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 Como autora también tengo libros publicados. Me gustaría presentaros los que tengo disponibles. Los gastos de envio son responsabilidad del...

jueves, 30 de marzo de 2023

La reina de la arena

De mi infancia solamente soy capaz de recordar la arena de color caramelo, el sol abrasador y las estrellas. Había tantas estrellas que no podía contarlas. Pese a que el desierto se congela y las cosas más peligrosas del desierto salen por la noche, yo solía tumbarme sobre una manta con la cabeza pegada al firmamento. No te imaginas lo bello que es el cielo del desierto.

En mi pueblo, los moradores, solamente existen tres normas: no se mata a nadie, no se roba a los de tu propia tribu y, sobre todo, las mujeres no podemos alterarnos. Sé que esta última te parecerá absurda, loca e irracional, pero tiene su razón de ser. La leyenda de la reina de la arena. Mi padre me la contó siendo niña, y a él se la contó su madre. Ha ido pasando de generación en generación como una religión, y dice lo siguiente:

"Hace miles de años existió un rey avaricioso y sin conciencia que robaba a su pueblo y mataba al que protestaba. La gente estaba aterrorizada, pero sobre todo estaba enfadada. ¿Cómo era posible que su propio rey, quien tenía el deber de protegerlos, era quien más daño les hacía?

Un día llegó del oeste una mujer de piel morena con tatuajes blancos, ojos color almendra y cabello largo y pálido como la misma arena. La mujer tenía la capacidad de convertir arena en oro, y muchos la veneraban como a una diosa. Cuando el rey se enteró de ese poder, mandó llamarla a su palacio de oro, y ella acudió a su presencia.

"Majestad" le dijo "¿qué puede hacer esta humilde doncella por vos?"

"Conozco tu poder" respondió él "quiero que transformes toda la arena del desierto en oro"

Pero la mujer de arena no estaba allí para capricho de él sino por la desesperada necesidad de su pueblo hecho pedazos.

"Nunca" respondió sin dudar "antes moriría que ayudarte"

Furioso, el rey bramó que la ejecutasen por traición, pero ella no solamente podía transformar arena en oro, también podía convertir el oro puro en arena.

"Tú, rey egoísta y ambicioso, ya que te gusta mi magia, tu palacio se transformará en arena nada más ponerse el sol"

Y con esas palabras la mujer se transformó en arena y voló por todo el palacio para escapar de aquel hombre. El rey no se lo creyó, no pensaba que la mujer pudiese transformar su hermoso palacio de oro, que atraía a todo el mundo a sus pies, en simple arena. 

Al atardecer, mientras disfrutaba de la compañía de una doncella, el oro de cada figurilla y cada pared del palacio se transformó en arena, y cayó sobre el rey y su concubina, sepultándolos bajo la arena. Muchos intentaron escapar, pero la reina de la arena solo permitió la huida de la mujer y se marchó hacia la inmensidad, no sin antes advertirle que siempre estaría vigilando, agazapada en la arena del desierto"

Mi pueblo dice que esa leyenda es más que una leyenda, que las mujeres no debemos gritar, ni llorar ni enfadarnos para no llamar a la reina de la arena. Normalmente les habría creído a ciegas, cuando era pequeña lo hacía, pero con el paso del tiempo esa leyenda se convirtió en el típico cuento que narras a un niño para que se porte bien. 

-Khali -me levanté de la manta-. Te he dicho mil veces que no salgas de noche.

Mi marido es siempre dulce y cariñoso, menos cuando quiero mirar las estrellas. Entonces se vuelve violento, casi un animal, y yo tengo que soportarlo sin llorar ni una sola vez, o se cabrea aun más. Estoy harta de eso.

-¡Déjame en paz! -grité-. ¡Me pones los cuernos con mi hermana! ¿Crees que lo dejaré pasar?

Nunca le he había visto retroceder ante nada, no importa lo grande o fuerte que sea la bestia que intenta intimidarlo, nunca lo consigue, así que yo, una mujer delgaducha y bajita, no podría hacer nada contra él. Entonces, ¿por qué demonios retrocedía? Y como si fuese una especie de instinto salvaje, me di la vuelta.

Nunca he visto nada más hermoso, era una mujer con el cabello largo que se convertía en arena con el viento pero jamás se volvía pequeño, de piel morena recorrida por espirales blancas y con los ojos del color del desierto.

-La reina de la arena... -comprendí, aterrorizada.

-Sí, y han olvidado la parte más importante de la historia: el rey no solamente robaba a su pueblo, también era un ser despreciable que violaba a mujeres y niñas. No fue el hambre de su pueblo lo que me llamó la primera vez -avanzó un paso-, fueron los lamentos de esas mujeres. 

No comprendía nada de lo que estaba ocurriendo, pero no tardé tampoco en entenderlo. La reina de la arena decidió castigar a todos los hombres del pueblo, que nos manipulaban y controlaban sin importar lo que sintiésemos. Con la arena del desierto creó sombras de color rojo que se metieron dentro de los hombres manipuladores de nuestro clan y de las mujeres que lo sabían, y cuando todos estuvieron presas de los fantasmas, la reina de la arena se acercó a los que quedamos en pie y nos dijo, con una voz dulce y melodiosa.

-Ahora sois libres, hijas del desierto, pero si necesitáis a vuestra madre, solo gritad y yo acudiré a salvaros, sin importar cuál sea el peligro.

