcohol, todo el mundo estaba bebiendo. Después de una hora mi hermana llevaba su segunda copa, mientras yo seguía con mi cerveza ya templada y prácticamente entera.

-¿Te pasa algo Ava?

-No es nada.

Me arrepiento de haberle dicho eso, me arrepiento de haberle mentido, algo iba muy mal. Pero yo no podía hacer nada, por mucho que intentaba averiguar qué ocurría, no había nada que pudiese imaginarme y tampoco sabía cómo interpretar todo lo que estaba sintiendo y explicárselo a alguien. Intenté sacar a mi hermana varias veces de la discoteca, pero no me escuchaba, se estaba divirtiendo y metiéndole la lengua en la boca a un chico que acababa de conocer. Sabía que no llegaría a nada, que ni siquiera le prestaría atención después de salir de aquel local abarrotado, pero tampoco intentaba meterme, pese a que Carol sabía que eso no me gustaba.

Cuando ya habían pasado casi cuatro horas desde que nos habíamos metido allí dentro, alguien gritó de tal modo que su voz se escuchó por encima de la música y el DJ paró de inmediato. Las luces se encendieron, y lo que vimos quienes estábamos cerca fue suficiente para aterrorizar a todo el que miraba hasta tal punto que nadie, ni una sola persona, se atrevía a moverse. Gran error porque entonces todo se convirtió en un baño de sangre, como en Carrie.

No sabría decir cuánto tiempo duró aquella carnicería, pero para cuando todo se paró estaba en mitad de la pista de baile y bañada en sangre, como si hubiese participado en algún tipo de ritual de alguna secta. Pero no estaba sola, había alguien más ahí. Levanté la mirada y volví a sentir el mismo frío, la misma sensación de terror y unas tremendas ganas de salir corriendo, pero tenía tanto miedo que estaba paralizada.

El monstruo emitió un gruñido y yo intenté retroceder, pero había tanta sangre que resbalé y me caí. Me incorporé como pude y cometí el terrible error de levantar la cabeza. Nunca podré olvidar ese momento, esa mirada de ojos blancos, una boca sin dientes y esas manos huesudas y llenas de... ¿ojos? Siendo Carnaval no me extrañaba que al gorila le hubiese parecido un disfraz... pero no lo era en absoluto, esos ojos se movían.

-¡Aléjate de mí! -retrocedí apoyándome en el suelo con las manos desnudas-. ¡No te acerques!

Y entonces esa cosa sonrió, lo supe porque su cara se deformó y sus labios se curvaron hacia las protuberancias que tenía por orejas. Creí que iba a matarme, pero en lugar de eso me dejó sola en mitad de aquella carnicería. ¿Cómo iba a explicar todo eso? Seguramente me culparían a mí.

Me levanté como pude y salí corriendo. Por suerte para mí, vivo al lado del mar, así que me fui a la playa y me metí en el agua para sacarme de encima toda esa sangre. Si la policía encontraba huellas, pensarían que era alguna de las víctimas intentando huir. No podía volver a casa y, aunque pudiese, no sabría como explicarles a mis padres qué había ocurrido con Carolina, así que cogí su coche, y me alejé hacia la frontera. No tengo carnet y no me importa no tenerlo, pero sé conducir, ella me enseñó. 

Si ese monstruo había decidido dejarme con vida, significaba que quería torturarme asesinando a todo aquel que me conociese, así que tenía que irme a un lugar donde pudiese estar totalmente sola, y para eso necesitaría ser otra persona. Ese pensamiento hizo que algo cambiase, miré mis manos con verdadero terror. Mis manos se estaban llenando de ojos y empezaban a ponerse pálidas, pero no frené por eso, sino porque esa cosa estaba en mitad de la carretera y mi instinto me gritó: "frena".

Salí del coche, no sé por qué pero lo hice, y me acerqué a esa bestia a grandes pasos. Estaba dispuesta a matarle de ser necesario, pero no me di cuenta de una cosa muy sencilla: estaba cambiando. Cuando llegué junto a él, me di cuenta de que esos gruñidos en realidad eran palabras, y podía entenderle perfectamente.

-Te he echado de menos, hermanita. Vamos de caza.

Sí, tenía muchísima hambre, pero quería volver a casa también. Por esa razón me agaché en la carretera, paré un coche con mi mano desnuda y saqué de dentro a un aterrorizado hombre de cuarenta años que solamente se dio cuenta de nuestra presencia cuando chocó con mi mano.

-Nos lo llevaremos para el camino.

