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viernes, 13 de enero de 2023

Hallerville

 Me crie en un pueblo tranquilo, a las orillas del mar y rodeado por un bosque, donde se respira el aroma de las flores y cada día te despiertas con el murmullo de las olas. Es un paraje paradisíaco, donde cada uno ha llegado de un modo u otro. Mi madre vino aquí buscando trabajo en una conservera, el único negocio que daba de comer a todo el pueblo, nuestro vecino huía de su antigua vida, de su novia maltratadora y agujero negro que se gastaba todo su dinero y no le dejaba apenas para comer, los padres de mi mejor amiga simplemente querían empezar de cero cuando a ella empezaron a acosarla sus estúpidos compañeros de colegio... Todos los que viven en Hallerville, un pueblo de Canadá entre Saltair y Chemainus, en Vancouver Island, llegaron a ese pueblo buscando una nueva vida, y ahora ninguno puede irse.

No suena tan mal, ¿verdad? Un pueblo paradisíaco con un trabajo que nadie pierde si no quiere y toda la libertad que puedas imaginar. No es un lugar del que uno se iría, pero yo no he dicho que no quieran irse, simplemente no pueden. A Hallerville se puede entrar, pero la última vez que alguien intentó salir, sucedió algo muy raro. Recuerdo que se llamaba Frank Rotter, y que se subió en el Twingo amarillo mostaza en el que había llegado con todas sus maletas y condujo hacia la salida del pueblo. Dos días más tarde, el señor Rotter apareció en la plaza, como su madre lo trajo al mundo y sin recordar ni su nombre. Durante unos días creíamos que nos estaba tomando el pelo, pero acabamos por asumir que no tenía recuerdos. Ni siquiera sabía agarrar una cuchara.

Con el paso de los meses, casi un año en realidad, el señor Rotter fue recuperando sus recuerdos, y un día le preguntamos por qué había vuelto y cómo había llegado al pueblo sin nada más que su traje de nacimiento. Si creímos que nos respondería, nos llevamos una decepción. Frank se puso a gritar como si lo estuviésemos torturando, corrió hacia el puerto, se llenó los bolsillos de piedras y se hundió en el mar, para no volver.

Eso nos pareció raro por varias razones. En primer lugar estábamos conectados a la carretera nacional y constantemente llegaban camiones al pueblo que se llevaban conservas o nos traían otro tipo de bienes. También había líneas de fibra óptica llegando al pueblo y adentrándose en cada casa, todos teníamos móvil y ordenador... estábamos aislados, pero no desconectados. ¿Por qué el señor Rotter había vuelto entonces?

Esa respuesta no tardó demasiado en llegar, de hecho lo hizo al mismo tiempo que Ruth. Vivía en Seattle y era mi mejor amiga. Le conté cómo era Hallerville, y ella me habló de su ciudad y de lo gigantesca que parecía. Como llegué a este pueblo a los dos años, no recuerdo nada de otros lugares. Cuando le dije dónde estaba, decidió pasar sus vacaciones de verano conmigo. Así que Ruth condujo hasta Vancouver, se subió al ferry en Tawwassen, bajó en Long Harbour y volvió a conducir otros 50 minutos para llegar a Hallerville. Pero, cuando llegó a dónde le había dicho que estaba mi pequeño y aislado pueblo, me llamó por teléfono muy cabreada.

-¿Ruth? ¿Te has perdido?

-¿Perderme? He seguido las indicaciones que me has dado, aquí no hay nada Alice. Si es una broma no tiene ninguna gracia.

-No, es imposible. Mándame una foto del sitio donde estás, puede que aún no hayas llegado.

A los pocos segundos recibí una imagen que me hizo saltar del sofá y gritar como si estuviese poseída. Ahí estaba el bosque que rodeaba el pueblo, el mar, incluso el islote que se veía desde mi ventana y al que nadaba cuando era pequeña, pese a las advertencias de mi madre... pero ni rastro de la conservera, de la torre del reloj o de las casas. Ruth estaba exactamente donde se suponía que debía estar Hallerville, pero el pueblo no estaba allí.

-¿Alice? ¿Qué ha sido ese grito?

Si le explicaba a Ruth que mi paradisíaco pueblo estaba exactamente donde ella había llegado, pero no podía verlo, iba a tomarme por loca, pero tampoco podía decirle que no ocurría nada. Con la mano temblorosa agarré el teléfono y me lo llevé a la oreja, y al otro lado, antes de poder escuchar la voz de Alice o que ella escuchase la mía, oí una voz extraña en el teléfono, pero que, al mismo tiempo, parecía estar pegada a mi oreja: "no se lo digas".