Podrías pensar que esto no es más que un cuento, pero incluso ahora, en mitad de Sacramento, yo puedo sentir a la reina de la arena, oír su voz, diciéndome que siempre me protegerá, sin importar a dónde vaya.

miércoles, 29 de marzo de 2023

Ladrona

 El sol iluminaba la plaza del pueblo, cercana al puerto. Era un día normal de principios de verano, en los que uno se sienta a tomar un café y disfrutar del silencio o de la compañía, según se tercie. Lucía solía ir de compras y parar a medio día a tomar un café para despejarse un rato, ¿y quién no tiene derecho a ello? Aquel día no tenía ganas de conversación, solo de disfrutar del silencio, un bizcocho esponjoso de color caramelo que la cafetería ofrecía por voluntad, y el sol de mediodía.

Por desgracia para Lucía, seguramente no podría iba a poder hacer eso. Los primeros turistas acababan de llegar desde algún punto del centro de la península, y eso significaba dos cosas: ruido innecesario y falta de modales. En cuanto escuchó el acento del centro acompañado de esa soberbia mal disimulada, supo que necesitaría toda su fuerza de voluntad para poder ignorarlos y seguir disfrutando de su café, que a fin de cuentas era lo único que quería.

-Un café dalgona con leche de almendras, y rápido.

No sabía ni lo que había pedido, pero eso le daba exactamente igual. La señora rubia que había pedido ese café ni siquiera se había molestado en saludar a la camarera, una chica que estaba sacrificando sus vacaciones solo para ganar un poco de dinero. Esa actitud era lo que le revolvía el estómago. ¿Tanto costaba ser amable?

-Amanda -la llamó con una sonrisa-. Cuando tengas un momento cóbrame.

No sabía por qué a las personas les costaba tanto tener paciencia, saludar o dar las gracias. Era algo muy sencillo. A su entender, si uno tiene tiempo para sentarse en una terraza a tomar un café, también lo tiene para ser amable y comprender que el camarero tiene más cosas que hacer que atender a una sola persona.

Amanda, la camarera rubia con una graciosa peca encima del labio, no tardó en llegar con un vaso de café prácticamente blanco cubierto de crema de color tostado. A través de sus gafas de sol, Lucía miró impresionada esa bebida. Tendría que buscar en internet cómo hacerlo, si lograba recordarlo después.

Levantó la mirada al oír un chillido familiar, una gaviota estaba recorriendo la plaza con un delicado planeo. Agarró su bizcocho y se lo comió antes de que ocurriese lo que sabía perfectamente que acostumbraba a ocurrir, y siguió tomándose su café.

Entonces una risa molesta la hizo volver a la realidad otra vez, y miró a la turista. Ni siquiera le estaba prestando atención al café, tenía la cabeza pegada a un smartphone. Sonrió con picardía, sabía lo que estaba a punto de ocurrir en cuanto decidió dejar de lado el café y prestarle atención al teléfono.

Unos segundos después, la gaviota que había aterrizado en mitad de la plaza, saltó a una de las mesas de la terraza, sin perder vista del bizcocho de la turista. Tardó solo un par de segundos en alcanzar la mesa de la mujer rubia, agarrar el bizcocho con el pico y tirar el cremoso café por encima de la camisa blanca de la turista al alzar el vuelo, con el dulce en el pico.

No pudo evitar una risa bastante estridente. Sabía que pasaría, pero siempre era divertido verlo. La mujer rubia la fulminó con la mirada.

-Vaya falta de respeto.

-La culpa es suya -respondió sin darle mucha importancia-. Además, antes de hablar de respeto, aprenda modales. Los camareros no son sus esclavos, son camareros y están trabajando, pero no para usted, y se merecen ser tratados con respeto.

Amanda salió a la terraza nada más ver el desastre, y se encontró con la aguda respuesta de su amiga. Aunque hubiese querido, no habría podido evitar esa sonrisa divertida y sincera.

-Cielo, supongo que tienes un rato -le entregó un billete-. Quédate el cambio.

-Pero...

-Eh, las vacaciones acaban de empezar y ya aguantas bastante a gente sin modales -sonrió-. Te lo mereces.

-Gracias.

-¿No vas a hacer nada? -interrumpió la turista-. Atrapa a esa ladrona.

-¿Le han robado el bolso? Puedo llamar a la policía.

-No mujer -intervino Lucía-, creo que pretende que vayas detrás de una gaviota que le ha robado el bizcocho y le ha tirado el café por encima por estar pendiente del móvil. 

lunes, 27 de marzo de 2023

El libro del infinito

Capítulo 4. 

Un hombre con una camiseta de rayas azul y blanca les sirvió pesado asado y sendas copas de vino. Tatiana nunca había tomado alcohol, pero tampoco quería que sus salvadores se sintiesen ofendidos. Acercó la copa de latón a sus labios y, nada más tomar un sorbo, decidió que no le gustaba. Pese a su ligero sabor dulce, tenía también un fondo amargo y algo ácido.

-Así que llegaste a través de un libro -asintió-, y te despertaste en un claro en lo alto del acantilado -repitió el gesto-. Mal lugar para un extraño, ese sitio... digamos que a Tigrilla no le gustan los extraños.

Estuvo a punto de atragantarse. Estaba segura de haber oído antes ese nombre, pero sus recuerdos no tenían demasiado sentido. Observó a James con una ceja levantada. Ese hombre parecía joven, tenía el pelo corto y las dos manos, no era posible... ¿o sí?