Mi hermano pulsó un botón que sacó de yo que sé dónde y, como de la nada, apareció una nave en forma de seta. Entramos, arrastrando a nuestra comida al interior, y la nave se alejó del planeta. Se suponía que íbamos a evaluar la cosecha, esa era nuestra misión, y me había quedado atrapada ahí tres años, por eso me había adaptado y había construido unos recuerdos falsos, para pasar inadvertida... pero fueron tan convincentes que me olvidé de que simplemente era una granjera vigilando nuestra comida.

viernes, 10 de febrero de 2023

En lo profundo del mar

-Escúchame... oye mi voz sonar... 

Desde la distancia Alex oía esa canción, pero al mismo tiempo era como si sonase dentro de su cabeza. Era algo tan hermoso, una voz delicada como el aire pero tan intensa como el sol. Echó a andar hacia la playa, con zapatos y el traje de su boda.

Carla había decidido que quería hacer una boda a orillas del mar, con el murmullo de las olas, el aire cargado con el olor a sal y el sol sobre su piel. Alex no había estado de acuerdo en ningún momento, pero amaba a Carla y, por casarse con ella, podía soportar una ceremonia en el mar. Ni siquiera quería tener al cura pomposo que se encontraba en el altar. Y entonces, justo antes de decir las dos palabras que le unirían a su prometida durante el resto de su vida, comenzó a oír esa canción.

-Las olas que... recorren el lugar...

Era algo tan perfecto, tan dulce y sereno... Él era músico, le habían enseñado a tocar el violín, el arpa y la guitarra, había alcanzado fama mundial al mezclar el poderoso y estridente heavy metal con la dulce y armónica melodía del violín. Eso le había llevado a conocer a Clara, una muchacha a quien su mejor amigo y guitarrista de su grupo, Golden Rose, daba clases como favor a su primo.

Clara era amable, soñaba a lo grande, tenía un talento único para componer los acordes más extraordinarios. Se enamoró de ella por su forma inocente y cándida de ver el mundo, por su sonrisa de cristal, por esos ojos de color verde que tan enigmáticos le resultaban. Se enamoró como nunca pensó que alguien pudiese llegar a hacerlo, pero tardó años en confesarle que la quería, y mientras tanto componía hermosas melodías que hacían estremecer a cualquier poeta. Pero ninguna era como la que oía.

-Lleva el mar... mi dulce cantar...

Carla le observó callarse, sus ojos castaños volverse de color blanco como la nieve, y alejarse hacia las olas, vestido y con zapatos. Ni siquiera había llegado a decir nada, pese a que sabía que la amaba, así que algo debía ocurrirle. Corrió tras él, abandonando a sus invitados en el altar, y trató de agarrarle, pero él ni siquiera parecía percibirlo.

-Alex -le agarró de la mano-. ¿Qué te ocurre?

-Esa voz... ¿no la oyes?

Alex empezó a susurrar la canción que escuchaba y que, a su entender, provenía del mar más profundo, y Carla miró hacia las olas. Hubiese sido una ceremonia normal... de no ser por el gigantesco monstruo que vio entre la ¿niebla? Ni siquiera sabía por qué había niebla en el mar, por la tarde, en pleno verano. Gritó aterrorizada y todos los invitados corrieron junto a ella para intentar averiguar qué ocurría, aunque fuese solo curiosidad, y al acercarse vieron lo mismo que ella vislumbró entre la niebla.

Era gigantesco, de más de treinta metros de alto, y solo parecía verse su cabeza, informe pero llena de dientes, con unos ojos como gigantescos balones de fútbol, pero con una pupila muy pequeña. El único que parecía no ver a ese repugnante y dantesco ser era Alex.

-Te invito a ti... a caminar junto a mí...

Como un grito desesperado Carla lo agarró y le dio un beso delicado como la brisa pero muy profundo, y eso fue suficiente como para que sus hermosos ojos volviesen a ser castaños y mirase a su novia con una sonrisa.

-Todavía no he dicho "sí quiero".

Pero, para sorpresa de Alex, su prometida señaló hacia el mar. Le sorprendió darse cuenta de que estaba en la playa, y no a veinte metros de esta, tal y como habían planeado, pero lo que más le sorprendió, fue esa monstruosa criatura asomando por las olas.

Por desgracia para todos los invitados de la boda, fue demasiado tarde. Un tentáculo grande como un castillo los arrastró hacia el fondo del mar, a todos los invitados, al grupo entero, a todos los hombres que se habían reunido allí... todos se fueron... excepto Carla.

Asustada y llorando de terror corrió hacia el puesto de guardia y aporreó la puerta. Un surfero musculoso con bañador naranja y cabello largo lleno de rastas adornadas con cuentas plateadas le abrió la puerta, con los ojos adormecidos y una pose despreocupada. 

