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martes, 23 de enero de 2024

La fuente

 Era una tarde aburrida de verano en el norte de España, y Ana estaba aburrida como una ostra. En verano el pueblo se vaciaba, todos sus amigos se iban de vacaciones, pero su madre trabajaba así que nunca podía irse. No era que no le gustase su pueblo, pero era lo único que conocía y le encantaría poder tener aventuras divertidas que contar y jugar con niños que nunca volvería a ver, quedándose así un recuerdo perfectamente tangible, pero imborrable y puro.

Habría sido divertido que algún turista visitase su pequeño, rural y apartado pueblo, pero tampoco era el caso. La única ocasión en que su pueblo se llenaba de gente que no sabía ni de dónde había salido, era a finales de agosto, durante las fiestas patronales, y aun faltaban dos meses para ese día, así que estaba condenada a pasarse todo el verano aburrida, mirando a la fuente que se encontraba en el centro de la plaza donde también se ubicaba un bar al que su abuelo solía ir después de misa.

Era también el día en que aprovechaban para comprar en el ultramarinos que abría los domingos porque también era un bar. Miró la bolsa con aspecto aburrido. Ni siquiera le había comprado gominolas, solo unos asquerosos chicles sin azúcar y unos caramelos de menta que solo le gustaban a su abuela. El resto era jabón para platos, carne adobada y habas.

Suspiró con evidente aburrimiento, apoyando su cabeza en las manos, cuyos brazos descansaban en sus rodillas. A su abuelo no le gustaba divertirse ni que ella se lo pasase bien, estaba convencida de que le gustaba verla aburrida, pero ella solo quería pasárselo bien y crear recuerdos maravillosos y divertidos.

Entonces fue como si un flash le cruzase la mente, levantó la cabeza de golpe y miró la bolsa de la compra, que su abuelo había dejado bajo su custodia. Tenía por costumbre comprar dos botellas de jabón para platos, no sabía por qué, pero tampoco pensaba que echaría en falta una.

Ana sacó el jabón de la bolsa y estuvo a punto de reírse, lo que no sería una buena idea dado que su abuelo se encontraba en la terraza del bar. Lo estuvo vigilando varios minutos hasta que se levantó, con su cerveza todavía por la mitad, y entonces corrió como una flecha hasta la fuente.

Sabía que no tenía mucho tiempo, si alguien la descubría seguramente su abuelo se enfadaría, aunque no tenía ni idea de cómo podría castigarla, de todos modos ella ya se aburría normalmente cuando su madre no estaba en casa. 

Miró a un lado y a otro, le sacó el tapón a la botella de jabón verde y espeso, y lo vació entero sobre la fuente. Pero nada ocurrió, creyó que su idea había sido un fracaso, y tiró la botella a una papelera antes de volver a sentarse con aspecto aburrido mirando a la fuente, y justo cuando su abuelo salió del bar para sentarse bajo el sol a terminar su cerveza, la fuente empezó a llenarse de espuma.

-Manolo, la fuente.

Manuel García, el alcalde del pueblo, levantó la vista de su tapa de mejillones hacia la fuente, y observó, con estupor, cómo toda la plaza empezaba a llenarse de espuma blanca con olor a limón, cómo un montón de espuma blanca salía de los chorros y cómo el suelo empezaba a llenarse también de espuma.

-¿Que carajo ha pasado?

Y entonces Anselmo miró directamente a Ana, que se reía mientras miraba cómo toda la plaza se llenaba de espuma que salía de la fuente, Fue hasta donde estaba su nieta, abrió la bolsa y comprobó que una de las botellas de Fairy de limón había desaparecido.

-Supongo que te aburrías -Ana dejó de reírse, tragó saliva y miró a su abuelo con cara inocente-. Da igual, así aprovecharemos para limpiar la fuente.

Anselmo no podía enfadarse con ella porque había que reconocerlo, era la cosa más impresionante y divertida que había ocurrido en ese pueblo lleno de ancianos en quién sabe cuánto tiempo.

miércoles, 17 de enero de 2024

Una artista en Siracusa

 He estado toda la vida recorriendo el mundo, no puede decirse que tenga un hogar, o que lo haya tenido alguna vez. Me he criado en bases navales de todo el mundo, desde Tailandia hasta Estados Unidos, así que sé hablar dieciocho idiomas con fluidez. Cada vez que mi padre era destinado a un sitio nuevo, en lugar de dejarnos en Florida, lugar donde mi madre y él nacieron, nos llevaba con él. 

Mi padre es un hombre muy fuerte, podía soportar la guerra, los destinos a distintos países, los horarios que requerían que se levantase a las cinco de la mañana y volviese a las diez de la noche, el dolor, las torturas, nada de eso le importaba, mientras supiese que al anochecer volvería a casa conmigo y con mi madre. 

Cada vez que le destinaban a un sitio nuevo, hacíamos las maletas, pedían un profesor particular que me enseñase el idioma y todo lo que tuviese que saber, y viajábamos hasta la siguiente base militar. Mi padre era capitán de fragata, un hombre fuerte que me enseñó a defenderme en todos los sentidos de la palabra. No tengo entrenamiento militar propiamente dicho porque nunca quise tener esa vida, pero mi padre me enseñó todo lo que sabía, y cuando digo todo es literalmente todo.

Cuando tuve edad y capacidad para independizarme y dejar esa vida nómada, decidí irme a vivir a Italia. Había pasado unos años en Sicilia, y el idioma me pareció precioso. Por aquel entonces tenía doce años, y todavía puedo recordar el sol saliendo por la fina línea de mar color cobalto. Nunca he estado enamorada pero esa sensación al ver la luz de la mañana arrancando destellos plateados al mar, es lo más maravilloso que he sentido nunca.

Siempre he sabido lo que quería ser, a qué me quería dedicar realmente, y por eso acabé en la Academia de Bellas Artes de Catania. Mi padre se enfadó conmigo cuando supo a qué quería dedicarme. Yo no tengo hermanos, soy hija única, y él esperaba que fuese un seal, igual que él, pero a mi no me gusta el mar, me gusta la belleza, dibujo desde que tengo memoria y me gusta hacer esculturas con materiales que ni te imaginas. No te equivoques, quiero mucho a mi padre, pero él y yo somos muy diferentes, y no permitiré que sus aspiraciones nublen las mías.

Yo pinto lo que veo, pero no lo que mis ojos ven, sino lo que mi cabeza imagina. Los artistas somos algo extraño, no solo vemos el mundo como es, sino como podría ser. Eso es lo que hace que el arte sea algo tan especial. No es solamente que parezca que te lee el alma, lo que busca el arte, para mí, es hacer que te cuestiones todo lo que ves y que puedas volar sin alas.

Todavía recuerdo la mirada de Andrea D'angelo, mi profesor de pintura, cuando vio el primer cuadro que pinté. Había puesto sobre la mesa un bol con frutas, la idea era pintar un simple bodegón, pero mi mente vio más, muchísimo más, y esa imagen que todos los demás pintaron exacta a la realidad, yo conseguí que pareciesen frutas encantadas. En el cuadro había incluso un mago de manos nudosas y barba blanca que bañaba las frutas con un polvo dorado brillante.

-Eso no es lo que yo le he pedido, señorita...

-Harville, me llamo Alice Harville.

-¿Y puedo saber por qué ha pintado algo que no se parece en absoluto al ejercicio que le he puesto?

-Usted me dijo que pintase lo que veía y esto es lo que vi.

Las palabras de Andrea no coincidían para nada con sus ojos. Su voz sonaba tensa e irritada, pero sus ojos estaban asombrados, no podía apartar la mirada del cuadro, casi parecía obnubilado. Por eso, a pesar de que me suspendió ese ejercicio, no podía sentirme más orgullosa. Acababa de dejar sorprendido a un profesor de arte que llevaba enseñando veinticinco años y nunca había visto a un solo alumno dejarse llevar tanto por su imaginación.

Me costó sacarme el título, lo admito, pero lo conseguí. Sin embargo, en mi último curso, eso ya no me importaba demasiado. Seguía yendo a clase porque siempre se puede aprender algo, pero cuando empecé en la Academia yo vivía en un apartamento cutre en un barrio ruidoso y con un olor desagradable, y ahora mis cuadros se venden por millones y se exponen en galerías y museos de todo el mundo.

Me he convertido en una celebridad en la Academia, todo el mundo habla de los cuadros de fantasía de Alice Harville, todo el mundo quiere conocerme y, siendo honesta, eso me eleva el ego. Pero la gente no me interesa en lo más mínimo, lo único que yo deseo es pintar, y eso es todo. Si a los demás les gusta o no les gusta, francamente no me importa.

Mamá, sé que me hechas de menos, pero ahora mismo no puedo volver. Necesito que me des un poco más de tiempo, quiero terminar la academia, y entonces podré volver a donde tú quieras. Pero no me pidas que vuelva a vivir en bases navales, sabes que no lo soporto. 

Te quiere

Alice


Cuando Isobel terminó de leer la carta, su rostro estaba surcado de lágrimas. Nunca se había parado a pensar en lo que había sido para ella vivir en tantos países, no tener nunca amigos. Había aprendido muchísimo, era cierto, pero todo lo que ella quería era ser normal, y nunca podría tenerlo.

-Entonces, ¿tampoco vendrá este año a celebrar la Navidad con nosotros?

-No James, quiere terminar la academia. Sé que vas a licenciarte este año, y he estado pensando, ¿por qué no nos vamos nosotros a Sicilia. Estoy segura de que Alice podría pasar más tiempo con nosotros. Hecho de menos a mi hija, hace ocho años que no la vemos y solo nos escribe de vez en cuando.

-Está bien, pero no se lo diremos de momento. Cuando me licencien y podamos irnos, cuando estemos seguros de que podremos asentarnos en Italia, entonces se lo diremos.

James podía parecer duro por fuera, un hombre de músculos bien formados, barbilla cuadrada y pelo muy corto, pero no soportaba la idea de darle falsas esperanzas a nadie, y mucho menos a Isobel y Alice. Si iban a vivir en Italia, quería que fuese algo definitivo.

lunes, 15 de enero de 2024

Testimonio

 Esta es una de las muchas historias que a mi cabeza se le ocurren. Ha estado dando vueltas en mi cabeza toda la mañana, haciéndome difícil estudiar. Disfrutad de este relato.


La sala estaba decorada en madera, con tres mesas formando una U, cuyos poseedores se encontraban enfocados en una silla central que se encontraba cerca de un micrófono. A su espalda, cuatro sillas, más, y tras estas unas treinta para los observadores. Bianca se encontraba en la silla cerca del micrófono, observando a los jueces ataviados con túnicas negras que no le quitaban el ojo de encima. Se había metido de cabeza en esa situación por capricho, o más bien por venganza.

Bianca había sido explotada, abusada y vilipendiada por su antiguo jefe, Oscar, y estaba deseando destruirle, pero no podía gastarse más de lo que ganaría en un juicio que probablemente no ganase, y como la unión de unos pocos siempre era sinónimo de mayor fuerza, se alió con todos aquellos a los que ese imbécil alto como una viga, con gafas y cara de vinagre había destruido con sus malos modos, pues todos los que habían trabajado para él habían acabado exactamente en la misma situación que Bianca, quien se encontraba medicada con tres antidepresivos para soportar mirarse al espejo por su culpa.

El abogado de su jefe se acercó a ella y empezó con su ronda de preguntas, y sabía que trataría de hacerle todo el daño que pudiese para sacarla de sus casillas y desacreditarla, y estaba segura de ello porque así funcionaba su jefe. 

-Señorita Diaz, ¿es cierto que estaba usted bajo seguimiento psicológico antes incluso de trabajar para mi cliente debido a que es usted autista?

-Sí, es cierto. El seguimiento psicológico es indispensable para los pacientes de Trastorno del Espectro Autista, y dada mi condición de Asperger, llevo viendo a un psicólogo desde que fui diagnosticada a los catorce años.

-¿Y es cierto que su editorial la estafó?

-Sí, todavía estoy tratando de resolverlo.

-Luego es usted manipulable, se cree todo lo que le dicen y solo se da cuenta de que la están manipulando cuando ya es tarde.

-Sí, es parte de la razón por la que estoy aquí.

El abogado podía ser todo lo incisivo que quisiese, pero Bianca era tranquila, no se alteraba casi nunca y respondía con soltura, lo cual enervaba al abogado, que se sentó en su sitio con el ceño fruncido tras decir "no haré más preguntas".

-Puede intervenir el abogado de la acusación -anunció el juez principal.

-Señorita Diaz, ¿podría explicarnos, en pocas palabras, en qué consiste el autismo que usted padece?