-¿Tigrilla? ¿Estoy en Nunca Jamás?

-Sí, pensaba que lo sabías. 

-No -respondió sin salir de su asombro-. No todos los días una atraviesa un libro y despierta en una isla que no existe.

-La isla existe, pero no está en el mundo llano. ¿Es que no te acuerdas del cuento?

Sí, se acordaba, era el único cuento que su madre le contaba. De pequeña estaba convencida de que su padre era Peter Pan y su tía Melody era Campanilla, pero según fue creciendo esa idea se había quedado en un recuerdo infantil y nada lógico.

Estaba empezando a procesar que ese cuento era mucho más que una simple historia, que sus recuerdos de cuando era niña eran más realistas de lo que cualquiera podría pensar. Tenía en su mente la imagen de Melody, preparando una tarta el día en que cumplía tres años, y cada vez que algo le salía bien sus alas azul plateado se agitaban, dejando caer un polvo amarillo brillante.

Según fue creciendo dejó de poder verlas, un día simplemente desaparecieron, pero si James tenía razón, toda su vida había estado rodeada de magia, de personajes de cuento que no sabía ni que eran reales. No sabía cómo racionalizar todo eso sin volverse loca, claro que hacía unas horas había atravesado un libro hacia un mundo de fantasía.

-Veo que sí. 

-¿Y cómo puedo volver a casa?

-Si entraste por un libro tienes que salir por un libro, el problema es que en este mundo solo hay un libro.

-Vale, ¿y dónde lo tienes?

-Yo no lo tengo -respondió anormalmente serio-, y será mejor que no lo busques.

-¿Pretendes que me quede aquí para siempre?

Claro que no estaba pensando en eso, era la última de las posibilidades. Incluso estaba dispuesto a atravesar el velo en su barco solamente para llevarla a casa, aunque no pudiese volver, pero la idea de ir en busca de ese libro no le gustaba.

-Si quieres puedo llevarte a casa, pero hay un problema. Como entraste a través de un libro, este mundo tiene cierto desajuste temporal, hay cien años de diferencia entre el mundo inferior y Nunca Jamás.

Si no estuviese sentada en esa silla de madera, seguramente se habría caído al suelo. De golpe se le cerró el estómago y su cabeza empezó a dar vueltas. Si no encontraba el libro, se quedaría atrapada en ese lugar, o peor, volvería a casa mucho antes de que sus padres naciesen. Eso era un problema. Sin embargo James no parecía nada contento con la idea de buscar el libro.

-¿Por qué es mejor que no busque el libro?

-Porque está maldito.

Si antes de ese extraño día le hubiesen dicho que existía un libro maldito, seguramente no se lo hubiese creído. El frío trepó por su cuerpo y se instaló dentro de su piel, sentía ganas de llorar, de salir corriendo y refugiarse en los brazos de su madre, pero según James, su madre ni siquiera había nacido todavía. ¿Qué iba a hacer? Necesitaba dar con el libro pero si estaba maldito eso significaba que no podía tocarlo, ¿o sí?

-¿Qué pasa si lo tocas?

James la observó preguntándose si realmente se atrevería a buscar ese maldito libro, y no necesitó una respuesta, sabía que no tenía elección. Por un momento pensó en ayudarla, pero la última vez que había intentado encontrar el libro... 

-Será mejor que te lo enseñe.

James se levantó de la silla y comenzó a caminar hasta un armario. Sus pasos pesados resonaban en la madera, pero Tatiana ni siquiera estaba pendiente de ello, tenía otros problemas en mente. Cuando el pirata regresó a su lado con una caja de música, lo miró expectante, asustada por lo que fuese a enseñarle pero al mismo tiempo desando averiguar qué le pasaría si tocaba el libro.

Abrió la caja para ella y una melodía empezó a sonar al tiempo que la figurilla se movía girando sobre sí misma, pero no era una bailarina, ni un caballito, sino un hombre gordo, con una camisola roja y un gorro azul marino.

-Es uno de mis camaradas -resumió-. La primera vez que oímos hablar del libro envié una partida de búsqueda. Tardé dos semanas en saber algo de ellos y cuando finalmente volvieron, me trajeron esta... cosa musical. 

-Así que la maldición me transformará en una caja de música -suspiró pesadamente-, pero tengo que intentarlo, es eso o quedarme aquí para siempre.

Lo comprendía, de estar en su lugar él también querría volver, claro que llevaba más de ochenta años allí atrapado y ya no tenía ningún lugar al que llamar hogar a parte de su barco. Tatiana todavía estaba a tiempo, pero ir a por el libro... 

-Te ayudaré hasta donde pueda.

-¿Y eso qué significa?

-Que puedes quedarte con nosotros y navegaré donde se encuentre el libro, pero antes necesito que hagas una cosa por mí -asintió-. Las sirenas me han robado una cosa importante, algo imprescindible para poder navegar: una brújula.

Tatiana observó la mesa con el ceño fruncido. Cerca de ella, a solo uno o dos metros, había un mapa extendido que mostraba la isla, un sextante y una brújula. James observó la dirección de sus ojos, agarró la brújula y se la mostró. Tatiana se quedó mirando, boquiabierta, cómo la aguja se movía constantemente, sin encontrar jamás el norte.

