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sábado, 6 de enero de 2024

El libro del infinito

 CAPÍTULO 6

La jungla era densa, más de lo que habría imaginado mientras caía hacia aquel mundo. James tenía razón, era casi imposible cruzarla y aún más difícil encontrar algo en medio de aquel torbellino de plantas y árboles, y no sabía ni por dónde empezar a buscar.

Apartó el catalejo de su cara y suspiró pesadamente. Según Smee el libro podía estar en tres lugares bastante apartados. Podía encontrarse en una cueva bajo las cataratas de cristal, pero había que cruzar el lago de las sirenas y no eran amigables con los piratas; también podía estar en el fondo del mar, literalmente, y el cocodrilo que acechaba el barco y a James no los dejaría pasar; y la última posibilidad era la jungla, teniendo que enfrentarse a Tigrilla y su tribu. 

-Cualquier camino que tomemos representa peligro.

-Mi padre suele decir que el peligro es parte de la vida -respondió Tatiana.

James arrugó el entrecejo con cierta molestia. No le caía bien Peter, nunca lo había hecho. Marcharse de aquel mundo fue lo mejor que podría haberle pasado. Sin embargo seguía recibiendo ataques de los niños perdidos, de la tribu de Tigrilla, de las hadas, de las sirenas... básicamente de todo bicho viviente de la isla, y a veces de la propia isla.

-¿He dicho algo malo?

-No es nada, olvídalo. Iremos primero a ver a las sirenas.

No había olvidado la brújula. James quería volver a casa y ella también, pero primero necesitaban la brújula, y, de paso, podrían buscar en la cueva de las cataratas de cristal.


Lo que en un principio parecía una misión sencilla, terminó con ella sola en un bote. Nadie de la tripulación quería aventurarse en el lago de las sirenas, y le dieron advertencias como para llenar un libro. Cosas como "no dejes que nada te atraiga" o "no respondas". No sabía a qué podría referirse, pero centró la quilla del bote en dirección a la catarata y empezó a remar, alejándose del barco.

Lo primero que escuchó, claro como el cielo lleno de estrellas que se alzaba sobre su cabeza, fue una voz grave y nítida. Era Victor, el chico del que llevaba años enamorada. Claro que él no sabía ni que ella existía, nunca la miraba, no hablaba con ella y ni siquiera sabía su nombre, y, sin embargo, la estaba llamando.

Estuvo a punto de ir, hasta que recordó una advertencia que James le hizo con tal seriedad que creyó sinceramente que se volvería loco si no accedía: "no escuches". No sabía a qué se refería hasta que oyó la voz de Víctor, y supo que tenía que ignorarla costase lo que costase. Se pasó casi media hora ignorando voces de familiares, amigos, e incluso cantantes famosos que ya habían muerto hacía mucho tiempo, hasta que finalmente llegó a un lago en calma.

"Habla solo con la sirena plateada, solamente con ella" repitió el eco de la voz de Smee en su cabeza.

-Busco a Velana.

Hubo una agitación bajo el agua, por un momento parecía que iba a desencadenarse un torbellino que la arrastraría al fondo del mar, pero entonces un rostro hermoso como las estrellas apareció ante ella, con el cabello de color plata y ojos plateados también.

-Yo soy Velana, ¿qué necesitas de la hija del mar?

-Una brújula que no señala a ninguna parte.

-¿Quieres la brújula de los deseos? ¿Para qué?

"No le des ninguna explicación, pero tampoco le mientas" recordó las palabras de James Garfio.

-Estoy buscando algo.

-¿Y qué es lo que buscas?

-Te lo he dicho, la brújula que no señala a ninguna parte.

-Misteriosa pero inteligente. ¿Qué ofreces?

Sabía que no se conformaría con cualquier cosa, quería algo único y especial, algo que nadie más en todos los mundos tuviese. Se dio la vuelta y rebuscó entre todos los extraños tesoros que James le había prestado, hasta dar con una pulsera de zafiros que le ofreció sin dudar, pero la sirena no se inmutó.

-Ya tengo joyas y tesoros, no necesito más. ¿Qué ofreces?

Eso descartaba la mitad de las cosas que llevaba. Con un suspiro volvió a dejar la pulsera junto con los demás trastos, que observó con tristeza. ¿Libros? ¿Para qué iba a querer un libro una sirena? ¿Un peine de plata? Le respondería lo mismo. No tenía idea de qué podía ofrecerle, hasta que sus ojos cayeron en una caja de música. Era el pirata maldecido. No podía entregarle eso, pero... ¿y si era lo único que la sirena aceptaría?

-Música -respondió al fin.