Me congelé de miedo, el teléfono se colgó solo, lo supe porque parecía que yo misma había terminado la llamada pero no había tocado una sola tecla. Estaba aterrorizada, pero Ruth y yo nos habíamos inventado un código secreto, así que le envié una alerta en la que le decía que lo sentía, que el pueblo estaba allí pero al mismo tiempo no, y que saliese corriendo y no mirase atrás hasta llegar a Seattle.

Esa misma noche decidí que ya había tenido suficiente, y subí las montañas para alejarme de Hallerville para siempre. No me esperaba salir, creí que iba a acabar como el señor Rotter, pero era casi como si el pueblo quisiese echarme, como si el hecho de descubrir la verdad hubiese sido suficiente para no quererme allí. Caminé sin descanso hasta llegar a Chemainus, y entonces busqué en mi agenda telefónica, pero ¿a quién iba a llamar? Estaba a punto de guardarlo cuando vi un número desconocido en la pantalla y respondí con el ceño fruncido, preguntándome quién podría tener mi número.

-¿Sí?

-Alice White, supongo. Soy el oficial Victor Lognpen, su amiga Ruth Evans me ha dado este número para poder contactar con usted, dijo que la última vez que hablaron, escuchó una voz que decía "lárgate, es nuestra", así que salió corriendo y vino a buscarnos. ¿Dónde está usted?

-En la gasolinera de Chemainus, la que está cerca del lago.

-No te muevas de ahí. Dile a Peter que te he dicho que me esperes dentro.

Entré a la gasolinera y hablé con un hombre alto, con los ojos grises y mandíbula cuadrada, de unos cuarenta años. Le expliqué lo que Longpen me había dicho por teléfono. Él asintió con seriedad, me señaló una silla en el despacho y entré allí. Saqué mi smartphone y traté de llamar a mi madre, pero solo oí la misma voz escalofriante que me decía "lárgate, ya no perteneces a Hallerville".

Ruth y Longpen llegaron a los pocos minutos, y yo corrí a sus brazos. Ella me rodeó con cariño y finalmente dejé de tener miedo. Había escapado de Hallerville, no sabía cómo o por qué, pero ya no podían tocarme. 

Esa misma noche Longpen me llevó a donde se suponía que debía estar Hallerville, pero allí no había absolutamente nada. Al parecer, el hecho de que Ruth viniese a buscarme, fue suficiente para que, quien quiera que mande en el pueblo, me echase sin contemplaciones. He intentado llamar a mi madre varias veces, pero siempre me contesta la misma voz. Alguna vez he intentado convencerle de que me deje hablar con ella, pero cuelga antes de que pueda pedirle siquiera que le haga saber que pienso en ella.

Ruth y su familia me acogieron sin hacer preguntas, ella les contó que me había encontrado en la carretera y que no sabía dónde estaba mi familia. Supongo que eso es mejor que contarles que salí de un pueblo que nadie puede encontrar, excepto que lo busque para quedarse allí, a merced de lo que quiera que tiene bajo su poder a la gente de Hallerville.

jueves, 12 de enero de 2023

Cien años

Con la mano cerrada observó a su hermana pequeña, quien tenía una imaginación realmente desproporcionada. La pequeña insistía en que había una criatura en su dormitorio que no la dejaba cerrar los ojos por la noche. Era pequeña, brillante y con alas, así que cuando Lizzie fue a arroparla aquella noche, la joven todavía estaba con los ojos como platos.

-Ava, ¿por qué no duermes?

-Porque me molesta -respondió la pequeña.

Lizzie observó el punto que su hermanita de cuatro años marcaba con el dedo. Allí no había nada, pero como Ava insistió, su hermana mayor fue a por la red que utilizaba para sacar a los peces del acuario y empezó a moverla por donde su adorable hermanita señalaba para cazar a una criatura invisible. 

Estuvo peleándose con la nada durante casi una hora, hasta que finalmente Ava le anunció que ya la tenía y Lizzie agarró la red vacía y fingió pasarse algo a su mano, que ahora estaba cerrada.

-Bueno, ya la tengo, ¿crees que podrás dormir ahora? -asintió con una cálida sonrisa-. Entonces cierra los ojos y cuenta mariposas.

-Son ovejas.

-¿De verdad quieres contar algo tan ruidoso? Creía que te costaba dormir.

Ava se rio con sus ojos inocentes mirándola, dejó que su hermana mayor la arropase y le diese un beso en la frente, y, cuando Lizzie apagó la luz, todo quedó a oscuras y finalmente pudo dormir.