-Es del mundo inferior, y como ves no sirve para nada. Encontré esta isla por casualidad y ya no pude volver porque no podía encontrar una dirección y estas aguas son traicioneras. Lo intenté guiándome por las estrellas, pero lo único que hacía era dar vueltas y acabar volviendo al punto de partida. Es desquiciante. Con la brújula que me robaron puedo encontrar un punto de referencia y moverme sin perderme.

-Y por eso necesitas mi ayuda. Sabes dónde está el libro pero no puedes llegar sin la brújula -asintió-. Vale, acepto.


Melody y Peter eran casi almas gemelas, nunca se habían separado, y por eso estaba molesto porque llevaba horas pegada a ese libro, observando la misma página. Se quedó mirando su perfil en el sofá mientras ella no apartaba la mirada de la página. Estaba empezando a molestarle, y se sentó a su lado con aspecto preocupado. Lo que vio le dejó sin habla.

-¿Tatiana?

Estaba en el barco, con James, observando una brújula, y el texto... lo que estaba leyendo le ponía los pelos de punta.

-¿Has hechizado el libro?

-Voy a intentar no ofenderme -suspiró-. Es uno de los libros portal.

Eso era un problema. Si uno seguía el camino largo, que consistía en ir volando, se llegaba más o menos al mismo tiempo, sin desajustes temporales, pero atravesar los libros... cada uno de ellos tenía cierto desfase con el tiempo en ese infierno que Ana llamaba "su mundo" y que solamente tenía sentido cuando estaban los cuatro juntos.

Por un segundo pensó en atravesar el libro y ayudarla, claro que una vez que la historia empezaba, le era imposible aparecer de la nada. Tenía otros tres libros portal, pero cada uno lo mandaría a una época diferente. Lo único que podía hacer era justamente lo que estaba haciendo Melody, observar.

-No habrá sido idea tuya.

-No, este es el regalo de Ana. Está convencida de que las búsquedas cambian a los héroes de la historia.

Eso era un problema, sabía que Ana tenía cierto punto de razón, que estaba harta de lidiar con el desinterés de Tatiana por cualquier cosa que no fuese el deporte, de encontrarse su habitación desordenada y que nunca saliese a la calle si no era para correr. Comprendía el punto de vista de su esposa, pero ¿mandarla a buscar el Libro del Infinito? Había que estar muy desesperado.

-Dime que hay algún modo de romper la maldición.

-Eso era justo lo que estaba a punto de preguntarte -respondió Melody.

viernes, 24 de marzo de 2023

Pesadilla

Era un martes corriente, con un sol tranquilo y brillante, aire fresco y sin una sola nube en el cielo azul claro. Uno de esos días en los que a uno le dan ganas de pasear durante horas solo por disfrutar un poco más de esa temperatura ideal. Eso era precisamente lo que estaban haciendo Angélica y Fernando aquella mañana de finales de invierno, recorrer una y otra vez los más de cuatrocientos metros del paseo marítimo, con el aire fresco y el olor salobre del Cantábrico.

Fernando llevaba años enamorado de Angélica, una poeta de corazón libre que no ansiaba atarse a nadie. Él lo sabía, y por eso guardaba silencio y se conformaba con ver su cálida sonrisa y saber que solo con instantes poéticos y eternos podía hacerla feliz. Eso era suficiente para su desesperado corazón.

Pero aquella no era una mañana corriente, porque aquella mañana no podían relajarse. Alguien los seguía. Era un hombre extraño, con una gabardina hasta las rodillas, un traje de los años 40 y el pelo cortado a cepillo. Si bien Angélica no se había percatado de su presencia, él no se lo sacaba de la cabeza.

Estaban llegando al final del paseo, cuando todo el cielo se volvió negro, pero Angélica pareció no darse cuenta, seguía caminando hasta apoyarse en la barandilla. ¿Por qué él era el único que veía que todo parecía... paralizado? Los pájaros se habían parado en seco, el mar se detuvo justo cuando ella se apoyó en la barandilla, y el extraño hombre del traje gris empezó a crecer de modo extraño, tanto que apenas podía ver su cabeza redonda como un globo y llena de afilados dientes o sus manos en forma de garras. Intentó correr, pero sin importar lo rápido que lo intentase o lo largas de sus zancadas, no avanzaba ni un solo metro. 

Angélica estaba allí, apoyada en la barandilla, cuando sintió algo esférico caer a sus pies. Miró al suelo pensando en devolverle el balón al niño, pero nada más bajar la mirada al suelo, gritó horrorizada. A sus pies no había un balón de fútbol, sino la cabeza de Fernando, que estaba a cuatro metros de su cuerpo, que se aguantaba a duras penas sobre sus piernas sin fuerzas antes de caer pesadamente.

Gritó horrorizada y salió corriendo. No entendía lo que acababa de pasar ni tenía fuerzas para procesarlo, solamente necesitaba salir corriendo, y entonces vio a aquel hombre. No sabía cómo no lo había visto antes, era imposible no darse cuenta de su presencia.

...

Se despertó de golpe, jadeando y sudando a mares. Llevaba días teniendo la misma pesadilla y empezaba a estar harta. Se levantó de la cama y, en la oscuridad de la habitación, miró el reloj de su muñeca, que marcaba las 4.03.

Tenía que levantarse a las 8 para ir a trabajar y no podría hacerlo si no dormía al menos tres horas más, así que dirigió sus pasos hacia la puerta de su dormitorio. Por alguna extraña razón el suelo estaba pegajoso, pero también tenía un gato que era un maldito desastre, así que podría haber hecho cualquier cosa. Por eso no le dio mayor importancia, se dirigió hacia la cocina con la cabeza hecha un lío.