-Se trata de una condición que antes recibía el nombre de Síndrome de Asperger. Me cuesta comprender las emociones ajenas, no sé por qué alguien actúa o reacciona como lo hace, a veces ni siquiera puedo percibir cómo se sienten. Además, tengo la habilidad de discriminar lo que no me interesa y centrarme demasiado en aquello que me interesa, lo cual me hace obviar cosas que a los demás les parecen importantes y dedicar casi todo mi tiempo a lo que a mí me parece importante. Por último, necesito palabras muy concretas para entender qué es lo que los demás quieren de mí porque, mayormente, no lo comprendo. Mi cerebro discrimina por defecto lo que es importante y lo que no, por lo que algo urgente que no se me especifica que es urgente, me pasa desapercibido ante otras tareas que sí se me ha especificado que son importantes.

-¿Algún otro detalle?

-Tengo una memoria de la que me siento muy orgullosa, es prácticamente perfecta. Se podría catalogar como memoria eidética, pero no tal y como la expresa Sheldon Cooper, no es tan precisa. Al tener TEA, no tengo concepto del tiempo, para mí los días o las horas no son importantes, pero sí los acontecimientos. Eso significa que, incluso aunque no tengo certeza de en qué día vivo, los detalles que vivo sí son importantes.

-¿Podría ponernos un ejemplo?

-La secretaria que está en la entrada de esta sala tiene el pelo rizado, corto y de color caoba, lleva un jersey rosa con un arcoíris y gafas negras. Me resultó un tanto disonante todo el conjunto de colorimetría que llevaba, así que mi cerebro lo registró como extraño.

-Agente, por favor, haga pasar a la recepcionista.

En ese momento Oscar supo que estaba perdido. Sabía que ella tenía una memoria extraña, pero no sabía cuánto. La joven secretaria entró a la sala, con gesto confundido, pues nunca se la había llamado para nada. El juez observó su atuendo, perfectamente descrito por la joven que se encontraba testificando, y ordenó que se retirase.

-Así que podría decirse que su memoria es prácticamente perfecta, tal y como usted ha señalado -la joven asintió seriamente-. Y según su memoria, ¿qué ocurrió el día 19 de junio?

-Imagino que se refiere al incidente por el cual hemos decidido conjuntamente denunciar a mi antiguo jefe. 

-Correcto.

-Ese día me sugirió sacar algún dinero extra limpiando apartamentos turísticos. Admito que estuvo mal por mi parte aceptar, ya que a partir de ese momento empezó a abusar de mi buena fe, pero lo hice puesto que nos encontramos sin limpiadores en temporada alta.

-¿Por qué se encontraban sin limpiadores?

-Porque tenían que pagar la gasolina de su propio coche y les pagaba una miseria. Especificaré según recuerdo. Eran 20 euros por apartamento, sumando 5 por cada habitación a partir de la segunda, y contándose la terraza como una habitación más, por lo que en un piso de tres habitaciones con terraza, sin importar el tiempo que el limpiador tardase en prepararlo, le pagaba 35, todo ello sin seguro ni contrato de ningún tipo -escuchó como su jefe rechinaba los dientes.

-Que conste en acta que estas condiciones son abusivas. Por favor, continúe con su relato.

-Tardamos una hora en limpiar todo el apartamento, y cuando salimos nos dirigimos al siguiente pueblo. Estábamos abandonando el pueblo en el que se sitúa el apartamento cuando nos llamaron por teléfono. Eran los inquilinos de esa semana, quejándose porque había polvo en una estantería. Intenté calmar a la clienta, pero no quiso escucharme, por lo que mi jefe me arrebató el teléfono y la amenazó, y ella, como es lógico, se ofendió y le colgó.

-¿Y qué ocurrió a continuación?

-Supuse que eso sería todo, pero me equivoqué. Mi jefe dio media vuelta y se puso a conducir a 80 por hora en una carretera dentro de poblado, que para entonces se encontraba ya limitada a 30. Pensé que iba a morir, hasta que aparcó. Cuando salí del coche estaba temblando, así que le pedí que nunca más volviese a conducir así conmigo dentro del coche. Me ignoró totalmente y se dirigió al apartamento. Se puso a gritar como un poseso, reclamando que iba a sacar a los inquilinos del piso, que se negaron a abrir la puerta hasta que se calmó. Entonces entró al piso, limpió la estantería y se fue dando un portazo. Yo estaba aterrorizada.

-¿Volvió a conducir a esa velocidad?

-Ese día no, y después lo ignoro, porque no volví a subirme con él a un coche, tuve que utilizar el mío.

-¿Y le subsanó los desplazamientos?

-No, ni los desplazamientos ni las horas extraordinarias que hice trabajando para él.

-¿Y hasta que hora trabajaba usted?

-Según mi contrato, hasta las siete de la tarde, pero ese horario nunca se cumplía. Solía quedarme hasta las ocho la mayor parte de los días, salvo unos pocos en los que tenía que seguir trabajando hasta las diez, once o incluso las doce de la noche, contando algún fin de semana, en los que, por supuesto, no estaba obligada a trabajar.

-Todo eso con su propio vehículo.

-Correcto.

-¿Le presentó usted una relación de horas extraordinarias y kilometraje a su jefe en el momento de la finalización de su contrato?

-Sí. Le presenté una relación de los kilómetros, las horas de salida de los desplazamientos y capturas de pantalla de mis recorridos de Google Maps, además de las horas a las que salía del trabajo.

-¿Le dijo que se los pagaría?

-Sí, a lo estipulado por ley.

-¿Llegó a hacerlo?

-No, alegó que debía recuperar lo que había perdido por mi culpa. Según él, los dueños del apartamento que he mencionado antes finalizaron el contrato con él por mi culpa.

-Pero, según lo que han testificado antes los propietarios de dicho inmueble, no fue así.

-Correcto. Así que, después de consultar con un sindicato, un abogado y de hablar con la persona que antes había trabajado para él, decidí desistir de la denuncia y firmar el finiquito como no conforme.

-Y en su opinión, ¿el acusado la trató con respeto?

-No. Me obligó a decirle a todo el mundo que era discapacitada, y aunque a día de hoy tengo una discapacidad reconocida del 54%, entonces no era así, por lo que técnicamente tuve que mentirle a sus clientes. Me gritó "ya sé que tienes problemas de memoria", cuando he demostrado que eso no es verdad, me culpó de perder clientes, me llamó inútil, me enviaba a limpiar pisos, enseñar pisos e incluso pasear a su perro, pero no podía ausentarme cinco minutos para tomar un café en el bar que hay a siete metros de la oficina, y de hecho me gritó en mitad de la calle por esto.

-No tengo más preguntas.

-Señorita Díaz -anunció el juez- puede volver a su sitio.

Hubo más deliberaciones, acusaciones, testimonios y preguntas, en los que Oscar ni sabía cómo contestar ni podía rebatir. Por la sala pasaron limpiadores, clientes, los siete administrativos que habían trabajado para él en un plazo de un año y demás afectados. 

Bianca pudo observar cómo el juez se ponía rojo de rabia, considerando una completa falta de respeto y de su tiempo el estar observando como el petulante jefe se defendía con acusaciones como "una persona con autismo no puede hacer x o y", denigrando no solo a Bianca como TEA, sino a todos los discapacitados del país por su modo grotesco de hablar, como si el hecho de ser discapacitado fuese suficiente para considerar al individuo de dicha discapacidad como un inútil.

-Esta sala ha escuchado suficiente. Ha abusado usted de veinticinco empleados y cuatro clientes, ignorando los derechos laborales de todos sus empleados, y tratando a los clientes con gritos y abusos. Por tanto, en mi autoridad como juez, le condeno a pagar una indemnización de 75.799,3€ por persona a causa de los abusos que sufrieron de su mano -Bianca pudo ver con orgullo cómo su jefe se ponía pálido como un muerto-. Se levanta la sesión.

No le extrañaba que estuviese tan pálido, eran más de dos millones de euros entre todos, y debía pagarlos por dictamen judicial. Estaba contenta, y mucho. No se sentía tan bien desde que había conseguido un trabajo, lástima que fuese con él. Era una pesadilla que por fin había terminado, y él había salido perdiendo. 

Ella no tenía pruebas del abuso que había sufrido a sus manos, pero su compañera de trabajo sí, horas y horas de grabaciones que la sala entera había escuchado, humillaciones de todo tipo, cientos de testigos... y por fin había terminado, habían ganado. 

viernes, 5 de enero de 2024

Lluvia

-Cuando llegaste dijiste que habías cometido un error, ¿por qué no me cuentas a qué te referías?

Landon levantó la mirada, sus ojos estaban surcados de profundas ojeras negras, pues no dormía desde hacía seis días. Sí, había cometido un error que nunca podría perdonarse. Todavía podía recordar la sangre tibia en sus manos, su desesperación casi palpable, los frustrados intentos de tratar de parar la hemorragia y los gritos de auxilio mientras su mejor amiga moría ante sus ojos.

Pues claro que no podía dormir, ¿cómo iba a poder hacerlo si Claire había muerto por su culpa? No había sido él quien la había matado, pero era casi como si lo hubiese hecho. Cada vez que cerraba los ojos no podía evitar recordar la mirada desvanecida y vidriosa de Claire, el viento helado cortando la noche como un cuchillo, la lluvia frustrando sus casi inútiles esfuerzos por intentar darle unos segundos más, solo un poco más de tiempo, mientras alguien pedía ayuda.

Pero aquel lluvioso día de septiembre no pasaba nadie por la calle, tan solo Claire y Landon caminando bajo la lluvia. Claire siempre había sido una persona extraña, le gustaba el olor a polvo de la lluvia, los días nublados, las noches estrelladas y el frío, y también estaba profunda y perdidamente enamorada de Landon, y él lo sabía. No era que se aprovechase de ello, más bien lo contrario, la trataba con dulzura para no hacerle daño y, si por descuido lo hacía, nunca era a propósito. Landon no podía corresponderla porque la veía como a una hermana y Claire estaba bien con eso.

-Me fie de la persona que no debía -respondió finalmente al doctor.

Sí, podía decir eso, pero no había sido exactamente una persona, al menos no tal y como él lo veía. Aquel ser, aquella criatura de otro mundo, parecía humana, parecía un hombre de un metro setenta, con músculos firmes, una mandíbula cuadrada y sonrisa encantadora.

Claire y él habían salido a pasear, con un nuevo amigo, Marc. Era interesante, el tipo de persona que parece ocultar miles de secretos, con cientos de aficiones distintas, capaz de encajar en todas partes y en ninguna al mismo tiempo, divertido y muy risueño, y a Landon le caía bien.

Decidieron ir a pasar el rato al bosque a buscar setas. Podría no parecerlo, pero Claire era hija de un ranger y Tom le había enseñado todo cuanto sabía sobre supervivencia, la llevaba a acampadas a las que no llevaba comida desde que tenía seis años, así que Claire sabía qué frutos del bosque eran comestibles y cuales podían matar a alguien, reconocía toda clase de hongos y sabía pescar y cazar, a fin de cuentas, se había criado haciéndolo. 

Claire llevaba toda la vida queriendo llevar a Landon de acampada al bosque, pues a ella le encantaban esas experiencias, la hacían sentir conectada al mundo, pero Landon odiaba el bosque profundamente. La única razón por la que había cedido aquel día fue Marc.

Se habían conocido en clase de piano, Marc era bastante diestro con el teclado y solía tocar de un modo impresionante, mientras que él estaba aprendiendo y le gustaba escucharle. El chico tenía un talento único para tocar, era impresionante. Decidió presentárselo a Claire, en parte porque sabía que le gustaría conocerle y en parte porque deseaba que pasase página y pudiese volver a cómo eran las cosas antes de que ella le dijese abiertamente "te quiero" y él la rechazase.

-Así que quieres ir de acampada -dijo Claire con cierta incredulidad-. Tú quieres ir de acampada.

-Sí, ya te lo he dicho.

-Está bien. Normalmente voy unos tres días más o menos. Creo que volveremos al día siguiente de salir, pero vale. Nos vemos el viernes por la tarde en el desfiladero.

No le convencía la idea, acampar no le gustaba porque sabía que el bosque de noche era peligroso, pero Claire era muy buena sobreviviendo, así que no les pasaría nada. Se repitió esas palabras en su mente toda la semana hasta el viernes, cuando se presentó en el desfiladero que llevaba al bosque con Marc.

-Creía que vendríamos solos -dijo mirando con cierta molestia al chico nuevo.

-Lo siento, olvidé decírtelo. Él es Marc. La idea ha sido suya, así que me parecía un poco descortés dejarle atrás.

-Vale.

Claire no estaba contenta con ello, pero accedió de todos modos porque él se lo había pedido. Era la primera vez que utilizaba sus sentimientos para convencerla de algo, y no se sentía bien con ello.

Caminaron durante largas horas hasta llegar a un claro en el bosque de abedules. El otoño había dejado una lluvia mortecina y el bosque olía a hongos, tierra y madera. Claire abrió los brazos y respiró profundamente. Estaba encantada con el lugar que había encontrado.

-Creía que Tom iba a venir -dijo Landon con cierta curiosidad.

-Imposible, lo desplegaron la semana pasada. Tardará al menos seis meses en volver a casa.