Lizzie no podía creerse que hubiese jugado a capturar un hada a sus 16 años. Volvió a su dormitorio, dejó la red encima de la pecera y se tumbó sobre su cama con los zapatos puestos. Adoraba a su hermana y su imaginación infantil, pero jugar a perseguir hadas era algo que normalmente nadie de 16 años haría. Abrió las cortinas y algo de polvo cayó sobre su nariz, provocándole un estornudo. Por suerte para ella no era alérgica al polvo.

-¿Por qué me has sacado de la habitación de Ava? Esto apesta.

-Mi habitación no... -miró a su alrededor-. Debo de estar volviéndome loca -y algo le tiró del pelo-. ¡Ay!

Cuando miró sobre su hombro había algo pequeño y brillante, con largo cabello de color blanco y alas transparentes. Por un momento no supo qué decir. 

-Devuélveme a la habitación de Ava.

-No, tú nunca dejas dormir a mi hermana -se le cayeron las alas despacio como a un perrito su cola-. Y ni siquiera eres real.

-¿Te ha dolido?

Lizzie la miró enfurruñada. Esa dichosa criatura brillante le había tirado del pelo. Abrió la ventana, fue a sacarla de su casa para siempre, a tirarla lejos, y entonces sintió un pinchazo en la mano y observó su dedo. Estaba sangrando, no era mucho pero lo justo como para girarse hacia el hada con el ceño fruncido y evidente mal humor.

-Eres una pesadilla.

Estaba tan enfadada que, sin darse cuenta, tiró el frasco de sales de baño que tenía adornando su dormitorio. Entonces el hada estiró sus alas de mal humor y bajó volando hasta el suelo, donde empezó a contar cada granito de sal. Por un momento Lizzie se alegró, al fin podía perderla de vista un rato, y entonces tuvo una idea.

-¿Te aburres?

-Te odio.

-Vas a contestarme a un par de preguntas -agarró el frasco, que todavía estaba por la mitad-, o lo vacío entero y te pasas ahí una semana.

-¿Qué quieres? -preguntó el hada sin dejar de contar.

-¿Puedes mentir? -respondió una negativa tajante-. Perfecto, ¿cómo consigo que te largues?

-A Titania nadie la echa.

-Entonces ponte cómoda, porque no dejaré de tirar granitos para que puedas contarlos -vertió algo más de las olorosas sales en el suelo y el hada infló las mejillas-. ¿Qué tengo que hacer para que te vayas, Titania?

-Yo concedo deseos, solo tienes que pedírmelo y...

-Muy bien -interrumpió la adolescente-, deseo que te vayas de mi casa y no regreses jamás.

Pero Lizzie debería haber escuchado, porque cuando el hada sonrió y todo empezó a cambiar a su alrededor, se dio cuenta de que acababa de cometer el error más grande de su vida. Intentó retroceder, pero le había pedido a Titania no volver nunca, así que hubo de ver cómo sus libros se convertían en flores, sus paredes en árboles y cómo el hada crecía hasta medir más que ella misma.

-¿Qué demonios has echo?

-¿Qué has hecho tú? Si me hubieses dejado terminar, te habría dicho que deberías tener cuidado con lo que dices y cómo lo dices, ¿o a caso me has pedido que me fuese sola?

-Devuélveme a casa.

-No. Ponte cómoda querida, porque en Tír na nÓg el tiempo se comporta de un modo peculiar, y mientras estábamos hablando, han pasado diez años en tu mundo.

Se le congeló la sangre en las venas y el color escapó de su rostro. No era posible, Titania tenía que estar mintiendo. ¿Tír na nÓg? Posiblemente, pero ¿diez años en menos de diez segundos? No, eso tenía que ser broma. La idea de pensar que su vida acababa de desaparecer con una sola frase...

-¿Por qué lo has hecho?

-No deberías enfadarte tanto, originalmente iba a buscar a tu hermanita, ella me sería mucho más útil que tú, pero tampoco voy a quejarme. 

-¿Y qué es lo que quieres de mi?

-Cien años de servicio en mi reino, y luego, si quieres, puedo echar el tiempo atrás y devolverte a tu casa, a tu vida aburrida y sin magia.