-¿Qué quieres guapa? ¿Vienes a casarte conmigo?

-Mi novio... mis invitados... en el mar...

Estaba tan alterada que apenas era capaz de formular frases completas. El socorrista pareció darse cuenta de que ocurría algo grave, la hizo entrar y ocupar un asiento, puso una manta sobre sus hombros y llamó a la policía.

...

Pese a las declaraciones, las horas de búsqueda y los más de veinte interrogatorios a lo largo de los últimos dos años, jamás lograron encontrar ni rastro de los desaparecidos. En el fondo la policía culpaba a la pobre Carla, pero tampoco tenían prueba alguna de que ella los hubiese matado, simplemente se los había tragado el mar.

Carla siguió yendo a esa playa durante años, mirando el mar y llorando al recordar a Alex, el hombre que le había robado el corazón con esa sonrisa, su cabello largo y ese fascinante arpegio. Se enamoró hasta tal punto que suplicó a su mejor amigo, primo del guitarrista, que le ayudase a contactar con él, y a él se le ocurrió que su primo podía darle clases. 

Después de eso había ido casi cada día al estudio en el que practicaban y en el que había nacido Golden Rose, y allí se dedicaba a aprender a tocar un instrumento que descubrió que le gustaba de verdad. Sin embargo, cada vez que veía su arrebatadora sonrisa y su melena llena de bucles aparecer por la puerta, dejaba de tocar y le dedicaba una sonrisa tonta, la misma sonrisa por la que él se enamoró de ella.

-Me los has arrebatado... ¿por qué me has dejado con vida? ¿A caso quieres torturarme?

Se levantó de las rocas y, descalza, caminó hasta sus sandalias, que habían quedado a unos metros de ella. Con una calma triste y atormentada las recogió... y entonces fue cuando lo escuchó.

-Escúchame... oye mi voz sonar.

viernes, 3 de febrero de 2023

El portal oscuro

 James era el tipo de persona que todos queremos como amigo. Siempre estaba dispuesto a ayudar en lo que fuese, nunca te dejaba solo si tenías algún problema y, aunque no le gustaba ir de fiesta, siempre encontraba tiempo para compartirlo con sus amigos. Era amable, dulce, cariñoso y servicial, el tipo de persona que encuentra amigos hasta en los rincones más inhóspitos de la tierra. También era una persona curiosa, obsesionada con el ocultismo y los misterios, el tipo de persona que podría leerse cualquier libro de H.P. Lovecraft en una tarde y dormir como un tronco.

James y yo estudiábamos juntos en la universidad, yo había querido ser abogada desde pequeña, jugaba a serlo cuando tenía cuatro años, y él... bueno, digamos que su padre le eligió el futuro entero, sin posibilidad de discusión. James solía ir todos los días a la biblioteca, pero no porque necesitase o quisiese estudiar la carrera de empresariales que su padre había elegido, sino porque siempre encontraba libros raros y misteriosos. Todavía recuerdo el último que se llevó. No estaba registrado en la biblioteca, pese a que mantenían su base de datos siempre actualizada, era un libro muy viejo, de tapas de piel marrón y sin título, y las páginas tenían cosas muy extrañas dibujadas.

-¿Qué demonios es esto? -pregunté con curiosidad-. Ya estás buscando cosas raras otra vez.

-Esa es la mejor parte -respondió con franqueza-. No sé qué es, pero aparece algo raro, dice que se puede abrir un portal a otra dimensión.

-¿Y tú te lo crees?

-No lo sé, averigüémoslo. 

Tenía que ser una broma. James estaba pensando realmente en abrir el supuesto portal. Bueno, no tenía demasiado que perder. En el mejor de los casos nos divertiríamos, y en el peor, habríamos perdido toda una tarde y James estaría mosqueado una semana. Qué idiota fui al pensar eso. Si solo hubiésemos sabido lo que pasaría entonces, si me hubiese imaginado que esto ocurriría, jamás le habría dicho que sí.

Esa misma tarde James agarró sal, filipéndula, ciruelillo y un montón de hierbas y elementos que no supe identificar, los esparció imitando el dibujo de un rombo que describía el libro, y se alejó para pronunciar las palabras:

-Bebo Tabo en Tabe Gesa Baba loen.

Eso lo había oído antes, adoraba la serie Sobrenatural y estaba completamente segura de que eso había salido en un capítulo. No podía ser que algo tan simple funcionase, era imposible... pero lo hizo. En mitad del salón de la casa de James apareció un portal de color violeta que giraba sobre sí mismo a una velocidad de vértigo... pero que no expulsaba ni una sola brisa, solamente un olor extraño, como a azufre...