-Acepto tu regalo.

Las sirenas empezaron a arremolinarse entorno a Velana mientras Tatiana le entregaba la caja de música. La sirena plateada sacó una mano enjoyada del agua y abrió la tapa, y la melodía comenzó a llenar el lago mientras el pirata panzudo daba vueltas sobre un pie.

-Ha sido una melodía hermosa -le devolvió la caja-. Gracias por tu regalo, espera aquí y te traeré la brújula.

No esperaba poder recuperar la caja, pero le alivió saber que no había entregado una vida para salvarse ella, y la sirena no tardó en volver con una brújula sin norte ni sur.

-Piensa en aquello que quieras o necesites, y la brújula te mostrará el camino.

En cuanto a su mente acudió "el libro del infinito", la aguja empezó a dar vueltas sobre sí misma, buscando el camino, y señaló hacia ella, quien miró a su espalda. El libro no parecía estar en la cascada de cristal, así que tendría que volver al barco.

martes, 4 de abril de 2023

El libro del infinito

CAPÍTULO 5 

Aquella noche fue la más extraña de su vida. Dormir en una sábana atada entre dos vigas del camarote de marineros, rodeada de personas que creía que pertenecían a un cuento, no fue plato de gusto. De pequeña le hubiese encantado poder ser parte de una aventura extraordinaria, pero ahora que estaba a punto de empezar una... bueno, las cosas no eran tan bonitas como las pintaban en los libros y en las películas.

El camarote olía a pies, a mar y a otro tipo de cosas que le revolvían el estómago, el oleaje no ayudaba a calmar su estómago ni su ansiedad, y la hamaca improvisada hacía que su espalda se curvase de tal modo que estaba segura de que cuando despertase, si llegaba a dormir en algún momento, apenas sería capaz de moverse. 

No quería cerrar los ojos, siempre había leído que el Capitán James Garfio era malvado, pero ¿qué adulto no es malvado en un mundo de niños que no quieren crecer? Definitivamente ni podía ni se veía capaz de quedarse dormida, pero no había tenido en cuenta lo cansada que se sentía, así que a pesar del nauseabundo olor, del oleaje y de lo que su sentido común le decía, cayó profundamente dormida.

No se despertó hasta que empezó a oír gritos por doquier. Abrió los ojos casi de golpe pero sin atreverse a moverse todavía. Sentía sus nervios clavados violentamente en su espalda, como si se hubiese apoderado de ella un instinto primario que le pedía a gritos permanecer lo más quieta posible para que nadie la viese, y empezó a distinguir lo que decían las voces en la cubierta.

-¡Vamos, gandules! ¡Hoy os toca fregar la cubierta!

Era la voz de un hombre, y al parecer tenía bastante autoridad. Los marineros solían responder con un "sí, contramaestre". Debía de ser alguien con suficiente poder en el barco para dar órdenes, que los demás obedecían sin preguntar. Parecía que la ignoraban, o habían olvidado su presencia, y se levantó de la hamaca, con la cadera adolorida y una contractura en el cuello.

Cuando finalmente levantó la mirada de sus rodillas, se paralizó de nuevo. Había un hombre gordo con una nariz enorme y roja, gafas doradas, un gorro rojo y una camiseta azul y blanca. Perpleja, parpadeó por si su cerebro había decidido jugar al escondite con ella como cuando uno pierde sus llaves. ¿Estaba loca o ese era...?

-Buenos días, señorita Tatiana, soy el señor...

-Smee, ¿verdad?

-¿El capitán le ha hablado de mi?

Esa era la voz que había estado dando órdenes en la cubierta. Definitivamente no recordaba que hubiesen hablado de nadie de la tripulación. Ese estaba siendo un sueño realmente largo. Pero si era un sueño solo había un modo de despertarse. Siempre que soñaba, por mucho miedo que tuviese, nunca era capaz de soñar con su propia muerte. Si era capaz de forzar a su cerebro a despertarse, seguramente volvería a casa, a su cama, y se sentiría como una tonta al pensar que eso había sido real.

Saltó de la hamaca con los pies descalzos, emocionada por su idea, y nada más poner los pies en el suelo, cambió de opinión. Se había clavado en el dedo gordo una astilla, y el dolor era muy real. Por mucho que su idea funcionase, ¿era capaz de arriesgarse a morir por una remota posibilidad? Comprendió que no, y se sentó en el suelo para arrancarse ese molesto trocito de madera del dedo.

-¿Se encuentra bien?

-No... -respondió reprimiendo un profundo suspiro-. Señor Smee, ¿querría buscarme algo de ropa?