Miró a Titania con el corazón roto. Aunque pudiese volver a casa desde ese extraño lugar que no sabía ni dónde estaba, nada le garantizaba que Titania no estuviese diciendo la verdad. Aceptó con triste asentimiento y el hada sonrió, pero no porque hubiese aceptado, sino porque nadie quería volver, nadie, por muchas ganas que tuviese al principio o por mucho que intentase escapar, sin importar lo que hubiesen dejado atrás, todo el mundo acababa por quedarse en Tír na nÓg.

miércoles, 11 de enero de 2023

El faro

 Las olas rompían contra las escalinatas de cemento, produciendo un agradable sonido que calmaba sus nervios. Ni siquiera tenía claro cómo había llegado allí, a ese punto de su vida en el que la desesperación se juntaba con sus recuerdos y lo hacían trastornarse hasta desear la muerte. Pero no era un cobarde, su padre había tomado la absurda decisión de acortar su vida y le odiaba, no solo por haber sido un medroso hombre que no fue capaz de enfrentarse a la vida, sino por haberlos maltratado a él y a su madre entre vapores etílicos y miradas de desconfianza, así que la idea de tomar la misma decisión por la que él había optado a sus ocho años era algo que le daba náuseas.

Si se aventuraba a recordar su pasado, solo podía encontrar recuerdos llenos de lágrimas. Tal vez fuese por su padre violento y beodo, o por su madre apocada y silenciosa, que pensaba que no valía la pena como persona, que era un desperdicio humano sin ningún tipo de valor. 

Años atrás había conocido a una joven que, por entonces, tenía diecisiete años. Nunca había pensado en una relación romántica con ella porque estaba destrozada, porque se odiaba a sí misma tanto como él lo hacía, pero había algo que los diferenciaba. Si bien ella se había enfrentado a unas vivencias similares a las suyas, había encontrado fuerzas en la música, y tocaba el violín de un modo deslumbrante, pese a tener los dedos torcidos por culpa de su padre y de las numerosas veces que se los había roto.

Miró el mar con el corazón encogido. A veces ansiaba ser un pez o un ave rapaz, algo que le ayudase a escapar. A las águilas nadie podía detenerlas y los peces no tenían memoria suficiente como para recordar el pasado. La memoria puede ser la peor de las condenas, atar a un hombre fuerte con cadenas y hacer que se hunda en la desesperación.

Solo había un momento en su vida, un segundo que se volvía eterno cuando miraba a la luna, en que había sido verdaderamente feliz, y eso fue cuando vio el mar por primera vez. No tendría ni diez años, y se quedó prendado de la belleza y el brillo de las olas, del olor que inundaba su nariz y lo llenaba de tranquilidad. Por eso estaba allí, en el faro, custodiándolo. No era realmente necesario, la informática hacía que solo fue imprescindible cambiar el foco. La luz se encendía sola y se apagaba sola, así que nadie comprendía por qué se empeñaba en subirse a una lancha e ir cada maldita noche al faro, hiciese el tiempo que hiciese. 

Miró a la luna con una amarga sonrisa, a su única amiga, y luego al puerto. No quedaba lejos, si uno tenía el oído tan fino como él, podía escuchar hasta las voces de la gente, y desde su posición, con las olas tranquilas que de tanto en cuando rompían contra las escalinatas de cemento, pudo oír una triste melodía que arrancaba lentamente de las cuerdas de un violín.

martes, 10 de enero de 2023

Nefelibata

 ¿Has oído hablar de una serie de dibujos llamada "Foster, la casa de los amigos imaginarios"? Si eso es así, me ahorro explicarte lo que puede llegar a hacer la imaginación, y si no, solo te diré que todo lo que imagino con fuerza se hace realidad.

Todo empezó cuando tenía unos ocho años, recuerdo que llovía a mares pero no tenía paraguas, y mi madre se había roto un tobillo así que no podía ir a buscarme a la parada del bus. Hacía frío aquel día, pero tampoco podía quedarme a esperar si pasaba algún vecino, sabía que no ocurriría. Tenía que volver a casa, pese a la lluvia que caía como aguijones. Pensé con mucha fuerza que me gustaría que la lluvia no cayese sobre mi cabeza llena de microtrenzas que mi madre me ponía para que se me rizase el pelo, y salí de la estación agarrada con fuerza a mi mochila rosa y deseando llegar. No pude evitar el frío pero, cuando llegué a casa, mi ropa, mi mochila y mi pelo estaban totalmente secos.

Después empezaron a pasar cosas raras a mi alrededor. Que todo lo que imagines se vuelva realidad es un problema cuando tienes quince años y estás en contra del mundo. A esa edad todos estamos equivocados y todos creemos tener razón. Imagina a una niña rebelde de quince años, con el pelo teñido de morado y un piercing en el labio que miraba a la profesora con desdén. Pero esa mirada no era culpa mía, esa mujer era una arpía. Siempre sacaba al pizarrón a la persona que peor llevaba la lección solo para humillarle, y yo la odiaba por ello. 