Sacaron las tiendas de campaña y las montaron entre los tres. No iban a poder hacer fuego debido a la lluvia, la madera estaría demasiado húmeda, pero afortunadamente Claire era previsora, y había llevado un camping gas y una tela impermeable para poder cubrirlo, así podrían cocinar sin problemas. No le gustaban los trabajos sencillos, hubiese preferido buscar una cueva y encender ella misma el fuego, pero a Landon le gustaba más bien poco la naturaleza y podría salir corriendo si se le ocurría meterle en una cueva.

-Bueno, busquemos algo de comer.

Pasaron las siguientes horas recogiendo setas y bayas hasta llenar una cesta suficiente para los tres, y cerca de las siete de la tarde, empezaron a comer el salteado que Claire había cocinado en el camping gas.

-Madre mía -dijo Marc-. Esto está delicioso.

-Nada sabe mejor que la comida recién encontrada.

Después de varias horas de risas Claire se fue a dormir y Landon no tardó en seguirla, sin saber que ese sería el mayor error de su vida.

Serían las tres de la mañana cuando escuchó un grito desgarrador que venía de la tienda de Claire. Por un segundo pensó que alguna alimaña habría entrado en la tienda y había sorprendido a su mejor amiga, aunque eso no explicaría por qué parecía tan... aterrorizada.

Salió de la tienda de campaña azul y se dirigió a la de ella, que tenía varios desgarrones en la tela, y lo que vio le dejó sin habla. Marc, el chico increíblemente increíble que tan bien le caía y que parecía perfecto para cualquiera, le había desgarrado el cuello a Claire con los dientes. Su piel perfecta parecía llena de escamas, estaba manchado de sangre y mostraba unos dientes más afilados que los de cualquier animal que hubiese visto.

-¡Claire!

Un segundo después de que aquella cosa que antes era Marc, desapareciese a toda velocidad entre la espesura del bosque, Landon corrió hacia Claire y apretó su cuello con las manos mientras la lluvia, la gravedad de la herida y el terror de Claire hacían que parar la hemorragia fuese imposible. Su amiga ni siquiera podía hablar, la herida era tan grave que no podía emitir ni una sola palabra.

-¡Landon!

Aquella voz había conseguido que abandonase su recuerdo del bosque y mirase de nuevo al doctor Pattel. ¿Cómo podía explicarle lo que había vivido? Nunca le creería, por eso lo estaban sometiendo a exámenes psiquiátricos.

-Disculpe.

-Te he preguntado qué crees que ocurrió en el bosque.

-Tranquilo Landon -la mano suave y helada de la muchacha terminó por devolverle a la realidad. 

Landon miró por la ventana con cierta preocupación, la lluvia no dejaba de caer, igual que aquella noche, igual que todas las veces que veía a Marc, solo que esta vez la lluvia no seguía a Marc, sino a ella, a Claire. La había visto morir, estaba seguro de ello, no lo había soñado, los desgarrones en la tienda y su ropa llena de sangre eran toda la prueba que necesitaba, pero a los pocos segundos de que su corazón se hubiese detenido, Claire se levantó como si nada, la herida de su cuello había desaparecido y no recordaba nada. La única diferencia entre antes y después de la acampada, estaba en la piel helada de Claire.

-Nada, debí soñarlo.

-Eso no es lo que quiero saber. No importa lo que nosotros creamos, importa lo que tú creas que pasó.

jueves, 4 de mayo de 2023

La caja de música

 Cuando era pequeña mi padre casi nunca estaba en casa. No era que no me quisiese, de hecho me adoraba, tanto que conducía un camión de mercancías peligrosas solamente para que mamá y yo tuviésemos comida, un techo sobre nuestras cabezas y una vida que considerar digna. Las pocas veces que mi padre estaba en casa, casi siempre era de noche y no podía verle, pero siempre me traía algo de sus viajes y me lo dejaba en mi mesilla, junto a un reloj despertador que me molestaba cada mañana.

Mi padre no intentaba comprar mi amor entre ausencias y juguetes, todo lo contrario, él me dedicaba palabras que leía una y otra vez y me compraba pulseras de hilo o algún colgante de forma extraña. Solo hubo una ocasión en la que mi padre gastó más dinero de lo que nunca había hecho y me hizo un regalo muy especial.

Se trataba de una cajita blanca con bordes dorados cuya tapa se levantaba para dejar escapar a una bailarina de tutú rosa que giraba lentamente al sonido de Lasquia ch'io pianga. Siempre me ha gustado la ópera, Rinaldo es mi favorita, y papá lo sabía. No es común encontrarse una cajita de música así, casi todas tenían encerrada la melodía del Canon de Pachelbel, así que tenía que haberla pedido por encargo.

-Valeria -llamó mi madre desde la cocina-. ¿Qué haces en cama todavía?

En aquel momento no pensé en lo que significaba esa pequeña obra de arte, agarré la cajita y bajé las escaleras hasta la cocina, de la que salía un delicioso olor a tortitas. No era mi cumpleaños, mi madre solía hacerlas cada vez que papá había venido.

-Lo siento cielo... -dijo con un suspiro de tristeza.

-Pero si es muy bonita -creo que pude sentir su confusión un instante-, y tiene música.

Levanté la cajita ante la mirada sorprendida de mi madre, que trataba de componer alguna palabra mientras ella balbuceaba, observando la cajita de música.

No entendí por qué parecía tan confusa, tan perdida, hasta esa misma tarde, cuando mis primos y mi tía Mayra vinieron de visita. Iban vestidos de negro, con aspecto entristecido y mi tía fue inmediatamente a darle un abrazo a mamá. 

Esa tarde me quedé perdida en mis pensamientos mientras observaba la cajita de música, sin atreverme a levantar la tapa para no volver a molestar a mamá. No sabía por qué parecía tan confusa y asustada cada vez que sonaba la música, así que prefería quedarme quieta, simplemente mirando la cajita.

De vez en cuando todavía la miro, aunque ya no me atrevo a abrirla. Cuando cumplí los catorce años le pregunté a mamá por qué papá no volvía de sus viajes, y ella me miró con tristeza. Sus ojos siempre estaban tristes después de aquel día, ya casi me había acostumbrado a aquella mirada que pasaba al miedo cada vez que sus ojos se deslizaban sobre la cajita de música, ahora siempre cerrada.

-Cielo... ¿cómo podría decírtelo? Papá... se fue...

-¿Nos abandonó?

-No cariño... hace diez años iba por la carretera y una roca cayó sobre el tanque del camión. Arthur frenó de golpe y las chispas hicieron prender la dinamita que llevaba a la mina...

No necesité más palabras, papá había muerto aquel día. No sabía cómo había llegado la cajita de música hasta mi mesilla, pero de una cosa estaba segura: papá me la había regalado.

Después de eso dejé de mirar la cajita durante años, hasta que un día, en clase de violín, alguien empezó a tocar esa canción. Se me llenaron los ojos de lágrimas, preguntándome por qué había dejado abandonada aquella cajita, y busqué la letra por internet. No había leído nada más triste en mi vida. Comprendí que papá no había puesto esa canción solamente porque me gustaba, sino porque él estaba llorando por no poder estar a mi lado.

sábado, 15 de abril de 2023

Ragnar

 Desde que era pequeño, adoraba a los animales. La idea de que alguien pudiese hacerle daño a un animal era inconcebible para Jesús, así que el día en que le regalaron un cachorro marrón arrugado, con el hocico negro y unas graciosas orejas caídas sobre su cabecita, fue el día más feliz de toda su vida. No era su cumpleaños, ni Navidad, ni una fecha especial, simplemente un vecino del pueblo le regaló ese perrito, y él se enamoró de él hasta tal punto que Leticia fue incapaz de separarles.

Decir que Jesús y Ragnar eran inseparables, era un eufemismo. El chico había sacado su nombre de un libro que su padre guardaba en su biblioteca. Leticia creyó, durante años, que a un perrito tan adorable no le terminaba de cuadrar ese nombre. Mientras veía crecer a su hijo, sin embargo, cambió de opinión. El perrito resultó ser un bullmastiff que a los tres años medía más de medio metro y pesaba casi tanto como ella. No obstante era un trozo de pan que no haría daño a una mosca. Ragnar seguía durmiendo con Jesús, que lo sacaba a pasear cada día por el bosque.

Hubo una ocasión que se quedó gravada en la memoria de Jesús, que entonces tenía catorce años. Si bien el perro era dulce y cariñoso, también tenía cierto instinto cazador que quedó patente aquella tarde de mediados de julio. Era un día como otro cualquiera, con el sol de media tarde arrancando destellos a las hojas recién salidas del bosque, cuando Ragnar levantó una pata delantera, entrecerró los ojos y se quedó mirando a un punto fijo en mitad del bosque.

-Eh, campeón, ¿qué estás mirando?

Jesús siguió la dirección de los ojos de Ragnar, y alcanzó a ver, entre los matorrales, a un inocente gazapo de color pardo cuyas orejas sobresalían entre la espesura. No debía pesar ni un kilogramo, y aun así Ragnar lo tenía cruzado, atrapado entre sus ojos, y estaba empezando a salivar.

-Oh, no, Ragnar, ni se te ocurra.

Pero era ya muy tarde, y lo único que Jesús pudo hacer fue sujetarse a la correa haciendo surf con sus propias deportivas, mientras Ragnar lo arrastraba por el bosque, en pos del conejo. Poco importaba lo mucho que Jesús protestase o tratase de tirar de él, su perro se había obsesionado con el conejo, que empezó a correr por el bosque al verse perseguido por el perro.

Jesús trataba de frenarle como buenamente podía, pero el perro tenía más fuerza que él. Normalmente le obedecía sin protestar, paraba cuando él quería y nunca atacaba a nadie, pero ese conejo le había obsesionado y había hecho sobresalir el poco instinto cazador que tuviese. 

-¡Ragnar, para!

Gritó en cuanto vio un zarzal formando un túnel en mitad de un estrecho camino. Si había espacio para el perro, era de milagro. Intentó zafarse de la correa, pero, como siempre, la llevaba sujeta a la muñeca para poder pararle si se descontrolaba. Claramente ese plan hacía aguas por todas partes.

-¡Ragnar!

El conejo vio el agujero en el zarzal y entró a toda velocidad, huyendo de Ragnar, que tardó muy poco en seguirle al interior del matorral, arrastrando con él a Jesús, a quien el trayecto se le hizo extraordinariamente largo.

Cuando finalmente el perro atravesó el zarzal, se detuvo casi de golpe, oteando el horizonte con mirada aviesa, y luego miró a Jesús con una sonrisa. El chico se levantaba como podía, estaba totalmente arañado, tenía zarzas clavadas en los brazos y en las piernas, arañazos de piedras en el pecho y una herida en la ceja. Ragnar se acercó a Jesús y empezó a lamerle las heridas como un gesto de disculpa. Si en algún momento el chico había estado enfadado con su perro, se le pasó al instante.

-No vuelvas a hacerlo.

Emprendieron el camino a casa y entraron al adosado. Leticia abrió los ojos como si fuesen a salirse de sus órbitas al ver a Jesús lleno de arañazos que empezaban a cicatrizar.

-¿Qué narices ha pasado?

Cuando Jesús empezó a narrarle su desventurada aventura a su madre, ella intentó permanecer seria, pero el chico podía ver cómo estaba haciendo innumerables esfuerzos por no reírse mientras él le contaba cómo había hecho esquí por el bosque y finalmente atravesado un zarzal por un conejo que, finalmente, se escapó.

lunes, 3 de abril de 2023

Ahora estás soñando

 Era el año 2.536, la civilización había avanzado tanto que el dinero como tal había desaparecido por completo. Cada persona trabajaba para obtener créditos ganma, que servían para ascender socialmente y conseguir ciertos privilegios. Esto no era realmente necesario porque los robots proporcionaban a los humanos todo cuanto pudiesen necesitar. La compañía Techblar había instalado en esas criaturas metálicas el código de la robótica diseñado por el escritor y profesor de bioquímica Isaac Asimov, y lo que al principio fue una ayuda para la humanidad, acabó por eliminar la necesidad de trabajar, así que la gente trabajaba por capricho.

Veodol era una de las personas más influyentes de todo el sistema Tendros, que albergaba doce planetas habitados y más de cien mil naves estelares. Uno podía trabajar en organización de sistemas, en un carguero o en una nave tripulada, en artes y humanidades... pero ella tenía un trabajo un poco especial, era probadora de sistemas oníricos, lo que significaba que le daban créditos ganma simplemente por dormir.

Vivía en el planeta Darnga, en el borde exterior del sistema Tendros. En Darnga solían habitar los ingenieros e inventores más arriesgados, y también los probadores de nuevos programas, rutinas y avances. Aquel día Yana, uno de los inventores más prolíficos de Tendros, le envió un chip que solo debía acoplar al lector que conectaba con su cerebro. 