-Por supuesto, espere aquí un momento.

Tampoco tenía a dónde ir. No se atrevía a subir a cubierta, había confiado demasiado pronto en ese hombre extraño con la única condición de buscar una brújula mágica para ayudarla a volver a casa, pero no sabía si podía fiarse de él realmente.

Smee regresó al cabo de un rato con unos pantalones cortos de tela rugosa, una camisa blanca y un cinturón con una espada. No había visto una espada en toda su vida y, rezando porque fuese de madera, la sacó de la vaina. Hubo un sonido metálico, y se sorprendió al ver que era muy real y afilada. Miró a Smee con una ceja levantada, y él le dedicó una sonrisa.

-El capitán insiste. Teme que pueda sufrir daños por la tribu de Tigrilla.

En eso tenía razón. Había tenido que saltar desde un acantilado para poder huir de ellos, pero ¿y si no lo hubiese hecho? Agitó la cabeza para apartar de sí esos pensamientos y luego miró a Smee, que seguía observándola.

-¿Podría irse para que pueda vestirme?

-El capitán me invitó a no perderla de vista.

-O se va, o utilizaré la espada -espetó de mal humor.

Esa frase debió ser suficiente como para que Smee subiese las escaleras sin hacer preguntas. Lógicamente no pensaba apuñalarlo, no se veía capaz de ello, pero tampoco tenía ganas de que un desconocido la viese cambiándose de ropa. No se esperaba que esa extraña vestimenta fuese cómoda, pero resultó que le permitía moverse con tal libertad que sentía ganas de prenderle fuego a sus vaqueros y a su camiseta púrpura preferida. 

Cuando finalmente salió a la cubierta, armada tal y como James prefería, se dirigió a su camarote. No habían terminado de hablar y realmente necesitaba su ayuda, o algún punto de partida. Incluso si no debía confiar en él, por el momento era su única ayuda en ese caótico mundo.

-Buenos días Tatiana, ¿te encuentras bien? -preguntó James al ver su pálido rostro-. ¿Mis marinos te han dejado dormir?

-Sí... es solo... hecho de menos mi casa.

-Lo comprendo, al principio me pasaba lo mismo.

-¿Eres del mundo de abajo? -asintió-. Me estás tomando el pelo.

-No, me crie en Windsor y estudié en Eaton, donde encontré una leyenda sobre esta isla. Me pareció que, si la visitaba, tal vez podría escribir sobre ella... y me quedé aquí atrapado. Hace más de cien años de eso... toda mi familia debe haber muerto -respondió con evidente tristeza.

-Lo siento -él no dijo nada-. Se me ha ocurrido... si el libro que estamos buscando puede devolverme a casa en mi tiempo, podrá devolverte a ti a Windsor en la fecha que quieras, ¿no crees?

-Es posible, pero te repito que yo no me acercaré a esa cosa.

Lo comprendía perfectamente. Sin embargo no podía desaprovechar esa oportunidad. Si pudiese devolver a cada persona de Nunca Jamás a su casa, si solo pudiese hacer algo tan difícil...


-No, ni se te ocurra -susurró Peter con terror inundando sus palabras.

-¿Pasa algo?

-Quiere devolverlos a todos a casa.

Por primera vez desde que había empezado esa rocambolesca historia, Melody se asustó realmente. Si forzaba al Libro del Infinito a hacer algo tan estúpido, seguramente se quedaría ahí atrapada para siempre, con su alma fragmentada en tantos pedazos como gente intentase sacar, y había muchos niños viviendo en ese sitio.

lunes, 27 de marzo de 2023

El libro del infinito

Capítulo 4. 

Un hombre con una camiseta de rayas azul y blanca les sirvió pesado asado y sendas copas de vino. Tatiana nunca había tomado alcohol, pero tampoco quería que sus salvadores se sintiesen ofendidos. Acercó la copa de latón a sus labios y, nada más tomar un sorbo, decidió que no le gustaba. Pese a su ligero sabor dulce, tenía también un fondo amargo y algo ácido.

-Así que llegaste a través de un libro -asintió-, y te despertaste en un claro en lo alto del acantilado -repitió el gesto-. Mal lugar para un extraño, ese sitio... digamos que a Tigrilla no le gustan los extraños.

Estuvo a punto de atragantarse. Estaba segura de haber oído antes ese nombre, pero sus recuerdos no tenían demasiado sentido. Observó a James con una ceja levantada. Ese hombre parecía joven, tenía el pelo corto y las dos manos, no era posible... ¿o sí?

-¿Tigrilla? ¿Estoy en Nunca Jamás?