-James... esto no me gusta. Ciérralo.

-Vamos, no me digas que tienes miedo -y lo tenía, estaba aterrorizada-, está bien, exploraré yo solo.

Y antes siquiera de que pudiese decir una sola palabra, James se adentró en el portal. Me quedé mirando la espiral unos eternos segundos, pensando en una sola cosa: si James desaparecía y yo me quedaba atrás, si no volvía... puede que pudiese volver si le acompañaba. 

Reuní el poco valor que tenía y atravesé el portal. James estaba a unos metros de la espiral, con la boca abierta y mirando a aquel lugar. Estábamos en una especie de desierto, pero no uno de arena o hielo, sino lleno de vegetación muerta, con árboles secos que apenas sí se mantenían en pie, ni una sola casa en ninguna parte, y un cielo azul plomizo que se encontraba tan solo a un tono del gris más profundo. No había nubes, pero tampoco estrellas, sol o luna... y sin embargo se sentía como si estuviese a punto de ponerse a llover, con ese olor a polvo que flota en el aire justo antes de caer una tormenta.

-¿Dónde estamos?

-Yo iba a preguntarte lo mismo -respondí-. Oye, vámonos, este sitio... se supone que esto no debería existir.

Y, por primera vez en su vida, James aceptó escucharme y abandonamos aquel mundo. Que idiota fui al pensar que lo había convencido. No nos fuimos porque renunciase a aquel misterio, sino porque vio que estaba asustada.

Cuando volví a casa me fui a dormir con una sensación muy rara flotando en el aire, como si estuviese a punto de caer una tormenta, pese a que era verano y no se anunciaba ni una sola nube para las próximas dos semanas.

A la mañana siguiente bajé a desayunar y, como siempre, mis padres estaban viendo las noticias locales. Me esperaba lo típico... pero lo que la mujer pelirroja describió no se parecía a nada que hubiese visto. Por lo que relató, cinco personas aparentemente tranquilas, con vidas normales y sin antecedentes, mataron a sus familias y después se suicidaron. ¿Qué demonios estaba pasando? Esa respuesta no tardó en llegar, aunque hubiese preferido no saber nada. Mientras observaba las noticias, atónita, me llegó un mensaje de James.

"Tenemos un problema, creo que hemos dejado salir algo de ese mundo."

Estuve a punto de atragantarme con el zumo de naranja, pero mis padres lo achacaron a la extraña noticia que estaban viendo. Mis ojos bajaron hasta la pantalla de mi móvil, abrí la app de mensajería y respondí.

"¿Por qué lo dices?"

"He seguido leyendo el libro. Describe un tipo de monstruo que se cuela en la mente de la gente y anula su voluntad"

Tenía todo el maldito sentido del mundo. Esas personas que habían matado a sus familias eran gente normal, sin problemas graves, sin maldad real, y de la noche a la mañana, zas, veintidós personas muertas.

"Tiene sentido, ¿qué hacemos?"

No debí preguntar, porque lo que dijo sigue siendo un peso en mi conciencia después de más de diez años.

"Volver"

No iba a dejarle ir solo, así que fui a su casa, y descubrí que el portal seguía abierto. Pensé que lo había cerrado, ¿por qué estaba abierto si, técnicamente, solo tenía filipéndula para una oportunidad?

-¿Has comprado más hierbas?

-No, intenté cerrarlo anoche... pero no he sido capaz. ¿Vamos?

Volvimos a aquel mundo desértico, dispuestos a averiguar qué había ocurrido y cómo detenerlo, pero lo que nos encontramos... bueno, eso fue raro. Era un niño, no tendría ni cuatro años, con el cabello rubio y los ojos de un verde exageradamente claro, con un traje de marinero de color azul marino, pero sin zapatos. Observamos al niño durante unos segundos eternos, y él nos devolvió una mirada sin parpadear, sin mover ni un solo músculo. 

-Sois vosotros -dijo sin mover la boca y con un tono de voz metálico-. Vosotros habéis entrado aquí y habéis dejado escapar al destructor de mentes.

-¿Qué es el destructor de mentes? -pregunté.

-Es uno de mis hijos, uno de mis esbirros. Supongo que habéis venido para que lo traiga de vuelta y cierre el portal.

-¿Puedes hacerlo? -intervino James.

-Sí, pero tiene un precio. Uno de vosotros debe quedarse, elegid quién se queda.