Hacía años que no se veía un chip verde, casi todo eran placas plásticas con pistas de plata. Debía de haber tardado años en reunir el silicio necesario para ese chip. Algo confusa encendió el comunicador y la pantalla se encendió. Yana, un hombre de cabello plateado totalmente rapado en un lado y lleno de trenzas en el otro, la miró con los ojos biomecánicos magenta totalmente abiertos.

-Buenos días Yana -él no respondió-. Acabo de recibir la nueva muestra, ¿puedes decirme qué es?

-Será mejor que lo descubras por ti misma. Si te asustas, tócate con el índice en la mano contraria como si intentases atravesarla, eso debería darte control.

-¿Control sobre qué?

-¿Qué tendría de divertido decírtelo?

Y, sin más explicaciones, Yana cortó la comunicación. Veodol refunfuñó con evidente molestia. Si ese chico era realmente brillante, también era un cretino integral. Normalmente le enviaba las instrucciones en una tabla grisna, la evolución de los ebooks de hacía quinientos años, y no tenía problemas en seguirlas, pero cuando le pedía algún tipo de información extra, solía ser esquivo y muy críptico.

Decidió que no iba a esperar al anochecer, así que metió el chip en el lector de su cerebro y cerró los ojos. Intentó centrarse en algo que la ayudase a relajarse, pero no funcionó, no era capaz de dormirse. Abrió los ojos con evidente molestia, y fue a prepararse un café. De algún modo esa planta podía cultivarse en todos los planetas habitados, y se hacía a escala interplanetaria para que llegase a cualquier planeta. No le gustaba el café cultivado en el mismo planeta, pensaba que, cuando las semillas viajaban por el espacio, envejecían y tomaban un sabor muy especial.

Miró por la ventana mientras la cafetera destilaba el brebaje, pero tardó menos de un segundo en olvidarse de esa medicina matutina que hacía que su humor fuese cien veces más soportable. Por extraño que pudiese parecer, por la ventana de su cocina se veían millones de estrellas.

-¿Qué demonios?

Eso no fue lo más raro, sino que podía respirar, pese a que la ventana estaba abierta de par en par, y todas sus cosas estaban sujetas exactamente en el mismo lugar, como si la gravedad las atrajese. Podría ser que la hubiesen transportado a una nave, solía ocurrir a veces cuando los vigilantes del sistema Tendros querían investigar a un cierto número de personas. Las sacaban de sus vidas durante una o dos horas y luego los devolvían a casa. No obstante para eso tendría que haber abandonado su cocina.

Estaba empezando a asustarse, hasta que recordó las palabras de Yana. Levantó la mano derecha y trató de atravesar su palma con el índice, y entonces todo paró de golpe. El café dejó de salir, la emisión satelital de su pantalla holográfica se detuvo, todos los sonidos se paralizaron, absolutamente todos, menos uno. Se trataba de una voz metálica que estaba oyendo todo el tiempo pero de la que no se dio cuenta hasta ese momento, una voz que no dejaba de decir "ahora estás soñando".

Abrió los ojos de golpe, estaba en su sofá, sudando y con el corazón desbocado. Miró en su pulsera biométrica su ritmo cardíaco. Oscilaba entre los 170 y 180. Era una persona sorprendentemente calmada, no solía asustarse por casi nada. Cerró los ojos con fuerza para intentar centrarse y luego volvió a abrirlos. Todo seguía normal, su pulso empezaba a descender lentamente. Necesitaba algo que calmase sus nervios.

Intentó encender el equipo de música, pero descubrió que no estaba, de hecho todo a su alrededor, toda su cocina, empezaba a desaparecer. Cuando quiso darse cuenta estaba en una sala totalmente blanca, sin ventanas, sentada en su sofá negro. Tenía que ser un sueño. Intentó volver a controlar lo que ocurría a su alrededor. Cuando apoyó su dedo índice en la palma de su mano, de nuevo volvió a oír esa voz metálica diciendo "ahora estás soñando".

Se despertó de golpe, su perro la miraba con preocupación, con el hocico marrón apoyado sobre su muslo. Se incorporó como pudo y, lo primero que hizo, fue intentar controlar el sueño por si volvía a estar dormida. Silencio, había dejado de oír esa voz definitivamente. Se sacó el chip con las manos temblorosas y volvió a llamar a Yana. Sorprendentemente para ella, el profesor chiflado no tardó en responder a su llamada, como si la hubiese estado esperando desde hacía bastante tiempo.

-¿Te encuentras bien? Hace casi dos semanas que no se nada de ti.

-Me tomas el pelo, solo he estado dormida un par de horas. O creo que he estado dormida.

-Ojalá.

A juzgar por su expresión preocupada, comprendió que no iba de broma. Había estado dormida muchísimo más tiempo del que creía. Comprobó la fecha en el comunicador espacial. Habían pasado doce días.

-¿Qué demonios has inventado?

-Se supone que es un chip para las personas que sufren de insomnio o quieren tener sueños lúcidos. Pone el cerebro en reposo hasta que resuelvas el rompecabezas.

-¿Qué rompecabezas?

-La pregunta que debes resolver es: ¿cómo sabes si estás despierta?

Abrió los ojos como platos. No había manera de saber si realmente estaba despierta. Como un instinto primario, intentó volver a controlar el sueño, y de pronto volvió a oír esa voz metálica que decía una y otra vez "ahora estás soñando". Miró sus manos con verdadero terror. No funcionaba, no podía despertarse. Y de pronto hubo algo extraño. Podía estar alucinando, pero hubiese jurado que no tenía trece dedos entre las dos manos.

Se despertó de golpe. No sabía ni cómo había creído que era un sueño, ella no tenía perro desde los seis años. Contó los dedos de sus manos para asegurarse de que estaba despierta. Cinco en cada mano, diez en total. Se sacó el chip con verdadero terror y llamó a Yana. El chico tardó casi dos minutos en responderle, y la miraba con verdadera sorpresa.

-¿Ya lo has hecho?

-Sí, ¿qué demonios es esto?

-Un juego -respondió sin más-. Pone tu cerebro en reposo y te mete en una fantasía, algo que te resulte cómodo pero extraño al mismo tiempo. Si lo resuelves te deja salir.

-Yana, un consejo: Inventa algo con lo que la gente no se muera de miedo, científico chiflado.

Y, sin darle tiempo a preparar siquiera una respuesta, cortó la llamada. 

jueves, 30 de marzo de 2023

La reina de la arena

De mi infancia solamente soy capaz de recordar la arena de color caramelo, el sol abrasador y las estrellas. Había tantas estrellas que no podía contarlas. Pese a que el desierto se congela y las cosas más peligrosas del desierto salen por la noche, yo solía tumbarme sobre una manta con la cabeza pegada al firmamento. No te imaginas lo bello que es el cielo del desierto.

En mi pueblo, los moradores, solamente existen tres normas: no se mata a nadie, no se roba a los de tu propia tribu y, sobre todo, las mujeres no podemos alterarnos. Sé que esta última te parecerá absurda, loca e irracional, pero tiene su razón de ser. La leyenda de la reina de la arena. Mi padre me la contó siendo niña, y a él se la contó su madre. Ha ido pasando de generación en generación como una religión, y dice lo siguiente:

"Hace miles de años existió un rey avaricioso y sin conciencia que robaba a su pueblo y mataba al que protestaba. La gente estaba aterrorizada, pero sobre todo estaba enfadada. ¿Cómo era posible que su propio rey, quien tenía el deber de protegerlos, era quien más daño les hacía?

Un día llegó del oeste una mujer de piel morena con tatuajes blancos, ojos color almendra y cabello largo y pálido como la misma arena. La mujer tenía la capacidad de convertir arena en oro, y muchos la veneraban como a una diosa. Cuando el rey se enteró de ese poder, mandó llamarla a su palacio de oro, y ella acudió a su presencia.

"Majestad" le dijo "¿qué puede hacer esta humilde doncella por vos?"

"Conozco tu poder" respondió él "quiero que transformes toda la arena del desierto en oro"

Pero la mujer de arena no estaba allí para capricho de él sino por la desesperada necesidad de su pueblo hecho pedazos.

"Nunca" respondió sin dudar "antes moriría que ayudarte"

Furioso, el rey bramó que la ejecutasen por traición, pero ella no solamente podía transformar arena en oro, también podía convertir el oro puro en arena.

"Tú, rey egoísta y ambicioso, ya que te gusta mi magia, tu palacio se transformará en arena nada más ponerse el sol"

Y con esas palabras la mujer se transformó en arena y voló por todo el palacio para escapar de aquel hombre. El rey no se lo creyó, no pensaba que la mujer pudiese transformar su hermoso palacio de oro, que atraía a todo el mundo a sus pies, en simple arena. 

Al atardecer, mientras disfrutaba de la compañía de una doncella, el oro de cada figurilla y cada pared del palacio se transformó en arena, y cayó sobre el rey y su concubina, sepultándolos bajo la arena. Muchos intentaron escapar, pero la reina de la arena solo permitió la huida de la mujer y se marchó hacia la inmensidad, no sin antes advertirle que siempre estaría vigilando, agazapada en la arena del desierto"

Mi pueblo dice que esa leyenda es más que una leyenda, que las mujeres no debemos gritar, ni llorar ni enfadarnos para no llamar a la reina de la arena. Normalmente les habría creído a ciegas, cuando era pequeña lo hacía, pero con el paso del tiempo esa leyenda se convirtió en el típico cuento que narras a un niño para que se porte bien. 

-Khali -me levanté de la manta-. Te he dicho mil veces que no salgas de noche.

Mi marido es siempre dulce y cariñoso, menos cuando quiero mirar las estrellas. Entonces se vuelve violento, casi un animal, y yo tengo que soportarlo sin llorar ni una sola vez, o se cabrea aun más. Estoy harta de eso.

-¡Déjame en paz! -grité-. ¡Me pones los cuernos con mi hermana! ¿Crees que lo dejaré pasar?

Nunca le he había visto retroceder ante nada, no importa lo grande o fuerte que sea la bestia que intenta intimidarlo, nunca lo consigue, así que yo, una mujer delgaducha y bajita, no podría hacer nada contra él. Entonces, ¿por qué demonios retrocedía? Y como si fuese una especie de instinto salvaje, me di la vuelta.

Nunca he visto nada más hermoso, era una mujer con el cabello largo que se convertía en arena con el viento pero jamás se volvía pequeño, de piel morena recorrida por espirales blancas y con los ojos del color del desierto.

-La reina de la arena... -comprendí, aterrorizada.

-Sí, y han olvidado la parte más importante de la historia: el rey no solamente robaba a su pueblo, también era un ser despreciable que violaba a mujeres y niñas. No fue el hambre de su pueblo lo que me llamó la primera vez -avanzó un paso-, fueron los lamentos de esas mujeres. 

No comprendía nada de lo que estaba ocurriendo, pero no tardé tampoco en entenderlo. La reina de la arena decidió castigar a todos los hombres del pueblo, que nos manipulaban y controlaban sin importar lo que sintiésemos. Con la arena del desierto creó sombras de color rojo que se metieron dentro de los hombres manipuladores de nuestro clan y de las mujeres que lo sabían, y cuando todos estuvieron presas de los fantasmas, la reina de la arena se acercó a los que quedamos en pie y nos dijo, con una voz dulce y melodiosa.

-Ahora sois libres, hijas del desierto, pero si necesitáis a vuestra madre, solo gritad y yo acudiré a salvaros, sin importar cuál sea el peligro.

Podrías pensar que esto no es más que un cuento, pero incluso ahora, en mitad de Sacramento, yo puedo sentir a la reina de la arena, oír su voz, diciéndome que siempre me protegerá, sin importar a dónde vaya.

miércoles, 29 de marzo de 2023

Ladrona

 El sol iluminaba la plaza del pueblo, cercana al puerto. Era un día normal de principios de verano, en los que uno se sienta a tomar un café y disfrutar del silencio o de la compañía, según se tercie. Lucía solía ir de compras y parar a medio día a tomar un café para despejarse un rato, ¿y quién no tiene derecho a ello? Aquel día no tenía ganas de conversación, solo de disfrutar del silencio, un bizcocho esponjoso de color caramelo que la cafetería ofrecía por voluntad, y el sol de mediodía.

Por desgracia para Lucía, seguramente no podría iba a poder hacer eso. Los primeros turistas acababan de llegar desde algún punto del centro de la península, y eso significaba dos cosas: ruido innecesario y falta de modales. En cuanto escuchó el acento del centro acompañado de esa soberbia mal disimulada, supo que necesitaría toda su fuerza de voluntad para poder ignorarlos y seguir disfrutando de su café, que a fin de cuentas era lo único que quería.

-Un café dalgona con leche de almendras, y rápido.

No sabía ni lo que había pedido, pero eso le daba exactamente igual. La señora rubia que había pedido ese café ni siquiera se había molestado en saludar a la camarera, una chica que estaba sacrificando sus vacaciones solo para ganar un poco de dinero. Esa actitud era lo que le revolvía el estómago. ¿Tanto costaba ser amable?