No puedo ocultar que los abusones son algo que realmente me saca de mis casillas. ¿Es que se creen que el mundo es suyo para atormentarlo? Sin duda esa mujer era como un pequeño hurón que me molestaba solo por su mirada y sus cejas afeitadas y pintadas una mas alta que la otra. Y un día, cuando me sacó a mí a la pizarra solo por no ser capaz de memorizar ese caos que la gente llama álgebra, me la imaginé transformándose en un hamster. Y entonces, delante de otros veinte niños gritones, a la señorita Herber le salieron unos enormes bigotes, una cola gigantesca y empezó a perder tamaño, todo ello mientras me gritaba desde detrás de sus gafas redondas que siempre dejaba caer sobre el puente de la nariz.

Fue divertido cuando toda la clase intentó explicarle al director Norway que ese hamster que Jack Rusell tenía en una jaula era, en realidad, la señorita Herber. Obviamente nadie les creyó, y como era incapaz de imaginarme a esa arpía como una persona, también era incapaz de devolverla a su aspecto humano, así que la dieron por desaparecida. 

Pero la parte más rara vino en mi primer trabajo. Recuerdo que era de camarera en un bar que, noche sí y noche también, se llenaba con tres tipos de personas que yo tenía catalogadas como pulpos, mirones o quejicas. Lo primero era evidente, tenía que apartarme de todo aquel que intentaba meterme mano porque no quería transformarlo en algo ni imaginarme que se le caía algo en esas cabezas que perdían todo punto de cordura cuando tomaban algo más fuerte que el té.

Los segundos eran, hasta cierto punto, divertidos. Nunca me hablaban, simplemente me seguían con los ojos a todas partes. Los primeros cinco minutos estaba bien, me hacían sentir bonita, pero después empezaba a sentirme muy incómoda y me daban ganas de salir corriendo. 

Los más inofensivos eran los quejicas. Eran silenciosos y taciturnos al principio, pero en cuanto llevaban una o dos cervezas, se volvían llorones, quejicas y lastimosos. Si no se lamentaban por sus relaciones personales o su vida en general, lo hacían por el trabajo. ¿Hola? A nadie le gusta su trabajo, e incluso los que tienen la suerte de trabajar de algo que les gusta, acaban hasta el gorro de las estupideces de la gente.

Pero el peor era mi jefe. Corría el rumor entre sus antiguas empleadas de que arrinconaba a las camareras en el almacén para abusar de ellas, y como tenía un cuñado en la policía, nadie se atrevía a denunciarlo. Creí que era una gilipollez, que ni toda la familia del mundo podía ayudar a un abusón cuando se propasaba con sus empleadas. Pero el día antes de Navidad estaba revisando la mercancía en el almacén porque sabía que tendríamos una noche complicada, y oí la puerta cerrarse.

No era novedad, esa maldita puerta se cerraba sola porque el tensor estaba en mal estado. Lo extraño era que sentía que no estaba sola. Oí a alguien subir por las escaleras, por un momento pensé que se trataba de Amelia, mi compañera de trabajo, y eso fue lo que pensé hasta que sentí que alguien me agarraba por la cintura y ponía su cadera sobre mi trasero.

Me bastaron microsegundos para darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, me giré de mal humor y le crucé la cara de un guantazo. No quería volver a hacerle daño a nadie, utilizar ese extraño poder contra otras personas no lo hacía desde el instituto y no iba a empezar ahora, pero a él no pareció gustarle el hecho de que me resistiese. Se puso rojo como un pimiento, me empujó contra las escaleras y sentí sobre mí su peso y su aliento a alcohol. Ese maldito gusano...

Y entonces empezó a hacerse pequeño, muy, muy pequeño, tanto que al final cabía en la palma de mi mano y se retorcía en su forma de lombriz. Había transformado al abusón de mi jefe en una lombriz. Se me heló la sangre. Por un momento pensé en devolverle a su forma humana, pero el mundo no ganaría nada con ello y yo tampoco, así que volví al bar, recogí mis cosas y me marché. No iba a cobrar ni ese mes ni nunca salvo que devolviese a ese gusano a su forma humana, y eso no beneficiaba a largo plazo a nadie.

Pero si podía transformar a personas en animales y evitar mojarme bajo una tormenta, podía hacer mucho más. Así que al llegar a mi casa me imaginé que era millonaria, y no te hablo de uno o dos millones, sino de cientos. Y al instante me llegó una notificación a mi viejo LG informándome de que habían llegado a mi cuenta 400 millones. Me quedé helada. Había funcionado, pero eso podía ser peligroso, así que llamé a mi asesoría para averiguar qué había ocurrido. Resultó que el Universo (así es como llamo a la extraña fuerza que hace que todo cambie a mi alrededor) se inventó que tenía una tía rica que había decidido entregarme toda su herencia. Así que ahora no solamente soy multimillonaria, sino que además soy dueña del grupo Cantilever, que se dedica esencialmente a las importaciones y exportaciones.