Sacó un vaso del armario, abrió la nevera y lo metió en el microondas. Ni siquiera había encendido la luz, solamente necesitaba beber un poco de leche caliente para poder volver a dormirse y no sentir que su cuerpo pesaba una tonelada cuando tuviese que levantarse al día siguiente.

La luz del microondas se apagó cuando sonó la campanita, se bebió la leche sin preocuparse del calor que se le pegaba a la garganta, dejó el vaso en el fregadero con un poco de agua y volvió a su dormitorio.

El sueño no tardó en invadirla, pero cuando cerró los ojos volvía a estar junto a Fernando, caminando por el paseo marítimo bajo un sol primaveral delicioso.

...

El despertador sonó como cada día a las 8, la luz de la mañana iluminaba la habitación. Angélica apagó el despertador del móvil y, como cada día, se quedó mirando al techo con los ojos pesados. Cada maldita noche tenía el mismo sueño.

Cuando finalmente encontró ánimos para levantarse de la cama, lamentó sinceramente haberlo hecho. La habitación estaba cubierta de sangre, la cabeza de Fernando se encontraba cerca del armario, mirándola con los ojos abiertos de par en par, y su cuerpo al lado de la ventana. La sangre bajó helada por su cuerpo, marcó el número de emergencias y le dio a llamar, pero nunca llegó a explicar qué había ocurrido porque el hombre del traje gris y gabardina marrón apareció en la puerta, con una sonrisa macabra. 

Angélica no necesitaba ser adivina para saber qué iba a ocurrir. Por eso, cuando la policía llegó a su casa y rompió la puerta, encontraron los cuerpos decapitados de Fernando y Angélica en una habitación llena de sangre y una gabardina marrón en el suelo.

jueves, 23 de marzo de 2023

Puente de espejos

 El viento azotaba las ventanas sin piedad y entraba por los agujeros de la vieja madera, haciendo bailar las llamas de las velas. Por suerte para Aleena y su madre, la chimenea estaba bastante protegida, así que podía seguir preparando la medicina. Hilda llevaba enferma más de diez años, obligando a su hija a crecer antes de tiempo, así que había aprendido a los siete años a preparar la comida, fregar los suelos de piedra, alimentar el fuego y prenderlo sin quemarse, lavar la ropa en el río y preparar la medicina que la bruja del pueblo les había recomendado. 

Aleena no sentía nada por su madre, quizá por tener que aprender a ser madre antes de poder siquiera tener un hijo o casarse, o porque ella apenas hablaba en casi todo el día ni tenía fuerzas para ayudarla. Fuese cual fuese la respuesta, Hilda solo era una obligación más en la complicada vida de su hija.

Cuando terminó de preparar la medicina se acercó a Hilda y la ayudó a incorporarse, y la mujer de cuarenta años se tomó el brebaje amarillo sin protestar siquiera, tosió y luego volvió a tumbarse. Aleena se levantó y dejó el vaso de barro en un cubo con agua. Después de que su madre se hubiese dormido, salió de la casa y se dirigió al río, que se recorría un pequeño claro a unos metros de la destartalada casa de piedra y madera.

Cuando llegó se quitó los viejos zapatos llenos de agujeros, agradeciendo que sus pies pudiesen descansar de su ajetreado día en la hierba húmeda y fresca. Desde ese pequeño rincón podía ver el cielo lleno de estrellas y la luna creciente dedicándole una sonrisa. Eso era lo único que aliviaba un poco el constante pesar que sentía en su pecho y las ganas de salir corriendo, ese pequeño rincón que consideraba su paraíso.

Pero esa noche era distinta, muy distinta, porque un hombre de aspecto sereno, pálido como la luna, con un traje de lujosa tela y enigmática sonrisa, se sentó a su izquierda, sin preguntar siquiera. Aleena le dedicó una mirada molesta, pero él no dio muestras de comprenderlo o de que le importase.

-Buenas noches -dijo él con su voz grave.

-¿Podría dejarme a solas?

-¿Por qué quieres estar sola?

Esa pregunta le sentó como una patada en el vientre. Le daba igual que fuese rico, noble o las dos cosas, solo quería sentarse a solas bajo las estrellas un momento, ¿tanto pedir era?

-Eso no le importa.

-¿Y si escuchas la propuesta que tengo para ti?

-No me interesa.

-¿Estás segura de eso, Aleena?

Frunció el ceño con evidente molestia. Estaba a punto de responderle de mal modo, aunque eso pudiese salirle caro, pero cambió de opinión al oír su nombre. No recordaba habérselo dicho, lo que significaba que, o bien la había estado espiando, o bien algún bocazas le había dicho cosas que era mejor no contarle a un extraño.

-¿Qué propuesta?

-Sé lo que puedes hacer -ella levantó una ceja-, lo del fuego -y de golpe su mal humor se extinguió, dejando paso a la preocupación-. Tranquila, no voy a decir nada.

Iba a preguntar por qué, pero no llegó a hacerlo, el desconocido extendió su mano y, lentamente, la hierba que los rodeaba fue perdiendo el agua que había en su superficie. Pequeñas gotas flotaron hasta su mano, acumulándose hasta formar una esfera de agua que flotaba sobre la palma de su mano. Cuando el desconocido cerró la mano, el agua se transformó en una esfera de hielo, y Alina extendió la mano y agarró la esfera con sus dedos blancos, sin importarle el frío de la esfera.