-Amanda -la llamó con una sonrisa-. Cuando tengas un momento cóbrame.

No sabía por qué a las personas les costaba tanto tener paciencia, saludar o dar las gracias. Era algo muy sencillo. A su entender, si uno tiene tiempo para sentarse en una terraza a tomar un café, también lo tiene para ser amable y comprender que el camarero tiene más cosas que hacer que atender a una sola persona.

Amanda, la camarera rubia con una graciosa peca encima del labio, no tardó en llegar con un vaso de café prácticamente blanco cubierto de crema de color tostado. A través de sus gafas de sol, Lucía miró impresionada esa bebida. Tendría que buscar en internet cómo hacerlo, si lograba recordarlo después.

Levantó la mirada al oír un chillido familiar, una gaviota estaba recorriendo la plaza con un delicado planeo. Agarró su bizcocho y se lo comió antes de que ocurriese lo que sabía perfectamente que acostumbraba a ocurrir, y siguió tomándose su café.

Entonces una risa molesta la hizo volver a la realidad otra vez, y miró a la turista. Ni siquiera le estaba prestando atención al café, tenía la cabeza pegada a un smartphone. Sonrió con picardía, sabía lo que estaba a punto de ocurrir en cuanto decidió dejar de lado el café y prestarle atención al teléfono.

Unos segundos después, la gaviota que había aterrizado en mitad de la plaza, saltó a una de las mesas de la terraza, sin perder vista del bizcocho de la turista. Tardó solo un par de segundos en alcanzar la mesa de la mujer rubia, agarrar el bizcocho con el pico y tirar el cremoso café por encima de la camisa blanca de la turista al alzar el vuelo, con el dulce en el pico.

No pudo evitar una risa bastante estridente. Sabía que pasaría, pero siempre era divertido verlo. La mujer rubia la fulminó con la mirada.

-Vaya falta de respeto.

-La culpa es suya -respondió sin darle mucha importancia-. Además, antes de hablar de respeto, aprenda modales. Los camareros no son sus esclavos, son camareros y están trabajando, pero no para usted, y se merecen ser tratados con respeto.

Amanda salió a la terraza nada más ver el desastre, y se encontró con la aguda respuesta de su amiga. Aunque hubiese querido, no habría podido evitar esa sonrisa divertida y sincera.

-Cielo, supongo que tienes un rato -le entregó un billete-. Quédate el cambio.

-Pero...

-Eh, las vacaciones acaban de empezar y ya aguantas bastante a gente sin modales -sonrió-. Te lo mereces.

-Gracias.

-¿No vas a hacer nada? -interrumpió la turista-. Atrapa a esa ladrona.

-¿Le han robado el bolso? Puedo llamar a la policía.

-No mujer -intervino Lucía-, creo que pretende que vayas detrás de una gaviota que le ha robado el bizcocho y le ha tirado el café por encima por estar pendiente del móvil. 

viernes, 24 de marzo de 2023

Pesadilla

Era un martes corriente, con un sol tranquilo y brillante, aire fresco y sin una sola nube en el cielo azul claro. Uno de esos días en los que a uno le dan ganas de pasear durante horas solo por disfrutar un poco más de esa temperatura ideal. Eso era precisamente lo que estaban haciendo Angélica y Fernando aquella mañana de finales de invierno, recorrer una y otra vez los más de cuatrocientos metros del paseo marítimo, con el aire fresco y el olor salobre del Cantábrico.

Fernando llevaba años enamorado de Angélica, una poeta de corazón libre que no ansiaba atarse a nadie. Él lo sabía, y por eso guardaba silencio y se conformaba con ver su cálida sonrisa y saber que solo con instantes poéticos y eternos podía hacerla feliz. Eso era suficiente para su desesperado corazón.

Pero aquella no era una mañana corriente, porque aquella mañana no podían relajarse. Alguien los seguía. Era un hombre extraño, con una gabardina hasta las rodillas, un traje de los años 40 y el pelo cortado a cepillo. Si bien Angélica no se había percatado de su presencia, él no se lo sacaba de la cabeza.

Estaban llegando al final del paseo, cuando todo el cielo se volvió negro, pero Angélica pareció no darse cuenta, seguía caminando hasta apoyarse en la barandilla. ¿Por qué él era el único que veía que todo parecía... paralizado? Los pájaros se habían parado en seco, el mar se detuvo justo cuando ella se apoyó en la barandilla, y el extraño hombre del traje gris empezó a crecer de modo extraño, tanto que apenas podía ver su cabeza redonda como un globo y llena de afilados dientes o sus manos en forma de garras. Intentó correr, pero sin importar lo rápido que lo intentase o lo largas de sus zancadas, no avanzaba ni un solo metro. 

Angélica estaba allí, apoyada en la barandilla, cuando sintió algo esférico caer a sus pies. Miró al suelo pensando en devolverle el balón al niño, pero nada más bajar la mirada al suelo, gritó horrorizada. A sus pies no había un balón de fútbol, sino la cabeza de Fernando, que estaba a cuatro metros de su cuerpo, que se aguantaba a duras penas sobre sus piernas sin fuerzas antes de caer pesadamente.

Gritó horrorizada y salió corriendo. No entendía lo que acababa de pasar ni tenía fuerzas para procesarlo, solamente necesitaba salir corriendo, y entonces vio a aquel hombre. No sabía cómo no lo había visto antes, era imposible no darse cuenta de su presencia.

...

Se despertó de golpe, jadeando y sudando a mares. Llevaba días teniendo la misma pesadilla y empezaba a estar harta. Se levantó de la cama y, en la oscuridad de la habitación, miró el reloj de su muñeca, que marcaba las 4.03.

Tenía que levantarse a las 8 para ir a trabajar y no podría hacerlo si no dormía al menos tres horas más, así que dirigió sus pasos hacia la puerta de su dormitorio. Por alguna extraña razón el suelo estaba pegajoso, pero también tenía un gato que era un maldito desastre, así que podría haber hecho cualquier cosa. Por eso no le dio mayor importancia, se dirigió hacia la cocina con la cabeza hecha un lío.

Sacó un vaso del armario, abrió la nevera y lo metió en el microondas. Ni siquiera había encendido la luz, solamente necesitaba beber un poco de leche caliente para poder volver a dormirse y no sentir que su cuerpo pesaba una tonelada cuando tuviese que levantarse al día siguiente.

La luz del microondas se apagó cuando sonó la campanita, se bebió la leche sin preocuparse del calor que se le pegaba a la garganta, dejó el vaso en el fregadero con un poco de agua y volvió a su dormitorio.

El sueño no tardó en invadirla, pero cuando cerró los ojos volvía a estar junto a Fernando, caminando por el paseo marítimo bajo un sol primaveral delicioso.

...

El despertador sonó como cada día a las 8, la luz de la mañana iluminaba la habitación. Angélica apagó el despertador del móvil y, como cada día, se quedó mirando al techo con los ojos pesados. Cada maldita noche tenía el mismo sueño.

Cuando finalmente encontró ánimos para levantarse de la cama, lamentó sinceramente haberlo hecho. La habitación estaba cubierta de sangre, la cabeza de Fernando se encontraba cerca del armario, mirándola con los ojos abiertos de par en par, y su cuerpo al lado de la ventana. La sangre bajó helada por su cuerpo, marcó el número de emergencias y le dio a llamar, pero nunca llegó a explicar qué había ocurrido porque el hombre del traje gris y gabardina marrón apareció en la puerta, con una sonrisa macabra. 

Angélica no necesitaba ser adivina para saber qué iba a ocurrir. Por eso, cuando la policía llegó a su casa y rompió la puerta, encontraron los cuerpos decapitados de Fernando y Angélica en una habitación llena de sangre y una gabardina marrón en el suelo.

jueves, 23 de marzo de 2023

Puente de espejos

 El viento azotaba las ventanas sin piedad y entraba por los agujeros de la vieja madera, haciendo bailar las llamas de las velas. Por suerte para Aleena y su madre, la chimenea estaba bastante protegida, así que podía seguir preparando la medicina. Hilda llevaba enferma más de diez años, obligando a su hija a crecer antes de tiempo, así que había aprendido a los siete años a preparar la comida, fregar los suelos de piedra, alimentar el fuego y prenderlo sin quemarse, lavar la ropa en el río y preparar la medicina que la bruja del pueblo les había recomendado. 

Aleena no sentía nada por su madre, quizá por tener que aprender a ser madre antes de poder siquiera tener un hijo o casarse, o porque ella apenas hablaba en casi todo el día ni tenía fuerzas para ayudarla. Fuese cual fuese la respuesta, Hilda solo era una obligación más en la complicada vida de su hija.

Cuando terminó de preparar la medicina se acercó a Hilda y la ayudó a incorporarse, y la mujer de cuarenta años se tomó el brebaje amarillo sin protestar siquiera, tosió y luego volvió a tumbarse. Aleena se levantó y dejó el vaso de barro en un cubo con agua. Después de que su madre se hubiese dormido, salió de la casa y se dirigió al río, que se recorría un pequeño claro a unos metros de la destartalada casa de piedra y madera.

Cuando llegó se quitó los viejos zapatos llenos de agujeros, agradeciendo que sus pies pudiesen descansar de su ajetreado día en la hierba húmeda y fresca. Desde ese pequeño rincón podía ver el cielo lleno de estrellas y la luna creciente dedicándole una sonrisa. Eso era lo único que aliviaba un poco el constante pesar que sentía en su pecho y las ganas de salir corriendo, ese pequeño rincón que consideraba su paraíso.

Pero esa noche era distinta, muy distinta, porque un hombre de aspecto sereno, pálido como la luna, con un traje de lujosa tela y enigmática sonrisa, se sentó a su izquierda, sin preguntar siquiera. Aleena le dedicó una mirada molesta, pero él no dio muestras de comprenderlo o de que le importase.

-Buenas noches -dijo él con su voz grave.

-¿Podría dejarme a solas?

-¿Por qué quieres estar sola?

Esa pregunta le sentó como una patada en el vientre. Le daba igual que fuese rico, noble o las dos cosas, solo quería sentarse a solas bajo las estrellas un momento, ¿tanto pedir era?

-Eso no le importa.

-¿Y si escuchas la propuesta que tengo para ti?

-No me interesa.

-¿Estás segura de eso, Aleena?

Frunció el ceño con evidente molestia. Estaba a punto de responderle de mal modo, aunque eso pudiese salirle caro, pero cambió de opinión al oír su nombre. No recordaba habérselo dicho, lo que significaba que, o bien la había estado espiando, o bien algún bocazas le había dicho cosas que era mejor no contarle a un extraño.

-¿Qué propuesta?

-Sé lo que puedes hacer -ella levantó una ceja-, lo del fuego -y de golpe su mal humor se extinguió, dejando paso a la preocupación-. Tranquila, no voy a decir nada.

Iba a preguntar por qué, pero no llegó a hacerlo, el desconocido extendió su mano y, lentamente, la hierba que los rodeaba fue perdiendo el agua que había en su superficie. Pequeñas gotas flotaron hasta su mano, acumulándose hasta formar una esfera de agua que flotaba sobre la palma de su mano. Cuando el desconocido cerró la mano, el agua se transformó en una esfera de hielo, y Alina extendió la mano y agarró la esfera con sus dedos blancos, sin importarle el frío de la esfera.

-¿Qué...?

-Intenta derretirla.

-Yo no puedo hacer eso.

-Sabes que sí, solo tienes que concentrarte.

Aleena pensó en el fuego, pero nada ocurrió, la esfera seguía desprendiendo un humo blanco congelado debido al frío de su corazón. No sabía cómo hacerlo si tenía que concentrarse en ello, cuando estaba encendiendo el fuego simplemente ocurría, pero no sabía por qué o qué lo desencadenaba.

-Tranquila.

Su voz dándole instrucciones, jugando con su paciencia, empezó a enfadarla. Entonces la esfera comenzó a perder forma, a derretirse entre sus manos, hasta que volvió a ser agua ante los sorprendidos ojos negros de Aleena.

-¿Qué demonios acaba de pasar?

-Nada que no sea natural para ti.

-¿Quién eres tú para empezar?

El desconocido la miró con una sonrisa. Que hubiese dejado de tratarle como un noble le hacía mucha gracia, a fin de cuentas, ¿de dónde había sacado ella la idea de que era noble?

-Me llamo Valnar, y soy... más o menos como tú.

-Eso genera muchas más preguntas de las que responde.

-¿Y si vienes conmigo? Así todas tus dudas se resolverán.

-¿Y qué pasa con mi madre?

Valnar la miró con algo de duda. No hablaba de ella como si la quisiese, de hecho no percibía ninguna emoción hacia ella en sus ojos, simplemente era algo que estaba ahí.

-No puedo abandonarla.

-Ya lo sé, pero tranquila, la llevaremos con el maestro y él sanará su cuerpo. Volverá a ser la persona que era antes de que enfermase.