-Sí, pensaba que lo sabías. 

-No -respondió sin salir de su asombro-. No todos los días una atraviesa un libro y despierta en una isla que no existe.

-La isla existe, pero no está en el mundo llano. ¿Es que no te acuerdas del cuento?

Sí, se acordaba, era el único cuento que su madre le contaba. De pequeña estaba convencida de que su padre era Peter Pan y su tía Melody era Campanilla, pero según fue creciendo esa idea se había quedado en un recuerdo infantil y nada lógico.

Estaba empezando a procesar que ese cuento era mucho más que una simple historia, que sus recuerdos de cuando era niña eran más realistas de lo que cualquiera podría pensar. Tenía en su mente la imagen de Melody, preparando una tarta el día en que cumplía tres años, y cada vez que algo le salía bien sus alas azul plateado se agitaban, dejando caer un polvo amarillo brillante.

Según fue creciendo dejó de poder verlas, un día simplemente desaparecieron, pero si James tenía razón, toda su vida había estado rodeada de magia, de personajes de cuento que no sabía ni que eran reales. No sabía cómo racionalizar todo eso sin volverse loca, claro que hacía unas horas había atravesado un libro hacia un mundo de fantasía.

-Veo que sí. 

-¿Y cómo puedo volver a casa?

-Si entraste por un libro tienes que salir por un libro, el problema es que en este mundo solo hay un libro.

-Vale, ¿y dónde lo tienes?

-Yo no lo tengo -respondió anormalmente serio-, y será mejor que no lo busques.

-¿Pretendes que me quede aquí para siempre?

Claro que no estaba pensando en eso, era la última de las posibilidades. Incluso estaba dispuesto a atravesar el velo en su barco solamente para llevarla a casa, aunque no pudiese volver, pero la idea de ir en busca de ese libro no le gustaba.

-Si quieres puedo llevarte a casa, pero hay un problema. Como entraste a través de un libro, este mundo tiene cierto desajuste temporal, hay cien años de diferencia entre el mundo inferior y Nunca Jamás.

Si no estuviese sentada en esa silla de madera, seguramente se habría caído al suelo. De golpe se le cerró el estómago y su cabeza empezó a dar vueltas. Si no encontraba el libro, se quedaría atrapada en ese lugar, o peor, volvería a casa mucho antes de que sus padres naciesen. Eso era un problema. Sin embargo James no parecía nada contento con la idea de buscar el libro.

-¿Por qué es mejor que no busque el libro?

-Porque está maldito.

Si antes de ese extraño día le hubiesen dicho que existía un libro maldito, seguramente no se lo hubiese creído. El frío trepó por su cuerpo y se instaló dentro de su piel, sentía ganas de llorar, de salir corriendo y refugiarse en los brazos de su madre, pero según James, su madre ni siquiera había nacido todavía. ¿Qué iba a hacer? Necesitaba dar con el libro pero si estaba maldito eso significaba que no podía tocarlo, ¿o sí?

-¿Qué pasa si lo tocas?

James la observó preguntándose si realmente se atrevería a buscar ese maldito libro, y no necesitó una respuesta, sabía que no tenía elección. Por un momento pensó en ayudarla, pero la última vez que había intentado encontrar el libro... 

-Será mejor que te lo enseñe.

James se levantó de la silla y comenzó a caminar hasta un armario. Sus pasos pesados resonaban en la madera, pero Tatiana ni siquiera estaba pendiente de ello, tenía otros problemas en mente. Cuando el pirata regresó a su lado con una caja de música, lo miró expectante, asustada por lo que fuese a enseñarle pero al mismo tiempo desando averiguar qué le pasaría si tocaba el libro.

Abrió la caja para ella y una melodía empezó a sonar al tiempo que la figurilla se movía girando sobre sí misma, pero no era una bailarina, ni un caballito, sino un hombre gordo, con una camisola roja y un gorro azul marino.

-Es uno de mis camaradas -resumió-. La primera vez que oímos hablar del libro envié una partida de búsqueda. Tardé dos semanas en saber algo de ellos y cuando finalmente volvieron, me trajeron esta... cosa musical. 

-Así que la maldición me transformará en una caja de música -suspiró pesadamente-, pero tengo que intentarlo, es eso o quedarme aquí para siempre.

Lo comprendía, de estar en su lugar él también querría volver, claro que llevaba más de ochenta años allí atrapado y ya no tenía ningún lugar al que llamar hogar a parte de su barco. Tatiana todavía estaba a tiempo, pero ir a por el libro... 

-Te ayudaré hasta donde pueda.

-¿Y eso qué significa?