Hubo un tiempo en el que pensé que este extraño poder se volvería contra mi y me haría pagar muy caro lo que estaba haciendo, pero no ha ocurrido nada de eso. Nadie me ha acusado jamás por las cosas extrañas que suceden a mi alrededor, no uso mis poderes excepto que no me quede alternativa. Sé que algún día lo pagaré, algo dentro me lo dice, pero no sé cuándo ocurrirá, o si este extraño poder es el verdadero castigo. Aun así espero utilizar ese dinero y mi compañía para mejorar el mundo, para conseguir algo realmente importante.

lunes, 9 de enero de 2023

Comedores de sueños

 Todos tenemos miedo de algo, los miedos hacen que tu vida esté protegida, el miedo es algo muy inteligente, un mecanismo de protección contra cosas que podrían hacernos daño. Si tienes miedo de un tren, no cruzas la vía en el último segundo. Pero el miedo también es peligroso porque atrae criaturas extrañas de mundos distantes.

Los comedores de sueños son seres informes, con ojos rojos encendidos y dientes muy largos. Parece aterrador, y lo es, pero no porque vaya a morderte con sus dientes como cuchillas, no tiene nada que ver con eso. Esos repugnantes seres son como los dementores de Harry Potter, pero con sueños. Se alimentan de cada sueño alegre que tienes, de cada caricia con el ser que amas y que solo puedes tener con los ojos cerrados, de cada momento en que, mientras duermes, eres realmente feliz y, al igual que los dementores, lo hacen hasta que solamente te quedas con tus peores pesadillas, con el miedo de salir corriendo porque algo te persigue o con cosas más banales como arañas o serpientes.

Descubrí estas criaturas la noche que tuve la pesadilla más aterradora, más realista y más horrible que recuerdo. Prefiero no contarte de qué se trata, pero sí recuerdo luchar por despertarme, realmente pelear por abrir los ojos, y cuando al fin lo conseguí, vi una sombra gigantesca sobre mí, con dientes largos y afilados y unos orbes blancos llenos de líneas rojas que no tardé en comprender que eran ojos. Me estaba mirando, por un momento creí que estaba soñando, y entonces sentí algo frío en mi espalda, una gota de sudor resbalando por mi piel, y me di cuenta de que estaba despierto. No pude evitar gritar, y eso debió asustar a la criatura lo suficiente como para que huyese. 

Me pasé las siguientes tres noches sin dormir, aterrorizado con la idea de que volviese, pero finalmente el sueño me venció cuando estaba viendo una película de los 80. Me sorprendió mucho despertarme y darme cuenta de que había dormido bien, de que no había tenido horribles pesadillas, y eso espoleó mi curiosidad.

Así que empecé a investigar, repasando cientos y miles de libros sobre ocultismo, hasta que, en un viejo libro que encontré en un bazar, finalmente encontré una imagen de la criatura que había visto aquella noche. Era exactamente como la recordaba, y eso casi me hizo soltar el libro, pero me armé de valor y empecé a leer. Así me encontré con toda la información sobre esos seres, como encontrarlos y cómo espantarlos. Sí, ya sé que técnicamente son inofensivos, que no matan a nadie, pero sí que pueden llevar a un hombre cuerdo a la locura.

Ahora sé que no pueden morir, pero sí puedes protegerte de ellos. Si tienes cerca de ti un amuleto, algo que aprecies, y duermes con ello, no pueden atacarte, estás protegido contra las criaturas que se alimentan de sueños, de esperanzas y de pasiones. 

Buenas noches.

miércoles, 4 de enero de 2023

Baile de estrellas

 Era pleno junio y el cielo del atardecer se teñía de color carmesí, haciendo incendiarse los campos verdes en tonos anaranjados. Ángela miraba al cielo con el corazón lleno de paz. Era una artista, pintaba cuadros, escribía poesía y tocaba el arpa. Cualquier cosa que le recordase mínimamente a la armonía del arte la hacía sentir completa, y ese atardecer estaba lleno de arte. Ni siquiera los más grandes artistas de la historia podrían pintar un atardecer y que fuese exactamente igual que el que veían.