El portal apareció ante nosotros, y lo observé con algo de duda, y después miré a James. Él me dedicó una sonrisa cálida como el sol, y entonces supe lo que iba a hacer. Intenté impedirlo, pero ese friki de los misterios era más fuerte de lo que yo pensaba, y me empujó fuera del portal. Lo último que vi antes de que se cerrase fue al niño sacándole el corazón a mi amigo y a él transformándose en un ser de humo negro.

...

-¿Y pretendes que me crea eso?

Miré a la señora con la bata blanca y el cabello recogido por un lápiz. Esa estúpida no tiene ni de lo que está hablando.

-Rose, estás aquí por intento de suicidio, delirios paranoides y esquizofrenia, eso no fue real.

-Se equivoca, mi mejor amigo se quedó en aquel mundo para salvarnos a todos, para salvarme.

-James Averich desapareció, pero no se fue a otro universo.

-Váyase al infierno. Si lograse recordar lo que utilizó para abrir el portal o dónde está el puñetero libro, habría ido a buscarlo.

-Suficiente por hoy, Rose.

Uno de los celadores me acompaña a mi habitación. Llevo cerca de seis años en este maldito psiquiátrico, he intentado hacerme pasar por "cuerda", decirles lo que querían oír, escaparme... pero no me dejan salir, o me descubren o me atrapan. Si sigo aquí dentro me volveré loca. Tengo que encontrarle, tengo que encontrar a James y reparar el error que cometí hace diez años, quedarme en su lugar u obligar al niño a que me transforme, tengo que decirle lo mucho que le quería.

viernes, 27 de enero de 2023

La criatura

 Llevaba varios días viendo a la misma paciente, una mujer de cuarenta años con ojeras muy marcadas, de piel pálida y mirada de aterrorizados ojos azules. Ella creía tener alguna enfermedad mental, como esquizofrenia o algo similar, así que acudió al psiquiátrico a hacerse unos estudios y, seguramente, encerrarse ahí dentro.

Jackson no creía que eso fuese necesario, respondía con normalidad a todas sus preguntas, no le temblaba la voz, no miraba a todas partes como si alguien le estuviese hablando y sus síntomas no se correspondían con el cuadro normal que ella creía tener, ni uno solo de ellos, ni siquiera el que más le preocupaba a Andrea.

Jackson dio media vuelta, pensando en cómo iba a decirle lo que estaba ocurriendo, no podía hablar en voz alta, la criatura tenía unas orejas enormes y deformes y, a juzgar por los movimientos de su cabeza, lo seguía por el sonido. Esa cosa de piernas larguísimas, dedos deformes y sin un solo rastro de piel, esa cosa sin ojos y con dientes enormes... esa cosa aterrorizaba a Andrea, que lo veía por todas partes, persiguiéndola, pegándose a ella, observándola. No le sorprendía que tuviese problemas para dormir, nadie en su sano juicio podría dormir con esa cosa cerca.

-Lo bueno es, señorita Hill, que no está usted enferma. No obstante, para tratar sus problemas de sueño, voy a recomendarle un somnífero suave, estoy seguro de que dormirá mucho mejor.

Andrea suspiró pesadamente. Si ese monstruo no era una alucinación, ¿por qué nadie más parecía verlo? La seguía a todas partes, la observaba, estaba siempre con ella, incluso sentía su presencia mientras estaba sentada en la camilla, sin perder detalle de su presencia. Cuando escuchó al doctor soltando el bolígrafo y le entregó la nota, lo comprendió todo.

"No te asustes, no reacciones, yo también lo veo"

Dobló el papel y, en ese momento, sintió el aire pútrido de su aliento en su cuello. Si esa cosa era real, si no era una alucinación... significaba que quería matarla y que, seguramente, ese médico fuese el siguiente. Saltó de la camilla con una calma antinatural, intentando controlar cada segundo, cada movimiento de su cuerpo, y el ser se levantó tras ella. Medía casi dos metros y no parecía querer abandonarla.

Jackson se llevó la mano al bolsillo, la criatura giró su enorme cabeza hacia él, y entonces, como si fuese un sueño, el doctor saltó de la camilla y le clavó una jeringa entera de morfina en el cuello. Hubo un gañido, el pobre doctor estaba herido mortalmente, pero la criatura estaba dormida.

-Corre.

-¿Y tú?

-¡Corre!