-¿Qué...?

-Intenta derretirla.

-Yo no puedo hacer eso.

-Sabes que sí, solo tienes que concentrarte.

Aleena pensó en el fuego, pero nada ocurrió, la esfera seguía desprendiendo un humo blanco congelado debido al frío de su corazón. No sabía cómo hacerlo si tenía que concentrarse en ello, cuando estaba encendiendo el fuego simplemente ocurría, pero no sabía por qué o qué lo desencadenaba.

-Tranquila.

Su voz dándole instrucciones, jugando con su paciencia, empezó a enfadarla. Entonces la esfera comenzó a perder forma, a derretirse entre sus manos, hasta que volvió a ser agua ante los sorprendidos ojos negros de Aleena.

-¿Qué demonios acaba de pasar?

-Nada que no sea natural para ti.

-¿Quién eres tú para empezar?

El desconocido la miró con una sonrisa. Que hubiese dejado de tratarle como un noble le hacía mucha gracia, a fin de cuentas, ¿de dónde había sacado ella la idea de que era noble?

-Me llamo Valnar, y soy... más o menos como tú.

-Eso genera muchas más preguntas de las que responde.

-¿Y si vienes conmigo? Así todas tus dudas se resolverán.

-¿Y qué pasa con mi madre?

Valnar la miró con algo de duda. No hablaba de ella como si la quisiese, de hecho no percibía ninguna emoción hacia ella en sus ojos, simplemente era algo que estaba ahí.

-No puedo abandonarla.

-Ya lo sé, pero tranquila, la llevaremos con el maestro y él sanará su cuerpo. Volverá a ser la persona que era antes de que enfermase.

Asintió, pese a que no confiaba en él. Estaba deseando salir corriendo, era algo que había querido desde que tenía memoria, pero que no podía hacer por estar encadenada a su madre. Aleena llevó a Valnar hasta su casa, preguntándose por qué demonios estaba haciendo eso. Cuando atravesaron la puerta, Valnar no pudo evitar fijarse en aquel bulto entre las mantas.

-Aleena, lo siento, pero no sirve de nada.

-Dijiste que tu maestro podía salvarla.

-Eso pensaba pero... lleva enferma demasiado tiempo, morirá antes de que lleguemos -asintió, comprendiendo lo que eso significaba-. Sin embargo, y siento decirte esto, el puente que me ha traído hasta aquí se cerrará esta noche, así que debes tomar una decisión.

-Valnar, si te pido una cosa, ¿podrías hacerlo? -la miró con curiosidad-. ¿Puedes acortar el tiempo que le queda para que deje de sufrir?

Había elegido las palabras con cuidado, pero Valnar no necesitaba ser adivino para saber que no se lo pedía por Hilda sino por ella. La había estado observando desde hacía meses y sabía que estaba encadenada a ella, que nunca había podido alejarse demasiado de su casa ni tener algún tipo de amistad o relación con nadie porque Hilda la necesitaba casi todo el tiempo, y eso dejaba a Aleena como una marioneta dentro de su propia vida. Tal vez fuese egoísta, pero no lo aguantaba y él podía entenderlo. Sin embargo, Valnar no podía hacer lo que le pedía, iba en contra de todo en lo que creía, de lo que le habían enseñado.

-Lo siento.

-No importa -suspiró pesadamente-. ¿Puedes quedarte con ella un momento? Tengo que ir a ver a alguien.

Sin esperar siquiera a que Valnar respondiese, Aleena salió de su casa y corrió hasta la casa de la bruja. Esa mujer comprendía cómo se sentía ella y las ganas que tenía de escapar, y cuando abrió la puerta y vio esa decisión en sus ojos, lo supo.

-Tengo que irme -asintió-. La persona que ha venido a buscarme dice que a Hilda no le queda suficiente tiempo para llegar a donde vamos, así que tengo que pedirte un último favor, Amelie.

-Lo haré, solo vete y no mires atrás. 

Asintió con una sonrisa esperanzada por primera vez en su vida. Nunca había sentido esa cálida sensación en su pecho, y mientras Amelie la seguía hasta su casa para poder trasladar a Hilda a su propia morada, no podía evitar pensar en el momento en que ella había tomado casi la misma decisión que Aleena, cuando tuvo que elegir entre arar el campo que su padre cultivaba para el barón, o seguir el camino del puente de espejos y elegir su propia vida.

martes, 21 de marzo de 2023

Las llaves

 María estaba harta de su trabajo, realmente harta. Trabajaba para Sandro Pérez, un hombre de cincuenta años español por parte de padre e italiano por parte de madre. Sandro tenía ideas muchísimas ideas, quizá demasiadas, así que por querer abarcarlo todo no prestaba atención a casi nada, y eso incluía pagarle a María, que seguía trabajando porque no tenía alternativa porque, a falta de experiencia, nadie la contrataba. Por eso había empezado a trabajar para Sandro, pese a que lo conocía perfectamente y sabía de qué pie cojeaba.

Aquella mañana ni siquiera tenía ánimos para ir a trabajar, se sentía cansada, había estado dando vueltas toda la noche y saber que tendría que aguantarle no mejoraba su humor. Aun así se vistió para ir a trabajar y caminó hasta la oficina que, como casi todos los días, estaba vacía. Sin muchas ganas sacó su ordenador de la mochila y conectó el cargador. 