Poco a poco las últimas luces del sol se fueron escondiendo entre las montañas para ir a saludar a quien viviese en el otro lado del mundo. Ella se imaginaba que algún artista al otro lado del planeta estaba observando el amanecer, preguntándose si habría alguien lo bastante osado como para atreverse a pintarlo.

Cuando finalmente el sol se escondió, las estrellas salieron a saludar acompañando a una hermosa luna llena. Nunca había tenido miedo de la oscuridad, la noche le parecía algo místico y precioso, una de las únicas cosas verdaderamente mágicas que quedaban en un mundo consumido por la codicia y la ambición.

Nunca le había importado el dinero o la fama, ni siquiera tenía un trabajo estable. No era que quisiese perjudicar a sus padres, a ella solo le importaba el arte y sus múltiples formas. Si pudiese pedir un deseo a una estrella fugaz, seguramente sería poder vivir del arte y de su preciada imaginación.

Sacó el cuaderno de dibujo con hojas negras y un lápiz blanco. Esa sería la primera vez que pintase una escena nocturna en un cuaderno negro. Durante horas estuvo dibujando, tratando de arrancarle la belleza al cielo para plasmarla en el papel. Nunca estaba realmente satisfecha con su arte, siempre quedaba algo que retocar, algo que mejorar y algo por pintar. Cuando finalmente apartó el lápiz del papel, observó con una sonrisa su obra.

-¿Cómo lo vas a llamar?

Su hermano Luís no comprendía casi nunca a Ángela, la quería, pero no entendía su punto de vista del mundo, ni su arte. Podía ganar mucho dinero como arpista, había muy pocas en todo el mundo que tuviesen el tipo de talento que ella tenía, el poder mezclar el arpa con una guitarra eléctrica y que, aun así, sonase tan hermoso como las luces de un árbol de Navidad. Pero ella no parecía interesada en el dinero pese a que sus composiciones alcanzaban visitas astronómicas en internet, lo único que realmente le importaba era la belleza que podía encontrar en lo más simple del mundo.

-No va a tener nombre, no está bien.

Observó el dibujo de su hermana y luego al cielo estrellado acompañando a la luna llena. Estaba exactamente igual, la luna pálida iluminando el cielo y llenando de luz fantasmal la hierba del campo, las constelaciones brillantes y armoniosas, las montañas llenas de reflejos blanquecinos... 

-¿Por qué lo dices? Es muy detallado.

-Exacto, y el arte no tiene por qué ser detallado, simplemente es hermoso.

-¿Es que no te gusta?

-Yo no he dicho eso.

-Pues yo sí le pondría nombre -agarró el cuaderno y observó el dibujo con una sonrisa-. Baile de estrellas.

Ángela se quedó mirando a su hermano con una expresión confusa. Era la primera vez que alguien le ponía un nombre a un dibujo suyo, y se sentía algo descolocada. Por un momento pensó que le estaba tomando el pelo. Para ella esa escena nocturna que había dibujado no tenía vida, estaba vacía, como si le faltase algo muy importante.

-¿Por qué le pones nombre? No tiene alma.

-Sí la tiene, la tuya. Le dedicas tu alma y tu corazón a cada nota, a cada verso y a cada trazo en el papel, y eso es suficiente para mí. Si no lo quieres lo enmarcaré y lo pondré en mi habitación -ella sonrió-, o en el salón, para que todos puedan ver lo orgulloso que estoy de mi hermanita.

Luís no tenía alma de artista, no leía nunca ningún libro, la poesía no le interesaba, escuchaba rap pese a las protestas de su hermana y la pintura para él no era más que tinta sobre un óleo o un papel. Pero cuando le dijo eso, incluso sabiendo que para él algo tan subjetivo como el arte no tenía ningún valor, fue cuando finalmente vio el alma que se escondía en su obra.

-Baile de estrellas no tiene mi alma, sino la tuya. Incluso aunque no lo comprendes valoras mis dibujos, y eso es algo hermoso, mucho más que el arte en sí misma.

Se abrazaron bajo las estrellas, observando la luna llena dibujada sobre el mapa estelar, y por un momento pareció que el dibujo y la realidad se fusionaban en uno. Si Luís tenía que cuidar de ella porque era incapaz de adaptarse, lo haría toda la vida. No le importaba si nunca ganaba fama o fortuna, solo quería verla feliz, y eso lo era todo para él.

lunes, 2 de enero de 2023

El reloj de cuco

 Cada maldito día oía siempre el mismo sonido cuando daban las doce. El maldito reloj de cuco de mi abuelo empezaba a cantar, pero nunca daba doce "cu-cu", siempre eran once. Maldita sea, funciona bien en cada hora excepto en las doce. Lo he llevado a artesanos y relojeros para que lo reparasen, pero en teoría todo está bien. ¿Qué demonios le pasa a ese reloj?