Andrea nunca volvió a ver al monstruo y poco a poco su vida retornó a la normalidad. Los primeros días dormía de 12 a 14 horas, pero, cuando todo el sueño acumulado se disolvió, finalmente pudo volver a salir a correr, comer sin preocuparse e incluso buscarse un trabajo. Lo único que empañaba su felicidad era un artículo colgado en el comedor, donde decía que un psiquiatra se había suicidado con un escalpelo. 

viernes, 13 de enero de 2023

Hallerville

 Me crie en un pueblo tranquilo, a las orillas del mar y rodeado por un bosque, donde se respira el aroma de las flores y cada día te despiertas con el murmullo de las olas. Es un paraje paradisíaco, donde cada uno ha llegado de un modo u otro. Mi madre vino aquí buscando trabajo en una conservera, el único negocio que daba de comer a todo el pueblo, nuestro vecino huía de su antigua vida, de su novia maltratadora y agujero negro que se gastaba todo su dinero y no le dejaba apenas para comer, los padres de mi mejor amiga simplemente querían empezar de cero cuando a ella empezaron a acosarla sus estúpidos compañeros de colegio... Todos los que viven en Hallerville, un pueblo de Canadá entre Saltair y Chemainus, en Vancouver Island, llegaron a ese pueblo buscando una nueva vida, y ahora ninguno puede irse.

No suena tan mal, ¿verdad? Un pueblo paradisíaco con un trabajo que nadie pierde si no quiere y toda la libertad que puedas imaginar. No es un lugar del que uno se iría, pero yo no he dicho que no quieran irse, simplemente no pueden. A Hallerville se puede entrar, pero la última vez que alguien intentó salir, sucedió algo muy raro. Recuerdo que se llamaba Frank Rotter, y que se subió en el Twingo amarillo mostaza en el que había llegado con todas sus maletas y condujo hacia la salida del pueblo. Dos días más tarde, el señor Rotter apareció en la plaza, como su madre lo trajo al mundo y sin recordar ni su nombre. Durante unos días creíamos que nos estaba tomando el pelo, pero acabamos por asumir que no tenía recuerdos. Ni siquiera sabía agarrar una cuchara.

Con el paso de los meses, casi un año en realidad, el señor Rotter fue recuperando sus recuerdos, y un día le preguntamos por qué había vuelto y cómo había llegado al pueblo sin nada más que su traje de nacimiento. Si creímos que nos respondería, nos llevamos una decepción. Frank se puso a gritar como si lo estuviésemos torturando, corrió hacia el puerto, se llenó los bolsillos de piedras y se hundió en el mar, para no volver.

Eso nos pareció raro por varias razones. En primer lugar estábamos conectados a la carretera nacional y constantemente llegaban camiones al pueblo que se llevaban conservas o nos traían otro tipo de bienes. También había líneas de fibra óptica llegando al pueblo y adentrándose en cada casa, todos teníamos móvil y ordenador... estábamos aislados, pero no desconectados. ¿Por qué el señor Rotter había vuelto entonces?

Esa respuesta no tardó demasiado en llegar, de hecho lo hizo al mismo tiempo que Ruth. Vivía en Seattle y era mi mejor amiga. Le conté cómo era Hallerville, y ella me habló de su ciudad y de lo gigantesca que parecía. Como llegué a este pueblo a los dos años, no recuerdo nada de otros lugares. Cuando le dije dónde estaba, decidió pasar sus vacaciones de verano conmigo. Así que Ruth condujo hasta Vancouver, se subió al ferry en Tawwassen, bajó en Long Harbour y volvió a conducir otros 50 minutos para llegar a Hallerville. Pero, cuando llegó a dónde le había dicho que estaba mi pequeño y aislado pueblo, me llamó por teléfono muy cabreada.

-¿Ruth? ¿Te has perdido?

-¿Perderme? He seguido las indicaciones que me has dado, aquí no hay nada Alice. Si es una broma no tiene ninguna gracia.

-No, es imposible. Mándame una foto del sitio donde estás, puede que aún no hayas llegado.

A los pocos segundos recibí una imagen que me hizo saltar del sofá y gritar como si estuviese poseída. Ahí estaba el bosque que rodeaba el pueblo, el mar, incluso el islote que se veía desde mi ventana y al que nadaba cuando era pequeña, pese a las advertencias de mi madre... pero ni rastro de la conservera, de la torre del reloj o de las casas. Ruth estaba exactamente donde se suponía que debía estar Hallerville, pero el pueblo no estaba allí.

-¿Alice? ¿Qué ha sido ese grito?

Si le explicaba a Ruth que mi paradisíaco pueblo estaba exactamente donde ella había llegado, pero no podía verlo, iba a tomarme por loca, pero tampoco podía decirle que no ocurría nada. Con la mano temblorosa agarré el teléfono y me lo llevé a la oreja, y al otro lado, antes de poder escuchar la voz de Alice o que ella escuchase la mía, oí una voz extraña en el teléfono, pero que, al mismo tiempo, parecía estar pegada a mi oreja: "no se lo digas".