-Que puedes quedarte con nosotros y navegaré donde se encuentre el libro, pero antes necesito que hagas una cosa por mí -asintió-. Las sirenas me han robado una cosa importante, algo imprescindible para poder navegar: una brújula.

Tatiana observó la mesa con el ceño fruncido. Cerca de ella, a solo uno o dos metros, había un mapa extendido que mostraba la isla, un sextante y una brújula. James observó la dirección de sus ojos, agarró la brújula y se la mostró. Tatiana se quedó mirando, boquiabierta, cómo la aguja se movía constantemente, sin encontrar jamás el norte.

-Es del mundo inferior, y como ves no sirve para nada. Encontré esta isla por casualidad y ya no pude volver porque no podía encontrar una dirección y estas aguas son traicioneras. Lo intenté guiándome por las estrellas, pero lo único que hacía era dar vueltas y acabar volviendo al punto de partida. Es desquiciante. Con la brújula que me robaron puedo encontrar un punto de referencia y moverme sin perderme.

-Y por eso necesitas mi ayuda. Sabes dónde está el libro pero no puedes llegar sin la brújula -asintió-. Vale, acepto.


Melody y Peter eran casi almas gemelas, nunca se habían separado, y por eso estaba molesto porque llevaba horas pegada a ese libro, observando la misma página. Se quedó mirando su perfil en el sofá mientras ella no apartaba la mirada de la página. Estaba empezando a molestarle, y se sentó a su lado con aspecto preocupado. Lo que vio le dejó sin habla.

-¿Tatiana?

Estaba en el barco, con James, observando una brújula, y el texto... lo que estaba leyendo le ponía los pelos de punta.

-¿Has hechizado el libro?

-Voy a intentar no ofenderme -suspiró-. Es uno de los libros portal.

Eso era un problema. Si uno seguía el camino largo, que consistía en ir volando, se llegaba más o menos al mismo tiempo, sin desajustes temporales, pero atravesar los libros... cada uno de ellos tenía cierto desfase con el tiempo en ese infierno que Ana llamaba "su mundo" y que solamente tenía sentido cuando estaban los cuatro juntos.

Por un segundo pensó en atravesar el libro y ayudarla, claro que una vez que la historia empezaba, le era imposible aparecer de la nada. Tenía otros tres libros portal, pero cada uno lo mandaría a una época diferente. Lo único que podía hacer era justamente lo que estaba haciendo Melody, observar.

-No habrá sido idea tuya.

-No, este es el regalo de Ana. Está convencida de que las búsquedas cambian a los héroes de la historia.

Eso era un problema, sabía que Ana tenía cierto punto de razón, que estaba harta de lidiar con el desinterés de Tatiana por cualquier cosa que no fuese el deporte, de encontrarse su habitación desordenada y que nunca saliese a la calle si no era para correr. Comprendía el punto de vista de su esposa, pero ¿mandarla a buscar el Libro del Infinito? Había que estar muy desesperado.

-Dime que hay algún modo de romper la maldición.

-Eso era justo lo que estaba a punto de preguntarte -respondió Melody.

lunes, 20 de marzo de 2023

El libro del infinito

CAPÍTULO 3. 

Podía sentir un olor extraño, como a polvo y humedad, igual que huele justo antes de caer una tormenta. Abrió los ojos lentamente, era de noche, y el cielo despejado lleno de estrellas le mostraba constelaciones que no conocía, brillantes y claras como se ven en el campo, y...

-No puede ser.

Sus ojos debían engañarla porque en el cielo había dos lunas: una llena y otra menguante, adornando el cielo estrellado, junto a una nebulosa violeta. Estaba segura de que no se podía ver ninguna belleza como esa desde Segovia, pero era algo tan hermoso que se quedó mirando durante un tiempo que hubiese jurado infinito, prendada de esa nube violeta con destellos blancos.

Era tal la belleza del cielo nocturno que ni siquiera se dio cuenta de que algo se movía entre las densas hojas del bosque hasta que fue demasiado tarde. Se puso de pie, con los nervios en tensión. Las hojas espesas de los matorrales ocultaban algo, y podrían incluso ser animales salvajes. Si eso era así había pocas probabilidades de que pudiese escapar, pero tenía que intentarlo.

Buscó con la mirada un camino, algo entre la espesura que le diese un modo de escapar, y encontró un estrecho pasaje que, si la vista no le fallaba, llevaba hasta una bahía. No era la mejor corriendo, pero tampoco era lenta. Sin pensarlo empezó a correr, mientras lo que fuese que la hubiese estado acechando la perseguía. Avanzaba sin mirar a dónde iba, siguiendo la dirección que le marcaba su instinto, pero este nunca había sido demasiado bueno, así que llegó a un acantilado muy alto.