Asintió, pese a que no confiaba en él. Estaba deseando salir corriendo, era algo que había querido desde que tenía memoria, pero que no podía hacer por estar encadenada a su madre. Aleena llevó a Valnar hasta su casa, preguntándose por qué demonios estaba haciendo eso. Cuando atravesaron la puerta, Valnar no pudo evitar fijarse en aquel bulto entre las mantas.

-Aleena, lo siento, pero no sirve de nada.

-Dijiste que tu maestro podía salvarla.

-Eso pensaba pero... lleva enferma demasiado tiempo, morirá antes de que lleguemos -asintió, comprendiendo lo que eso significaba-. Sin embargo, y siento decirte esto, el puente que me ha traído hasta aquí se cerrará esta noche, así que debes tomar una decisión.

-Valnar, si te pido una cosa, ¿podrías hacerlo? -la miró con curiosidad-. ¿Puedes acortar el tiempo que le queda para que deje de sufrir?

Había elegido las palabras con cuidado, pero Valnar no necesitaba ser adivino para saber que no se lo pedía por Hilda sino por ella. La había estado observando desde hacía meses y sabía que estaba encadenada a ella, que nunca había podido alejarse demasiado de su casa ni tener algún tipo de amistad o relación con nadie porque Hilda la necesitaba casi todo el tiempo, y eso dejaba a Aleena como una marioneta dentro de su propia vida. Tal vez fuese egoísta, pero no lo aguantaba y él podía entenderlo. Sin embargo, Valnar no podía hacer lo que le pedía, iba en contra de todo en lo que creía, de lo que le habían enseñado.

-Lo siento.

-No importa -suspiró pesadamente-. ¿Puedes quedarte con ella un momento? Tengo que ir a ver a alguien.

Sin esperar siquiera a que Valnar respondiese, Aleena salió de su casa y corrió hasta la casa de la bruja. Esa mujer comprendía cómo se sentía ella y las ganas que tenía de escapar, y cuando abrió la puerta y vio esa decisión en sus ojos, lo supo.

-Tengo que irme -asintió-. La persona que ha venido a buscarme dice que a Hilda no le queda suficiente tiempo para llegar a donde vamos, así que tengo que pedirte un último favor, Amelie.

-Lo haré, solo vete y no mires atrás. 

Asintió con una sonrisa esperanzada por primera vez en su vida. Nunca había sentido esa cálida sensación en su pecho, y mientras Amelie la seguía hasta su casa para poder trasladar a Hilda a su propia morada, no podía evitar pensar en el momento en que ella había tomado casi la misma decisión que Aleena, cuando tuvo que elegir entre arar el campo que su padre cultivaba para el barón, o seguir el camino del puente de espejos y elegir su propia vida.

martes, 21 de marzo de 2023

Las llaves

 María estaba harta de su trabajo, realmente harta. Trabajaba para Sandro Pérez, un hombre de cincuenta años español por parte de padre e italiano por parte de madre. Sandro tenía ideas muchísimas ideas, quizá demasiadas, así que por querer abarcarlo todo no prestaba atención a casi nada, y eso incluía pagarle a María, que seguía trabajando porque no tenía alternativa porque, a falta de experiencia, nadie la contrataba. Por eso había empezado a trabajar para Sandro, pese a que lo conocía perfectamente y sabía de qué pie cojeaba.

Aquella mañana ni siquiera tenía ánimos para ir a trabajar, se sentía cansada, había estado dando vueltas toda la noche y saber que tendría que aguantarle no mejoraba su humor. Aun así se vistió para ir a trabajar y caminó hasta la oficina que, como casi todos los días, estaba vacía. Sin muchas ganas sacó su ordenador de la mochila y conectó el cargador. 

Llevaba un par de horas aburrida, mirando a ninguna parte porque en la oficina nunca había demasiado que hacer, a parte de mantenerla limpia. Sandro apareció por la puerta, con un pintor delgaducho, tanto que parecía un milagro que pudiese mantenerse en pie por sí mismo. 

-María -levantó la mirada del ordenador-. ¿Has visto las llaves?

-¿Qué llaves?

Sandro señaló la puerta que llevaba al local del entresuelo y María suspiró pesadamente. El viernes había estado subiendo cajas a ese maldito local de escaleras angostas y muy poco iluminado, y había dejado las llaves sobre el mostrador. Al llegar por la puerta aquel lunes las llaves ya no estaban, así que supuso que Sandro las había guardado.

-Ni idea, yo las dejé en el mostrador.

-Voy a mirar atrás.

María no necesitaba ser adivina para saber qué iba a ocurrir. Sandro se volvió loco buscando en la trastienda, donde había instalado su despacho, las llaves con un prendedor verde. María suspiró mirando al cielo y empezó a buscar las llaves en su mostrador, por si se habían colado entre algún papel. Llevaba ya un rato buscando cuando Sandro apareció por el pasillo y la miró con cara de circunstancias.

-Tienes que tenerlas tú, te las he dado a ti para guardar las cajas. Búscalas porque tienes que tenerlas tú.

-¿Y no te las habrás dejado en casa?

-Lo dudo, pero voy a mirar -respondió apresuradamente.

María sabía perfectamente que ella no las tenía, no porque no hubiese buscado bien o porque existiese la mínima posibilidad de que se las hubiese llevado por accidente, sino porque estaba segura de que las había dejado sobre el mostrador, encima de una placa de cristal donde había cinco tarjetas más viejas que el Arca de Noé.

En cuanto Sandro se fue, María se sentó en su silla blanca giratoria, con la cabeza dándole mil vueltas y unas ganas tremendas de tomarse un café con Mercedes, su madre. Estuvo a punto de escribirle, pero no podía dejar al pintor solo, cruzado de brazos, mientras esperaba a unas llaves que no iban a aparecer y teniendo que soportar a Sandro. El timbre del teléfono le hizo levantar la cabeza, y en la pantalla de su Smartphone apareció el nombre de su jefe.

-Joder... -dijo en un suspiro antes de pulsar en el teléfono verde-. Dime Sandro.

-¿Las has encontrado?

-No.

-Pues habrá que llamar a alguien para cambiar la cerradura, y me jode porque acabo de cambiarla.

Después de unos dos minutos de conversación, colgó el teléfono con el ánimo por los suelos. Sabía que no debería haberse levantado de la cama ese día. Mientras lamentaba el momento en el que se había vestido y convencido a sí misma para ir a trabajar, el pintor salió de la trastienda. No quería ni saber qué estaba haciendo allí o cómo había entrado, tenía demasiadas cosas en la cabeza.

-María, ¿son estas?

Se quedó mirando las llaves, con un prendedor verde y un montón de copias de la misma llave. Tenía que ser una maldita broma.

-¿Dónde estaban?

-En la oficina de Sandro, debajo de una carpeta -respondió mientras dejaba las llaves sobre el mostrador.

-Voy a comprobarlo.

De algún modo se temía el resultado. Sostuvo entre sus manos una de las llaves de seguridad, la introdujo en la cerradura y la giró despacio, con una suavidad digna de un engranaje perfecto. Pudo oír un "clic", pero antes de abrir la puerta, volvió a girar la llave, la sacó de la cerradura y miró al cielo con aspecto derrotado.

-¿Y se supone que la despistada soy yo? -miró al pintor-. Dame un minuto solamente, primero voy a matarlo y luego te abro.

Hablaba metafóricamente, pero incluso el pintor comprendía su punto de vista. Conocía a María desde hacía años, a ambos en realidad, y sabía que Sandro era al menos tres veces más despistado que esa pobre chica, que solo quería tener un poco de experiencia para poder buscar un trabajo donde le pagasen un sueldo adecuado y no tuviese que perseguir a su jefe para que le pagase.

María desbloqueó el Smartphone, buscó el número de Sandro y deslizó su nombre para llamarle. Después de dos tonos, finalmente la voz de Sandro respondió, algo molesto por la "desaparición" de las llaves.

-¿Sí?

-Han aparecido. Estaban debajo de una carpeta en tu despacho -y casi pudo sentir cómo Sandro se maldecía a sí mismo interiormente-. Sí, tranquilo, yo me encargo.

Típicamente Sandro le había pedido que vigilase la oficina porque él no iba a estar en todo el día, lo cual era bastante común. Con una sonrisa de oreja a oreja, María abrió la puerta del local contiguo y volvió a su trabajo.

viernes, 17 de marzo de 2023

El imitador

-Estoy seguro de que te preguntas cómo he acabado aquí, entre estas cuatro paredes. 

La doctora Emily Higgs observó a su paciente, Alexander, con una ceja levantada. Claro que sabía cómo había acabado en el psiquiátrico. Según su expediente había intentado quemar su casa con él dentro, y había llegado con quemaduras de segundo grado, por lo que tenía vendas en los brazos y en el torso. Después de tres meses en la unidad de quemados del hospital, habían decidido trasladarle al ala psiquiátrica.

-Bueno, todos tenemos nuestra historia Alexander, ¿por qué no me cuentas qué ocurrió? -repasó sus notas en la tabla con pinza-. Cuando te ingresaron en la unidad de quemados, dijiste que habías cometido un error, ¿de qué estabas hablando?

Alex tenía quince años, y según su historial psicológico, sufría depresión desde que su hermana, Clare, se había suicidado. Pero Emily no veía ninguno de los síntomas de una depresión, de hecho casi parecía... asustado.

-Debí evitar que se suicidase -murmuró con lágrimas en los ojos.

Eso podía pasar por una depresión, ese sentimiento de culpa... pero no lloraba por sentirse culpable, a juzgar por el involuntario temblor y las rodillas rodeadas con sus brazos, no era culpa lo que sentía, sino miedo.

-¿Por qué estás tan asustado, Alex?

-¡Le he dicho que no me llame así! -la psiquiatra ni se inmutó-. Clare era la única que me llamaba Alex.

-Está bien, lo siento. ¿Podrías responder a mi pregunta?

Alexander la miró con los ojos llenos de lágrimas. ¿Cómo iba a decírselo? ¿Cómo iba a explicarle esa sensación de frío cada vez que...? No, nunca le creería, seguramente se pasaría más tiempo encerrado, en peligro, y eso no podía ocurrir.

-No lo entendería.

-Inténtalo. ¿Por qué intentaste quemar tu casa?

-Yo no intenté quemar mi casa, yo no provoqué el incendio. Estaba hablando con... -desvió los ojos hacia la derecha- un amigo por teléfono y... cuando me di la vuelta todo estaba en llamas.

Emily se fijó en sus ojos, en su mano temblorosa colocándose el pelo detrás de las orejas, en sus pies, frotándose uno contra otro... eso solo podía ser una cosa.

-¿Sabes lo que es un tic? -negó rápidamente-. Te colocas el pelo detrás de la oreja cuando mientes.

-¿Cómo sabe que estoy mintiendo?

-No solo sé que lo haces, sino también cuándo. No estabas hablando con un amigo ni por teléfono. ¿Con quién estabas hablando?

Su labio tembló un momento, solo con pensar en decirle lo que lo había llevado al ala psiquiátrica del hospital, sentía ganas de salir corriendo. Pero no podía, así que se quedó sentado, con los brazos envolviendo sus piernas y la cabeza en las rodillas. Estaba harto de sentir frío constantemente, de sentir esos ojos grises sobre él.

-Tiene razón, no hablaba con un amigo, estaba hablando con Clare.

Emily estuvo a punto de decirle que dejase de mentirle, pero estaba siendo sincero. No era solamente que pensase que estaba hablando con su hermana, creía que era así sinceramente.

-¿Y qué te cuenta tu hermana?

-Dice que se siente sola, que quiere que vaya con ella -suspiró pesadamente-. Cuando le dije que no podía hacerlo, la casa empezó a arder. Intenté salir por la ventana, pero no resulta nada fácil si vives en un sexto piso. Las llamas me empujaban hacia la ventana... pero yo no quiero morir, así que me quedé allí, y cuando desperté estaba en la unidad de quemados y el doctor Silverstone me hacía preguntas.

Jack Silverstone era el jefe de psiquiatría, quien había recomendado su ingreso en el ala psiquiátrica, claro que él no necesitaba estar allí, no estaba enloqueciendo ni estaba deprimido. Tal vez estuviese triste por la muerte de Clare, pero no tanto como para intentar suicidarse.

-Estoy segura de que no estás deprimido -concluyó Emily-. Sé que crees que es la única explicación, que por eso tienes alucinaciones, pero tampoco estás alucinando.

-¿Usted también la ve? -preguntó con los ojos muy abiertos.

-Por desgracia no, Alexander, pero estoy segura de que ella se ha aferrado a ti. Soy descendiente de un clan de médiums, y sé que está aquí porque puedo sentir frío -Alexander la miró como si hubiese recibido una descarga-. No te preocupes, encontraré el modo de ayudarte. Por el momento aquí estás a salvo.

...