Me congelé de miedo, el teléfono se colgó solo, lo supe porque parecía que yo misma había terminado la llamada pero no había tocado una sola tecla. Estaba aterrorizada, pero Ruth y yo nos habíamos inventado un código secreto, así que le envié una alerta en la que le decía que lo sentía, que el pueblo estaba allí pero al mismo tiempo no, y que saliese corriendo y no mirase atrás hasta llegar a Seattle.

Esa misma noche decidí que ya había tenido suficiente, y subí las montañas para alejarme de Hallerville para siempre. No me esperaba salir, creí que iba a acabar como el señor Rotter, pero era casi como si el pueblo quisiese echarme, como si el hecho de descubrir la verdad hubiese sido suficiente para no quererme allí. Caminé sin descanso hasta llegar a Chemainus, y entonces busqué en mi agenda telefónica, pero ¿a quién iba a llamar? Estaba a punto de guardarlo cuando vi un número desconocido en la pantalla y respondí con el ceño fruncido, preguntándome quién podría tener mi número.

-¿Sí?

-Alice White, supongo. Soy el oficial Victor Lognpen, su amiga Ruth Evans me ha dado este número para poder contactar con usted, dijo que la última vez que hablaron, escuchó una voz que decía "lárgate, es nuestra", así que salió corriendo y vino a buscarnos. ¿Dónde está usted?

-En la gasolinera de Chemainus, la que está cerca del lago.

-No te muevas de ahí. Dile a Peter que te he dicho que me esperes dentro.

Entré a la gasolinera y hablé con un hombre alto, con los ojos grises y mandíbula cuadrada, de unos cuarenta años. Le expliqué lo que Longpen me había dicho por teléfono. Él asintió con seriedad, me señaló una silla en el despacho y entré allí. Saqué mi smartphone y traté de llamar a mi madre, pero solo oí la misma voz escalofriante que me decía "lárgate, ya no perteneces a Hallerville".

Ruth y Longpen llegaron a los pocos minutos, y yo corrí a sus brazos. Ella me rodeó con cariño y finalmente dejé de tener miedo. Había escapado de Hallerville, no sabía cómo o por qué, pero ya no podían tocarme. 

Esa misma noche Longpen me llevó a donde se suponía que debía estar Hallerville, pero allí no había absolutamente nada. Al parecer, el hecho de que Ruth viniese a buscarme, fue suficiente para que, quien quiera que mande en el pueblo, me echase sin contemplaciones. He intentado llamar a mi madre varias veces, pero siempre me contesta la misma voz. Alguna vez he intentado convencerle de que me deje hablar con ella, pero cuelga antes de que pueda pedirle siquiera que le haga saber que pienso en ella.

Ruth y su familia me acogieron sin hacer preguntas, ella les contó que me había encontrado en la carretera y que no sabía dónde estaba mi familia. Supongo que eso es mejor que contarles que salí de un pueblo que nadie puede encontrar, excepto que lo busque para quedarse allí, a merced de lo que quiera que tiene bajo su poder a la gente de Hallerville.

viernes, 23 de diciembre de 2022

El laberinto

 Cuando tomé consciencia de dónde me encontraba, algo no estaba del todo bien. No sabía el tiempo que llevaba allí ni me importaba, solo que delante de mí estaba mi madre, mirándome con preocupación. Era como si me hubiese estado buscando durante días, puede que meses.

-¿Estás bien? -asentí algo confusa-. ¿Qué ha pasado?

-Es un juego -dije con calma-, pero acabo de perder en el nivel 15 y tengo que volver al primer nivel.

-Bien, pero no lo harás sola. Esta vez yo te ayudaré.

Eso era imposible, teóricamente. Sin embargo allí estábamos las dos, en una casa de campo con un porche enorme, construida en piedra y con un jardín que se perdía en la distancia pero, no obstante, parecía muy pequeño. 

Avanzamos hasta el jardín trasero, que tenía dos árboles tan gordos que cualquier sierra cejaría en el empeño de cortarlos. Sus ramas se unían formando un puente cuadrado, y al fondo había una playa. Sí, lo has leído bien, mi jardín terminaba en una playa sin arena, todo era césped artificial que me pinchaba en los pies, envolviendo un manto de agua que se perdía en la distancia hacia una pared blanca y acariciaba la orilla con un suave oleaje. Pero no olía a mar, allí no había olores.