Llevaba un par de horas aburrida, mirando a ninguna parte porque en la oficina nunca había demasiado que hacer, a parte de mantenerla limpia. Sandro apareció por la puerta, con un pintor delgaducho, tanto que parecía un milagro que pudiese mantenerse en pie por sí mismo. 

-María -levantó la mirada del ordenador-. ¿Has visto las llaves?

-¿Qué llaves?

Sandro señaló la puerta que llevaba al local del entresuelo y María suspiró pesadamente. El viernes había estado subiendo cajas a ese maldito local de escaleras angostas y muy poco iluminado, y había dejado las llaves sobre el mostrador. Al llegar por la puerta aquel lunes las llaves ya no estaban, así que supuso que Sandro las había guardado.

-Ni idea, yo las dejé en el mostrador.

-Voy a mirar atrás.

María no necesitaba ser adivina para saber qué iba a ocurrir. Sandro se volvió loco buscando en la trastienda, donde había instalado su despacho, las llaves con un prendedor verde. María suspiró mirando al cielo y empezó a buscar las llaves en su mostrador, por si se habían colado entre algún papel. Llevaba ya un rato buscando cuando Sandro apareció por el pasillo y la miró con cara de circunstancias.

-Tienes que tenerlas tú, te las he dado a ti para guardar las cajas. Búscalas porque tienes que tenerlas tú.

-¿Y no te las habrás dejado en casa?

-Lo dudo, pero voy a mirar -respondió apresuradamente.

María sabía perfectamente que ella no las tenía, no porque no hubiese buscado bien o porque existiese la mínima posibilidad de que se las hubiese llevado por accidente, sino porque estaba segura de que las había dejado sobre el mostrador, encima de una placa de cristal donde había cinco tarjetas más viejas que el Arca de Noé.

En cuanto Sandro se fue, María se sentó en su silla blanca giratoria, con la cabeza dándole mil vueltas y unas ganas tremendas de tomarse un café con Mercedes, su madre. Estuvo a punto de escribirle, pero no podía dejar al pintor solo, cruzado de brazos, mientras esperaba a unas llaves que no iban a aparecer y teniendo que soportar a Sandro. El timbre del teléfono le hizo levantar la cabeza, y en la pantalla de su Smartphone apareció el nombre de su jefe.

-Joder... -dijo en un suspiro antes de pulsar en el teléfono verde-. Dime Sandro.

-¿Las has encontrado?

-No.

-Pues habrá que llamar a alguien para cambiar la cerradura, y me jode porque acabo de cambiarla.

Después de unos dos minutos de conversación, colgó el teléfono con el ánimo por los suelos. Sabía que no debería haberse levantado de la cama ese día. Mientras lamentaba el momento en el que se había vestido y convencido a sí misma para ir a trabajar, el pintor salió de la trastienda. No quería ni saber qué estaba haciendo allí o cómo había entrado, tenía demasiadas cosas en la cabeza.

-María, ¿son estas?

Se quedó mirando las llaves, con un prendedor verde y un montón de copias de la misma llave. Tenía que ser una maldita broma.

-¿Dónde estaban?

-En la oficina de Sandro, debajo de una carpeta -respondió mientras dejaba las llaves sobre el mostrador.

-Voy a comprobarlo.

De algún modo se temía el resultado. Sostuvo entre sus manos una de las llaves de seguridad, la introdujo en la cerradura y la giró despacio, con una suavidad digna de un engranaje perfecto. Pudo oír un "clic", pero antes de abrir la puerta, volvió a girar la llave, la sacó de la cerradura y miró al cielo con aspecto derrotado.

-¿Y se supone que la despistada soy yo? -miró al pintor-. Dame un minuto solamente, primero voy a matarlo y luego te abro.

Hablaba metafóricamente, pero incluso el pintor comprendía su punto de vista. Conocía a María desde hacía años, a ambos en realidad, y sabía que Sandro era al menos tres veces más despistado que esa pobre chica, que solo quería tener un poco de experiencia para poder buscar un trabajo donde le pagasen un sueldo adecuado y no tuviese que perseguir a su jefe para que le pagase.

María desbloqueó el Smartphone, buscó el número de Sandro y deslizó su nombre para llamarle. Después de dos tonos, finalmente la voz de Sandro respondió, algo molesto por la "desaparición" de las llaves.

-¿Sí?

-Han aparecido. Estaban debajo de una carpeta en tu despacho -y casi pudo sentir cómo Sandro se maldecía a sí mismo interiormente-. Sí, tranquilo, yo me encargo.

Típicamente Sandro le había pedido que vigilase la oficina porque él no iba a estar en todo el día, lo cual era bastante común. Con una sonrisa de oreja a oreja, María abrió la puerta del local contiguo y volvió a su trabajo.

lunes, 20 de marzo de 2023

El libro del infinito

CAPÍTULO 3. 

Podía sentir un olor extraño, como a polvo y humedad, igual que huele justo antes de caer una tormenta. Abrió los ojos lentamente, era de noche, y el cielo despejado lleno de estrellas le mostraba constelaciones que no conocía, brillantes y claras como se ven en el campo, y...

-No puede ser.

Sus ojos debían engañarla porque en el cielo había dos lunas: una llena y otra menguante, adornando el cielo estrellado, junto a una nebulosa violeta. Estaba segura de que no se podía ver ninguna belleza como esa desde Segovia, pero era algo tan hermoso que se quedó mirando durante un tiempo que hubiese jurado infinito, prendada de esa nube violeta con destellos blancos.