Si mal no recordaba, la luna influía sobre las mareas y eso significaba que, siendo dos lunas, la marea sería mucho más fuerte. Retrocedió un paso, pero entonces volvió a escucharlo. Lo que la hubiese estado persiguiendo se acercaba muy deprisa. Podía quedarse ahí y arriesgarse a que los animales del bosque le hiciesen daño, o saltar del acantilado al sorprendentemente calmado océano y afrontar la posibilidad de que el acantilado terminase en rocas puntiagudas.

Un aullido cerca de ella le hizo tomar una decisión, corrió los tres pasos que la separaban del vacío y saltó hacia el mar. Esperaba que las rocas la destrozasen, pero no había absolutamente nada, solo aguas tranquilas, una cueva a sus espaldas y... un pez enorme con un cuerpo extraño y una melena pelirroja... ¿una sirena? Debía de estar soñando, pero podía sentir el peso del agua sobre ella y la humedad rodeando su piel. No estaba dormida, acababa de ver una sirena.

Sin embargo, no tuvo tiempo de acostumbrarse a la certeza de estar despierta, sintió algo extraño rodeando sus pies, miró hacia abajo y vio una red de pescar. Alguien le había lanzado una red y tiraba de ella con fuerza, sacándola del agua.

Al principio, pese a agradecer poder respirar de nuevo, la posibilidad de que sus perseguidores la hubiesen alcanzado la aterrorizó. No tenía demasiado sentido pensar que un animal pudiese pescar, claro que tampoco tenía sentido estar segura de haber visto una sirena. No podía evitar sentirse aterrorizada, claro que tampoco tenía demasiado tiempo para acostumbrarse a esa sensación, porque cuando quiso darse cuenta la red cayó sobre un suelo duro.

Emitió un quejido a modo de protesta y se incorporó lentamente. Estaba en un suelo de madera, el olor del mar todavía la rodeaba y podía escuchar un aleteo muy fuerte por encima de su cabeza, que no dejaba de dar vueltas.

-Tenemos cena, capitán.

¿Capitán? Claro, seguramente estaba en el barco. Podía intentar pedirles ayuda, claro que todavía no se atrevía a levantar la mirada del suelo de madera. Alguien cortó la red, y por un momento temió realmente por su vida. Si había caído en el lugar incorrecto, seguramente alguien intentaría comérsela. Pero no fue eso lo que sintió, sino algo pesado sobre sus hombros. Abrió los ojos y miró sus brazos, que se cubrían con las mangas vacías de una casaca negra.

-Asad los peces, yo me ocupo de la chica.

Quizá fuese por esa voz grave y tranquilizadora, pero se dejó guiar hacia donde ese hombre la llevaba. No le conocía de nada, pero tampoco parecía mala persona. En cuanto escuchó la puerta cerrase tras ella, por fin se atrevió a mirar a su alrededor. Estaba en un camarote, había mapas, sobre una mesa, un compás, dos brújulas e incluso un sextante dorado. Sin embargo, lo que más captó su atención, fue el hombre que la había salvado.

Tenía el pelo negro, corto y una barba incipiente, debía tener más o menos su edad, quizá uno o dos años más, pero no parecía saber siquiera lo que era un ordenador, o por lo menos no había ninguno en el barco. ¿Por qué ese hombre llevaba un barco de madera y se manejaba con mapas?

-Me llamo James, ¿y tú eres?

-Tatiana.

Tartamudeaba por el frío que se había colado en su piel, y James la guio hacia la ¿chimenea? ¿Por qué un barco de madera tenía una chimenea? ¿Cómo era que no se incendiaba el balandro?

-Peter me dijo una vez que le gustaba mucho ese nombre. Supongo que él te ha traído hasta aquí -su negativa sorprendió a Jack-. Entonces, ¿cómo has llegado?


Melody observó la página con semblante preocupado. Si Tatiana se hubiese quedado en el bosque, seguramente habría llegado al campamento y, con un poco de suerte, habría encontrado el modo de volver, pero eso ya no era posible. No era que desconfiase de James, de hecho le debía la vida, pero si había acabado en el barco eso solo podía significar que estaba a punto de empezar a buscar ese dichoso libro.

-Ana -la mujer levantó la vista del periódico-, ¿de verdad pretendes que Tatiana encuentre El libro del Infinito? ¿Por qué?

-Toda búsqueda cambia al héroe de la historia.