Guardó la carpeta, con el labio fruncido por sus dientes y una sensación de malestar. Cada vez que se encontraba con un caso como ese, no podía evitar preguntarse cuánta gente estaría en una situación semejante, perseguido por los fantasmas de la gente que más quería, incapaces de escapar.

Estaba tan concentrada en darle vueltas a tal trivialidad, que no sintió el frío hasta que algo se aferró a su piel. Se sacó la bata y levantó la blusa para poder ver qué estaba ocurriendo, y solo alcanzó a ver una mano de color gris despellejada adentrándose en su vientre.

...

-Aaaalex -dijo con voz cantarina-. Sal a jugar hermanito.

Estaba aterrorizado, no quería salir de la habitación, y cuando vio entrar a la doctora Higgs, sintió cómo esa presión en su pecho se iba. Pero esa sensación solo duró un par de segundos, hasta que vio una sonrisa exagerada en su rostro lleno de pecas.

-Clare, déjala en paz.

-Solo si vienes conmigo.

No tuvo tiempo a decir que no, lo último que vio antes de que todo perdiese luz, fue el brillo de unas tijeras plateadas y una densa neblina roja que emitía mucho calor.

...

-Estoy segura de que te preguntas cómo he acabado aquí, entre estas cuatro paredes.

Howard Philips miró a su paciente, una antigua psiquiatra que había asesinado a uno de sus pacientes con unas tijeras y que le había prendido fuego al ala psiquiátrica del hospital en el que solía trabajar. Ella no recordaba nada y no tenía ni una sola herida, a parte de una cicatriz en forma de mano en el vientre. Nadie podía explicarse qué había ocurrido, pero tal vez él pudiese hacerlo, de todos modos ella había sido su alumna más aventajada, y sabía que nunca haría nada parecido sin una buena razón.

-¿Y bien?

-No he sido yo. Esa chica sigue por ahí, pero no es Clare, es otra cosa. Tienes que ayudarme, por favor Howard, sabes lo que soy, lo que es mi familia, tienes que buscar a mi tía y decirle que alguien ha soltado a un imitador, ella lo entenderá.

Hubiese querido decirle que no podía hacerlo, pero conocía perfectamente las habilidades de Emily porque eran las mismas que habían salvado la vida de su hijo cuando empezó a ver el fantasma de su madre por todas partes.

Se levantó de la silla, pero antes siquiera de poder decirle que lo haría, sintió un lacerante dolor en el estómago. Cuando levantó la mirada vio a la doctora Queen agarrando unas tijeras, las mismas que le había clavado en el estómago. Con incredulidad, vio cómo ella se quedaba mirando fijamente a Emily y su voz se distorsionaba hasta el punto de parecer metálica.

-Nunca podrás huir de mí.

jueves, 16 de marzo de 2023

La gema de los primeros

 Durante los últimos ocho años de su vida, Delin había estado buscando desesperadamente un modo de recuperar lo que había perdido en la Gran Guerra. Era solo una niña cuando había sucedido, pero lo recordaba con claridad, cómo los mortales se aliaron por primera vez en la historia para masacrar a su clan, simplemente por ser lo que eran. Quedaban muy pocos y todos se escondían, procurando no llamar la atención y eso no era justo.

La Gran Guerra había empezado por una simple leyenda que contaba que, en el epicentro de una gran catástrofe, nacería una vrasdrali con capacidad para hacer estremecer el mundo, para cambiarlo todo e incendiar el cielo. Su pueblo ni siquiera consideraba que la leyenda fuese cierta. Sin embargo, cuando el volcán Kal Karstre entró en erupción y el cielo se llenó de ceniza, los mortales culparon al clan de los vrasdrali y se aliaron para destruirlos antes de que ese ser del que no había pruebas de su existencia, los destruyese a todos.

Delin nunca pudo comprender cómo era posible que los culpasen de algo en lo que nadie tenía el más mínimo control, pero cuatro años después de que la guerra empezase, su tía Theo'tra decidió esconder a los últimos nacidos vrasdrali antes de que destruyesen para siempre toda su historia, todo lo que eran, y ella estaba entre los pocos que sobrevivieron.

Por eso, casi desde siempre, estaba al cuidado de Auze, uno de los seres más ancianos de su clan, y durante diez años todo fue bien, hasta que descubrieron que Auze era un vrasdrali y decidieron "salvarla" de él. Fue por ello que una milicia de elfos entraron a su casa y golpearon a Auze hasta la muerte. Después uno de ellos la miró con el rostro confiado, lleno de la sangre de la única persona que conocía, y simplemente dijo "deberías darnos las gracias, ahora estás a salvo".

Estuvo a punto de hacer lo que Auze siempre le había prohibido, utilizar el tipo de magia que desvelaría su origen, pero entonces recordó lo que él siempre le decía: "sin importar la suerte de aquellos que más quieras, que tus secretos sigan siendo secretos". Así que no respondió, miró al elfo procurando tragarse el odio que sentía y que le quemaba en la garganta, asintió y salió de la casa de Auze sin mirar atrás, pese a las protestas de los elfos.

Estuvo caminando sin rumbo durante días, hasta que, casi por casualidad, se tropezó con el templo de Hal Dar Mehtal, uno de los lugares más sagrados para su clan. Si quedaba algún vrasdrali con vida, debía ser allí. Estaba casi segura de que sería así porque solamente la sangre de su clan era capaz de abrir las puertas, que tenían tres metros de grosor. Cuando puso la mano desnuda en la puerta y el aguijón atravesó su piel, la puerta empezó a abrirse.

Estuvo horas recorriendo el templo, que estaba tan vacío como Vrasdral, su hogar ancestral, hasta que finalmente llegó a la roca que contaba la historia de su pueblo. Aprendió mucho ese día, de sí misma, de su familia, de la historia de los vrasdrali, pero también encontró lo que podría ser su única oportunidad, no sabía si de redención o de venganza.

Existía un lago en el corazón de una cueva cerrada del mismo modo que el templo, un lago de agua transparente pero muy profundo, y en el fondo, una única y brillante piedrecita pulida de color azul que contenía el poder de los primeros de su raza. Según la roca, esa gema se aferraría a quien la encontrase primero y le daría poder, si su alma era digna.

Por eso se pasó diez años buscando sin pausa, recorriendo cada cueva, cada pequeño y recóndito lugar, en busca de aquella cueva cerrada, de aquel lago místico, para encontrar la joya de los primeros y acceder al poder que contenía, o morir en el intento.

Después de diez años de incansable búsqueda, finalmente llegó a un desfiladero que parecía estar formado por dientes escarpados. No tenía esperanza de encontrarla allí, pero dio con la entrada cerrada. Apoyó la mano en la roca que custodiaba la cueva, pero nada ocurrió. Estaba tan desesperada por hallar la verdad que se cortó en la palma con un guijarro y volvió a intentarlo. Lentamente la roca empezó a girar, desplazándose hacia el interior, hasta que tuvo suficiente espacio para pasar y, una vez dentro, la roca bloqueó la entrada.

Estuvo a punto de encender fuego para poder encontrar el camino, pero la cueva se iluminó con rocas brillantes y las siguió igual que una polilla. Si se dirigía a la muerte, dejaría de sentir culpa por sobrevivir, si encontraba el lago, por fin podría unir a los vrasdrali que se encontraban dispersos por el mundo.

Las horas fueron pasando, y finalmente halló un lago redondo, de frías aguas brillantes y transparentes, profundo, que brillaba misteriosamente en azul. No sabía si era ese lago pero le daba igual, se metió en el agua y buceó hasta el fondo, hasta encontrar el origen de esa misteriosa luz azul. Era una piedra del tamaño de una canica, pero que desprendía una luz brillante que atravesaba el agua e iluminaba la cueva.

En cuanto la tocó, la piedra se metió dentro de su piel y recorrió su cuerpo hasta su estómago. Creyó que iba a matarla, pero no, se quedó ahí, alimentándola con su enorme poder. Cuando finalmente se acostumbró a esa sensación, tuvo que lidiar con otra. Su cuerpo empezó a cambiar, le salieron escamas, una cola larga, alas membranosas, creció varios metros y su cara se transformó en la de un lagarto. El agua se apartó de ella, dejándola respirar, y volvió a la orilla. En cuanto tocó tierra, volvió a cambiar, recobrando su aspecto de chica pelirroja con pecas y tamaño normal, pero con esa gema sobresaliendo de su pecho, redonda y azul, pero sin brillo.

-Así que lo hicisteis por esto -comprendió de pronto-. Los vrasdrali somos descendientes de los dragones y creíais que uno de nosotros podía transformarse -negó despacio-. Si os hubieseis mantenido al margen, ni uno solo de nosotros habría buscando la gema de los primeros.

Nada más tocarla volvió a cambiar de forma, agitó sus alas con fuerza y atravesó el techo de la cueva, saliendo al exterior, donde el sol del atardecer bañó su cuerpo ambarino. Si tenía que unificar a los vrasdrali bajo el estandarte de su pueblo y retomar el lugar que los mortales le habían arrebatado, debía empezar cuanto antes, y puede que no supiese cómo hacer esto último, pero podía sentir a los cien vrasdrali restantes en cada rincón del mundo, y sabía que la gema de los primeros podía despertar el fuego dormido en el corazón de cada uno de sus congéneres.

martes, 14 de marzo de 2023

Motivos ocultos

 Observó sus ojos verdes sin poder creerse todavía lo que sostenía entre sus manos. Ese cheque le ayudaría a subsanar su metedura de pata, y venía de Emma Roberts, la extraña y distraída mujer con la que había tenido una aventura cuando ella era una adolescente descerebrada. Emma había conseguido su fortuna restaurando casas. Compraba una casa destartalada y a punto de caerse, la convertía en una pequeña mansión y la vendía por cuatro o cinco veces más de lo que había pagado por ella. 

Emma y él habían terminado su tortuosa relación en muy malos términos, con una amenaza de denuncia y un juramento suyo en el que clamaba venganza. No quería volver a verla, pero al verse involucrado en una estafa piramidal por accidente, decidió devolver cada céntimo para evitar una demanda que, seguramente, le llevaría a la cárcel. Por eso había acudido a la persona más adinerada que conocía, y ella le había entregado un cheque por tres millones con el que, sin lugar a dudas, podría subsanar ese error.

-Yo...

-Ni te molestes -bebió un trago de ron-. Sé que me lo devolverás y yo estaré esperando.

Tenía razón, no podría dormir tranquilo hasta que le devolviese su dinero, y ella lo sabía, por eso se lo había prestado. Esa mujer pelirroja sabía exactamente cómo torturarle. Sin embargo, dado que necesitaba ese dinero urgentemente, decidió pasar por alto la amarga sensación de saber que ella le estaba ayudando, pese a lo que había ocurrido entre ellos.

...

Dylan miró con curiosidad a su hermana, que esbozaba una sonrisa de triunfo mientras él salía por la puerta del bar. Muchas veces no comprendía a su hermana, pero tenía razón la inmensa mayoría de las veces, como cuando compró aquella casa que se caía a pedazos en mitad de ninguna parte y la convirtió en una casa de lujo. Por un momento pensó que la quería para ella, pero la subastó al mejor postor y ganó 3 millones con una casa por la que había pagado menos de 45 mil. 

Si creyó que se conformaría con una sola jugada, no conocía de nada la mente de su hermana. Esa misma hazaña se repitió más de quince veces, y había convertido su maestría en reformar y decorar casas en una ventaja porque, como decía el Joker de Heath Ledger, "si eres bueno en algo, no lo haces gratis", y su hermana era muy buena reformando casas.

Sus planes de inversión no eran lo único en lo que no podía seguirla, sino también ese día, mientras estaban tomando algo en la terraza de un bar, justo cuando se acercó a ella su exnovio, que había destrozado su vida tres veces, convirtiéndola en una fría máquina que miraba a todo el mundo con desprecio disfrazado de una dulce amabilidad.

Le sorprendió que le entregase el cheque sin hacer preguntas, porque su hermana tenía mucho cuidado con sus movimientos para no perder o para ganar más de lo que perdía. No pudo evitar preguntarse qué era lo que estaba ganando con esa estrategia tan extraña, y cuando él se fue, se acercó a su hermana.

-¿Qué intentas conseguir esta vez?

-Lo sabrás cuando vuelva, y volverá.

-¿Por qué estás tan segura? Podría largarse con tu dinero y no volver jamás.

-Lo sé, y ganaría de todos modos.

-¿Y qué ganarías exactamente?

-Lo sabrás... a su debido tiempo.

...

Habían pasado tres años y medio, estaban celebrando una barbacoa en el jardín por el cumpleaños de Emma, y solo había cuatro personas allí: ella, su hermano, su mejor amigo y la novia de este. Costaba mucho creerlo, pero Emma solía alejar a todo el mundo por su actitud fría. A nadie le gustaba oír a una persona soltarle todas las verdades a la cara, algo que ella solía hacer sin despeinarse. Por eso Charles se había quedado a su lado, porque era sincera y le importaba muy poco lo que pensasen los demás de sus agudas palabras.