Y no sería un problema si no trabajase en casa, pero no es el caso. Hace un par de años me rompí una vértebra, y entonces mi jefe me dijo que mi trabajo podía ser echo desde casa. Llevo la contabilidad de una empresa desde mi propio salón, en mi maldita silla de ruedas, y todo estaría bien, de no ser por ese dichoso reloj. Es como si se burlase de mí.

Pero no es lo único raro de ese reloj. Cada vez que silbo, cuando canto o cuando escucho música, juraría que el dichoso pajarito me sigue. No me refiero a que aparezca en distintas partes de la casa, sino que se pone a cantar porque sí. 

Así que ayer por la tarde, harta del dichoso reloj pero sabiendo que mi abuela jamás me perdonaría que regalase el reloj de su marido, llamé a una amiga. Quizá sería algo banal, si esa mujer no se dedicase al oficio de brujería desde que tengo memoria.

Tiene una conexión especial con los números, de vez en cuando un número empieza a dar vueltas en su cabeza, ocupando sus pensamientos hasta colapsarlos, y siempre pasa algo relacionado con ese número. Sin mentirte, ese es el método que utiliza para elegir los números de la lotería, y ha ganado los cuatro últimos años y lo invierte todo en una empresa de desarrollo informático. Si no va con cuidado, hacienda la investigará por fraude. No encontrarían nada, pero sí la investigarían porque seamos claros, nadie tiene tanta suerte.

En cuanto sonó el timbre me pareció oír otro "cu-cu" y  grité que estaba abierto desde la cocina. Cargué la bandeja con el té y las pastas sobre mis piernas y agarré las ruedas con la mano, pero Isabel apareció en mi cocina, agarró la bandeja con una mano y mi silla con la otra, y me llevó hasta el salón. En cuanto se aseguró de que estaba cómoda, dejó la merienda sobre la mesa y me dedicó una amable sonrisa.

-Hacía mucho que no nos veíamos.

-Desde que eres millonaria casi no vienes por aquí.

Ella sonrió de oreja a oreja, comprendiendo que bromeaba. Isabel y yo somos amigas desde niñas y ni todo el dinero del mundo podría separarnos. Ha intentado darme dinero varias veces, y cantidades con un gran número de ceros, pero nunca lo he aceptado. Siendo contable me va bien.

-¿Por qué me has llamado entonces?

Y justo en ese preciso momento dieron las doce. El pajarito comenzó a entrar y salir por la puerta diminuta cantando su mecánico "cu-cu" exactamente once veces, ahorrándose siempre la doceava.

-Por eso.

-Sí, un reloj roto.

-Ese es el problema, que técnicamente no está roto. Funciona todo bien, en teoría debería dar doce cantos, pero jamás llega al doce. Sin embargo -saqué mi móvil y la llamé por teléfono, y por cada timbre de su tono de llamada, el dichoso pájaro salía a cantar-. Y no solamente con el teléfono, pasa lo mismo si silbo, canto, llaman a la puerta o se oye cualquier pitido, sea el que sea.

Isabel miró al reloj un momento, silbó como quien llama a un perro, y el reloj salió a cantar para acompañarla con su mecánico "cu-cu". Estuvieron un rato dialogando, mientras yo perdía los nervios por ese pajarito, y el café tampoco ayudaba demasiado.

-Está encantado -respondió tranquilamente-. La buena noticia es que, por el momento, no quiere hacerte daño.

-¿Abuelo? -pregunté con algo de duda.

Y entonces el reloj me respondió "cu-cu" como si se alegrase de que me hubiese dado cuenta de que era él. Sonreí aliviada y me dedicó un nuevo "cu-cu".

-Sin embargo los espíritus que se quedan en este lado del mundo tienden a volverse violentos, así que si notas frío o escuchas cristales rotos o gritos, llámame de inmediato. Imagino que seguirá cantando cada vez que sean las doce o cuando lo menciones, pero si eso cambia será un indicio de que algo va mal, así que avísame para poder vigilarlo.

Pasamos el resto de la tarde mirando el reloj, hablando y riéndonos. Me sentía bien al saber que mi abuelo no me había abandonado, y que nunca más estaría sola. Puede que sea algo egoísta, quizá debí pedirle a Isabel que le diese descanso a mi abuelo, pero yo lo quería muchísimo y lo echo de menos de un modo muy intenso. Saber que todavía me acompaña aunque solo pueda cantar de vez en cuando representa para mí un alivio mayor del que puedas imaginar