Eso no podía discutírselo, pero si nunca se habían aventurado a ir tras ese libro, era por una razón muy importante.

lunes, 13 de marzo de 2023

El libro del infinito

CAPÍTULO 2.

Observó la portada en blanco sin poder creerse lo que estaba viendo, parpadeando con los ojos abiertos cual dos platos, sin atreverse siquiera a respirar. De haber sido uno de los libros de aventuras que tanto le gustaban a su madre, hubiese dicho que algún hada le estaba gastando una broma, claro que no estaba en un libro de aventuras, así que eso debía tener una explicación real... aunque no se le ocurriese nada.

Se levantó de la cama, con la cabeza hecha un lío. Claramente no podía olvidarlo, ahora ya no se trataba solamente de que su madre le preguntase por el contenido del libro, sino que nunca podría sacarse de la cabeza que la portada del dragón hubiese desaparecido ante sus ojos. Necesitaba encontrar una explicación, así que abrió su portátil para buscar en internet, pero nada de lo que encontró fue suficiente para satisfacer su curiosidad.

Tras tres horas indagando en la red en busca de una respuesta, se rindió. Miró el reloj de su ordenador y le sorprendió ver que eran las 23.25. Su madre tendría que haberla llamado para ayudarla a cocinar o, al menos, cenar. Salió de su dormitorio, las luces del pasillo estaban apagadas.

-¿Papá? -no hubo respuesta-. Mamá, ¿dónde estáis? -de nuevo silencio-. Tía Mel...

Buscase por donde buscase, la única respuesta que encontraba era vacío y silencio, igual que al intentar encontrar respuesta al misterio del libro. Sus padres y su tía se habían ido, pero más aterrador todavía fue descubrir, al mirar por la ventana de la cocina, que no había una sola persona en la calle, las luces de sus vecinos estaban todas apagadas y las farolas de la calle no se habían encendido.

Volvió a su dormitorio, el único lugar con luz en, lo que parecía ser, todo el vecindario. Entonces empezó a pensar en cosas todavía más absurdas. Quizá no se tratase solamente de su calle o el pequeño pueblo en el que vivía, tal vez afectase a muchas más personas. Temblando, tapada con su manta de ositos hasta las orejas y con el libro en blanco sobre sus piernas, encendió el televisor. Niebla. Sin importar qué canal intentase sintonizar, la única cosa que podía encontrar eran esos puntos blancos y negros desordenados en la pantalla y un molesto zumbido. 

Apagó la tele en completo silencio, tratando de encontrar una emoción que pudiese expresar pero, al igual que en el resto del país, quizá en el resto del planeta, no había nada. Miró el libro con una expresión entre el miedo y la resignación. Todo eso había empezado al recibir ese libro e intentar leerlo, así que la respuesta tenía que estar en el libro. El problema era que, en el libro, no había nada... al menos nada que pudiese ver.

-Harry Potter, eres un genio.

Saltó de la cama y fue a buscar un lápiz en su maletín de dibujo. No tenía la esperanza de que funcionase igual que el diario de Tom Riddle, pero tenía que intentarlo. Escribió "hola, ¿hay alguien ahí?" pero nada ocurrió, el trazo se quedó dibujado en el papel, no desapareció y tampoco apareció nada nuevo.

-Harry, tú serás un genio, pero está claro que yo no. Esto no es Hogwarts, es el mundo real, y en el mundo real los libros no hablan -suspiró pesadamente-. Ojalá hubiese algún modo de resolver esto.

Y, por primera vez en todo el día, hubo un cambio. Como si fuese magia el libro empezó a girar, al principio lentamente, y después de una vuelta y media empezó a acelerarse cada vez más y más, girando a más velocidad, hasta que su habitación se transformó en el ojo de un huracán. Intentó agarrarse a los muebles, pero sin importar con qué fuerza o desesperación lo intentase, sin importar que sus dedos se pusiesen blancos y gritase con los ojos llenos de lágrimas, poco a poco el huracán empezó a arrastrarla. Cuando quiso darse cuenta atravesaba las páginas del libro, que se cerró sobre su cama como si nada hubiese ocurrido.

Cuando Melody entró en su dormitorio, algo preocupada por los gritos, descubrió que allí no había nadie, y que la portada del libro mostraba a una asustada chiquilla de enmarañado cabello castaño huyendo de una sombra negra.

-¿Ana? -ella apareció en la habitación y miró a su cuñada-. ¿Tenías que regalarle uno de los libros portal?

-¿Qué? Por lo que Peter me contó, os llevasteis de aventuras a una chica mucho más joven que ella y a sus hermanos, y salisteis vivos.

-De milagro. ¿Qué clase de madre hace esas cosas?