Era tal la belleza del cielo nocturno que ni siquiera se dio cuenta de que algo se movía entre las densas hojas del bosque hasta que fue demasiado tarde. Se puso de pie, con los nervios en tensión. Las hojas espesas de los matorrales ocultaban algo, y podrían incluso ser animales salvajes. Si eso era así había pocas probabilidades de que pudiese escapar, pero tenía que intentarlo.

Buscó con la mirada un camino, algo entre la espesura que le diese un modo de escapar, y encontró un estrecho pasaje que, si la vista no le fallaba, llevaba hasta una bahía. No era la mejor corriendo, pero tampoco era lenta. Sin pensarlo empezó a correr, mientras lo que fuese que la hubiese estado acechando la perseguía. Avanzaba sin mirar a dónde iba, siguiendo la dirección que le marcaba su instinto, pero este nunca había sido demasiado bueno, así que llegó a un acantilado muy alto.

Si mal no recordaba, la luna influía sobre las mareas y eso significaba que, siendo dos lunas, la marea sería mucho más fuerte. Retrocedió un paso, pero entonces volvió a escucharlo. Lo que la hubiese estado persiguiendo se acercaba muy deprisa. Podía quedarse ahí y arriesgarse a que los animales del bosque le hiciesen daño, o saltar del acantilado al sorprendentemente calmado océano y afrontar la posibilidad de que el acantilado terminase en rocas puntiagudas.

Un aullido cerca de ella le hizo tomar una decisión, corrió los tres pasos que la separaban del vacío y saltó hacia el mar. Esperaba que las rocas la destrozasen, pero no había absolutamente nada, solo aguas tranquilas, una cueva a sus espaldas y... un pez enorme con un cuerpo extraño y una melena pelirroja... ¿una sirena? Debía de estar soñando, pero podía sentir el peso del agua sobre ella y la humedad rodeando su piel. No estaba dormida, acababa de ver una sirena.

Sin embargo, no tuvo tiempo de acostumbrarse a la certeza de estar despierta, sintió algo extraño rodeando sus pies, miró hacia abajo y vio una red de pescar. Alguien le había lanzado una red y tiraba de ella con fuerza, sacándola del agua.

Al principio, pese a agradecer poder respirar de nuevo, la posibilidad de que sus perseguidores la hubiesen alcanzado la aterrorizó. No tenía demasiado sentido pensar que un animal pudiese pescar, claro que tampoco tenía sentido estar segura de haber visto una sirena. No podía evitar sentirse aterrorizada, claro que tampoco tenía demasiado tiempo para acostumbrarse a esa sensación, porque cuando quiso darse cuenta la red cayó sobre un suelo duro.

Emitió un quejido a modo de protesta y se incorporó lentamente. Estaba en un suelo de madera, el olor del mar todavía la rodeaba y podía escuchar un aleteo muy fuerte por encima de su cabeza, que no dejaba de dar vueltas.

-Tenemos cena, capitán.

¿Capitán? Claro, seguramente estaba en el barco. Podía intentar pedirles ayuda, claro que todavía no se atrevía a levantar la mirada del suelo de madera. Alguien cortó la red, y por un momento temió realmente por su vida. Si había caído en el lugar incorrecto, seguramente alguien intentaría comérsela. Pero no fue eso lo que sintió, sino algo pesado sobre sus hombros. Abrió los ojos y miró sus brazos, que se cubrían con las mangas vacías de una casaca negra.

-Asad los peces, yo me ocupo de la chica.

Quizá fuese por esa voz grave y tranquilizadora, pero se dejó guiar hacia donde ese hombre la llevaba. No le conocía de nada, pero tampoco parecía mala persona. En cuanto escuchó la puerta cerrase tras ella, por fin se atrevió a mirar a su alrededor. Estaba en un camarote, había mapas, sobre una mesa, un compás, dos brújulas e incluso un sextante dorado. Sin embargo, lo que más captó su atención, fue el hombre que la había salvado.

Tenía el pelo negro, corto y una barba incipiente, debía tener más o menos su edad, quizá uno o dos años más, pero no parecía saber siquiera lo que era un ordenador, o por lo menos no había ninguno en el barco. ¿Por qué ese hombre llevaba un barco de madera y se manejaba con mapas?

-Me llamo James, ¿y tú eres?

-Tatiana.

Tartamudeaba por el frío que se había colado en su piel, y James la guio hacia la ¿chimenea? ¿Por qué un barco de madera tenía una chimenea? ¿Cómo era que no se incendiaba el balandro?

-Peter me dijo una vez que le gustaba mucho ese nombre. Supongo que él te ha traído hasta aquí -su negativa sorprendió a Jack-. Entonces, ¿cómo has llegado?


Melody observó la página con semblante preocupado. Si Tatiana se hubiese quedado en el bosque, seguramente habría llegado al campamento y, con un poco de suerte, habría encontrado el modo de volver, pero eso ya no era posible. No era que desconfiase de James, de hecho le debía la vida, pero si había acabado en el barco eso solo podía significar que estaba a punto de empezar a buscar ese dichoso libro.

-Ana -la mujer levantó la vista del periódico-, ¿de verdad pretendes que Tatiana encuentre El libro del Infinito? ¿Por qué?

-Toda búsqueda cambia al héroe de la historia.

Eso no podía discutírselo, pero si nunca se habían aventurado a ir tras ese libro, era por una razón muy importante.