Trepé al árbol y mi madre me siguió, algo curioso porque, que yo recuerde, ninguna de las dos sabe cómo trepar a un árbol. Llevábamos un rato mirando a la casa de una planta, rodeados de más chicos y chicas de mi edad, y entonces apareció una niña. Llevaba una camiseta muy grande a modo de vestido, con los bordes llenos de cortes y ennegrecidos, un oso de peluche y el cabello negro y sucio ocultando su rostro. Estaba llena de sangre y tenía un cuchillo de cocina en la mano.

-¿Te pasa algo? -preguntó al ver mi rostro confuso.

-Algo ha cambiado, esto no es como yo lo recordaba.

Sí, había algo raro. En el primer nivel que yo jugué al principio, la niña no estaba llena de sangre ni tenía un peluche, y su cabello estaba perfectamente lavado y atado en dos trenzas. Tenía un vestido amarillo con la cara de un osito de peluche y se reía. En ese nivel había que proteger a la chica de un monstruo deforme que quería matarla. Pero con semejante cambio yo no sabía qué hacer.

Entonces apareció el monstruo jorobado, un ser que, de acuerdo con mis recuerdos, era torpe e inútil. No podía hablar, era incapaz de subirse a una silla y tenía un cuchillo. Pero como he dicho algo había cambiado, y el jorobado trepó al puente de árboles con una facilidad insultante. Antes era tan sencillo como agarrar a la niña y subir al puente, entonces la niña estaba a salvo y podías pasar de nivel, pero ahora el monstruo podía trepar.

A una orden a gritos, saltamos todos del puente. Tenía más de seis metros y no me hice siquiera un esguince. Empecé a oír gritos por todas partes, y por desgracia es algo que no llevo demasiado bien, mi cabeza dejó de poder percibirlos, y cuando quise darme cuenta solo pude entender "corre", antes de que el monstruo saltase del puente y se obsesionase conmigo.

Tenía muy pocas opciones, esa bestia era sanguinaria, así que me tiré hacia la playa y nadé todo lo lejos que pude. El monstruo le tenía miedo al agua, pero eso era algo que yo creía y que también había cambiado. Ese ser me siguió, entró al agua tras de mí, y cuanto más me alejaba, más se acercaba él. Por un segundo creí que podría huir, pero entonces me tropecé con una pared blanca cubierta de azulejos.

Empecé a tener miedo, estaba desesperada, tenía que haber una salida, como fuese. Pero me equivoqué, el monstruo me capturó, clavó sus dientes en mi rodilla y grité. Me llevó hacia la orilla como un fardo, me estaba desangrando y le daba igual. Entonces mi madre agarró el cuchillo de la niña, y en cuanto la bestia jorobada salió del agua, mi madre le atravesó el pecho con el filo plateado.

-¡Avisad a un médico!

¿Un médico? Claro, como si pudiesen llegar aquí, al laberinto de sueños. Mi mente empezó a nublarse, oí un pitido, sentí algo presionando mi pecho, y entonces se produjo una descarga. Mi cabeza se bloqueó por completo, por un segundo creí que iba a morir, y entonces me desperté en el hospital. ¿Cómo me habían sacado del laberinto? Tenía una pierna escayolada, también un brazo, notaba varias costillas rotas y no podía hablar porque mi mandíbula no me lo permitía. Allí estaba una mujer rubia, con rizos de los 50 y un pijama verde. La mujer pulsó un botón y apareció un hombre con gafas, medio calvo y con una bata blanca.

-Nos has dado un buen susto, Elena.

Yo no me llamo Elena, mi nombre es Cristina. ¿Por qué ese imbécil me está llamando Elena?

-Sufriste una agresión, tienes una pierna rota, un brazo roto, la mandíbula fracturada por dos sitios, tres costillas hundidas y dos rotas... tardarás un tiempo en recuperarte, después del coma creíamos que te perderíamos. Avisaré a tus padres.

El hombre de la bata blanca se fue y entró una mujer rubia con gafas y un hombre que pesaría unos 100 kg, con barbilla redondeada y gafas finas. Esos no eran mis padres, ¿o sí? Mi mente estaba confusa, como si acabase de pasar por una batidora, y la niña de la camiseta grande llena de sangre, con el oso y el cuchillo, que me mira desde la esquina, no mejora las cosas.

Me he despertado gritando. Algo no va bien. Miro mi reloj con preocupación. Las 4.37 a.m. ¿Qué demonios acaba de pasar? Esa ha sido la pesadilla más vívida e intensa de toda mi vida. Podía sentir la hierba, el dolor de aquel mordisco... era todo tan real... No voy a poder dormir más esta noche, tengo demasiado miedo. Creo que este es un sueño que nunca podré olvidar.