-Una que confía en las capacidades de su hija. Ella es lista, sabrá resolverlo, y volver con una historia que contar, como Peter y tú.

La pequeña Melody puso los ojos en blanco, con un suspiro de hartazgo. Ana tenía un modo de ver el mundo que no terminaba de encajar con el resto de la humanidad, aunque Peter y ella no fuesen los más indicados para hablar.

-Espero que tengas razón, o tendremos que ir a buscarla y ella lo descubrirá todo.

-¿Y qué tendría eso de malo?

miércoles, 8 de marzo de 2023

El libro del infinito

CAPÍTULO 1.

Ana siempre había creído que no había mejor modo de educar a un niño que a través de la literatura, la música y el amor. Por eso, el día en que Tatiana cumplió los catorce años, le regaló uno de sus libros favoritos. Ella se quedó mirando el libro durante un momento, con sus ojos verdes pegados a la portada de color azul y blanco que tenía un dragón dibujado. Otro libro de aventuras. Desde que era pequeña su madre le había regalado libros y más libros de aventuras, y empezaba a odiarlos.

-Feliz cumpleaños, cielo.

Levantó los ojos hacia su madre, intentando parecer agradecida. No quería que se sintiese triste, sabía que, para ella, regalarle un libro a alguien era lo más especial que uno podía hacer. Así era como se habían conocido sus padres. Él era profesor de folclore anglosajón en la universidad de Oxford, en la que estudiaba su madre gracias a una beca, pero no era su profesor. Sin embargo se encontraban en la biblioteca, desconociendo el uno el rol del otro, y se enamoraron a través de la literatura. Cuando finalmente ella se graduó, decidieron casarse. Hubo rumores de que había aprobado por las influencias de Peter, un joven de ascendencia inglesa que tocaba la flauta y le gustaban los libros de aventuras.

-¿Te gusta?

-Mucho, gracias mamá.

Tatiana miró a su tía, una mujer rubia que parecía demasiado pequeña, delgada y perdida. Era dulce, encantadora y siempre sonreía, y su risa era tan clara como el canto de una campanilla. Ella observó el libro con una sonrisa y luego a ella. Melody tenía la increíble habilidad de leer su mente, pero no dijo absolutamente nada.

-¿Cortamos ya la tarta?

La voz de su padre le hizo levantar la cabeza. Toda su familia tenía cosas raras y especiales, pero su padre seguramente se llevaba la palma. Solía preocuparse más por los niños que por los adultos, el dinero no le importaba en absoluto, le gustaban los cuentos de hadas, los parques de atracciones y los castillos hinchables, pero sobre todo adoraba los dulces. Tatiana no pudo evitar sonreír porque daba igual de qué fuese la tarta, le gustaban todas.

Ana cortó el trozo de pastel y la crema de trufa asomó por el trozo que le entregó a Tatiana. Nunca soplaba velas, lo consideraba absurdo, así que en su casa nunca se compraban velas de cumpleaños, lo que alejaba considerablemente a sus amigos, que la consideraban rara, quizá por gustarle un cantante de Kazajstan que se llamaba Dimash, o puede que por adorar la literatura clásica, tal vez por todo al mismo tiempo. En cualquier caso su familia era considerada la más extraña de todo Segovia.

Tatiana pinchó un trozo de tarta y se lo llevó a la boca. Estaba deliciosa, como todas las tartas que hacía Melody. Tenía verdadera magia para hacer dulces, y eso a Peter le encantaba. Esa era la razón por la que tenían una pastelería y por la que en su casa siempre había galletas y su tía tenía el pelo lleno de harina.

...

Cuando finalmente volvió a su cuarto dejó el libro sobre la cama con un pésimo humor. Por mucho que le gustase leer, habría valorado más que le regalase un libro de verdad, de los que tenían más de 500 páginas y uno podía bucear por los rincones de su imaginación. Ese libro era tan delgado que podía agarrarlo entre sus dedos y casi se tocaban. Sin embargo tampoco podía ignorarlo, si su madre le preguntaba algo tan sencillo como "¿qué tal el libro?" no tendría respuesta que darle.

Con un pesado suspiro abrió el libro y se encontró con algo que no se esperaba: daba igual qué página mirase, todas estaban en blanco.

-¿Qué demonios? Esto tiene que ser un error de edición.

Intentó buscar el título en la portada, pero se encontró con que no tenía. Observó el libro por todas partes, intentando buscar algo que lo identificase para poder encontrar otra edición, pero a parte de la portada... Fue a mirarla otra vez, y se quedó sin habla: la portada había desaparecido.