Pero aquel no era un día normal, y mientras se asaba la carne y Emma metía en la nevera sus famosos helados caseros para que se ablandasen un poco, el timbre de la puerta pareció cortar la música de Avicci. 

-¿Esperamos a alguien más?

Emma miró a Julia, que le sonreía con una mirada dulce. Esa mujer era de las pocas personas que consideraba soportables por tres razones: no sabía mentir, le importaba muy poco lo que los demás pensasen de ella y nunca se metía en las vidas ajenas. A su entender, era el tipo perfecto de persona, y por eso la tenía en alta estima.

-Que yo sepa no. 

-Iré a ver.

Julia recorrió el amplio pasillo de mármol blanco lleno de espejos y abrió la puerta. Al otro lado había un hombre de cabello negro, con una cicatriz pequeña en la mejilla y un ojo verde y otro marrón. No le conocía de nada y no podía dejarle entrar sin más.

-Hola, ¿quién eres tú?

-Leonardo Ricci, soy... amigo de Emma.

-Nunca te ha mencionado.

Pero Emma escuchó su voz desde la cocina y le dejó pasar, sabiendo que Julia le acompañaría hasta donde estaba ella, que estaba montando nata para poder comer un delicioso banana split.

-Te sigue gustando cocinar.

-Sí, la gente amorosa suele amar la cocina o el arte -espetó fríamente, sabiendo que él odiaba ambas cosas-. Has tardado, te esperaba desde hace un año.

Leonardo sacó de su cartera un cheque doblado, pero para su sorpresa, Emma lo miró con un marcado desprecio y luego levantó sus ojos verdes hacia él, sin una pizca de remordimiento.

-Quédatelo.

-¿Qué? No lo entiendo.

No hacía falta mirar a su alrededor para saber que no era el único. Charles y Dylan tampoco comprendían que se le estaba pasando por la cabeza a Emma, y Julia solamente intuía algunos trazos. Sabía que no aceptaría ese cheque, pero no comprendía las razones que llevaban a Emma a tomar esa radical decisión, aunque algo le decía que estaba a punto de hacerlo.

-Yo no presto dinero, jamás, y ellos pueden confirmarlo. Yo suelo dárselo a la gente que me cae bien, por eso tuve que aguantar a un montón de interesados durante algún tiempo -sacó la espátula de goma del cajón-. ¿No te has preguntado por qué, entonces, decidí prestarle dinero a la persona que más desprecio en este mundo?

En ese momento Leonardo sintió como la sangre de su rostro se calentaba un segundo y luego descendía helada por su columna.

-Fue por esto, por este momento. No quiero el dinero, nunca lo he querido. Lo que yo quiero es que sepas que, si te has librado de acabar tres años en la cárcel, fue gracias a mí -Julia la miró con cierta sorpresa muy difícil de disimular-. ¿O creías que te daba el dinero por la mera bondad de mi corazón? Porque tú te encargaste de destruir eso, todo lo que queda es lo que ves.

-No pararé hasta devolvértelo.

-¿Y puedo saber cómo piensas hacerlo? Porque después de que cobrases el cheque que te di hace tres años, cerré la cuenta y trasladé todos mis activos a otra cuenta, así que no tienes dónde devolverlos, y puedes dejarme el cheque en la puerta, bajo una maceta o ahora mismo en mis narices, le prenderé fuego -sonrió-. No voy a aceptar ese dinero nunca, así que puedes hacer lo que quieras con él, porque ahora lo único que no vas a poder sacarte jamás de la cabeza es que sigues libre gracias a mí, y eso es todo lo que me importa.

Leonardo retrocedió con la vista clavada en la figura de la pelirroja, que seguía montando nata con una sonrisa de oreja a oreja mientras él sentía cómo todo su mundo se tambaleaba. Sabía desde el principio que no le había dado el dinero por bondad, pero no se imaginaba que aceptarlo fuese como el mordisco de una víbora.

viernes, 10 de marzo de 2023

Cuida de Alex

 El cielo oscurecido de media noche estaba plagado de estrellas y con una enorme luna llena que alumbraba en el cielo como un faro. Era una noche cálida de primavera, con el mar tranquilo, y paseaba con dos amigos y un perro por el puerto. Gabriel era su mejor amigo en todo el mundo, se conocían tanto que casi parecía que se leían la mente, Irene había llegado a sus vidas hacía unos años, era callada y algo retraída, pero también muy interesante, solía almacenar datos inútiles en su cabeza que eran ciertos siempre.

Era una noche normal, paseando con sus amigos y un pastor ovejero, una noche como podría haber sido cualquier otra. Cuando regresó a casa, después de pasear con ellos durante casi dos horas y gastarse bromas entre ellos, se sentía tranquilo y decidió irse a dormir, igual que hacía cada noche. Pero esa no era una noche normal. No habría sabido decir por qué o de qué se trataba, pero había algo que le ponía los pelos de punta.

Llevaba varias horas dormido cuando empezó, de pronto se sintió encadenado, atrapado en su propio cuerpo, con una presión en el pecho que no sabía identificar. Intentó abrir los ojos, moverse o gritar, pero fue incapaz de hacerlo, como si algo se lo impidiese. Hasta ese momento no sabía lo que era sentir pánico. Entonces sintió algo más, algo muy frío, más que el mismo hielo, y escuchó claramente una respiración cerca de su oído.

-Cuida de Alex.

Era una voz metálica y escalofriante como nunca antes había oído, algo realmente aterrador. En cuanto escuchó esas tres palabras, todo desapareció y se despertó de golpe. Hasta hacía unos segundos habría jurado que su habitación estaba ardiendo, como si todo a su alrededor se incinerase, pero al levantarse con los ojos como platos, comprobó que todo estaba en orden.

Se tumbó sobre la cama con la respiración alterada y sin poder sacarse de la cabeza esas tres palabras. Alex era su primo, que vivía a tres pueblos de distancia y al que solo veía cuando iban de fiesta o pasaba las vacaciones en su casa. Aun si lo que acababa de vivir era cierto, ¿cómo iba a cuidar de él? Ni siquiera estudiaban en el mismo colegio y, aunque le viese todos los días, nunca se creería lo que acababa de ¿soñar? No, eso no podía ser un sueño, porque si lo era su cerebro jugaba con él del modo más cruel.

Con un pesado suspiro se levantó de la cama y fue a la cocina a calentarse un poco de leche. No sabía cómo podría volver a dormirse después de lo que acababa de sentir, pero el reloj digital de su habitación marcaba las 3.06 y no podía estar despierto toda la noche.

...

Durante semanas fue incapaz de sacarse de la cabeza esa sensación. Gabriel no lograba sonsacarle qué le ocurría e Irene estaba en una de esas épocas en las que no hablaba con nadie ni salía de casa. Él nunca se creería lo que le había pasado, ella sí, pero cuando decidía aislarse ni siquiera contestaba al móvil.

-A ti te pasa algo y no me lo quieres contar.

-Gabi, en serio, no me pasa nada.

-Genial, así podemos irnos de fiesta esta noche. 

Si se esperaba alegarle, pinchó en hueso porque en el momento en que dijo esas palabras, esa sensación de presión en el pecho volvió. Sin embargo, si se negaba sería evidente que le ocultaba algo y no pararía hasta averiguarlo, así que asintió sin muchas ganas.

Esa misma noche se preparó para salir y Alex fue a buscarle en coche. Sabía que pasaría, pero había aceptado, no podía echarse atrás. Se montó en el asiento trasero, junto a su amigo, y Alex puso rumbo a la capital de la provincia, que era enorme, llena de gente y con edificios muy altos.

Todo el camino fue con normalidad, hasta que llegaron a un puente tan alto que no se podía ver el final, en mitad de la autopista. Entonces el coche empezó a ganar velocidad y a desviarse hacia un lado, y escuchó de nuevo esas palabras en su cabeza. Miró hacia su primo, que cabeceaba entre el sueño y la vigilia.

-¡Alex! -y levantó la cabeza de golpe-. Si quieres conduzco yo, pareces agotado.

-Que va, es por la monotonía de la autopista. Si no os importa voy a poner música, y cuando paremos, que uno se siente a mi lado.

Aryan se echó para atrás en el asiento después de comprobar lo cerca que había estado de la barrera que separaba el puente y el vacío. No sabía cómo era posible, pero lo de aquella noche había sido muy, muy real. Miró a Gabriel, intentando encontrar un modo de contárselo. No, si iba a hacerlo, tenía que ser en una noche tranquila, después de que ese trauma se hubiese diluido un poco, y seguramente con alcohol en sus venas.

Cuando su cabeza dejó de dar vueltas, se dio cuenta de lo cerca que había estado de caer por el puente, junto a Gabriel y Alex. Cerró los ojos un momento, intentando relajarse de la experiencia que acababa de vivir, y entonces volvió a escuchar esa respiración cerca de él, algo más frío que el hielo, y esa voz metálica de nuevo.

-Yo siempre cuidaré de ti.

miércoles, 8 de marzo de 2023

El libro del infinito

CAPÍTULO 1.

Ana siempre había creído que no había mejor modo de educar a un niño que a través de la literatura, la música y el amor. Por eso, el día en que Tatiana cumplió los catorce años, le regaló uno de sus libros favoritos. Ella se quedó mirando el libro durante un momento, con sus ojos verdes pegados a la portada de color azul y blanco que tenía un dragón dibujado. Otro libro de aventuras. Desde que era pequeña su madre le había regalado libros y más libros de aventuras, y empezaba a odiarlos.

-Feliz cumpleaños, cielo.

Levantó los ojos hacia su madre, intentando parecer agradecida. No quería que se sintiese triste, sabía que, para ella, regalarle un libro a alguien era lo más especial que uno podía hacer. Así era como se habían conocido sus padres. Él era profesor de folclore anglosajón en la universidad de Oxford, en la que estudiaba su madre gracias a una beca, pero no era su profesor. Sin embargo se encontraban en la biblioteca, desconociendo el uno el rol del otro, y se enamoraron a través de la literatura. Cuando finalmente ella se graduó, decidieron casarse. Hubo rumores de que había aprobado por las influencias de Peter, un joven de ascendencia inglesa que tocaba la flauta y le gustaban los libros de aventuras.

-¿Te gusta?

-Mucho, gracias mamá.

Tatiana miró a su tía, una mujer rubia que parecía demasiado pequeña, delgada y perdida. Era dulce, encantadora y siempre sonreía, y su risa era tan clara como el canto de una campanilla. Ella observó el libro con una sonrisa y luego a ella. Melody tenía la increíble habilidad de leer su mente, pero no dijo absolutamente nada.

-¿Cortamos ya la tarta?

La voz de su padre le hizo levantar la cabeza. Toda su familia tenía cosas raras y especiales, pero su padre seguramente se llevaba la palma. Solía preocuparse más por los niños que por los adultos, el dinero no le importaba en absoluto, le gustaban los cuentos de hadas, los parques de atracciones y los castillos hinchables, pero sobre todo adoraba los dulces. Tatiana no pudo evitar sonreír porque daba igual de qué fuese la tarta, le gustaban todas.

Ana cortó el trozo de pastel y la crema de trufa asomó por el trozo que le entregó a Tatiana. Nunca soplaba velas, lo consideraba absurdo, así que en su casa nunca se compraban velas de cumpleaños, lo que alejaba considerablemente a sus amigos, que la consideraban rara, quizá por gustarle un cantante de Kazajstan que se llamaba Dimash, o puede que por adorar la literatura clásica, tal vez por todo al mismo tiempo. En cualquier caso su familia era considerada la más extraña de todo Segovia.

Tatiana pinchó un trozo de tarta y se lo llevó a la boca. Estaba deliciosa, como todas las tartas que hacía Melody. Tenía verdadera magia para hacer dulces, y eso a Peter le encantaba. Esa era la razón por la que tenían una pastelería y por la que en su casa siempre había galletas y su tía tenía el pelo lleno de harina.

...

Cuando finalmente volvió a su cuarto dejó el libro sobre la cama con un pésimo humor. Por mucho que le gustase leer, habría valorado más que le regalase un libro de verdad, de los que tenían más de 500 páginas y uno podía bucear por los rincones de su imaginación. Ese libro era tan delgado que podía agarrarlo entre sus dedos y casi se tocaban. Sin embargo tampoco podía ignorarlo, si su madre le preguntaba algo tan sencillo como "¿qué tal el libro?" no tendría respuesta que darle.

Con un pesado suspiro abrió el libro y se encontró con algo que no se esperaba: daba igual qué página mirase, todas estaban en blanco.

-¿Qué demonios? Esto tiene que ser un error de edición.

Intentó buscar el título en la portada, pero se encontró con que no tenía. Observó el libro por todas partes, intentando buscar algo que lo identificase para poder encontrar otra edición, pero a parte de la portada... Fue a mirarla otra vez, y se quedó sin habla: la portada había desaparecido.